domingo, 12 de octubre de 2014

12 de Octubre


      Se me ha olvidado por completo el arte de contar cartas con la vista, cosa lógica cuando la triste vida empieza a taparte los ojos con sus frías manos, sin apenas capacidad de reacción. Al final acabé acostumbrándome, pero jamás me he acostumbrado de buena manera. Y eso es lo que me pasa siempre, que soy aquella pieza del puzzle gigante que en nuestra infancia siempre forzábamos a que encajara con una pieza de forma parecida. Apenas me he sentido querido y aceptado realmente una decena de veces a lo largo de diecisiete años, entre las ciudades de Huelva y Sevilla y el pueblo de la sierra; Aracena.


      Hoy ha sido un día para recordar, mejor dicho: mi sueño ha sido para recordar, ha demostrado a la perfección cómo me siento cada vez que me levanto, cada momento en el que pienso si merece la pena derribar el pilar de mis pensamientos e ideales…

 
       Todo empezó en una clase de Filosofía, en la que mi profesor nos explicaba cómo era la vida para él:


       "Bueno, muchos sabrán que estamos vivos. Otros apenas se dan cuenta. Pero todos pensamos en cuál será el resultado cuando nuestro corazón deje de latir y nuestro cerebro no vuelva a funcionar. Como no, nos acojamos de una manera sobrenatural, nuestro estómago se cierra bestialmente, impidiendo que respiremos y nos dispongamos a pensar en otra cosa. Tan fácil como una pared de escalada, pero en este caso, pongámosle que cada piedra saliente, sea un ladrillo, y que justo en frente, a unos diez centímetros, haya un muro de los mismos ladrillos que se desmenuce cada parte que tocas. En nuestro mundo subiríamos con un arnés y una cuerda atada a nosotros que nos mantiene seguros, pero aquí no habrá protecciones y será al revés".


       Como no, yo me puse en lo alto del muro y quise descender de la manera que me enseñó mi profesor. ¿Para qué? Pues supongo que para sentirme vivo, asustado, y a la vez poder ver claro qué soy y dejo de ser. Total, que empecé a tirar ladrillos del muro con los pies mientra me bajaba de saliente en saliente, con las manos y la espalda apoyada en la pared. Llegué a un momento en el que podía sentarme en el propio muro, una especie de zona de descanso. Ahí noté que se tambaleaba demasiado, no se mantenía por sí mismo. No se me ocurrió otra cosa que mirar hacia abajo, allí estaba toda mi clase, mirándome absorta y con miedo, sin saber qué hacer. Entonces, miré hacia mi izquierda, allí había una chica sentada a mi lado, mirando al suelo, que sin girarse me dijo: “Todo en esta vida deja de merecer la pena una vez que sabes que no cambiará el final del libro. Las experiencias que has vivido se esfumarán y nadie las obtendrá, las tendrá en su recuerdo, porque tendrá también un final. Así que dime, ¿por qué no saltar y dejar que todo sufrimiento acabe? Ya has visto morir a demasiada gente y sabes el dolor que eso conlleva, vida solo hay una y nadie es egoísta, cosa ilógica, ¿verdad?”. Callé, sólo volví a bajar la mirada, me incliné un poco hacia delante y solté las manos. Vi cómo caía desde bien alto, unos setenta metros. El aire que pasaba tras de mí cortaba irremediablemente, sin poder frenarme.


       Estaba tranquilo, no gritaba, mi cara no expresaba nada, mi boca cerrada, aguanté la respiración y caí. Lo peor no fue el impacto, lo peor era que estaba vivo, sobreviví al maldito descenso desenfrenado. Todo el mundo vio que no tenía salida en esta vida, que no servía para nada, ni siquiera para acabar con mi puta vida, vacía de sentimientos, calor y buenos recuerdos. Ahora yo era quien daba pena en este mundo y como quise morir, es cuando los demás se acercaban a mí a darme cariño en intentar buscarme una salida que no fuera la muerte. Es que me toca mucho los cojones (daré gracias al destino si no me cargo el teclado con lo fuerte que pulso las teclas): Nunca fui de importancia para nadie y ahora se preocupan, cuando por fin han visto que no quería seguir adelante. Pues no, no lo quiero, y jamás lo quise, todo por compasión y nada por vocación, ¡vergüenza de sociedad! Lo que está claro que cuando me quiera tirar de algún muro o me infle a pastillas, harán lo mismo que en el sueño. Si quiero irme, dejadme, es mi vida, mis pensamientos, mi decisión. Nadie me ha conocido realmente, no creo que sepan nada de mí en realidad, que no se preocupen ahora, vamos. Es la triste realidad: Ahora no puedo ni expresar mis sentimientos en mi blog porque lo lee mi familia y se preocupa, cuando eso, nunca aprendieron nada de mí.


       Cuando me vaya (cosa no muy tardía), me iré feliz, cansado, y sintiéndome realizado. No quiero impedimentos, únicamente comprensión, y si aún así es demasiado; aceptación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario