Vivo desde hace un tiempo en una tierra extraña,
donde todo es más fuerte cuanto más fácil cae.
Donde los ríos nos llevan agua por miedo a que pare
en uno de esos lagos no hay peces sino telarañas.
El tiempo pasa tan lento que cuando comencé a vivir,
cumplí más años que noches en este verano interminable.
Precioso como él mismo, lleno de amor y sin dolor cobarde,
guiando a corazones valientes lejos de canciones de lengua vil.
Una de ellas cuenta que una casa cualquiera caerá una hoja
de roble, color marrón y seca víctima del otoño.
Siendo señal para huir de allí como gigantes en una hora
porque la ola de la niebla negra ahoga en mareas de no retorno.
Llevo viviendo en este lugar maravilloso más de tres milenios,
me llama la atención que nadie se preguntara cuándo,
ni cómo ni cuánto duró la última primavera, por la curiosidad y el ingenio.
Ya que el señor más anciano nació el último día de estación; esfuerzo en vano.
Hoy me despierto extrañado, no se escucha nada allá fuera,
si no fuese por el rechinar de mi caja, juraría que no oía.
Abro las ventanas y no había nadie, el calor de mi habitación huía.
Bajé hasta la plaza, cielo color gris. Vuela algo marrón, con tallo y marchito… Hasta mi oreja.
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