viernes, 16 de octubre de 2015

Anillos de papel


Aquí, sentado en este banco de madera, me duele aunque a la vez me reconforta el mirar mi mano izquierda. En mi dedo anular tiene colocado un trozo de papel enrollado y desgastado que a través de un pequeño agujero se queda en forma de anillo. Ni siquiera me aprieta o incomoda a pesar de separarlo notablemente del resto de mis extremos. Pero es mi gran amuleto, mi puerta al pasado. Recuerdo como si fuera ayer aquella excursión a la playa de Matalascañas en quinto de Primaria. Estábamos sentados en lo alto de la torre hundida en la orilla hablando sobre por qué los mayores se peleaban con sus parejas, cuando se casaban para no dejarla nunca, ante nada, sabiéndose perdonar el uno al otro cada error cometido. Fue entonces cuando escuché las palabras que marcarían mi vida para el resto de mis días: “Pues Landom, cuando seamos grandes, quiero casarme contigo. Así nunca pasaremos un mal rato, porque somos amigos y no dejaremos que nadie nos haga daño. Por las mañanas cocinaremos juntos, por las noches tocaremos el piano mientras cantamos todas y cada una de las canciones que se nos ocurran. Seguro que todos nos envidiarán. Es un plan perfecto”. Tampoco sería capaz de borrar de mi mente aquel beso tan intenso que me dió en la mejilla con sus suaves y delicados labios mientras acariciaba mi mejilla con su brazo al haberme rodeado por el cuello con él. Tras ello, saqué de mi mochila una cámara muy antigua, podía incluso sacar fotos al instante por una rendija que tenía en la zona inferior. Total, que decidí hacernos una sacando las lenguas, y al revelarse el fotograma unos pocos segundos después, vimos que salíamos horrorosos, así que la rompimos en dos. Pero en lugar de tirar aquellos trozos, sin mediar palabra alguna, nos leímos sendas mentes; los enrollamos y los convertimos en nuestras alianzas.



Éste es mi recuerdo favorito sin diferencia alguna con el resto. En mi otra palma tengo el arete que me complementa, me lo ha dado la madre de Cristal, la mujer más amable del mundo. Al parecer se lo quitaron durante el vestimiento, no querían que se estropeara o se rompiera ya que al ser tan antiguo; es frágil. El cura termina de dar el típico sermón hacia las personas que se van de esta vida mientras que él no las conoce de nada. Nos cede el turno para despedirnos individualmente del gran alma que aguardaba esa bella persona. Cuando llego al altar, la veo. Su precioso cabello dorado que es tan largo y brillante como la cola de una estrella fugaz, que se ha ido igual de rápido, casi sin pestañear. Sus ojos han sido cubiertos por sus párpados pálidos como una gran ausencia de sol, así por todo su cuerpo. Cojo su mano, fría y tersa como el hielo, levanto su delicado anular para poder colocarle su alianza, con la que descansará para siempre. Con la que tendrá una casa en el cielo, esperándome a que yo llegue para poder vivir juntos. Finalmente beso su noble frente, luego le doy un abrazo a su madre para luego agachar mi cabeza. Salgo por el pasillo lateral derecho de la iglesia sin alzar la vista, me pongo mi gabardina negra de piel del perchero y salgo para así cubrirme del viento helado junto a la nieve que cae sin cesar esta triste y oscura mañana de Enero. Le doy un par de monedas al mendigo que está en la puerta con un gorro de lana como recipiente para que allí dejaran sus limosnas. De camino a mi casa, solo escucho cómo mis pies pisan la nieve acumulada en las aceras y ésta crujía por ser reducida a una suelta de bota de campo. Mi cuerpo ha llegado al punto en el que sigue solo hacia delante, mi mente se va a otro lugar. Solo puedo plasmar en mi imaginación todos y cada uno de los recuerdos que he pasado junto a mi mejor amiga, junto a la que iba a ser mi eterna compañera. En lugar de llegar a mi casa, me encuentro en la puerta de su casa. La reconozco a simple vista, pero la asocio con una familia cualquiera, como si de un mundo paralelo se tratara. Todo es ilógico, no quiero sufrir más de una manera tan estúpida. Me doy media vuelta y reanudo la marcha hacia el que era mi hogar.

Una vez dentro, sacudo mi abrigo repleto de nieve, lo cuelgo detrás de la puerta del pasillo y miro al frente. Todo a mi alrededor tiene un tono muy oscuro, además, las distancias no son las mismas. Parece que este corredero se ha alargado, cualquier objeto se encuentra más distante de mí. Se vuelve una misión imposible el reconocer el mundo estando solo. Siempre supe que llegar a mi casa cuando no estaban mis padres era distinto, la sensación de vacío es constante, pero hasta este momento no me he dado cuenta de una manera tan significativa. Me quito los borceguíes, para posteriormente deshacerme de los calcetines, ya que están empapados, no quiero que mis pies pasen más tiempo esta tortura. Entro directo en mi salón, solo hay un par de sofás de cuero marrón, una mesa rectangular de hierro y cristal junto a un piano de cola negro que se encuentra en una de las esquinas. Me siento un pequeño banco situado a escasos centímetros del gran instrumento para así disponerme a tocar. Pasan diez horas eternas de tristes melodías en las que cada nota me recordaba lo lejos que había llegado. Desde mis once años estuve tocando día y noche. Quería mejorar tanto que nadie me pusiese alcanzar. Mi tiempo para dormir disminuía mientras aumentaba mi tiempo de enseñanza. Solo tenía una motivación, ella. El imaginarme vestido de traje y chaqueta en un lujoso restaurante mientras tocaba una canción compuesta por mí mismo en la que le pidiera matrimonio. No había ni un solo día de mi vida con el que no me levantara gracias a ello. Si algo quería en la vida era ser el marido de Cristal, la chica más dulce del mundo con el hombre más feliz de la historia. Esta mañana es muy diferente al resto, ahora las notas musicales las escucho muy cerradas. Como si yo mismo estuviera quedándome sordo, que todo sonido que entra por mis orejas, rebota para apenas apreciarla. Mis dedos fluían como un río con lluvia torrencial, el nivel alcanzado era insuperable, la pasión inigualable y el dolor inaguantable. El himno de la alegría lo convertí en mi adaggio de cuerdas número once, como si del mismísimo Samuel Barber se tratara. Desde que toqué la primera nota del día, la ventisca cesó para dar paso a la lluvia. La luz saltó y desde entonces, estoy sin luz. Horas y horas al ritmo de unas cuerdas pulsadas y miles de gotas suicidas impactando sobre el cristal de la ventana. Los truenos crean unos estruendosos coros, para dejar sin aliento a cualquier alma que se acercara.

Mis dedos ya no aguantan más, mis ojos son incapaces de cerrar los párpados sin que me rasguen los ojos de los secos que estaban. Lo que he llorado en este periodo de tiempo daría para crear nuevos mares, para ahogarme en ellos si fuera necesario. Decido levantarme, subo las escaleras hacia la segunda planta de mi casa, me miro en el espejo del segundo pasillo y presencio cómo mi cuerpo se descompone por sí solo. Mis brazos caen, la cadera se rompe, los oídos quedan sordos, mis labios se resquebrajan y mi nariz se abre en dos. Ya no soy el mismo, hasta mi propia mente me juega malas pasadas, pero una pequeña mota de serenidad permanece dentro; me mantiene vivo. Llego a mi habitación, saco de mi último estante un álbum de fotos verde con esquinas reforzadas con placas de bronce. Lo abro y solo me encuentro fotografías con ella, todas y cada una de las que tengo ahí, fueron realizadas con la vieja cámara que me acompaña desde el principio de nuestros días. Paso hasta la última página, en ella hay una fotografía en negro que resalta por estar abultada, la saco de su compartimento y despego de detrás de ella, una fina caja forrada con terciopelo azul oscuro. La abro, dentro de ella tenía un anillo de oro, un anillo de pedida. Una pequeña lágrima cae sobre él, lo guardo en mi bolsillo derecho y salgo a la calle. Ha escampado, el cielo sigue cubierto por las nubes, pero tornaron a un color gris cada vez más tenebroso. La humedad que se respira en el ambiente llegaba a ser nociva, ni inhalar aire me dejaba, toso. Llego andando hasta el cementerio del pueblo, se ha hecho de noche y la temperatura baja aún más, el vaho que sale de mi boca proporcionaba calor a mi nariz ya congelada. Me salté la valla que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Puedo llegar, con cierta orientación, a la fosa donde se encontraba el ataúd de la gran viajera, de mi caminante de raíles. Aún no está sellada, pero sí ha sido sepultada con una gruesa capa de tierra. Empieza a llover a cántaros, mi ropa y mi pelo quedaron empapados en cuestión de segundos. Mi armella de papel también salió perjudicada, se aflojó y terminó despegándose de mi dedo. Cae al suelo, ni me inmuto. Finalmente, saco de mi bolsillo el tesoro de toda mujer, su eslabón final a la vida. Lo dejo caer dentro de la fosa, río levemente y me digo a mí mismo, mientras me tiro dentro: “Mejor tarde que nunca”.

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