lunes, 24 de diciembre de 2018

Lluvia de barro



No me lo podía creer, la alarma no me había sonado. Me despierto con miedo, ansiedad y sin saber muy bien en qué parte de la cama estoy. ¿Es ésta mi cama de Sevilla o es mi cama de Aracena? ¿Pero qué…? Sin tener ni idea de cómo, la luz que entra por mi cuarto y las nubes que cubren el cielo son de un color marrón muy intenso. Nada que ver con los tonos rojizos de las tormentas de verano u otoño. Me levanto rápidamente, me pongo el primer pantalón de chándal y la sudadera con capucha que estaban encima de la silla. Ahora sí me sitúo, estoy en la capital; es miércoles y ¡joder, tengo un puto examen! Miro rápidamente la hora, son las ocho y siete. Tengo sólo veintitrés para poder llegar al aula de Griego. Parece que Jezuz duerme tan tranquilamente en la cama, robándome la manta, gran parte del colchón y no quiero imaginarme por mi parte la cantidad de patadas que le habré dado sin querer. Porque otra cosa no, pero siempre me dijo mi madre de pequeña que no sabía si tenía alma de karateka, pero sueños seguro que sí.


Dejo que descanse, le doy un beso en la frente, salgo por la puerta. Justo se cierra y me doy cuenta de que no llevo paraguas, genial. Empezamos bien el día, pero sé que no tengo tiempo que perder, giro la muñeca para saber cuánto me quedaba, sólo quince minutos para llegar. Cojo el bus, repleto de gente, sin asiento para mí, así que me agarro fuerte a una de las barras metálicas. Enciendo el móvil y le digo a Landom que si por favor podía decirle a la profesora que llegaré cinco minutos tarde debido a que al autobús se le había pinchado una rueda y teníamos que esperar al siguiente para poder avanzar. Sé que no está bien, pero en estos casos una mentira pequeña e inofensiva no hace daño a nadie, sólo beneficia. Una vez que llego al aula, está cerrada, a cal y canto; tampoco estaban encendidas las luces, totalmente vacía. Me vibra el móvil, es Landom. “Oye, que el aula no es la de Griego, nos ha dicho que la ha cambiado porque no cabemos todos allí, vente para la de Artes Escénicas Clásicas”. Pues nada, me dirijo allí, le comento la pequeña mentira a la profesora, le entrego mi carnet universitario y veo al tonto éste con un asiento delante de él, así que dejo la mochila, le doy la vuelta a la hoja del examen.

- Land -le llamo por su mote cariñoso-, por favor, déjame un boli, que me he quedado dormida y con las prisas me he dejado el estuche -le digo con cara de pena a la vez que el tono muestra culpabilidad por la torpeza-.


- Anda, no seas boba. Toma -saca un bolígrafo naranja con el capuchón azul de su estuche-. Total, seguro que no es la primera vez que nos pasa esto -se ríe-.

Claro que no es la primera vez, idiota. Sin tú saberlo y ni siquiera acordarte, me dejaste un bolígrafo idéntico a éste hace ya tres años, cuando éramos aún unos novatos en la carrera.  No supe porqué, pero no quise devolvértelo, me sentía muy a gusto con él. Me acuerdo perfectamente que un día, como otro cualquiera, desayunaste esa ración de lengua y me empezaste a contar que este tipo de bolígrafos eran los mejores. Tenían una punta muy fina, lo suficiente para que se diferenciaran perfectamente las líneas cuando se escribe con letra pequeña. Además de que su agarre hacía que no te dolieran los dedos y la bola que hace correr la tinta nunca se traba ni escupe pepitas de tinta. Para ti sé que viene perfecta, tú no paras de escribir. Cada día, semana o mes te daba por algo distinto en lo que inspirarte. Siempre te tuve un poco de envidia por esa magia que a veces fluye por ti. Puede ser ésa la razón por la que siempre tenga tu bolígrafo bien guardado en una caja, para que nunca se escape esa parte de ti. Así que si algún día te pierdes, puedas saber que puedo darte esa luz que te haga falta. Pero no dejes de ser cómo eres, porque tanto tus cuadernos como yo, te necesitamos.


