viernes, 6 de mayo de 2016

Tratos de las cinco y media



Estaba siendo una tarde tan fría y lluviosa que no podía ni sentir mis pies. Me creía un pirata con dos patas de palo por piernas, en efecto, sentía que me faltaba algo. Las calles pedregosas y empinadas de Aracena no hacían de mi viaje una hermosa travesía que recordar. Las gotas que del cielo caían hacían retumbar mis oídos, dejándome atónito por más de un sentido a la vez, intercalándose con el dolor muscular que supone una caminata desde la última vez que vi el Sol, allá por el mes de Octubre. Mi gabardina, agujereada por tropecientos tiros de una recortada, estaba empapada y pesaba como un tonel. Pero como bien sabía, es lo único que conseguirá protegerme además de unos reflejos felinos que llevo entrenando años. Han pasado ya meses desde que aquel payaso loco y armado hasta los dientes me quiso reventar a balazos. Sigo sin saber porqué, pero cogí a un mendigo de escudo humano por simple instinto de supervivencia y en cuanto se quedó sin munición, corrí como alma que lleva el diablo, dejando a cualquier atleta mucho atrás por la fuerza descomunal que obtuvieron mis piernas. Y sin saber aún porqué, la vida no ha hecho más que traerme problemas. Pequeños percances de ser un asesino a sueldo, el mejor del país sin decir menos.


Y pensar que estaba yo en verano en mi mansión de Cumbres gozando de una buena copa de vino afrutado del África sudsahariana cuando llamó al timbre ése estúpido alemán en traje de chaqueta y un maletín. Su pelo rubio y recogido con una coleta corta con gomilla negra y ojos marrones mostraban un hombre serio y firme. No sabía si imponía más su altura de metro noventa o sus brazos marcados en un tejido de Emidio Tucci. Tenía una cicatriz en el cuello que le recorría toda una línea horizontal, como si hubieran intentado matarle. Sus zapatos italianos relucientes le señalaban como un hombre de dinero, dejando ver en su conjunto que quería hacer negocios.


– Buenas, es ustedd el señorr Landom si no me equivoco -dijo con una sonrisa pícara asomando su colmillo de oro en la dentadura superior-.

– No, no me suena ese nombre, debe haberse confundido de lugar, señor -le cerré la puerta en las narices y me dirigía a la piscina de mi gran caserío-.

– Vengo a hablar de negocios, señor, reclamo sus serrvisios de justicierro perrsonal -dijo a través del portón con un sonido más ahogado-.
– Le repito que no sé de qué me habla -solté con alevosía mostrándome indiferente ante un cualquiera que no había visto ni me habían presentado jamás-.

– Sus serrvisios no valen cuarrenta millones de dolarres, ¿verdad? -preguntó como última opción antes de desistir-.

– ¿Qué ha dicho? -fue oír la maldita cifra y mi cuerpo se paró ipso facto, dejo la copa con delicadeza en el mueble de mi izquierda; vuelvo a preguntar- No seguirá ahí, ¿verdad?

Parra su forrtuna, o su suerrte; sí, sigo aquí -me acerco a la puerta, miro hacia la derecha y planto la mirada en los ojos de Dorothy-.
– Mira que te dije que abrieras tú, ¿eh? -dije en voz baja- Ahora ve y deja entrar al señor, dígale que me acompañe al salón -escucho sus delicados pasos mientras intenta no hacer ruido, siendo más cuidadoso que un lince en la estepa desconocida en busca de una presa-. Dígame, porqué quiere mis servicios y qué cree que vale exactamente esa cantidad tan peculiar, esos cuarenta millones.
– Uy, dirrecto al grano por lo que veo. Siento si he sido un prroblema o he incomodado, empecemos de nuevo. Me llamo Lyon, un placer conoserle al fin, señor Landom -me tiende la mano en señal de saludo, se la doy y sendas son agitadas-.

– Esta vez le daré la razón, señor. Pero dígame, ¿cómo ha sabido dónde vivo? -pregunté intrigado, aunque por dentro estuviera cabreado, alguien me ha delatado. Cogí una pequeña libreta y un bolígrafo-.

– Bueno, nadie en especial, son cosas que uno oye por ahí en las reuniones -mueve las manos al aire como si una caja se abriera-.

– Igual de normal que el ofrecimiento de estos cuarenta tacos que todo el mundo tiene, ¿verdad? -reí con astucia-. Dígame ahora mismo quién ha sido o está sin vida en cuestión de segundos -giro el tapón de mi pluma para asomar lentamente una cuchilla afilada como el viento de las montañas-. No sé si me entiende.

– Bueno, bueno, perdone. Es su casa y cumplirré sus normas, perdone mi intromisión inadecuada -se puso más nervioso-. Fue la señorrita Cristal Deviant -su voz se tornó a un tono más grave, dándole más seriedad al asunto y así mostrar más sinceridad. Le miré a los ojos y le clavé una mirada furtiva, sin parpadear. Añadí el nombre de la chica a la pequeña libreta y lo subrayé con fuerza.

