jueves, 7 de mayo de 2015

Mundo insustancial

En esta vida, la gran mayoría de las personas tienen una razón o más por las que mantenerse con vida, se llaman retos, objetivos o metas. Muchos esperan encontrar la máxima capacidad de placer y mantenerla. Otros intentan progresar y superarse a sí mismos para llegar hasta los más alto en esta vida (según lo que dicta la sociedad actual). También están esas personas con su idea absurda de formar una familia y ver crecer a sus progenitores a lo largo de los años, aunque deba ser también respetada. Pero, ¿hasta dónde nos lleva esto? Según este criterio, podemos reducir la vida como una lista de situaciones a completar para poder sentirnos realizados, satisfechos con nuestro esfuerzo, ¿no? Ahora pensemos con dos dedos de frente, en frío y cautelosamente: ¿Qué pasará tras la finalización, el descarte de nuestros retos? Recuerdo que una alumna de un profesor algo loco y radical que le comentó sobre si los retos surgen sin que esa persona lo desee, se los propone la vida, siendo nuestro subconsciente quien elija por nosotros. Que nuestros pensamientos únicamente consiguen darle forma. Entonces el profesor, por un momento dudó, se perdió en la inopia.



Para este educador de la filosofía, la moral y la ética, la vida tenía una serie de objetivos decididos íntegramente por la parte consciente del ser humano. Pero que además, no podría existir un relevo o una nueva adquisición, ya que las personas solo pueden cambiar una vez en su vida en su manera de actuar. Algo bastante absurdo, ¿verdad? Aunque si nos paramos a pensar, otros muchos estúpidos comentan que los humanos jamás cambian. Un día normal, como otro cualquiera, estaremos haciendo la compra en el mercado y cuando finalicemos nuestra recogida de productos que nos resultaban necesarios, nos disponemos a pagar, ¿verdad? ¿Quiere eso decir que nuestra vida acaba al terminar nuestros objetivos?


Otro cúmulo de pensadores respetables (pero para nada aconsejables) nos muestran que, tras la finalización del susodicho proyecto, debemos descansar, pero no con la muerte, sino relajándonos y obteniendo contínuos placeres. Un ejemplo para esto es un trabajador cualquiera, termina sus años laborales y está presente en su jubilación. Al día siguiente se levantará sin reparo por ir a trabajar, al contrario, esta vez no se tomará su trozo de bizcocho con un café rápidamente y con miedo a llegar tarde. Sino que se va a preparar unas tostadas a un ritmo muy calmado, también se servirá su taza, pero desayunará muy tranquilamente y empezará a pensar la manera más gustosa de descansar el resto de vida que le queda.


¿Cuál es la respuesta? Pero a la vez… ¿Cuál deja de serlo? La vida es tan absurda y tan compleja que intentamos esquematizarla mediante el uso de la razón, cuando es algo imposible. Principalmente por el hecho de ser imprevisible. ¿Y si mañana nos atropella un camión rojo manejado por un señor gordo y resignado que se niega a frenar? No habremos finalizado, ni por asomo, nuestros objetivos. Por eso mismo pienso que estos objetivos son un invento absurdo del mundo para entretenernos mientras nos desangran y se beben nuestro elixir de la vida.


Apenas disfrutamos todo lo que queremos a diario por el hecho de que nos han impuesto una ideología absurda de que debemos de darle al mundo nuestra libertad y más, por el simple hecho de habernos permitido existir, cuando en realidad es todo una burda mentira. Como dijo el gran Tyler Durden: “Tenemos trabajos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos”.

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