Era una tarde gris de Noviembre. Hacía tanto frío en la calle que el vaho que salía de mi boca era capaz de empañar mis gafas en su totalidad. Por si fuera poco, mi pelo mojado chocaba contra mi frente, provocando que me cayeran gotas de agua dentro de las córneas. Cada paso que daba por la acera derecha de la avenida era una tortura. Tenía los pies helados, me crujían los huesos cada vez que estos se movían por sus uniones. Los calcetines empapados por la lluvia solo provocaban un aumento del malestar. A medida que el tiempo pasaba, mi velocidad aceleraba, como si tuviera prisa por llegar a cualquier parte. Pero me encontraba en un laberinto, no encontraba salida, y mucho menos, un lugar seguro. Solo podía ver cómo las paredes se acercaban más; me faltaba el oxígeno. Me llevé la mano al pecho, me la miré y la sangre se diluía a causa de esta intensa lluvia. La gabardina cayó al suelo con mi cuerpo atado a ella. Mi cabeza se dañó, mi espalda se partió y todo por haberme resbalado con unas canicas que estaban esparcidas por aquella vía. Pude levantarme segundos después, pero las palmas de mis manos estaban entumecidas del terrible dolor que habían sufrido. Una chica alta rubia y de ojos verdes vino a ayudarme. Sus labios eran finos con un pigmento rosado que transmitía ternura. Tras recomponer mi cuerpo, siguió su camino hacia delante, me fijé en sus tacones de aguja, plateados, muy brillantes además de altos. Su falda color magenta me llamaba la atención, ya que además de ser muy corta, no era muy típica en días tan apagados como el de hoy. Su vestimenta destacaba con una camisa blanca apoyada en una chupa de cuero pequeña. Terminando con un collar dorado de eslabones torcidos.
Desvié mi vista a la derecha, me fijé en un espejo en el que me proyectaba, cada vez tenía la piel más pálida, la chaqueta no estaba manchada, pero mis costuras internas delataban mi desangre. El final estaba más cerca que lejos, pero como una promesa es irrompible, debía seguir hacia delante. Pasaron unos cinco minutos de caminata con mi mano izquierda haciendo presión en la herida de mi pecho. Notaba cómo mis pulmones tenían menos capacidad para el aire a causa de la sangre que se introducía en ellos. A pesar de que mi vista se nublaba cada vez más, pude diferenciar la puerta del portal cuyo destino me encomendaron. Envolví mi puño con el brazo del gabán y rompí el cristal para así poder abrir desde el interior. Llegué al cuarto piso a través de un ascensor lento, pequeño y muy ruidoso. Llamé al timbre de la puerta de mi izquierda, para que finalmente me abriera una chica. Era la misma persona que me ayudó a levantarme unos minutos atrás, ambos nos quedamos petrificados. Finalmente saqué mi arma del bolsillo, apreté el gatillo y una bala atravesó silenciosamente su frente hasta la parte parietal de su cabeza. Su cuerpo inerte se precipitó sobre mi cuerpo. Ya no me tenía fuerzas ninguna, imitando unas piezas de dominó; también caí. Un final de dos personas para dos escenas.
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