viernes, 29 de enero de 2016

Lo que sale a veces


¿Nunca habéis probado a poneros una melodía cualquiera y ver qué pensamientos te surgen a partir de ellos? Pues eso estoy haciendo yo ahora mismo. La verdad es que no me gusta mostrarme al público, ni mucho menos, a gente conocida. Pero realmente necesito la escritura. Es la única vía que me queda para pensar poder buscar una escapatoria, una solución a mi verdadero problema: el mentir. Yo mismo baso mi vida en mentiras, en cuentos, en historias, en trucos de magia que nadie ve. Por ello, vivo siempre con el corazón en un puño. No hay día que no me levante con miedo a que cualquiera de mis hilos sea cortado, cualquiera de ellos que mantenga una base de este humilde cuentacuentos <<otra falsedad para la lista, la humildad en mí brilla por ausencia>>. El mero hecho de escuchar un tintineo armónico, ya sea agudo o grave, provenido de una tela de araña más compleja que cualquier red jamás existida; produce un estado de alarma en mi vida cotidiana. Un mensaje constante en mi cabeza que no para de repetirse “vuelves a ser débil, te lo dije”.


A veces me llego a aterrar por esto mismo de una manera abismal que ni mi propia mente asimila. Tras tantas temporadas de personajes, cuentos e invenciones surrealistas; el mismísimo director deja que todo se esfume. Esta hoguera de malos recuerdos ha acabado siendo un montículo de cenizas que con la suave brisa mañanera volará, a la par de ver el mundo. Tener buenas compañías a tu alrededor, gente que sana y ayuda a prevenir cualquier mal en la vida. Ésa sí que ha resultado ser la clave de una vida con gran valor; una vida para recordar. Muchos desean volar, ser súper héroes. Sin darme cuenta de cómo ha sucedido, unas alas salieron de mi espalda para un fin: ser el ángel guardián de aquella persona que realmente me supo valorar.

lunes, 4 de enero de 2016

Orgasmos por doquier


Veo tus brillantes ojos deseosos de mi cuerpo rozando por tus caderas. Te beso lentamente a la vez que mojamos nuestros labios con la saliva del otro. Entre los chasquidos de nuestras bocas empiezo a levantarte la camiseta bajo las sábanas, para así besarte intensamente en el tirón final. Una vez fuera la parte superior, empiezo a enredar mis manos por todo tu pelo, acabando con mis dedos acariciando tu cabeza, notando cómo me empujas hacia ti para que el roce sea aún mayor. Surco mi lengua a través de tu cuello para llegar a tu oreja, mojo todo el borde para acabar mordiendo la zona de arriba a la misma vez que te respiro fuerte. Acabo por morder tu lóbulo sin cesar y jugando con mi lengua a cúanto de rápido puedo girar en él. Mi mano izquierda te agarra del cuello, mi mano derecha te quita ese sujetador de encaje tan suave que tienes, para que así mis dientes se entretengan por el ancho de tu cuello sin pararse a contar las veces que han querido ponerles los pelos de punta y tus piernas húmedas. De un momento a otro, mis labios se interponen para aspirar fuertemente, dejando sin cavidad alguna a otro placer carnal que no fuera mío.


Aparece mi lengua para llegar surcando por el calor de tu piel y llegar a tus tetas, se encuentra tu pezón y mi boca retoma el juego de aspirar, mientras una de mis manos llega a tu seno libre y la otra se dirige a la superficie de tu tanga, apartándotelo hacia un lado, metiendo hasta el fondo el dedo anular y el dedo central. Tu corazón se para, tus pulmones rugen, tu boca gime. Mis manos juegan al compás de tu palpitar mientras mi boca disfruta del manjar que tu cuerpo siempre resulta para el gusto de cualquier dios. Me tiras del pelo a medida que mis dedos se recorren tus paredes y mi boca intercala la mejor de las gemelas para llevarse de cenar. Cambio de idea, te obligo a que tus manos se posen debajo de tu cabeza; abro tus piernas. Mi boca baja dejando mi labio superior arrastrándose por ti, notando el socabón de tu ombligo, sacando mi lengua al bajar al pilón. Tiro hacia arriba fuerte con ella, notando tu piel pinchante de las cuchillas y navegar por la línea curva que marcan tus piernas con tus caderas. Beso a la vez que muerdo cada uno de tus extremos laterales cada cuatro centímetros hasta llegar a las axilas. Una vez ahí, te beso, saco mis dedos de dentro de ti, te los meto en la boca para que tu lengua juegue un poco, los vuelvo a introducir en la zona baja de tu cuerpo, lubrico bien todas sus paredes y dejo que mi cadera y la tuya jueguen “al primero que se le agoten las fuerzas con amor, pierde” durante horas.