jueves, 28 de mayo de 2015

Mansión y su loco

Otra noche más, vuelve a su pequeño hogar, enciende la luz de la entrada, se mira al espejo y sonríe tímidamente. El joven solitario de la ciudad es feliz gracias a que hoy mientras caminaba por la avenida más concurrida de la ciudad, se encontró con una tienda de disfraces. Casualmente, en la vitrina se encontraban dos maniquíes vestidos de payaso y de vaquero, fue en ese instante cuando se le ocurrió la genial idea: comprar esas prendas tan coloridas, una peluca de colores y una nariz roja y redonda de goma. Entró en la primera tienda de ultramarinos que se encontró, todos le miraban extrañados, como si nunca hubieran visto a un bufón. En cambio, él se dignó a comprar más de veinte barras de pan, grandes cantidades de carne de cerdo, de pollo y de vacuno, sin contar con que llevaba un carro de la compra lleno únicamente de batidos, zumos de frutas y refrescos. También le pidió ayuda a uno de los encargados de aquel pequeño supermercado para que cogiera otro carromato para así llenarlo de bolsas de arroz, legumbres, pasta, verduras varias y algunos botes de especias. Al terminar su gigantesca compra, pidió que lo llevaran todo en una camioneta a una dirección, la cual estaba apuntada en una triste hoja de papel arrugada: “ Calle: Sendero de las antiguas reliquias. Número 4”. Mientras algunos reponedores y cajeros enmendaban esa sutil tarea y su debido transporte, salió del lugar, se dirigió a su portal, cogió el ascensor hasta la última planta, saca una pequeña llave de su bolsillo, abre la puerta para así llegar a la azotea de aquel edificio. Una vez allí, simplemente abre una botella de agua que estaba escondida en una esquina y bebe unos sutiles tragos para refrescarse. Se sienta en el suelo, de piernas cruzadas, mirando a fijamente a una enorme casa con ventanales y una puerta de madera de más de tres metros de altura. Al cabo de media hora, llega allí una furgoneta de color azul, roja y blanca. Se baja el conductor, llama al gran portón pulsando el timbre. Sale una mujer ya bastante mayor, le comenta que hay un paquete para ella. Al asomarse, se cae de rodillas al suelo mientras llora desconsoladamente, de alegría. Llama a muchos niños que había dentro de la mansión donde vivía para que le ayudaran a meter todo dentro. Abrazó al repartidor y se secó las lágrimas.



Una vez al año, ese orfanato recibe un enorme paquete de comida para todos los niños que allí se encuentran, la fecha nunca cambia y por ello, lo bautizaron como “El día de la locura encantadora”. Al año siguiente, adornaron sus brillantes paredes blancas con una bonita frase de color negro: “Hay veces en las que a un loco le gusta sacar sonrisas a desconocidos”. Pero lo que ellos no saben es que el gran payaso solitario es Landom, un chico que una vez fue un “sin-padres” de ese mismo lugar. Él mismo prometió ayudar a lo que él llamaba su hogar. Su promesa jamás fue impedida, ni tampoco incumplida.

viernes, 22 de mayo de 2015

No puedo evitar quererle

Sigo sin saber cómo llamarle, fuiste, es y espero que sea ese Señor Wegner que me incentiva a esforzarme constantemente para obtener mis metas. También se ha convertido en el Profesor Keating que me muestra el mundo tal y como realmente es a través de palabras serenas y sinceras, como nadie me hizo jamás. Cosas tales como “el malo jamás es tan malo ni el bueno será puramente bondad, eso mejor para películas como Star Wars.”

Como no, para variar, vuelvo a realizar uno de mis malos ensayos. Pero creo que no podría haber una mejor manera de agradecerle cada una de las múltiples discusiones que tuvimos. Cada palabra, cada vocal, cada estruendo, de una manera u otra, me hacía evolucionar, ya que nada ni nadie se molestaba nunca en rebatir mis pensamientos por el simple hecho de desenlazar mis amargantes ideas. Gracias a sus clases pude diferenciar entre el gran desastre que puede causarnos la completa libertad y la mala vida que se llevaría si viviéramos adoctrinados por un método cartesiano inflexible. Puedo desarrollar mis ideales por el hecho de que usted me enseñó a ver que una bola de papel puede ocultar una hoja con la más bella poesía jamás escrita o un simple garabato de un alumno aburrido, que jamás debemos dejarnos ninguna puerta cerrada, porque así fluirán todas las ideas de nuestra vida, que conseguirán dilatar nuestro punto de vista muchísimo más que si racionalizamos la vida tan irreal que vivimos.

