miércoles, 30 de septiembre de 2015

Huérfanos alados


Esta vez fueron tres los metros que recorrió la piedra tras haberla pateado con la puntera de estas botas de campo. Mis manos estaban refugiadas del frío gracias a los fantásticos bolsillos de mis roñosos pantalones de pana color ocre. A pesar de quedarme un poco cortos, me daban el avío. La sudadera negra, la cual tenía capucha y su logo de un ángel con las alas caídas, estaba fría además de húmeda por el clima de esta zona montañosa como era la Sierra de Aracena. Mi cara ni siquiera la notaba, estaba tan helada que empecé a contar cuántas veces chocaban mis paletas con los dientes inferiores con aquel tiritar. Veía las calles tan abandonadas como siempre, ni un solo alma podía encontrarme por las aceras, y si uno se atrevía, lo perdía de vista por volver a buscar aquella pequeña roca que atraía a mi pie de la manera más absurda, además de típica jamás vista: mediante el aburrimiento. Lo más incómodo de todo era el sentir, además de escuchar el sonido del agua recorriendo las plantas de mis suelas cada vez que impactaban contra el suelo y surgían por los orificios de los cordones.


Sabía que estaba llegando a la plaza principal del pueblo por percibir que el suelo ya no era asfalto, sino que eran una enorme sucesión de trozos de materiales de cantera con, prácticamente, el mismo tamaño. No sé porqué, pero decidí variar mi ruta y en lugar de rodear la plazoleta decidí surcarla por la mitad. Me senté en uno de los doce bancos que formaban una hache teniendo como punto medio una fontana que borbotaba agua desde cuatro laterales diferentes. Miraba las estrellas y me extrañe a la vez que mi vello se erizaba de asombro; ya que nunca imaginé un cielo dividido. Su primera mitad tenía un gran conjunto de constelaciones, cuyas estrellas brillaban al mismo nivel que la famosa marcadora del norte. En cambio, la otra mitad estaba muy oscura, pero se llegaba a diferenciar dos tonalidades de oscuro, una del vacío entre los cuerpos celestes de la primera parte y un negro azabache que cubría por completo la última sección. Aunque levemente podía destacar un arco de tono anaranjado parecido al de una fruta como el níspero.

De repente escuché múltiples gritos con las zancadas estruendas de personas apresurándose hacia el lugar del que provenía aquella fuente del pigmento bruno. Aterrorizado, me levanté de un brinco y me puse a seguir al primer corredor que vi pasar. Ya por el cálido ambiente que se estaba formando a medida que nos acercábamos, me podía imaginar de qué se trataba; en efecto, no me equivocaba. El orfanato de la villa estaba en llamas. Desde la planta baja hasta la última, ninguna se salvaba. Apenas se escuchaban a las personas del interior, seguramente ya estuvieran muertas. Un crujido de las vigas silenció a todos los observadores petrificados por el horror que infectaba este intento de noche tranquila. Un cuerpo oscuro se empezaba a notarse de entre las flamas en la ventana derecha de la cuarta planta. Era un niño, un pequeño totalmente calcinado que alzó sus brazos lentamente y se precipitó para impactar rápidamente contra los guijarros de la vía. Desde la última planta, la sexta, salieron otros tres, uno de cada ventana izquierda, central y derecha. Justo a poco más de medio metro de la superficie, pararon en seco, transcurrió un segundo mientras levitaban para que finalmente se esfumaran mientras se oían unas risas en la azotea. Podía verse a un crío de una edad no mayor a siete u ocho años con una calavera de carnero en la cabeza, sujetando una lanza en la mano  mientras daba vueltas; también desapareció; el fuego cesó y los cadáveres fueron encontrado a las horas siguientes.

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