Hace ya unos cuantos años, hubo un chico de un frío y pequeña localidad de la Sierra de Huelva, estaba jugando a las batallas con sus muñecos. De repente, miró por la ventana del salón y visualizó perfectamente la vieja mansión que había al final del pueblo. Ese tenue color lila azulado en sus paredes le asustaba, junto a las sucias y rotas cristaleras que le adornaban como si de una iglesia se tratara. Los barrotes con sus puntas de lanza larga provocaban inseguridad en la tranquila Aracena; su enorme jardín lleno de césped con suelo intestado de castaños altísimos, pelados; extendían una impresión gótica por la negrez de los troncos. Muchos cuentan que estaba maldita, que allí vivía un viejo amargado por la muerte temprana de su mujer por una meningitis. Desde entonces, no hacía otra cosa que trabajar en su sótano, inventando multitud de artilugios que nadie ha sacado de allí jamás. Toda persona que entraba, salía loca de de aquel lugar. Incluso los manicomios los rechazan como clientes. La madre del chico le tenía completamente prohibido acercarse a aquel hogar, no fuera quedarse majareta.
Al segundo se da cuenta que empezaba a nevar. La mandíbula cae por sí sola, dejándome boquiabierto, sumándole la dilatación de sus pupilas como si de un sueño se tratara. Era la primera vez que había visto la nieve, no sabría si era ilusión ese cosquilleo que recorría su cuerpo, pero parecía sentarle de maravilla. Algún cable de su cerebro se había cruzado sin querer y decidió, sin meditación alguna, coger el pequeño abrigo negro junto a una bufanda para salir a investigar realmente qué pasaba en aquel casoplón de más de un centenar de años. Andaba por la calle como si nada especial ocurriera, sus manos metidas en los bolsillos y el vapor del aliento atravesaba la gruesa lana alrededor de la boca. Observaba en cada cruce si podía encontrarse o no viandantes que se decidieran por perseguirle, descubrir el plan y llamar a la policía destrozándolo absolutamente todo. Tardó un cuarto de hora aproximadamente en llegar hasta lo alto de la montaña donde se encontraba. Se colocó exactamente en la gran puerta de la valla que rodeaba toda la casa. Al parecer estaba abierta, así que por la adicta curiosidad, entró. La reja chirriaba como si un gato araña una pizarra sin cesar. Una vez dentro, podía fijarse en que la superficie resultaba ser un casquete circular, dejando por entendido que es una punta del mundo. Había un sendero señalado por las múltiples pisadas realizada a lo largo de los años, pero apenas se veía bien por la multitud de hojas que había caída en el suelo. Aquel patio llevaba muchos años sin cuidarse, algo tan previsible como fácil de observar. Estaba aterrado, los árboles parecían crecer más por cada paso que daba en dirección al caserío, el cual no tenía ni una sola luz encendida. Ya serían las ocho de la tarde, dejando a oscuras cualquier rincón a más de un metro de distancia de los ojos. La torpeza alimentada por el terror provocó que su pie derecho quedara estancado con una rama del suelo, cayéndose de boca al suelo y provocando un gran estruendo, incluso unas lechuzas salieron a volar.
Ese no era un suelo normal, notaba cómo temblaba todo si embujaba o hacía un movimiento brusco. Una luz amarilla emanaba de un agujero pequeño en el suelo. Tenía forma de cerrojo. Primeramente pasó la mano un par de veces, moviendo la tierra. A medida que dispersaba todo el polvo, las piedras y los pétalos, se percataba de que aquello era una trampilla, una entrada secreta. Colocó un ojo dentro de la cerradura para ver qué provocaba esa emisión lumínica tan intensa. Se podía ver a la perfección que había una enorme mesa en el centro de la habitación, con un cuaderno abierto cuyo dibujo era un mar en calma con un barco en medio. Al norte y al sur de ella se encontraban unas viejas pero robustas estanterías llenas de herramientas, al oeste había un grifo junto a varios vasos de cerámica y en el este veía una puerta. Por ella entró un señor mayor con bastante prisa, vestido con unos pantalones, una camisa blanca y unos tirantes marrones. Abrió la metálica caja donde guardaba el multitud de lápices, destacando uno de color blanco por su enorme tamaño, ocupaba la mitad que el resto juntos. Tras comprobar que estaba el susodicho objeto se quitó las gafas, las metió en el bolsillo que tenía cercano al pecho, y se sumergió dentro del dibujo. Fue como si se tratara de una puerta a otro mundo, incluso salpicó agua dentro de la habitación. Del mismísimo susto me levanté, huí hasta un árbol y me senté en sus raíces para abrazarme a mí mismo a la vez que usarlo como consuelo.
No podía parar de imaginar una y otra vez lo sucedido hacía unos segundos. Se había esfumado, fue como por arte de magia. Se llenó de valor los pulmones al respirar profundamente, volvió hasta la trampilla y se intentó fijar en qué pasaba realmente. La habitación seguía igual, pero no se había fijado que muchísimos dibujos estaban desperdigados por el suelo: una boda en una catedral donde se ven a la pareja, unas vías de tren con dos personas caminando cogidas de la mano además de otros que estarían en el suelo por la otra cara. Sin contar con la decena de bolas de papel que había en una papelera pequeña al lado de la puerta. En ese instante empezó el dibujo oceánico a temblar, el joven tensó todos los músculos de su cuerpo para así no volver a tener miedo, permaneciendo inmóvil por unos segundos. Unas manos salieron de aquel boceto y se apoyaron en la mesa, como si quieran impulsarse. No pasaron ni cinco segundos hasta que salieron los brazos, la cabeza y el tronco del anciano señor que antes fue visto. Su ropa estaba muy húmeda junto con el pelo, tan empapado que goteaba en la mesa. Se sentó en la esquina de la mesa, sacando de su bolsillo las gafas, se las colocó y cogió el lápiz blanco de debajo de sus nalgas.
- ¿Qué haría yo sin ti, Mundos alios creator? Me devuelves la vida que necesito, aunque deba pagar el alto coste que supone la soledad en esta demoledora realidad -se levanta y coge en sus manos un cuadro con la foto de una joven-. Pero no me hace falta nadie más, mi pequeña caminante de raíles. Landom te busca desde que te fuiste sin avisar -se escucha como llora y varias lágrimas caen en el cristal-, para decirte que te amo como un loco y que doy mi vida por verte un segundo más.
En ese momento lo comprendió todo. Ese hombre jamás pudo ser feliz sin su pareja, todo le sentaba tan mal, que la más tenue pluma se convertía en una carga de incalculable dolor. Con sus colores puede viajar adonde el arte le indique, sabiendo que un artista se muestra con el corazón, siendo la hélice de nuestros sentimientos y deseos.
Nuestra vida es única, da igual que nos fijemos en el pasado o centremos la mirada en el presente, pero jamás se aparta la mirada.
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