viernes, 3 de julio de 2015

Caras de la Luna

- Abuelo, siempre que nos quedamos aquí en el patio por la noche me pregunto lo mismo.

- A ver, pequeño Landom, dime qué te pasa.

- Es que desde aquí se ve siempre la Luna igual, cambia la forma, pero sus dibujos son los mismos.

- Anda, ¿te refieres a que vemos siempre la misma cara de la Luna?

- ¡Sí, eso es! ¿Pero por qué no intenta girar un poco? ¿Es que no puede?

- Pues ahora que lo dices, recuerdo una pequeña historia medieval que explica porqué pasa eso mismo.

- ¿De verdad? Cuéntamela abuelo, por favor -dijo el chico muy entusiasmado-.

- Vale, pero debes tumbarte todo el rato en una toalla encima del césped, mirando a las estrellas.






Todo empezó allá por el año 900. Gran parte de España había sido conquistada, siendo Granada la capital de Al-Andalus. Allí vivía un apuesto príncipe llamado Al Sahir, era conocido por sus buenos tratos con las mujeres, su interés por los hombres y siendo el teatro su afición favorita. Muchos pensaban que sería un mal kalifa por eso mismo, ya que no era alguien serio y tampoco se interesaba por las guerras contra los cristianos.


Una tarde como otra cualquiera estaba en el patio interior de su gran palacio, sentado formando un círculo junto a unas diez o doce jóvenes tejedoras de tela. De pronto, mientras charlaban sobre cotilleos del reino y cómo iban las luchas, aparecieron unos guardias reales que pararon justo frente al cúmulo de chicas que se encontraban.



- Señor Al Sahir, se requiere su presencia de urgencia en la bóveda real. Su grandioso padre tiene dolencias -chocaron sus lanzas en el suelo-. Por favor, debe acompañarnos rápidamente.



En cuanto llegaron a aquella sala, encontraron a su rey tirado en unas escaleras con dos enfermeras intentando levantarle. Era inconfundible por sus barba de bandido español, un claro sobrepeso en su cuerpo. Sus pantalones amarillos y dorados fueron arrancados de una manera brutal, usados como torniquete en su pierna derecha. Sus gritos eran desesperantes, como si se hubiera roto la mitad de los huesos en un solo golpe. Desgarraba su garganta por dolor junto al corazón de cada persona que pudiera escucharlo. Fue acercarse a ellos y encontrar el problema: tenía el tobillo de color gris, parecía una piedra, no lo podía ni mover. Las venas resaltaban con un color negruzco cada vez más oscuro cuanto más se adentraba al pie. El pesado hombre no sabía ni dónde estaba, el estado de shock se había apoderado de su cuerpo por unos segundos. Las enfermeras intentaban quitarle la ropa de cintura hacia abajo. Al desatar los cordones y arrancar las suelas de los zapatos, empezó a emanar un pus negro y tan líquido que se esparcía por todo el suelo abriéndose paso a base de desparrames, como si de un río se tratara. Las curanderas estaban pálidas, tan nerviosas que les costaba coger cualquier objeto y mantenerlo estable un segundo. Los guardianes tomaron el control, arrancaron el botín de Ab Rah y se confirmó lo sospechado. Tenía la enfermedad de psoriagris, su pie ya estaba totalmente comido, hasta alcanzar las venas. Por lo que ya estaba todo perdido.



- Lo siento mucho, majestad -dijo un secuaz del reino. Miró al príncipe y éste asintió para confirmar la orden. Sacó un puñal y cortó tajante su cuello para que muriera-. Estará junto a Alá.

- Padre, ahora nos guiarás en todas las batallas desde el cielo -cerró los ojos de Ab Rah mientras se manchaba de sangre por la fuente de hemoglobina en la que se había convertido su cuello-. Quiero que esto se quede en el más absoluto secreto. De lo contrario, todos estarán muertos antes de medianoche, ¿entendido? -todos asintieron cabizbajos-. Ahora envolvedlo con una alfombra, llevadlo al calabozo personal de mi habitación, que yo me ocuparé de todo. Ah, y mandad un sobre con una pluma de cuervo negro junto a un pequeño bote con tres gotas de sangre dentro para mi hermano. Él sabrá qué significa.


