miércoles, 15 de octubre de 2014

Torre desmoronándose


       Es raro, no me pasa desde hace… Unos dos años, por lo menos. Las ganas de vivir, la esperanza resurge, aunque también viene teñida de rabia, dureza, y demás males de una Caja de Pandora que nunca tuvo que ser abierta. No quiero ponerme muy poético, sale solo, vaya. Para que nos entendamos un poco: Que me hayan los cojones me ha provocado volver a sonreír, irónico ¿eh? Pero bueno, ¿qué se le va a hacer? Cuando nos toca, nos toca. Puede parecer que estoy hablando como si no me gustara estar feliz, no os confundáis, a todos nos gusta sonreír sin parar y sin intención de relajar los músculos de la cara. El problema de todo esto es que… Me siento raro, soy un soldado intruso en territorio hostil y rodeado de centinelas por cualquiera de los grados a los que gire mi cabeza. Cada paso que doy en este mundo que es nuevo y a la vez lo recuerdo de una manera milimétricamente. Ese sueño en el que nos adentramos, notamos que esto lo vivimos en un sueño, pensamos que es un deja vu que poca veces se vive, y empiezas maniobrar las leyes de la física por estar en un sueño lúcido. Volver a ser alguien libre, que no quiere preocupaciones, se lo toma todo a su manera, tranquilo, pero sin vaguear.


       Para ser sinceros… Tenía pensado hartarme a pastillas desde hace ya casi un año, esta vida se me hacía aburrida de una manera brutal. Hice una pequeña historia de todas las cosas que hacer antes de morir, para cuando la terminara y la completara, horas después habría quedado un cuerpo sin vida, trajeado, tumbado en la cama, dejando el mundo de una manera bastante peculiar. Estaba todo oscuro, mi móvil nunca recibía un simple mensaje de buenos días, nadie se preocupaba por cómo estaba, ni un simple “Tío, ¿cómo te va?”, nada. Y los días, noches, semanas, meses así. La vida se convirtió en una triste rutina de soledad, una caída en depresión.


       Puedo destacar que ya no me hablaba ni con mi familia a excepción de mi hermano mayor y mi prima del alma, a los cuales estoy tremendamente unidos. Me llamaban “monstruo”, les asustaba, no era yo, dejé de ser humano, mentalmente. Lo cual me llevó a pensar si realmente tenían miedo de que yo cambiara de manera drástica y no encajara en su prototipo de “humanoide”. Ese fue el comienzo de todos mis textos con carácter y una fuerte naturaleza filosófica. Joder, me voy por las ramas. Que eso, me sentía frustradísimo porque ni mi puta familia me aguantaba. Yo no cambiaba ni he cambiado de actitud, vaya. Vivo cabreado con la vida por tanta mierda acumulada en mi espalda a pesar de ya ir en una cuesta demasiado empinada para cualquier tobillo relativamente humano… Empecé a fumar, me relajaba con mundos de chocolate mirando a la chica de ojos color esmeralda. No salía de mi casa de Huelva a excepción de irme patinando al Puente Sin Fin, para liarme en mis ralladuras y respirar profundamente por cada respuesta quemada que recibía en forma de golpe en el pecho…

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