Me escocían los ojos, no podía abrirlos, estaba ciego. Habían pasado un par de minutos desde que vi aquella luz tan enigmática. Desde ese momento no hice otra cosa que mantener mis manos como puños mientras me apretaba la cara y así no pestañear. Cada vez tenía más calor, hasta tal punto en el que las gotas de sudor caía por su propio peso. Mis pies pasaron de estar en una superficie arenosa a unas rocas picudas y ardientes. A medida que los segundos pasaban, mi cuerpo se relajaba más y más; a la vez que la respiración se volvía una tarea más ardua por el azufre que se mantenía en el aire. Escuché unos pasos acercándose al lugar donde yo me encontraba.
- Eh, chico, ¿no eres muy joven para estar aquí? -dijo un hombre con una voz muy ruda a la vez que elegante-.
En ese momento me dispuse a que la luz entrara a través de mis pupilas, ya que en cierto modo me transmitió seguridad el no estar solo. Fue entonces cuando lo vi claro, parecía que me había adentrado en el interior de un volcán. Estaba todo repleto de piedras y rocas rojizas, con inmensas cantidades de lava y fuego por todos lados. De pequeños cráteres surgían enormes nubes de vapores morados, negros y amarillos. Fui a dar un paso hacia delante pero me era imposible. Me acaba de dar cuenta de que estaba encadenado por unos grilletes muy gruesos y negros con una cadena hacia la pared. Me fijé mejor en todo mi entorno, había multitud de gente en la misma situación que yo. Todos atados a las paredes, alguno de ellos estaban con unas bolas de hierro atados al cuello.
- ¿Estás sordo, chico? Tan importante que ha sido en la superficie y a mi me parece un simple crío de cinco años -dijo con desprecio la misma voz de antes. Giré la cabeza y me asombré-. ¿Qué pasa, pequeñín? ¿Nunca había visto a un hombre con barba y pelo largo? A ver si recuerdo cómo te llamas...
- Soy… Landom, señor -dije con mucho temor y de manera entrecortada-. Y tengo seis años, no cinco. Y para crío tú, tonto.
- Uy, al parecer el pequeñín se ha vuelto un perrillo valiente. ¿Acaso sabes quién soy? -dijo a la vez que sacaba un tridente hecho con huevos quemados. Su culata chocó contra el suelo y de las rocas salió un trono enorme hecho con almas de humanos con color verdoso-. ¡Soy Hades, el dios del Inframundo!
- ¿Eres el malo de las pelis? A ti siempre te ganan, eres muy flojo -reí con cierto grado de bienestar-.
- Encima este mocoso se ríe… ¿Crees que soy débil? -alzó la mano izquierda y chasqueó los dedos. Apareció un anciano con barba vestido únicamente con un taparrabos.
- ¿¡Abuelo, eres tú!? -dije ilusionado, ya que no lo veía desde que se fue a la granja de mi tío. Hades volvió a chasquear los dedos y todas las extremidades de mi abuelo se desprendieron del cuerpo. Empezó a gritar como un loco hasta morir desangrado-. ¿¡Eres tonto!? Era mi abuelo, no le hagas eso, que es bueno. ¡Suéltalo ya!
- No puedo soltarlo, soy demasiado débil, ¿no crees? -sopló hacia los miembros mutilados de mi abuelo, que por la fuerza acabaron cayendo al río magmático. Quedé petrificado por la escena que acababa de ocurrir-.
- Pero… ¿Qué hago aquí? ¿Por qué eres tan malvado? No entiendo nada -me llevé las manos a la cabeza y me senté en el suelo para relajarme y no alterarme de ningún modo-.
- ¿De verdad que no te acuerdas? Si ahora gracias a ti, no hay diferencias entre la superficie y el inframundo. Es más, vengo aquí exactamente para ver tu aspecto por mera curiosidad y solo hago llevarme decepciones. Anda haz un poco de cabeza, te tranquilizas y ponte a recordar todo lo que hiciste. Yo paso de ti, que sufras mucho en este gran hostal -transforma su tridente en un bastón negro con el que golpea el suelo y desaparece-.
- Eh, chaval. No te asustes mucho. Este Hades es un insensato y un idiota -dijo un hombre que estaba colgado de la pared por una soga bastante gruesa. Su cara me resultaba muy familiar. Era un señor de unos sesenta años, con ojos azules y bastante achinados. Su pelo castaño oscuro empezaba a desteñirse por las canas. Su sonrisa era encantadora, consiguió que las arrugas de su cara fueran cautivadoras-. Además, eres muy valiente. Todos aquí hablan sobre ti. Al parecer tu curiosidad ha hecho que acabaras aquí, además te han puesto un apodo.
- ¿Un apodo? ¿De veras? ¿Cuál? -dije entusiasmado. Me hacía ilusión que me integraran en un sitio, aunque fuera uno tan extraño-.
- Ahora, para todos nosotros eres “el abrelatas”. Sé que no es muy usual, pero a estos cafres se les va la olla un poco. Además, ¿cómo has acabado aquí? -me dijo mientras yo seguía mirándole atentamente para averiguar de qué le conocía-.
- Pues la verdad es que no lo sé muy bien, no me acuerdo de apenas nada -En ese momento me vino la imagen de este señor a la cabeza-.
- Oh…
- ¡Capitán, mi capitán! -dije interrumpiendo de un salto lleno de alegría-. ¡Eres tú, el Profesor Keating! ¡Y también Peter Pan! -mi sonrisa de oreja a oreja se le contagió, provocándole una leve risa-.