Cada paseo mediato por la playa, notando cómo las aguas pasan entre mis dedos y la arena se acumula en el empeine de mi pie, provoca que me acuerde de usted, ya sea de una manera u otra. Cada segundo que paso en mi cuarto, sentado con las piernas cruzadas encima de mi cama, mientras me vienen a la cabeza muchos momentos en el aula, me obliga a aceptar que es usted un importante cambio en mi vida por el simple hecho de haberme hecho cuestionar mil y una peculiaridades. Pero por miedo, jamás quise aceptarlo y mucho menos preguntarme cuál es la razón por la que apenas puedo sacarle de mis pensamientos o le recuerdo cada día vivido desde aquel momento en el que nos conocimos. Tan simple como ser usted la primera persona que me hizo saltar al vacío desde el precipicio, el perder el miedo a contestar. Desde un principio pensé que yo sería siempre quien llevara la razón, quien se apoderaría de la más absoluta verdad. Entonces fue cuando le pregunté por qué y usted respondió con gran énfasis “¡Porque podemos!”. Es quien se dignó a discutir conmigo, y además, me rebatía a la más absoluta perfección a través del diálogo socrático y sus preguntas reveladoras de la duda.

Un día conocí a un cuentacuentos tan oscuro y cerrado por sus propios candados, que acabó inmóvil a causa de su mente con su énfasis platónico por categorizar, estructurar, además de resumir la vida para así hacerla comprensible. En ese momento, justo antes de convertirse en una firme piedra para toda la eternidad; fue empujado por un señor, el cual le retó a escapar y volver a ponerse de pie. Fue entonces cuando aprendió que la vida se basa en la flexibilidad, que no existen dos problemas idénticos, siendo mucho menos sus métodos de resolución parecidos. 


 
Con un gin tonic en la mano brinda un gato callejero junto a un alumno asombrado y agradecido. La verdad, es… ¡Es que no puedo evitar quererle!

jueves, 7 de mayo de 2015

Mundo insustancial

En esta vida, la gran mayoría de las personas tienen una razón o más por las que mantenerse con vida, se llaman retos, objetivos o metas. Muchos esperan encontrar la máxima capacidad de placer y mantenerla. Otros intentan progresar y superarse a sí mismos para llegar hasta los más alto en esta vida (según lo que dicta la sociedad actual). También están esas personas con su idea absurda de formar una familia y ver crecer a sus progenitores a lo largo de los años, aunque deba ser también respetada. Pero, ¿hasta dónde nos lleva esto? Según este criterio, podemos reducir la vida como una lista de situaciones a completar para poder sentirnos realizados, satisfechos con nuestro esfuerzo, ¿no? Ahora pensemos con dos dedos de frente, en frío y cautelosamente: ¿Qué pasará tras la finalización, el descarte de nuestros retos? Recuerdo que una alumna de un profesor algo loco y radical que le comentó sobre si los retos surgen sin que esa persona lo desee, se los propone la vida, siendo nuestro subconsciente quien elija por nosotros. Que nuestros pensamientos únicamente consiguen darle forma. Entonces el profesor, por un momento dudó, se perdió en la inopia.



Para este educador de la filosofía, la moral y la ética, la vida tenía una serie de objetivos decididos íntegramente por la parte consciente del ser humano. Pero que además, no podría existir un relevo o una nueva adquisición, ya que las personas solo pueden cambiar una vez en su vida en su manera de actuar. Algo bastante absurdo, ¿verdad? Aunque si nos paramos a pensar, otros muchos estúpidos comentan que los humanos jamás cambian. Un día normal, como otro cualquiera, estaremos haciendo la compra en el mercado y cuando finalicemos nuestra recogida de productos que nos resultaban necesarios, nos disponemos a pagar, ¿verdad? ¿Quiere eso decir que nuestra vida acaba al terminar nuestros objetivos?


Otro cúmulo de pensadores respetables (pero para nada aconsejables) nos muestran que, tras la finalización del susodicho proyecto, debemos descansar, pero no con la muerte, sino relajándonos y obteniendo contínuos placeres. Un ejemplo para esto es un trabajador cualquiera, termina sus años laborales y está presente en su jubilación. Al día siguiente se levantará sin reparo por ir a trabajar, al contrario, esta vez no se tomará su trozo de bizcocho con un café rápidamente y con miedo a llegar tarde. Sino que se va a preparar unas tostadas a un ritmo muy calmado, también se servirá su taza, pero desayunará muy tranquilamente y empezará a pensar la manera más gustosa de descansar el resto de vida que le queda.


¿Cuál es la respuesta? Pero a la vez… ¿Cuál deja de serlo? La vida es tan absurda y tan compleja que intentamos esquematizarla mediante el uso de la razón, cuando es algo imposible. Principalmente por el hecho de ser imprevisible. ¿Y si mañana nos atropella un camión rojo manejado por un señor gordo y resignado que se niega a frenar? No habremos finalizado, ni por asomo, nuestros objetivos. Por eso mismo pienso que estos objetivos son un invento absurdo del mundo para entretenernos mientras nos desangran y se beben nuestro elixir de la vida.


Apenas disfrutamos todo lo que queremos a diario por el hecho de que nos han impuesto una ideología absurda de que debemos de darle al mundo nuestra libertad y más, por el simple hecho de habernos permitido existir, cuando en realidad es todo una burda mentira. Como dijo el gran Tyler Durden: “Tenemos trabajos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos”.