martes, 25 de abril de 2017

Incendio


Cuidar de los renglones como si estuvieran hechos con los hilos de tus sentimientos.
Los desgarré a dentelladas con la bestia que guardo en mi más profundo adentro.
Me prometí ser el protector de tu mundo, el constructor de nuestra galaxia... Pero desaparezco.
Mi humo no es por gusto, soy ese penique de doble cara: corrernos y mojarnos; o me quemo.
Aguantando las mil tempestades de viento, avivando unos ojos de odio en puro fuego,
así vivo el día a día con las puñaladas a mis pulmones donde está el cerrojo de mis miedos.
Quiero ver en tus labios el cortafuegos de mi ira, volviendo la oscuridad al cambiar rojo por negro.
Escondernos entre unas nubes de tela que dejen carbonizados mis gritos desde mi cabeza hasta tu pecho.
Sobrevolar el mar de las llamas que carboniza una piel donde no quedan hojas, completo siniestro.
Vuelo como astros, soy un ave hecho de míseras cenizas volviendo al iris de un fénix tuerto.
Quiso perder un ojo para saber todo aquello que nunca podría ver... Y en su mente apareció su último momento.
Me volví animal al dejar en un horno mis modales, conocí al Sol, sin alas de cera, con un ojo menos.
Ni mil mares, por mucho que yo lo intente, saldrán de mi alma para apagar mi propio incendio.


Sin salida



         Paso a paso, se me para el corazón del pasado por pisadas de un presente que jamás caminé. Sentí dolor por verme sufrir aunque no conseguí sacar mis piernas a volar por las alturas de un paisaje que me ahogaba. Puede que me vea sin fuerzas, llevando un perfume de desesperanza. Por eso hoy intento no respirar con verdadera pureza, no vaya a ser que me huela sin querer. Si fuera por todas las miradas que me cruzaron en el pasillo, dirían que me he curtido en mil batallas. Yo sigo creyendo que mil veces tendría el pecho atravesado por sus espadas.


         Tiemblo si pienso, si no lo hago consigo evadirme, evadirme a ninguna parte. Ahí donde me muestro todo lo que he conseguido: que se salieran con la suya. No derramaron mi sangre por sus manos, o al menos no toda. No tuve ninguna razón para seguir hacia delante, simplemente tuve algo de “suerte” ya que la tierra movió sus granos y mi dirección.


         Nadie consigue ver cómo las garras oscuras del miedo alimenta a la boca de la impotencia, dispuesta a tragarte, desangrarte o ahogarte. Mil maneras de quedarte en un laberinto del que no sabes salir; ni siquiera decidiste entrar. Las paredes te acorralan, el suelo quema y no se separa de ti; te quiere con él y para él. El viento te desnuda a cuchilladas, consiguiendo brotar la sangre de tu cuerpo como una fuente a presión. Ahora sí, tu propia alma te lo pide: acaba con esto. Pero no es así, son ellos quienes te devoran, quienes rompieron el cáliz de la esperanza. Te arrodillas, agachas la mirada en señal de derrota, rompes a llorar… Crónica de una sociedad irresponsable contra un corazón noble.



sábado, 15 de abril de 2017

Llamada a Caronte



Cerré los ojos y el atardecer perdió toda su fuerza.
Levanté mis brazos para que el viento me llevara con él,
pero no me dejó volar como alguna de tus golondrinas.
Mis pies se convirtieron en cemento y la ladera en agua,
sumergiéndome en la naturaleza sin bocanada de aire fiel.
Perdí cada tirada de los dados cuando estabas en mi partida.
Teniendo suerte en un corazón que se destiñe y naufraga
en unas olas que decoloran mis tobillos en la orilla de tu ser.
Me resiento por tus gotas saladas, dejamos de ser salvavidas
para darlo todo, un amor suicida entre jóvenes que todo aguantan.
No puedo mover mis pies, ya no veo la luz, disfruto de las vistas.
Porque aquí se encuentran mis mil barcos hundidos que nadie ve.
Solo nosotros, las enredaderas del pasado ocultas en mi caja blanca.
Las raíces pronto levantarán la Cordillera de Pandora, sin alma levadiza.
No me moverán de mi sitio, dijeron; no saben que mi lugar es la muerte,
para toda tinta que surque mis valles, a la tumba caerán sin sanas.
Pero antes, levanta los brazos, te daré un paseo por mi guarida.