El príncipe se levantó muy tranquilo, pero apenas podía ver por tener los ojos inundado por las lágrimas que deseaba no rebosar. Sabía perfectamente que el trato dado a su padre no era ni menos honrado, pero tampoco es que se lo mereciese. Jamás aceptó de buena manera los gustos de su hijo. Los rumores cuentan que le puso un cuchillo en la entrepierna si no empezaba a pensar de manera "lógica". Se estaba haciendo de noche, por lo que se dirigió a su torre. Allí pudo ver el cuerpo enrollado de su difunto pariente. Lo empujó hasta quedar tapado por la gran cama que se encontraba en la esquina de su habitación. Sacó de un gran baúl de roble una túnica con capucha roja muy oscura, se vistió con ella y salió del palacio como si nada. Se adentró en el bosque que resguardaba su hogar, sacó una lámpara de aceite de su bolsillo para profundizar con menor dificultad la frondosa arboleda. No aguantó más, rompió a llorar mientras cruzaba todas esas rocas, las ramas viejas y arbustos cuyo único objetivo parecía ser el crear ronchas y picores en el cuerpo humano. Alzó la cabeza, se quitó la capucha y vio a uno de los guardias con los que mantuvo compañía minutos antes pero con distintas prendas; se miraron a los ojos y éste último se acercó para abrazarlo.



- De verdad, lo siento muchísimo -dijo el cancerbero mientras le daba unas palmadas en la espalda-. Pero además, no puedes mantener mucho tiempo esta muerte en secreto. Seguro que ahora mismo le están echando en falta.

- Anda, vámonos al escondite, aquí puede que nos escuchen o nos sigan.



No pasaron ni tres minutos cuando estaban sentados encima de una roca gigante que conformaba la cima de un acantilado que daba a un lago de agua cristalina. El cielo era tan claro y el agua tan limpia que se reflejaban todas las estrellas junto a la gran Luna llena. La inmensa cantidad de pinos como la superficie de la laguna parecían rozar la infinitud. Cualquiera que lo viese diría que allí mismo empezaba el mar. Ambos hombres se destaparon las capuchas, sus ojos brillaban por las caídas de las luces celestiales. Se miraron mutuamente para romper la melodía de las cigarras veraniegas con un beso tan tiernos que fundieron sus labios en la brisa tenue de las alturas. Apenas querían separarse el uno del otro. Era tanto el miedo que sentían por el amor prohibido que dejaban colgar sus esperanzas en las manos del otro, para finalmente formar uno solo en aquella noche de verano. Tras cesar su amor por esa noche, quedaron tumbados en aquella enorme piedra, desnudos por completo.



- Y ahora te tocará ser quien manda en el reino andalusí, ¿no, mi príncipe? -dijo sin apenas voz por la falta de aliento-.

- Sharif, mi amor, no seas idiota. Jamás me pondré al mando de nada. Odio la guerra, odio ver cómo mueren de hambre y epidemias todas las personas que viven alrededor de este sucio alcázar -apretó su mano en forma de puño, dejando rígido su brazo-. Vendrá mi hermano, le cederé el trono y nos fugaremos lejos de aquí, te lo prometo. Pero ahora mismo debo hacer algo mucho más importante -se puso de pie, dándole la espalda al agua, abrió sus brazos tiendo los talones muy próximos al borde-.

- ¿Qué haces? ¿Estás loco? ¡Qué vamos a salir de ésta, joder! -el chico saltó hacia atrás, dejando una sonrisa antes de permanecer en el aire. Cayó en el agua a la perfección, de cabeza y anteponiendo sus manos para romper la tensión acuática-.

- Dale, salta, no me seas nenaza -gritaba desde el agua tras salir a la superficie-. Venga, que no vas a tocar el fondo, está muy profundo.

- Tú lo que tienes en la cabeza es un problema serio, no veas el susto que me has dado. ¡Te vas a enterar! -Sharif cogió carrerilla y se tiró como una lanza-.



No pararon de nadar y de bucear durante más de una hora cuando escucharon grandes trompetas, multitud de voces junto a un ruido caótico. Se vistieron a prisa pero empezaron el camino de vuelta con calma mientras se camuflaban entre los troncos de los árboles que había por ahí. No dieron  más de diez pasos dentro de las paredes de la casona cuando fueron descubiertos por un centinela. Éste mismo avisó a la torre vigía más cercana que hiciera sonar el cuerno para alertar a toda la población. Fue cuestión de segundos que fueran rodeados por decenas de guerreros musulmanes, destacando un jinete encima de su caballo. En un pleno acto de valentía, la pareja de hombres se quitaron la capucha de la cabeza al unísono.



- ¿¡Hermano!? ¿Por qué? -dijo el jinete moro que desenvainó su espada-. ¿Es cierto aquello que narran sobre el asesinato de padre? ¡Que tu compañero lo mató! -rugió lleno de dolor-.

