Por las calles deambula sin rumbo noche y día, no lleva collar.
Sus piernas son frágiles, apenas puede mantenerse de pie,
cuando la fría noche arrecia contra su pecho, mendiga piedad
a los vecinos del barrio del Cariño para sentir calor por última vez.
Dicen que su pelaje huele a ropa sucia y a contenedor amargo
porque no tiene comida y consigue energías incluso en lo malo.
Aguanta valiente a pesar de las huidas de amores no santos,
que una vez le miraron bien, con cariño y lo llevaron alto.
-Toma ahora vengo -ríe- espera sentado y bebe agua.
Entonces, fue el momento cúspide, en el centro la patada
y ríe sin saber, que en el corazón del Señor Perro ya no hay llama.
Su última esperanza, su último sorbo de la vida… Se le atraganta.
Qué penita Dios mío!!!!!
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