viernes, 19 de agosto de 2016
Piedrecitas
Eran las cuatro de la madrugada en este frío pueblo, Bloody Wale se llamaba. Era tan húmedo que las brisas atravesaban y rasgaban a su paso cualquiera de mis prendas, los zapatos, mis pantalones de pana negros y mi chupa de cuero sintético. A medida que mis pies creaban camino, también golpeaban sin cesar una piedra dándome un buen rumbo además de un entretenimiento absurdo. No me había percatado de que las suelas de mis botines tenían la suela desgastada, tan fina como la pluma de un colibrí, dejando buenas marcas del terreno en la planta de mis magullados pies. En mi último golpe a ese pedrusco, sentí un dolor tan fuerte que el mismo movimiento de la pierna provocaba que se moviera a mayor velocidad, dejando el trozo rodante muy lejos del alcance de mis ojos. Fue entonces cuando lo escuché, un golpe tímido en agua, como si cayera un objeto pequeño. Seguí la ruta para saciar mi curiosidad. Me encontré un socavón enorme y profundo en el que se podían ver las estrellas junto a la luna con un color azulado, nunca antes la había visto así. Empecé a bajar por él con mucho cuidado, pero resbalé sin poder aferrarme a nada. Caía y caía, hasta llegar a ese charco. No impacté, lo atravesé como si fuera de cristal, rompiéndose en mil pedazos. Pero... ¿Cristal y tan buen reflejo? ¡Era un espejo, eso es! Pero aún había más hueco. La gravedad cambió repentinamente, no parece que estuviera cayendo, sino que volaba de espaldas, como si alguien tirara de mí y me sacara boca abajo. Salí disparado al mismo lugar, fuera del agujero y lleno de polvo. Pero había algo diferente.
Apareció de repente una mansión enorme y horripilante. Estaba abandonada desde hace muchos años. Las ventanas estaban destrozadas, el portón principal era una puerta roñosa con remaches de metal oxidados. Todas las paredes blancas con manchas negras del musco ahí impregnado. Estaba muerto de miedo y no quería seguir, aunque me dije a mí mismo: "busca una señal para entrar y ver qué hay". Fue entonces cuando del mismo agujero salió la roca que estaba pateando, rodando ella misma hasta la puerta, golpeándola. Paró en seco y la puerta cayó, hacia atrás, un movimiento de un estruendo brutal. Ahora no sabía si parar el temblor de las piernas con mis manos o dejarme caer para no volver; pero nuevamente fueron mis pies quienes no quisieron dejar un rincón más sin descubrir. A medida que me adentraba, las hierbas altas cerraban mi paso trazado para no volver y a su vez, salía más viento frío de aquella puerta tan siniestra. Dentro no había nada, era un semicírculo gigante que descendía en forma de... De teatro.
Era un antiguo teatro. Las lámparas de araña en el techo, los balcones para disfrutar de las funciones; el telón estaba echado. La única rareza fue que no había ni una sola butaca, solo una simple silla en medio de todo el sillario. Sentía cómo unos hilos movían mis piernas, mis brazos y hasta mi cuello, hasta aquel asiento exactamente. Una vez sentado, se encendieron unos focos y una risa muy familiar sonó tras las telas tapaderas. Poco a poco se empezó a abrir el telón, y allí estaba. Era yo mismo, al nacer. Pocos después, creció mi personaje en la función. Estaba mostrándome los pasos de mi vida, estaba siendo una obra llena de alegría, de magia en estado puro. Hasta el final, que salía una persona idéntica a mí. Bajó del escenario, tenía mi misma ropa, idéntica, pero llevaba puesto un guante blanco de seda, tenía el puño cerrado, «¿querrá pegarme?». Se puso frente a mí y abrió la mano, era aquella piedrecita absurda. Se dio media vuelta, subió nuevamente al escenario, se dejó caer a un desnivel del escenario donde yo no era capaz de verle. Segundos más tarde, empieza a caer un cartel de madera con letras en pintura amarilla que pone: "Esta ha sido la obra de tu vida, enhorabuena". Todo se apagó, todo se acabó.
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