Para ser sinceros… Tenía pensado hartarme a pastillas desde hace ya casi un año, esta vida se me hacía aburrida de una manera brutal. Hice una pequeña historia de todas las cosas que hacer antes de morir, para cuando la terminara y la completara, horas después habría quedado un cuerpo sin vida, trajeado, tumbado en la cama, dejando el mundo de una manera bastante peculiar. Estaba todo oscuro, mi móvil nunca recibía un simple mensaje de buenos días, nadie se preocupaba por cómo estaba, ni un simple “Tío, ¿cómo te va?”, nada. Y los días, noches, semanas, meses así. La vida se convirtió en una triste rutina de soledad, una caída en depresión.
Puedo destacar que ya no me hablaba ni con mi familia a excepción de mi hermano mayor y mi prima del alma, a los cuales estoy tremendamente unidos. Me llamaban “monstruo”, les asustaba, no era yo, dejé de ser humano, mentalmente. Lo cual me llevó a pensar si realmente tenían miedo de que yo cambiara de manera drástica y no encajara en su prototipo de “humanoide”. Ese fue el comienzo de todos mis textos con carácter y una fuerte naturaleza filosófica. Joder, me voy por las ramas. Que eso, me sentía frustradísimo porque ni mi puta familia me aguantaba. Yo no cambiaba ni he cambiado de actitud, vaya. Vivo cabreado con la vida por tanta mierda acumulada en mi espalda a pesar de ya ir en una cuesta demasiado empinada para cualquier tobillo relativamente humano… Empecé a fumar, me relajaba con mundos de chocolate mirando a la chica de ojos color esmeralda. No salía de mi casa de Huelva a excepción de irme patinando al Puente Sin Fin, para liarme en mis ralladuras y respirar profundamente por cada respuesta quemada que recibía en forma de golpe en el pecho…
No hay comentarios:
Publicar un comentario