Hace demasiado frío, tengo los pies tan mojados que ya ni siquiera los noto. Sólo puedo oír el crujir de unos dedos y unos zapatos chapoteando agua sin parar. Cada gota de que cae sobre mi nariz me impide respirar por ella, llevo más de tres horas tragando esta lluvia de mala gana y respirando por la boca; con la sensación de haber dado una voltereta en la piscina de mala gana. Cada pisada hace que me duela más la espalda, me arqueo un poco más por cada metro que avanzo, pero mis piernas no quieren hacerme caso. Si mis pestañas me dejan, durante unos tres segundos seguidos que tengo los párpados separados puedo ver las luces de mi pequeño pueblo, aún me queda muchísimo camino, unas dos horas caminando por lo menos. No me puedo creer que vaya a tener que seguir por aquí, pisando troncos escurridizos, hojas mezcladas con barro y un incesante número de golpes en la cara por las ramas más entrometidas que he visto en ningún camino. Paso por aquí tantas veces que ya me lo sé de memoria, pero parece que este invierno ha hecho crecer los árboles, lo cual me llena con un poco de vida este corazón verde que ama la naturaleza. De repente, un trozo de madera que hay en medio del camino me hace tropezar, cayendo de frente contra el suelo. Abro los ojos como un loco, los ojos quieren salirse de las órbitas para ver qué está ocurriendo, qué hay ante ellos. Pero sólo puedo observar una figura redonda de color gris, algo más clara que el cielo, ¿será una piedra? La verdad es que no lo sé, pero por si acaso cierro los ojos, desde un extremo hasta el otro, entrelazándose mis pestañas mojadas y dejando salir una gota por el lagrimal debido a la fuerza y presión. Mis dientes están apretados, mi corazón late muy rápido, pero la caída se ralentiza, todos los sentidos empiezan a congelarse. Pum.
Ahí está uno de mis latidos, pero parece diferente; más contundente que los demás. Intenta decirme algo, pero no lo sé. Ahora, cuando todo estaba a oscuras, me sienta, en un teatro; vacío. Todas las butacas son rojas y en el centro de todas las filas y de todas las columnas, hay una de color blanco. Parece estar recubierta de terciopelo, un vaso de refresco rojo con su pajita blanca están colocados en el apoyo izquierdo. En el reposabrazos derecho hay una caja de cartón pequeña con palomitas, así doraditas por arriba y sazonadas con un poco de mantequilla, dándole así el toque amarillento; mis favoritas. No sé qué pasa, pero tampoco me preocupa. Me siento en el asiento, me dispongo a comer un par de palomitas sin ensuciarme mucho las manos y le pego un trago a la bebida, sabe a cola. Se baja lentamente un telón blanco de lo alto hacia el centro del escenario y comienza a proyectarse una película de las antiguas, en blanco y negro. Cinco, cuatro, tres. Pum. Dos, uno, comienza la película. Se me ve a mí de pequeño, cuando no era poco más que un bebé, jugando a tirar la pelota a mi perro. Era un pastor alemán precioso, Ton. ¿Te acuerdas, Ton? Éramos muy felices en aquel jardín. Sin saber cómo, las luces se apagan y todo se mueve, parece un terremoto pero en un sólo golpe al edificio. Pestañeo y veo cómo giro la cabeza y choca contra mi lado izquierdo de la cabeza una roca. Crack. Pum. Subo por el impulso, mi cuello se arquea hacia la derecha, pero vuelve a ceder y reboto. Nuevamente, sin fuerzas. No me puedo mover, sólo mirar al frente. Pum.
De nuevo en el cine, todo sigue como antes, la película puesta. Mi primer beso. Estaba yo en el último curso del instituto y tú, Cristal, estabas ahí, en el asiento de la esquina, en la primera fila. Podía ver tu pelo rubio desde el final de la clase. Quien no quiere estudiar se pone a dibujar, hacer algún garabato en la solapa de los cuadernos, pero yo ya no. Prefería mirarte, escucharte hablar en alto. Que me moría de ganas de que te surgiera alguna duda en matemáticas o historia para que levantases la mano y así escucharte una vez más. Aquel día saliste la última, como delegado me tocaba cerrar y entregar la llave. Fue entonces cuando me dijiste que me esperase un momento, cerraste la puerta, echaste el pestillo y nos quedamos nosotros dos entre esas cuatro paredes, sin que nadie nos escuchara. “Oye, Landom. Que… No sé cómo decirte esto, pero me gustaría preguntarte si podemos ir juntos un día al lago. Nunca hemos hablado mucho, pero creo que me gustas”. Y ahí te levanté la barbilla, apoyada tú en la puerta y yo mientras tanto abrazándote por la espalda lentamente. Pum. Todo se oscurece, escucho la lluvia golpear mi cuerpo y algunas hojas deslizándose por la suela de mis botas. Ya no hay pum. Ya no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario