domingo, 17 de diciembre de 2017

El alba de Troya

Estando a centímetros mi corazón se vuelve la guerra de Troya
que avanza con humo blanco dejando atrás al viento de la mañana.
Sólo se calma este pecho intrépido cuando sobre él reposas
contándome que tienes miedo del mundo y que aún así le ganas.
Susurrándome con tu voz de chica que perdió su amor por demora
entre los laureles humeantes que ocultaban una tormenta insana.
En ella desapareció la calma durante milenios sin saber porqué azota,
pero una noche no vino, no aporreó sus pensamientos; se perdió en la nada.

En cambio, aquí estoy ahora, lanzando miradas a las estrellas
desde un suelo frío, duro y lleno de piedras en mi espalda.
No consigo levantarme, mis brazos se rinden a mis pulmones sin fuerza,
me prometí a mí mismo esta mañana, por valentía, no bajar la mirada.
Aún sabiendo que vine por orden de un emperador, a luchar por gracia
de unos dioses que me han abandonado cuando el sol se clamó alba.
Porque cegado por sus rayos, dignos de Hefesto, no vi su lanza de rabia
que vino directa a mí, reabriéndome una cicatriz para que escape el alma.

Pocos son los versos que me quedan con vida, mi querida Airlia,
como tu nombre o mis palabras, deseo que perduren para siempre.
El mundo conozca a la gran mujer que domina los mares y sus orillas
para así salvar a su pueblo de una devastación de Hades presente.
Sólo ella es capaz de dar razón a mis ojos viendo que el cielo brilla.

A pesar de ser negro, me dirijo a una luz blanca, me depara la muerte.

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