Después de más de dos horas consigo terminar el examen. Levanto la mirada, estoy sola, no quedaba nadie más haciendo el examen, sólo mi profesora y yo. Todos mis compañeros se habían ido. Decido mirar a la puerta sabiendo que ése va a ser mi destino inmediato, pero ahí estaba mi compañero esperando sentado en el banco del pasillo. Entrego el taco de folios, los grapa y salgo.

- ¿Al final has podido terminarlo entero o qué? -se ríe mientras me revuelve el pelo con la mano-.


- Bueno, sí, tú sabes. Para como me lo había preparado creo que no ha sido muy mal -me encojo de hombros, miro para otro lado y suspiro-, así que ahora me iré a casa a despejarme un poco. Que esta facultad me está chupando la vida lentamente en época de exámenes -pone su mano en mi hombro para darme un abrazo y, acto seguido, un beso en la frente. Me aparto y le retiro el brazo-.


- No, Land, de veras -al menos para que así sepa que no es nada personal-, no me encuentro con ánimos de nada. Mejor me voy a casa -miro hacia abajo y me voy-. Lo siento.


- Pero Cristal -dice con su voz entre cortada y cada vez más apagada-.


- Toma -le digo cortándole la frase por la mitad-, tu bolígrafo -lo saco del bolsillo de mi pantalón y me voy-. Gracias -digo mirando hacia abajo, sin ganas-. Ya nos veremos en clase otro día, ¿vale?

Llego a mi portal después de una vuelta algo turbia. El autobús olía a perros y la gente era demasiado maleducada, todos en asientos pegados al pasillo mientras ponían sus bolsos o mochilas en los que estaban pegados en la ventana. ¿De verdad os resulta tan complicado ser mínimamente civilizados y poneros vuestras cosas entre las piernas? Al estar así ocupáis más y a algunos nos da vergüenza preguntaros que si está libre, cuando esto no es una biblioteca donde se guarda sitio al compañero. Suspiro, mi mente y mi cuerpo no pueden más, el estrés de esta mañana me ha consumido casi sin darme cuenta. Meto la llave por la cerradura, luego pulso el botón del ascensor y acto seguido el de la planta cuarta. No se ha abierto la puerta metálica y ya estoy escuchando los gritos.

- ¡Pero serás hijo de puta! ¡Maldito mando de mierda! ¡
A ver qué coño te pasa que no funcionas cuando tienes que hacerlo! -grita sin cesar Jezuz, vuelve a ser otro día de histeria-.


- ¡Hola, cariño! -intento decir lo más animada posible al cruzar por el marco-.


- Ah, hola, Cristal. Ahora estoy jugando a la consola, te saludo ahora en cuanto me maten -me dice sin apartar la mirada del televisor-, que ya sabes que estoy jugando por internet y no se puede parar esto.


- Sí, ya, bueno. Pues como siempre -me muerdo el labio por no soltar una bordería-. ¿Has hecho el almuerzo como te pedí? -levanto una ceja-.


- Ostras, se me ha olvidado por completo, mi amor. Pensaba que volverías más tarde -aún no me ha mirado a la cara desde que he llegado, no despega la mirada de la pantalla. Increíble-.


- Vamos a ver, ¿se te ha olvidado o ibas a dejarlo para más tarde? -digo cabreada, ya despuntante-. Y haz el favor de mirarme de una vez, ¡que no me has dirigido ni una sola palabra a la cara desde que estoy aquí!


- ¿Pero qué coño te pasa, tía? -por fin me mira, pero no con buena cara, es desagradable-. ¿No te das cuenta de que se te está yendo un poco la pinza? No seas una pesada y déjame tranquilo, anda. Si tanta hambre tienes hazte tú el puto almuerzo y déjame en paz -levanta el brazo en señal de mandarme por ahí. Vuelve a jugar-. Encima van y me han matado por tu culpa, si es que no sé qué hago discutiendo, de verdad -ya sin saber qué hacer, cierro la puerta del salón a mala manera-. ¡Eso, dale fuerte! ¡Qué se enteren todos cómo te gusta, imbécil!

