jueves, 1 de octubre de 2015

Camino de ira


El día de hoy no podía ser más raro aún. Estaba caminando por las vías de tren oxidadas y rotas, cuando de pronto toda la maleza que recubría esta especie de pasillo forestal se empezó a marchitar. Las hojas se tornaban rápidamente a un color negro muy intenso. Detrás de mí soplaba una leve brisa ascendiente que recorría desde mis pies hasta mucho más de mi cabeza, provocando un tornado de un tamaño pequeño que se componía de los fragmentos de hojas y ramas arrancadas por esta fuerza eólica. A medida que avanzaba, me reconfortaba más el hecho de que de una manera u otra, tenía compañía. No sabía muy bien que estaba pasando, pero por cada paso que daba en las tablas de estos raíles, la ventolera en espiral aumentaba. Si me concentraba a medida que cerraba mis ojos, las huellas de botas de campo se plasmaban en aquellas carcomidas traviesas. En lugar de escuchar como el aire estaba siendo cortado y el mundo se destruía poco a poco, en mis oídos solo cabía hueco para una voz desgarrada de un hombre adulto que me susurraba:


“La caída de otros será apertura de tu propia vía. No sigas los caminos de terceras personas, ellos sufren errores y no evolucionan. En cambio, tú, te convertirás en alguien imparable. Tu escudo está hecho de grandes restos de miles de historias; ninguna cierta. Ahora solo debes seguir tu camino, verás rápidamente que tu clavo no será sujetado por nadie, está demasiado alto para el resto de humanos y si lo intentan tocar, se esfumará. Tú debes ser, jamás lo dejes, porque el no-ser te traerá demasiados problemas.”


En ese momento me dí cuenta de cuál era la fuente de este acontecimiento tan arrollador. No era mi amor a la muerte, y mucho menos mi pudor a la vida; sino mi eterno odio a esta sociedad inepta. Mis venas se hincaban y contraían por los latidos tan duros y secos de mi fuerte corazón. Los ocelos me ardían hasta tal punto que debía cubrirlos con mis propios párpados. Alcé mi mano al frente, la abrí totalmente para luego tensar todos y cada uno de los músculos. Un trozo de riel de dos metros fue arrancado del suelo, lanzándose hacia mi mano, aumentando la velocidad conforme se acercaba. Lo usé como bastón a medida que me desplazaba. El tiempo no transcurría en la zona que yo mismo había creado. Pero por otra parte, era capaz de ver el cambio tan veloz al que se sometía toda aquella zona. Aminoré el paso para finalmente quedarme quieto frente a una puerta de acero pintado de azul oscuro llena de remaches y la cabeza de un león de hierro que sujetaba entre sus colmillos un aro grueso para usarlo de llamador. Lo cogí y golpeé la puerta con él. Pasaron tres segundos y se abrió, tragando toda luz existente. Apenas podía ver a un metro de mí, pero avanzaba sin miedo alguno hasta que llegué a una zona de piedra, como si de un acantilado se tratara. Donde volví a escuchar la misma voz, pero con una amplitud diferente.


“Bienvenido a los pensamientos de un alma perdida.”

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