- No es así, padre agonizaba como nada en esta vida. Si llegamos a dejarlo con cuidados nos hubiera infectado a todos. Cosa intolerable -respondió con tono firme-. No fue un asesinato por el trono ni mucho menos si es lo que piensas. Nos había ocultado a todos una psoriagris bastante avanzada en su pie. Como veo que te has enterado, también habrás visto su cuerpo, por lo que no miento -se puso el puño en el corazón-. Delante de todos tus futuros guardias cedo yo, Al Sahir Maldok, el trono del reinado a mi hermano Alzhira Maldok -todos quedaron asombrados por las palabras pronunciadas. Siendo Sharif el más sorprendido de todos-.

- Buena treta, grandullón. Pero si os creéis que daré inmunidad a tu amiguito por querer cederme el poder -dijo con tono irónico-, vas muy mal encaminado -alza la mano con los dedos corazón e índice alzados-. Aprénseles ahora mismo, los quiero en la sala central lo antes posible y que se llene de gente, no debe faltar ni un alma. Se va a celebrar una carta de libertad mediante acción de reto.



La sala iba a reventar por la cantidad de gente que allí encontraba allí, no sobraba ni un centímetro cuadrado de pared en el que se hubiera colocado una persona. Incluso en las barandillas que daban a la sala anterior estaba llena. Los arrestados se encontraban de rodillas en el el suelo, en la parte central para que pudieran verle incluso los más pequeños. De entre la multitud salió Alzhira andando tan tranquilamente con una llave dando vueltas por su dedo índice. Se paró en seco a espaldas de ambos, se colocó de cuclillas y abrió el candado se las muñequeras que inmovilizaban a su hermano.



- Ni se te ocurra moverte todavía, ¿eh? -dijo el futuro rey a su alegado-. Que esto solo acaba de empezar -Al Sahir se movió lentamente hacia su derecha con las rodillas para acercarse un poco más a Sharif-.

- Tranquilo, mi amor. Te prometo que nada ni nadie nos separará. También juro que los dos formaremos uno solo pero de tal manera, que nunca te vean, para ser yo la persona castigada -susurró Sharif a su amado-.

- Ambos sabemos que tu destino depen...

- ¡Silencio, burracos! -alzó la voz el jinete despiadado mientras se movía en círculos con sus manos en la espalda para hacer ruido con sus espadas-. Muchos de aquí no sabréis aún qué pasa, ¿verdad? ¿Por qué iba a estar nuestro príncipe atado y cerca de la muerte? Sencillo, dejó morir a nuestro rey -las caras de asombro y miedo recorrieron la sala como una ola de terror-. Aquí será juzgado mediante un reto. Si tanto aprecias a tu compañero del alma, debes encontrar y mostrarme un lugar en menos de dos noches en el cual, tanto el cielo como la tierra sean algo imposible de diferenciar. Un lugar donde el fin no se aprecie, y el comienzo no importe.

- ¡Todos sabemos que ese lugar no existe, asqueroso! -interrumpió Sharif con lágrimas en los ojos-.

- ¡Qué te calles, insolente! -recibió un latigazo-. ¿Por dónde iba? -dijo con sarcasmo y humor-. Ah, sí. Ahora me ataré con una cadena a tu muñeca, para que no te escapes y así puedas buscar ese precioso lugar. Por favor, tráiganla -hizo un gesto con la mano para que dos hombres se acercaran. Hasta la mañana del próximo día tu queridito estará con vida. Solo puedes alargar su vida de esta manera, así que venga. Levantaos.



Ambos salieron fuera de los muros andando, con tranquilidad. La diferencia entre ambos eran los ropajes y la dirección de sus miradas: uno sin levantar cabeza y el otro feliz y sonriente mirando hacia arriba. Puesto que sus rasgos faciales eran los mismos, era la característica de unos hermanos gemelos.



- Hermano, no seas tan cruel. Tú mismo sabes que nunca le haría daño a padre. Él mismo pedía su fin, sufría muchísimo.

- Claro que lo sé, pero si quiero ser rey, no voy a querer a una escoria como tú a mi lado. Los dos sabemos que estamos hechos de carne y hueso, pero que jamás fuimos uña y carne -dijo el sonriente hermano-. Además, siempre fui el preferido, tú y tus gilipolleces estropeaban, manchaban e incluso repudiaban el nombre de nuestra familia y religión. Mucho es que te estoy dejando vivo, maldita aberración de la naturaleza.

- ¿Por qué? ¿De verdad crees que el amor es un delito? ¿Acaso tú no amarías a una mujer? Que no te frían los sesos una religión equivocada, hermano. Y además, si quieres ser rey, puedes serlo sin problemas. Pero por favor, deja que él se vaya, que sea feliz. No ha hecho nada malo. Fui yo quien dio la orden, mátame a mí.

