Hoy… Me vi envuelto en un funeral.
Pero no era el mío, eran todos invitados con alas.
Quería saber quién eras, en un ataúd de cristal
que además de transparente, traspasa las malas
y buenas ideas que viste en el oleaje del mar.
Esas tormentas de ideas corridas por tu mala
tan odiada visión de la careta sin gomillas ni antifaz.
Ahora camino hacia ti, en dirección a tu espalda
que sin saber por qué no voy recto, solo hacia atrás.
Mucho viento, se me va la pinza, vuela la manta.
Sudor frío que recorre mis párpados para no ver
ni la más mínima gota que cae en charcos de barro
ya que ni noto el hielo despedazando, lento, mis dos pies.
No tengo huesos cualesquiera, sino que pesan como jarros
llenos de odio con desesperación y unas gotas del revés
que de sudor salpiqué con ese golpe severo, turbio; sin atajos.
Aunque no perciba el mundo, sea yo el irreal, ya no me ves...
¡Por ser de huesos, capitán! No tengo ni pizarra, ni a Pizarro
para guiarme por la selva espeluznante que hay a tres
pasos de mí, sin ti y de golpes a bocajarro.
Solo te pido que al saber que estás sin vida, esta vez
ya no tengo ángel de la guarda, solo tu recuerdo; ya amargo.
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