miércoles, 8 de marzo de 2017

Historias de vagón


Me despierto, el tren ha parado en seco. Suena una voz robótica a través del altavoz de mi vagón: “Señores pasajeros, acabamos de llegar a la Estación de Atocha. Última parada del trayecto, esperamos que hayan disfrutado del viaje. Muchas gracias y buenas noches”. Me levanto de mi asiento <<¿primera clase? Y una mierda, estas supuestas comodidades me han destrozado la espalda>>. Saco la mochila del altillo y salgo por la puerta. Hace tanto frío que la pluma que llevo en el bolsillo de la camisa acaba congelándome cada uno de los latidos. Ya no me acarician el cuerpo en esta ciudad, me deja a la intemperie del sentido común, el más desprestigiado de los sentidos.

Por más que pasan los minutos, la llegada hasta Pinar de Chamartín se me hace eterna. Voy sujeto a la barra del metro cuando de repente me fijo en una chica que hay a mi derecha. Lleva unas gafas redondas, el pelo rizado de un color castaño miel que apenas deja ver sus hombros. Su vestido terminado en una falda ancha tiene un color rosado con estampado de fresas y bordes rojos. Cruza las piernas para estar más cómoda mientras lee un libro viejo. Sus hojas amarillentas resuenan cada vez que son pasadas. Tiene una portada de cartón piedra, parece estar hecha a mano, con un dibujo de unos raíles de un tren y unas pisadas por sus placas de madera, todo en tinta negra. No consigo distinguir el título, son tres ó cuatro letras muy mal hechas <<se ha cargado la portada ese dibujante por su torpeza>>.

Me mira, aparto la mirada tosiendo hacia el lado. La observo de reojo, se ríe a la vez que mueve la cabeza; sigue leyendo. Esta simple tontería me ha puesto de tan buen humor que, por un momento, he olvidado por un momento el dolor de lumbago que me produjo aquella serpiente gigante de metal. De vuelta al mundo real, las paradas pasan pero no alcanzo mi maldita plaza, aún queda la mitad del trayecto. Mi atención vuelve a ser llamada hacia la dirección de esa lectora de libros alternativos. Esta vez es por su fragancia con un olor a vainilla. Es tan dulce que me relamo los labios <<si me pilla ahora, va a pensar que soy un loco o un acosador de éstos que anda suelto>>. Levanta un ceja mientras fija toda su atención a las líneas de un último párrafo. Suspira atónita, como si aquellas palabras le agobiaran, que le ha afectado de verdad. Cierra el tomo con las dos manos y pasa una por su frente. Nos miramos, su cara cambia radicalmente, por un segundo pausa su respiración, mis ojos delatan mis ganas de preguntarle; de saber qué acaba de imaginar o vivir. Todo para ella parece intenso. Se muerde el labio asumiendo ese pequeño instante de vergüenza. Se levanta escasos centímetros de la banqueta con un salto hacia la izquierda dejándome un hueco.

- Anda, siéntate, que te vas a cansar -me dice mientras pasa una mano justo donde ella está. Me acerco y me coloco a su lado-. Soy Lexia, encantada.

- Yo soy Landom, igualmente -los dos besos de presentación que me da son suaves, con ternura-. Perdona que te pregunte tan directamente pero… ¿Que estabas leyendo?

- Pues leía Caminante de Raíles, ¿por?

- La verdad es que te he visto una cara de agobio tremendo como si fueras un grillo en un cable lleno de cuervos.

- Buah, Landom. No exageres. Seguro que no era para tanto. Aunque te debo de reconocer que esa última parte tenía una escena que no me terminaba de creer. Me la he leído tres veces hasta que mi mente la ha asumido.

- Entiendo como te sientes, eso me pasa a mí con los personajes de una saga que leo, cada muerte o mal trago es capaz de revolverme el estómago una vez más.

- Al menos eres un chico de los que ya no quedan. De aquellos que leen. Por cierto, ¿qué géneros te gustan a ti? -me mira intrigada. Deja estirar sus piernas sintiéndose más cómoda a medida que pasa el tiempo-.

- De todo, desde los cómics hasta las novelas del gran Esteban Rey, y pasando por la poesía de Loreo Cabrada. Pero en mis ratos libres creo mis historias explosivas.

- Guau, ¿historias explosivas? ¿Cómo es eso? Cuéntame -abre los ojos y puedo verme reflejado su iris verde musgo-.

- Es simple -el metro para en “La Latina”- solo debes leer mi libro -le doy mi mochila y me levanto. No miro hacia ella, sino a la salida-. Está dentro, espero que te guste el final -figuro una pistola con la mano derecha y me disparo en la sien-.

Justo al salir al corredor, las puertas se cerraron. Me marcho andando hacia atrás. Veo cómo abre la maleta, me mira a través del cristal con una lágrima bajando por su mejilla; boquiabierta.

- Y mira que me caíste bien, ¿eh? Una pena.

Salgo por las escaleras mientras escucho mi reloj de mano pitar. 11 de Marzo, siete y treinta y siete de la mañana. UNos despiertan mientras que otros tantos no volverán a hacerlo.