- Veo que sigues siendo tan inepto e inocente... Yo mismo hubiera matado a padre, y no teniendo una enfermedad necesariamente. Pasaré a la historia como el gran rey, la verdadera respuesta a las predicaciones de Mahoma. Pero claro, no puedo hacerlo si tu te entrometes -empezó a sacar lentamente la cimitarra de su funda y Al Sahir empezó a correr, llevando a rastras el peso del asesino de su hermano-.

- ¿¡Estás loco o qué te pasa!? Ambos sabemos que tú no eres así de malo. Nunca fuiste tan ambicioso, por favor razona un poco -decía nervioso mientras esquivaba árboles y su fraternal compañero unido se golpeaba más y más-. ¡Respóndeme, cobarde! ¡No seas imbécil, vamos! -echó la vista atrás y observó cómo  su prójimo estaba inconsciente por los múltiples daños en su cabeza causados por los troncos-. Es que eres imbécil, de verdad.



Le tomó el pulso tras ver que sus pulmones no respiraban, estaba muerto. Le quitó rápidamente hasta la última de sus prendas para cambiarlas por las suyas. Cogió una piedra cercana y a base de topetazos hizo añicos uno de los eslabones, pudiendo soltarse. Posteriormente, metió el cuerpo desnudo y ensangrentado de Alzhira en unos matorrales frondosos desde el cual, no se le percibía. Dió media vuelta dirigiéndose nuevamente a su residencia. Allí avisó a sus guardias, haciéndose pasar por su hermano, de que Al Sahir huyó en dirección contraria a donde dejó el cadáver. Esto hizo que las torres quedaran vacías, incluso los cocineros fueron en su búsqueda. Aprovechó para adentrarse en los calabozos. Expulsó a los guardias para que también le dieran caza al supuesto fugitivo.



- Sharif, ¿dónde estás? Soy yo, Al -dijo tras no escuchar los pasos de nadie por las escaleras-.

- Estoy aquí, en la última celda. Por favor, ayúdame, sácame de aquí -fue corriendo hasta el foco del sonido y de una patada fuerte en la cerradura consiguió abrirla.

- Ya ves, trucos que se descubren. Venga, vámonos.

- ¿Y tu hermano? ¿Cómo has huido? ¿Y por qué llevas su ropa?

- Está muerto. Ahora calla y corre. Luego te cuento. Debemos ir en dirección al lago, allí no nos encontrarán.



Fue cuestión de minutos y grandes segregaciones de adrenalina el que llegaran hasta el lugar acordado. Se tiraron de rodillas con las manos en el suelo para descansar recuperando el aliento. Ambos se sentaron encima de la gran piedra, con las piernas cruzadas. Al Sahir rompió a llorar sin pausa alguna.



- Eh, eh, pequeño, ¿qué te pasa? Dime qué ha pasado, venga -puso su mano sobre el hombro-. Relájate, desahógate, que para algo estoy aquí.

- Mi maldito hermano, joder. Que quería matarme y todo. ¿Te lo puedes creer? -se echa las manos a la cabeza enrojecida por el llanto-. Que quería ser el dueño del mundo vamos. Sacó su arma, entonces eché a correr, se cayó y cuando me quise dar cuenta, estaba muerto. Pero yo no quería, de verdad. Solo intentaba... -su cabeza y sus hombros se dejaron caer en el pecho de su pareja para reposar-.

- Desahógate, tranquilo. No tienes la culpa, ha sido un accidente. Además, el quería matarte porque sí, no hiciste nada malo. Ahora respira hondo y te vas calmando, que tú puedes. Eres un hombre fuerte. Venga mira la Luna, hoy está preciosa -su voz se quedó sin torrente, su cuerpo sin habla, como si hubiera visto un fantasma-. ¡Joder, mira la Luna! -señaló con el dedo índice-. Media luna está tapada por el agua y la otra mitad está reflejada, ¿lo ves? Ahí está, ¡el reto de libertad!

- ¿Sabes qué significa eso? -dijo mientras se secaba con su camiseta las lágrimas-.

- No, ¿qué significa?

- Pues que los dos seguiremos una senda. Vemos que estamos solos, como la misma Luna. Pero al ser nosotros dos, formamos una sola persona por la gran confianza y el apoyo que tenemos. Siempre estaré yo de cara al mundo, desde los cielos mientras te protejo, tú estarás a mi espalda. ¡Da igual desde qué parte del mundo miren, que jamás me harán cambiar de opinión! -cogió carrerilla y saltó como ningún hombre había saltado jamás. Llegando a tirarse, exactamente, donde se unía la media luna y el medio reflejo del lago-.






- Desde esa misma noche, nunca más se volvió a girar la Luna frente a las miradas de cualquier persona. Dando siempre la misma cara, la del gran príncipe Al Sahir -dijo con esmero el abuelo del chico-. Ahora, Landom, te toca ir a dormir. A la cama, pequeño campeón.



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