Bueno… Pues todo empezó una tarde de Julio, recuerdo que era sábado y hacía una burrada de calor, más que follándose a un cerdo debajo de un plástico (para que así os hagáis una muy sutil idea). Estaba en Sevilla, tumbado en una toalla rosa fucsia, secándome de la piscina y a la vez hablando por el teléfono móvil con una amiga con la que tenía muy buena relación y encuentros bastante divertidos. Me tumbé un rato y veía cómo pasaban una cantidad notable de pequeños seres de todos los colores por la tierra, entre matojos, ramas y demás naturaleza. Todos eran hexápodos, excepto algún u otro arácnido que pasaba por ahí. También podía observar que gran cantidad de ellos transportaban de todo, ya fueran rocas o restos orgánicos, lo cual me indujo a pensar:
Todos somos pequeños insectos, pongamos un ejemplo bastante conocido, la hormiga. Siempre nos ponemos a trabajar por sobrevivir, ya sea de una manera u otra, pero al fin y al cabo, es para eso. No paramos jamás hasta el momento en el que nuestro cuerpo ha aprovechado toda gota de sudor, cada latido del corazón y toda articulación de nuestro cuerpo. La única pega de todo esto es que en un principio nos parece un trabajo obligatorio y que realmente no nos será necesario en el futuro, vaya. Desde que éramos unos renacuajos, nos obligaron a empezar a mover esa tremenda roca que a nuestro parecer, es imposible de mover. Nuestro primer movimiento contra ella es el básico de todo animal, de todo ser vivo: enfrentarse físicamente a ella, nos abalanzamos hacia ella sin pudor ni impedimento aparente ni visible. Y como no, tras la pedazo de hostia que nos hemos dado con toda la cara, pues nos ponemos a llorar y nos tienen que curar nuestros padres o la gente que estuviera a nuestro cargo. Mientras estamos sentados dejando curar nuestra pequeña y débil cara, el adulto mueve la roca como le sale prácticamente de las narices. Tan fácil para él o ella y tú, que has ido con toda tu fuerza de voluntad y la máxima fuerza que tu cuerpo podía descargar, no la has hecho ni moverse un mísero centímetro.
Ese momento únicamente tiene dos respuestas posibles: un cabreo del carajo, o quedarte flipando en colores.
En la primera de ellas, nos enfadaremos de una manera un tanto absurda, no cambiaremos de pensamiento, que el procedimiento para mover ese maldito trozo de ahí (otra vez, a pesar de que ya no nos estorba y podemos proseguir nuestro camino) es el mismo que antes, solo que no usamos la fuerza suficiente, incluso habiéndote roto alguna que otra fibra muscular. Y otras mil veces, nos habremos dañado de una manera burda, hasta que nos rendiremos por cansancio y proseguiremos nuestra ruta hacia delante, resignados por el resultado y no haber obtenido nuestra victoria en el primer enfrentamiento con un problema del “mundo real”.
En la segunda es todo lo contrario, te quedaras quieto, pensando todo lo posible hasta hallar una solución, así que te pones a recordar cada uno de los movimientos que hizo la persona que nos asistió para poder refrescar las ideas y aclarar aún más el planteamiento a nuestra dificultad (joder, ya parece que hablo como un libro de texto). Total, que finalmente aprendes paso a paso cada una de las técnicas que necesitas llevar a cabo, lo cual te resultará más fácil y prácticamente intuitivo mediante pasa el tiempo.
La diferencia a todo esto es abismal, claro que sí, es algo que vemos todos, pero lo que muy poca gente nota a primera vista, es que están íntimamente relacionados, algo tan básico como un teléfono móvil antiguo de éstos a los que tenías que sacarles la antena para poder llamar a otra persona con un mínimo de cobertura, y un teléfono de pantalla táctil de última generación. No se parecen en nada, pero ambos sirven para llamar; ya tienen algo en común… Pero a lo que yo quiero llegar no es a las similitudes ni nada de eso, es simplemente que es una evolución.
Toda evolución lleva un proceso, y en este caso, la podríamos resumir tal que: “Si en la vida te dan más palos que al tambor del Rocío, cógete las ramas y hazte el puto escudo de madera, cacho maholo”. Sí, parece algo basto, rudo, bárbaro incluso, pero es que la vida es tan simple que si no te fijas en el espacio usando la lógica, el palo te llega por el mismo lado y tú sigues centrado en mirar hacia otro lugar. Finalmente, aprendes a usar el oído, la vista y la sensación de equilibrio para poder esquivar perfectamente el golpe que te va a propinar la vida en esa situación determinada. En algún momento de tu vida, llegará el punto en el que el simple roce de una hoja te sea incómodo y apenas puedas moverte, por lo que podrás esquivar menos hostias todavía. El sufrir es cosas de gilipollas que quieren creer que todo cambia por arte de magia, ¡y no es así, joder! Si de repente llegas a tu casa y tu padre nada más verte te pega cuatro hostias no es porque sí, sino porque cree que te has comportado mal (no nos engañemos, te ha pillado esa pedrola de hachís que tenías en el armario guardada). Todos sabemos cuando la hemos liado parda y cuando no. Así que negar la realidad es taparte los ojos.
Mira que no me gusta repetirme, pero cada vez que escribo y sé que me van a leer, quiero que os quede claro las cosas que son importantes de lo escrito.La vista, el oído y el sentido del equilibrio son primordiales a la hora de no llevarte la mascá, así que no seáis idiotas, no os tapéis los ojos, ni os pongáis las manos en las orejas para no oír la verdad. Todos tenemos miedo a la verdad porque sabemos que no nos agrada, pero también sabemos que es necesaria en todos los casos. Tan fácil de entender como que cada mentira es un naipe, sí, esas cartas guarras que siempre se lleva un amigo para jugar en la playa, las que están comidas por las esquinas. Que eso, que si son simples trozos de cartón y las metas en la vida son castillos, por más cartas que pongas, las paredes son muy blandas, frágiles e inestables. Nada en este mundo acaba oculto para siempre.
Toda persona sabe que el esfuerzo tiene su recompensa, y que la mejor manera de aprender es practicando mucho, gastar cantidades tremendas de energía para que a la hora de la verdad, no nos cueste apenas trabajo. Por ello la pequeña hormiga es capaz de mover la piedra, pero antes se partió la cara cincuenta veces, se tiró dos horas pensando cómo moverla bien y el compañero se tiró moviéndola otra media hora en forma de muestra. ¿Moraleja de la historia?
Que esa piedra no sea de hachís, si no, estás perdido. No entres en tu casa.
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