Me voy a la cocina, cierro esa puerta también para así al menos estar en calma. Cojo el teléfono móvil, pongo música variada y desconecto un poco la mente. Cojo un cuchillo, una tabla y empiezo a cortar las verduras para un guiso. Cojo un trozo de ternera y la dejo hecha tacos, lo vierto todo en una olla con aceite y dos vasos de agua. Cierro la tapadera y aprovecho para fregar lo ensuciado ahora y lo de anoche. Veo que este hombre no ha querido hacer nada en absoluto. El fregadero tiene una pila de ollas, escurridores, utensilios de madera y demás que llega por encima del borde. Me duelen las manos del frío, así que me pego un pequeño capricho poniendo el agua caliente para así hacerlo más a gusto. Me pongo a mí misma la excusa de que así se disuelve mejor la grasa. Es un pequeño placer esto de meter el cuerpo en agua caliente, tan grande ha sido el capricho que al terminar, cierro el grifo, voy al cuarto de baño, enciendo el calefactor y me desnudo.


Aprovecho para quererme un poco a mí misma mirándome al espejo, me quito la sudadera, me apoyo contra la pared y miro cómo se quedan los pezones marcados en mi camiseta, esta mañana no llevo sujetador. No sé si serán las prisas, pero mi pecho agradece el atisbo de libertad. Con las manos empiezo a tocarme suavemente, me las cojo con confianza, ternura y a la vez pasión, no separo la mirada de mis propios ojos. Estoy ligándome a mí misma, seduciéndome en la distancia como si quisiera invitarme a una copa, asegurándome que todo va a salir bien. Entonces es cuando con los dedos de la mano izquierda me retuerzo lentamente un pezón, me lo mojo con algo de saliva y con la derecha bajo por dentro del pantalón de chándal, también incluso por el tanga de encaje negro; rozo el clítoris y noto más abajo que estoy húmeda. Bajo, subo, vuelvo a subir para terminar una vez más bien profundo con el dedo corazón, dentro, calentito y cada vez más húmedo, deslizándose como siempre, buscando la zona delantera para contraer los dedos; gimo. Dejo mis tetas, me quito el pantalón con la mano que tengo libre, pongo un pie sobre el lavabo, me abro bien de piernas; sigo. Ahora son dos dedos, corazón y anular, ambos dentro y cada vez con más ritmo, más tirón pero a la vez más ternura. Me muerdo el labio, abro la boca y sigo gimiendo mientras veo a esa chica con sus piernas empezando a temblar, queriéndose a sí misma mientras nada ni nadie le para. Los nudillos empiezan a gotear, estoy a punto. Mojando más, mucho más, acaba saliendo todo por completo, mis piernas empapándose y llegando todos los fluidos por mi muslo, rozando las rodillas para terminar por dejar mi talón izquierdo rodeado de un bonito charco. Respiro, me saco lentamente los dedos y me meto en la ducha. Esto no acaba, empieza a salir el agua caliente, me mojo desde la cabeza a los pies para terminar con la alcachofa entre las piernas, echando cada vez más agua, yo sin poder aguantar, me temblaba el cuerpo y de un momento a otro sabía que iba a caerme. Decido tumbarme en el suelo para que eso sea un no parar, más a la izquierda, algo menos para abajo y… ¡Justo ahí! ¡Dios mío, sí! ¡Joder! ¡Qué gustazo, de verdad! Ahora la aprieto fuerte contra la pipa, sacando un torrente de agua algo más delicado y así poder restregar sin parar, dándole en círculos una y otra, y otra vez.


Ya empiezo a notar el frío en mi espalda cuando el agua caliente no me cae en algunas zonas, parece que el invierno ya se ha asentado en la ciudad. Miro hacia abajo y en el agujero del desagüe el agua tiene un color marrón bastante claro, no sé ni cómo pero parece que parte de la lluvia de esta mañana ha manchado alguna parte de mi piel. Cierro el grifo, cojo la toalla, me seco frente al calefactor, pero veo que se me había olvidado encenderlo antes; así que lo enchufo y mientras las barras de calor cogen color yo empiezo con la segunda toalla a secar el pelo. Los dedos de mis pies tiemblan sin cesar, hasta el punto en el que sé que si me pongo de puntillas, crujirán y será doloroso. Me pongo las chanclas para al menos no gotear todo el suelo. Eso es una cosa que odio, Jezuz cada vez que se ducha deja empantanado todo el suelo; mientras tanto yo me quedo dentro de la bañera o encima de la toalla de baño para así no dejar caer ni una sola gota. Además, me entra un miedo horrible a que caiga agua sobre el calefactor o cualquier objeto electrónico y me lo cargue, a saber.

- ¡Venga ya, tío! ¡Estoy hasta la polla de la gente con trampas, loco! -una hostia de realidad me viene de golpe en forma de voces. Dejo la toalla por un instante para centrarme en qué minutos, horas y puede que días, me vienen por delante-. ¡Si es que os tendrían que expulsar del puto juego, de verdad!

Cojo aire lentamente, cierro los ojos, a medida que expulso todo lo que hay en mis pulmones mi pecho empieza a temblar y mi estómago a palpitar como si tuviera vida propia. El miedo se apacigua de mí mientras mi cuerpo se hiela por dentro. Por mucho calefactor que tenga, la piel arde pero el corazón sólo sabe tiritar; se le ha olvidado latir, pero primero perdió la idea de lo que resulta ser el amor. Ahora he aprendido a dormir con alguien que resulta ser una persona desconocida para mí. Después de tantos años juntos, nos venimos a vivir los dos solos y esto es lo que ocurre, descubrir que no es una cama con rosas, sino tablas con espinas donde dormir. Llena de ilusión, deseando lo inimaginable: que terminasen las vacaciones de verano. Todo por empezar un Septiembre lleno de clavos y chinchetas para decorar lo que sería mi hogar durante los próximos nueve meses; pero aquí estoy, deseando salir por la puerta, decirle a mis amigos que tenían razón y acabar dormida en el sofá con una manta empapada por las lágrimas. La primera mañana fue bonita, saber que me hacías café y le ponías dos toquecitos de canela, tal y como a mí me gusta. Luego fuimos a un gran mercadillo donde comprar algunos utensilios de cocina, unas cortinas bonitas y algún que otro marco. Ahora los veo y sólo quiero darles la vuelta, no verlos por los pasillos ni jugar con los vasos ni los dados que vinieron de regalo durante nuestro viaje a Salamanca.


Salgo del cuarto de baño hacia el dormitorio a toda velocidad, tengo el cuerpo cortado y respirar me cuesta por el aire gélido que se respira. Me pongo un pijama muy grueso de pelos con forma de perrito que me encanta, tan calentito que podría llevarlo durante todo el invierno y no notar si me ponen un cubo de hielo en la barriga. Llego hasta la cocina, apago el fuego que calienta la olla y quito la tapa. Este estofado huele que alimenta, tanto que por poco no se vuelve el plato con guarnición de babas de Cristal. Llevo dos platos repletos de comida hacia el salón, pero las manos me tiemblan cada vez que me acerco al salón, sigo dudando sobre si es buena idea o no; avanzo por el pasillo, giro a la izquierda y pongo los platos en la mesa central.

- Oye, cariño, ¿por qué no pones las noticias? Me gustaría saber qué está pasando durante estos días, ya sabes que con los exámenes me he encerrado en el cuarto a estudiar- pongo una cuchara en su plato y cojo la mía para comer-.


- Venga ya, tía. No seas así, si ves que estoy jugando, no me quieras quitar la partida. Además, no puedo cancelarla así como así, esto es on-line y no se puede guardar -agita el mando, inútil de él creyendo que de esa manera el personaje saltaría más. Aunque no sirvió de mucho, un instante después le asestan un golpe en el escenario-.


- ¿De verdad, Jezuz? ¿No puedes poner las noticias ni aunque sea un rato? -digo indignada sin poder creerme lo que están viendo mis ojos. Pongo las manos en la mesa-. No hagas que me enfade y pon las noticias, ¡qué encima te has viciado a los malditos videojuegos!


- De verdad, Cristal, no me fastidies. Que para un ratito al día que juego, no me dejas tranquilo -gira la cabeza, me mira a la cara y me guiña un ojo. Observa los platos que desprenden ese vapor leve-. Anda, ¿has traído y hecho la comida? Pero si te dije que iba a hacerla yo, si es que no me dejas hacer nada -le vuelven a dar varios golpes a su personaje-. ¿¡Nunca voy a poder hacer los combos bien o qué!? ¡Estoy ya cansado de ver a gente tan fullera!


- Mira, de verdad, paso de estar así en mi propia casa -me levanto, me acerco al mueble donde está la consola, desenchufo su cable. La televisión se queda con una pantalla de color negro con un mensaje blanco en el centro: “No se ha detectado conexión”-. Así ya no juega ninguno de los dos y te pones a hacer cosas, que llevas desde que entré por casa sin separarte… -me mira, estampa el mando contra el suelo y se levanta de un salto-.


- ¿¡Pero qué coño haces puta inútil!? ¿¡Tú sabes el trabajo que me había costado llegar hasta ahí!? ¡A ver a quién coño se le ocurre desconectar todo, a ver! ¡Ni que fuera tuya, cojones! -levanta la mano con señal de hacerme un revés, está lejos pero me asusto igualmente, me tiembla todo el cuerpo. Gira el brazo y señala la puerta-. ¡Vete de aquí antes de que te suelte una hostia, pedazo de mierda! ¡Ni que la consola o la televisión fuesen tuyas, hostias!

Salgo corriendo de allí, apenas veo el suelo del brote de llorar tan repentino. Sin mediar palabra me meto en el cuarto y cierro la puerta con el pestillo. El corazón me late a mil por hora, lloro mientras escucho cómo la pared retumba, creo que le ha pegado un golpe o un puñetazo a la pared. ¿Y si hubiera ido contra mí? He visto cómo me ha levantado la mano mientras me quedaba quieta. Ha sido tan inesperado que ni yo misma he sabido reaccionar. Miro hacia la puerta y vuelve a aparecer el miedo, cojo rápidamente un pantalón, una camiseta y una chaqueta. Me cambio, cojo el teléfono móvil y le envío un mensaje a Javi: “Porfa, Javi, corre y ven a mi portal. No llames y avísame cuando estés, que necesito ayuda. Envíame un mensaje cuando estés”. Me siento encima del colchón mientras me pongo los zapatos, sin los cordones atados, directamente metidos en el interior. Me quedo mirando los leds de notificaciones para salir de aquí corriendo. Escucho romperse cristales, un sonido como si cayeran al suelo.

- Mierda, el puto marco -escucho muy bajito y lejano desde el salón por la ranura de la puerta-.

Ya sé de qué se trata, nuestra primera foto juntos desde que empezamos a salir. Salimos los dos sonriendo en un monte verde. Me llevó a hacer un picnic en la otra cara de la montaña del castillo. Allí extendió una manta y se puso a sacar comida casera que había hecho él con su madre. Aprendió algo de repostería sólo para sorprenderme aquella tarde.


No puedo esperar más, aunque Javi no esté abajo yo necesito salir de aquí. Escucho cómo sus pasos se alejan del salón y van hacia la cocina, la otra punta del piso, es mi oportunidad para salir de aquí. Abro la puerta y veo gotas de sangre en el pasillo.

- Cristal, ¿dónde estás? Te estoy buscando, ¡joder, responde! -esta vez no me quedo parada, salgo rápido de allí y abro la puerta de casa. En lugar de cerrarla la dejo encajada para que no vea tan fácilmente que me he ido. Bajo las escaleras a una velocidad que ni yo sabía que se podía alcanzar, la coordinación de mis piernas ya no las llevo yo. De hecho, sin darme cuenta, he terminado las cuatro plantas del bloque y me encuentro fuera, en la acera.

Por más que miro hacia un lado y hacia el otro no veo a nadie. Las calles están vacías y el suelo lleno de barro, no sé qué hacer. El pelo húmedo moja mi cuello, y la lluvia empieza a caer con fuerza sobre los árboles, dejando que el agua corra por las hojas provocando pequeñas cascadas en la calle. Me refugio bajo el soportal, pero ya es demasiado tarde, la ropa se ha manchado por completo y la humedad me ha calado hasta los huesos. Tirito sin parar, los brazos encogidos abrazándome a mí misma para no volverme una estalagmita. De pronto escucho a alguien correr hacia aquí, fijo la mirada entre las escaleras y el ascensor, pero parece que proviene de fuera; mis latidos bajan un poco la intensidad y el modo alerta se diluye un poco más dentro de mi cabeza. El estómago me aprieta suplicándome que todo esto termine. Miro hacia la calle y ahí estaba Landom, corriendo con un paraguas negro. Viene vestido de manera distinta a cuando hicimos el examen esta mañana. En lugar de unos pantalones vaqueros y una sudadera venía con un chándal negro con líneas blancas laterales. Entre esas pintas y que tiene la cabeza rapada, cualquiera diría que está en el último año de carrera con buenas notas. Se para a un metro de mí.

- ¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué estás empapada y fuera de casa? -me pregunta con una mirada y un tono de preocupación terrible. Apenas puede hablar, entre pregunta y pregunta necesita respirar una bocanada de aire. Se pone las manos en las rodillas, me da el paraguas para que lo sujete y no nos mojemos. Lo abrazo y rompo en llanto; otra vez-. Pero Cris, ¿estáis bien? ¿Le ha ocurrido algo a Jezuz? No entiendo.


- Sá-sácame de aquí, te lo suplico -le pido mientras lloro. Los mocos no me dejan respirar ni tampoco hablar. Le aprieto la espalda con los puños y mis brazos rodeados por su cuello-. Me quiero morir, de verdad. ¡Vámonos a la policía, me quiere matar! -grito muerta de miedo-.


- Tranquila, tranquila. Yo ya estoy aquí, no te preocupes -me separa y tiene la mirada tensa, con los ojos muy abiertos. Su respiración y su voz mostraban todo lo contrario, estaba haciendo un esfuerzo interno increíble para contener las emociones y así calmarme a mí-. La comisaría está ahí, al lado de la plaza, así que vámonos para allá - me rodea con su brazo izquierdo por detrás de la espalda, encajando su mano sobre mi hombro, como cuando éramos pequeños y me llevabas a casa. Me besa la cabeza-. Estoy y estaré siempre aquí, ahora camina conmigo, que estás a salvo.

Quedan sólo unos metros para llegar, las motos y coches de policía estaban en la entrada con las luces encendida, puede que las dejen así para cualquier emergencia. Además de que está cayendo la niebla y no estarán con tiempo para cambiarlas. De repente noto cómo apartan el brazo de Landom, cómo se rompe mi camiseta y algo atraviesa mi piel, llegando hasta las profundidades de mis pulmones; me estaban atacando.

- Ahora no vas a huir, ¿eh, zorra? -era la voz de Jezuz. Yo no puedo caminar, mi pierna se queda sin fuerza. Él saca lo que me ha clavado de mi espalda, y caigo al suelo mientras me desangro. Giro el cuello para intentar ver qué ocurre y veo caer a Landom con la garganta destrozada. Un corte irregular horizontal mientras brotaba sangre sin cesar. Sus líneas claras del chándal se tiñen de un rojo vivo y su cuerpo cae frente al mío. Mirándome sin pestañear y sangrando también por la boca lentamente.


- Lo-lo-l… Lo sien…-antes de poder terminar la frase la bota de Jezuz le patea la cabeza y le pisa la tráquea. Su cuerpo ya no opone resistencia y sigue el movimiento de los golpes, ya está muerto.


- ¡Venga, guapetón! ¡Ahora ten huevos de hacer algo más! Es mi puta chica, ¿¡te enteras, payaso!? -grita con todas sus fuerzas y lleno de ira a un cadáver cada vez más pálido. El charco de sangre mezclado con el agua me toca la cara. Intento moverme pero mis manos apenas responden. Toso por culpa de la lluvia entrando dentro de mi nariz.


- Ahora te toca a ti aprender cómo hay que comportarse. Coge del suelo una piedra, le miro fijamente por el rabillo del ojo, no podía girarme ni cubrirme de ninguna de las maneras. Me pisa la mano con todas sus ganas y estira el brazo con ese trozo de roca sujeta con los dedos. Su mirada ya no era la misma de todos estos años atrás, parecía una persona distinta. Aunque más que un ser humano se había vuelto un monstruo.


- ¡Alto, policía! -de repente se escuchan cinco disparos y su pecho descubierto se llena de agujeros de color negro que empiezan a teñirse de grana. Mirando él hacia el frente, se queda inmóvil y la piedra cae sobre su hombro para terminar en el suelo golpeando en la pierna de Land. No puede respirar, aprieta el abdomen y empieza a toser. Cae de rodillas contra el suelo, luego su frente contra la acera, inmóvil-. ¡Llamad a una ambulancia, rápido! ¡Tenemos dos personas heridas en la plaza principal!

Mi corazón dejaba de latir, apenas podía sentir nada sobre mi cuerpo. Tampoco mover ni un solo hueso, las gotas de lluvia golpeaban mi piel para terminar su caída y el rebote de ellas me hace ver que mi camiseta también está llena de sangre. Formando un nuevo charco, que de una manera u otra, me enlazo con Landom; compañeros de sangre.


Se apaga la mirada y todo se vuelve oscuro. Noto cómo me mueven y se cierran dos puertas; pero no se escuchan cremalleras.

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