viernes, 22 de mayo de 2015

No puedo evitar quererle

Sigo sin saber cómo llamarle, fuiste, es y espero que sea ese Señor Wegner que me incentiva a esforzarme constantemente para obtener mis metas. También se ha convertido en el Profesor Keating que me muestra el mundo tal y como realmente es a través de palabras serenas y sinceras, como nadie me hizo jamás. Cosas tales como “el malo jamás es tan malo ni el bueno será puramente bondad, eso mejor para películas como Star Wars.”

Como no, para variar, vuelvo a realizar uno de mis malos ensayos. Pero creo que no podría haber una mejor manera de agradecerle cada una de las múltiples discusiones que tuvimos. Cada palabra, cada vocal, cada estruendo, de una manera u otra, me hacía evolucionar, ya que nada ni nadie se molestaba nunca en rebatir mis pensamientos por el simple hecho de desenlazar mis amargantes ideas. Gracias a sus clases pude diferenciar entre el gran desastre que puede causarnos la completa libertad y la mala vida que se llevaría si viviéramos adoctrinados por un método cartesiano inflexible. Puedo desarrollar mis ideales por el hecho de que usted me enseñó a ver que una bola de papel puede ocultar una hoja con la más bella poesía jamás escrita o un simple garabato de un alumno aburrido, que jamás debemos dejarnos ninguna puerta cerrada, porque así fluirán todas las ideas de nuestra vida, que conseguirán dilatar nuestro punto de vista muchísimo más que si racionalizamos la vida tan irreal que vivimos.

Cada paseo mediato por la playa, notando cómo las aguas pasan entre mis dedos y la arena se acumula en el empeine de mi pie, provoca que me acuerde de usted, ya sea de una manera u otra. Cada segundo que paso en mi cuarto, sentado con las piernas cruzadas encima de mi cama, mientras me vienen a la cabeza muchos momentos en el aula, me obliga a aceptar que es usted un importante cambio en mi vida por el simple hecho de haberme hecho cuestionar mil y una peculiaridades. Pero por miedo, jamás quise aceptarlo y mucho menos preguntarme cuál es la razón por la que apenas puedo sacarle de mis pensamientos o le recuerdo cada día vivido desde aquel momento en el que nos conocimos. Tan simple como ser usted la primera persona que me hizo saltar al vacío desde el precipicio, el perder el miedo a contestar. Desde un principio pensé que yo sería siempre quien llevara la razón, quien se apoderaría de la más absoluta verdad. Entonces fue cuando le pregunté por qué y usted respondió con gran énfasis “¡Porque podemos!”. Es quien se dignó a discutir conmigo, y además, me rebatía a la más absoluta perfección a través del diálogo socrático y sus preguntas reveladoras de la duda.

Un día conocí a un cuentacuentos tan oscuro y cerrado por sus propios candados, que acabó inmóvil a causa de su mente con su énfasis platónico por categorizar, estructurar, además de resumir la vida para así hacerla comprensible. En ese momento, justo antes de convertirse en una firme piedra para toda la eternidad; fue empujado por un señor, el cual le retó a escapar y volver a ponerse de pie. Fue entonces cuando aprendió que la vida se basa en la flexibilidad, que no existen dos problemas idénticos, siendo mucho menos sus métodos de resolución parecidos. 


 
Con un gin tonic en la mano brinda un gato callejero junto a un alumno asombrado y agradecido. La verdad, es… ¡Es que no puedo evitar quererle!

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