– Con que ha sido la chica más deseada de París, la modelo del valle, ¿no? -me río-.

– Correcto -posa una pierna sobre la otra y junta sus manos. Señal de tranquilidad, ya era hora-.

– ¿Por dónde íbamos? Ah, sí. ¿Qué se le ha pasado por la cabeza exactamente para acudir a mí? -me eché hacia atrás en el sillón, cogí un pequeño puñal de plata que había oculto en la superficie de éste y me lo guardé en el bolsillo interno de mi chaqueta-. No se preocupe, es precaución personal, ya sabe que en mi oficio hay que andarse con ojo.

Quierro proponerle un reto al que seguramente no se haya enfrrentado nunca. Me gustarría que usted me mate -levanté mi ceja derecha con inocencia, pero por dentro aquel mensaje fue más que imprevisto-.

– Con que a usted mismo, ¿no? ¿Y qué gano? Creo que le puedo matar ahora mismo y quedarme con el maletín y sus pertenencias tan tranquilo -marqué una sonrisa en mi cara con la misma curvatura que su enorme marca que atravesaba su nuez-.

– Si mi corazón deja de latir ahorra mismo, mis hombres lo sabrrán y harán detonarr los explosivos que hemos colocado en cada uno de los pilarres de su casa; muy bonita, porr sierto.

– Veo que lo tiene usted todo muy bien atado, ¿no? Me recuerda al gran Bruce, un hombre capaz de tener un plan para cualquier cosa que pudiera pasar. Un señor muy astuto, mis dieces van para usted -aplaudo un par de veces, lentamente y con palmadas secas-. Acepto su propuesta, pero, ¿y el dinero? Le recuerdo que usted morirá.

– No esté usted tan segurro, señorr Landom. Solo si usted me mata en menos de una semana, tendrrá el dinero.

– ¿Y si no lo consiguiera, Lyon? Cuénteme qué plan tiene usted pensado.

– No crreo que aguantase una semana más tras el trrato finalisado -rió a carcajada contenida-.

– Váyase de mi casa, señor. No quiero oír nada más de esto. Ahora mismo -alcé mi dedo índice y le mostré la dirección hacia la puerta-.

– ¿Eso significa que nuestrro trrato se ha esfumado?

– No, por supuesto que sigue en pie. Son las cinco y media de la tarde y veintiocho segundos, acaba de empezar. Guárdeme un sitio en el otro mundo cuando yo llegue. No sea impaciente.



Y así fue como acabé aquí, huyendo de un loco psicópata perfeccionista que no tiene nada más sensato en esta vida que amargarme la mía, buscando como final, mi muerte. Acabo escuchando unos pasos por mi espalda. El fango apartándose para abrir paso a unas botas de montaña que no tenían más direcciones fijadas que la mía, dejando así un tiempo para prepararme. Aunque mi paso, por bien o por desgracia, cada vez tenía menos fuerza. El propio barro de las montañas de la sierra onubense provocaban en mis músculos un cansancio mayor que el de cualquier deporte. Sabía que si era a mí a quién seguía, no podía ser otra persona que…

– Qué mal tiempo hace hoy, ¿no, Señorr…? Landom -mi corazón paró, la sangre se ha quedado estancada en mi pecho y el sudor se tornó en hielo pesado-. Hacía meses que no le veía. Porr favor, no pare y siga caminando, casi estamos llegando.

– <<¿Llegando a dónde? Este maldito tío está loco, no me deja en paz, ¿qué cojones pasa?>> -mi cuerpo tiembla sin cesar y mis manos ya no me responden, están inmóviles del miedo-. <<Si no me he vuelto loco es por no caer en su juego>>. Parece que has tardado mucho tiempo en encontrarme, te veía más rápido y audaz, no como un vegestorio -dije con tono prepotente ocultando el terror que hay en mis ojos y en el pensamiento de darme media vuelta-.

– No, hombre, siempre he estado atento, perro el juego, si no, no tendrría gracia, ¿no crrees, SeñorrAsesinadorrcito”? -se ríe a carcajadas.


De repente meto mi mano dentro de la chaqueta, noto el duro y delgado cuerpo en mis manos, la saco rápidamente. Doy media vuelta con el brazo firme a la vez que suelto la daga de plata con un grito desgarrador. Ésta se clava en la garganta del bastardo alemán que con su impecable traje, manchado de barro por los bajos; mantenía una pistola en su mano derecha. A medida que sus ojos se abrían de la impresión, su cuerpo caía de espaldas al suelo. Con su última mota de energía no quiso otra cosa que apretar el gatillo. Una bala del calibre nueve sale rotando sobre sí misma en dirección a mi frente. Terminando los dos cayendo al barro al unísono y así dejar nuestros cuerpos ocultos bajo la tierra blanda. Que cultiven sobre nosotros la cordura jamás pudimos aguardar.

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