- Pero no lo digas muy alto -me susurró tras poner su dedo índice en los labios para que guardara silencio-. Será un secreto entre nosotros, ¿vale?
- Vale, de acuerdo -le susurré yo con los ojos llenos de ternura-. ¿Pero cómo podemos salir de aquí? Yo quiero ver a mi familia, que les echo mucho de menos. Además, esto deber ser falso. Yo no puedo morir, soy un niño; y los pequeños nunca mueren.
- Siento decirte esto, pero no ha habido escapatoria del sufrimiento eterno… Hasta ahora. Gracias a ti, es cuestión de unas pocas horas que tú, todas estas horribles personas, criaturas y yo, volvamos a la superficie -me guiñó un ojo y miró al abismo que teníamos a nuestra espalda. Era un agujero enorme, como si fuera un cráter, pero mucho más hondo. Además, había multitud de celdas y cuevas en las que se encerraban a personas. Todo era iluminado por los riachuelos de lava y algunos candelabros que había en los techos. Cada persona encerrada tenía un trasgo horrendo o un diablillo que le vigilaba y pinchaba con un tridente por pura diversión-. Ahí viene otra vez.
Una bola inmensa de fuego surgió desde lo más oscuro de las profundidades y a toda velocidad. Cuando pasó a mi altura, estalló y resurgió Hades de esa roca tan sorprendente. Se acercó a mí mientras andaba lentamente por el aire y sonreía. Sus vestimentas eran muy elegantes. Seguramente esa salida al exterior debía ser muy especial, se le veía ilusionado a pesar de la cantidad de maldad despiadada que guardaban sus ojos.
- ¿De verdad quieres saber qué ha pasado para que estés aquí, abrelatas?
- No creo que deba saber nada de esto el chico, solo tiene cinco años -dijo apenado el mejor jugador de Jumanji de la historia-. Incluso tú mismo le has borrado ese recuerdo a cambio del favor que te hizo.
- ¡Pues a cambio de ese favor que te he hecho, quiero que me digas qué pasó! ¡No es justo! -le grité con fuerza y mirando sin pestañear a los ojos del que era un gran dios con ramas de Yggdrasil. Había perdido temor alguno al saber que no vería a mi familia-.
- Anda, paliducho, ahí tienes -levantó rápidamente el dedo índice y por el impulso saltó un chorro de agua negra que cayó a mis pies, cayéndome dentro de él. Se había convertido en una especie de pozo púrpura con rayas negras que me llevó a la playa-.
La arena era tan fina y blanca que la más mínima brisa desplazaba una cantidad incontable de granos. Mi cuerpo era semitransparente y mucho más pálido que antes, no podía pisar el suelo, estaba flotando. Podía andar, pero jamás a menos de diez centímetros de altura. Me di la vuelta y no podía creerlo. Era la playa en la que yo siempre me bañaba todos los veranos desde que tenía consciencia. Lo sabía porque ahí estaba el “gran peñón” de Matalascañas. No había día en el que me intentara subir a él para luego tirarme al agua. Volvía darme media vuelta, ya que había oído algunos ruidos. ¡Ahí estaban todos, Unax, Cristal, Javier y yo mismo, Landom! Estábamos todos dejando nuestras toallas rápidamente en la superficie de esta playa desierta para ir corriendo al agua. Javier le pegó una patada a la pelota, la mandó lejísimos, llegó casi a la gran torre inhundada del mar. Una vez que estaban todos metidos en el agua me adentré yo también para ver qué hablaban.
- Eh, chicos, ¡vamos a escalar el peñón para tirarnos de bomba todos juntos! -dijo mi yo con mucho entusiasmo-. ¡Pero esta vez sin miedo, haremos una súper bomba!
- ¡Venga! -animó Unax-.
No tardaron ni un minuto en escalar los veinte pies de piedras que les separaban del mar. Cogieron un metro de carrerilla al mismo tiempo, pero se soltaron de las manos y solo saltó mi yo. La típica broma del verano. De repente, salí boquiabierto del agua, como si hubiera visto un tiburón o algo parecido.
- Chicos, mirad, que he encontrado, bajad, corre. Una vez que estaban todos metidos, se dispusieron a bucear cogiendo una gran bocanada de aire. Empezaron a nadar desde la superficie en fila india para salir de allí. A medida que sus cuerpos eran descubiertos por la ausencia de la salada agua. También se mostraba una cadena llena de algas de la que tiraban. Finalmente, se trataba de una caja unida a la gran cantidad de eslabones ocultos bajo el mar. Estaba hecha completamente de un metal muy oscuro y decorado con muchas serpientes del mismo material, sin dejar ni un hueco entre ellas. Sin mediar palabra, cogieron una palanca de entre los escombros que había al final de la playa e intentaron abrir el pesado cubo. Se escuchó un crujido, los ojos de las serpientes se volvieron de un color rojo muy intenso. Empezaron a moverse rápidamente por toda la superficie del antiquísimo hexaedro hasta formar en una de las caras la palabra Πανδώρα. Entonces la caja empezó a emitir luz sin cesar y estalló, llevándose a los cuerpos de los niños por delante. La explosión provocó que miles de almas y males salieran sin cesar del recipiente mientras se escucha un grito ahogado que dice "¡Pandora!”. De repente volví al infierno tras escuchar el chasquido de Hades.
- Y de nuevo, muchas gracias, abrelatas -se esfumó mientras reía a carcajadas-.