domingo, 19 de febrero de 2017

Big Crunch



Andando, con zapatos de plomo fundido, sobre una cuerda de cristal.
Se rompe, caigo, tengo vértigo, miro mi caída, al lago; me estampo.
Aguanto la respiración, veo miles de burbujas a mi alrededor, no sé nadar.
Agito los brazos, pataleo como un crío en su cama, me estoy ahogando.
Me entra agua por la nariz, hostias; qué asco, trago agua; sabe a sal.
Veo que hay cosas que no cuadran, todo se vuelve geometricamargo.
Las curvas se transforman en flechas, los colores pierden su alma y piedad.
Todo avanza más lento, el tiempo se frena, mis latidos no tienen el mismo impacto.
El tendedero del universo no aguanta mi cuerpo tejido a base de realidad.
Me quedo sin calor, el mundo se aclara, el frío llega a las velas de mi barco.
Toda partícula inmóvil, no se escucha nada, sin ver cómo, dejan de vibrar.
¿Será posible? ¿Qué ha pasado? Mi mente es mi último examen, en blanco.
De repente, a la misma velocidad que antes, volvemos hacia atrás.
Todo el cuerpo me vuelve a doler, pataleo para no ahogarme; del agua salto
hacia afuera, rebobinamos como nunca nuestra mente hizo jamás.
Intento controlar mi cuerpo, me es imposible; alguien o algo me está dominando.
Trozos de cristales resurgen de las profundidades, vuelan y me acompañarán.
Se reconstruye el pequeño puente translúcido que dejó en nada desde un todo.
Los metales de mi planta del pie resurgen, enfriándose, dejando el mundo en la paz.
Ésta es la cinta de vídeo de un universo oruga que hiberna, el invierno de su Mundo Topo.
No quería que nadie le viera, pero mi mente lo sabe. Guardo su secreto. Bienvenido, Big Crunch.

sábado, 18 de febrero de 2017

Caída del mundo

Aquí no somos titanes, pero nos vamos a comer el mundo
para así mantener con vida esa rosa que tu alma alegra.
Pueden llamarme loco, pero pongo soles donde es oscuro
y tengo más de una cicatriz sin estar lejos de la bestia.
Hago puentes y árboles cuando veo suelto algún muro,
porque me encanta empezar, uno, otro, otro, a caer las piezas;
siendo la primera dominó que alcanza un ciclo hasta Neptuno.
Que por ti, en este planeta el ruido hace mucho que no suena.
Pero es el río al que no consigo parar con alas y ojeras de búho,
agotado por las mañanas llenas de luz innecesaria con hienas.
Venga, hazme ver que la noche nos hace jugar sin ser mudos,
retumbando paredes, palpitando labios, mojándonos hasta las fechas.
Ya te dije que yo se lo agarraba a la vida, pero que tengo mejor culo,
que solo quiero manos para montar en tus caderas mi mejor fiesta.


Juguemos con las lenguas, a ver quién tiembla primero.
Sí, sé valiente y muérdete el labio como a mí tanto me gusta;
hoy es noche de sex… de sensaciones para pasar del mil al cero,
así que dejemos de contar nuestras ganas y demos cuerda a la Luna.
Para que nos ilumine mientras rompo en ti como las olas de Febrero,
frías, aguantando el golpe, rebotando por tu entrepierna y sus dunas.
Lengua, labio, oreja, cuello… Con algún que otro beso en el tintero
guardado para ser revelado en la última página, ésa que no nos derrumba.
Sigo repitiendo curso en mi vida con tal de verte por el pasillo de nuevo,
por volver a jugar en sitios recónditos, en tener mil respiraciones agudas.
Cuerda, cuero, piernas, torso y ahora tira el dado, a ver dónde nos lleva el juego,
porque no es por temperatura, es por el diluvio de tus labios hasta la una.

viernes, 17 de febrero de 2017

Café


No me he levantado de la cama y la habitación ya huele a café.
Abro los ojos y aún así no veo nada, ¿me he quedado ciego?
Entonces es cuando veo que mi cara estaba en la almohada, del revés;
así que me doy media vuelta de manera valiente, porque ni me siento.
Solo hay dolor en unos músculos que ni sabía que volvería a ver.
Ahora mi ropa de anoche está tirada entre la silla y la puerta, por los suelos.
Está llena de manchas rojas y negras. Joder, que la camisa me costó un pie.
Es literal, porque no encuentro por ninguna parte mi zapato bonito, el izquierdo.
Aguanto la respiración, aprieto el torso, cuento: una, dos, y… ¡Tres!
Mis brazos hacen fuerza, mis piernas tiemblan y mi equilibrio está muerto.
La mayor hostia de boca que jamás he tenido, un colmillo más que no encontré,
pero sí me percaté de que el piso estaba empapado de un líquido negro
que percibía familiar, seguro que derramaría algún que otro litro de té.



Conseguí levantar las persianas para tragar una bocanada de aire fresco.
No recordaba que estaba en Sevilla, en Agosto, y eran las cuatro de la tarde,
como buen primerizo, me trago una maraña de oxígeno que para el tiempo.
Literal, mi corazón se quedó quieto hasta que se enfrió con mis ojos en balde.
Pero no tenía ni puta idea de qué había pasado esa noche, entonces veo un reflejo.
Una morena, de cuerpo delgado y un culo respingón con chupetones sale
de debajo de mis sábanas, con una sonrisa en la cara y sudando como un cencerro.
Estaba en verano, y por muy diosa que fu… Joder, qué buena… Mierda, esto no vale.
Cuando me mira, se echa el pelo hacia atrás con la mano, me agarra y me da un beso.
Voy a ducharme. Te espero dentro, ¿vale, Javi? No tengo gafas y se me han empañado los cristales.
Porque a ver cómo le digo que me llamo Carlos y que no llega el agua al noveno.
Miro el reloj de mi mesa, son las cuatro de la tarde, hagamos café y follemos; que se hace tarde.

jueves, 2 de febrero de 2017

Convocatoria y yo


Estoy en la playa y veo el tsunami de exámenes que viene hacia mí.
Me da pereza estudiar y por eso escribo, hasta arriba de frenesí;
ahora mi cuerpo se llena de energía pero más alto no puedo subir.
No, no son cosa de los diez Red Bulls en una noche a morir.
Hoy, duelo entre mi deber de estudiar y las ganas de gilipollear por fin.
Ni puta idea de quién gana, pero el retortijón del estómago es un sinvivir.
Su puta madre, voy mal si cuento las horas para… -¿Carlos Castaño? +Presente, sí…
El examen me mira y me dice a la cara: el tema que no entraba vale tres puntos aquí.
Oh… Qué pena, el tipo test es largo resta puntos, ahora necesitas un ángel para corregir.


Sales del aula con tres litros de sudor menor y con un dolor raro ahí atrás.
Convocatoria me llama, me giro, me lanza un beso con un mensaje: Septiembre.
Huele a vaselina pero sabes que a sido a pelo, sin saliva y sin avisar.
¿Tan difícil es esto? Si me he hartado de estudiar, pero aún así tengo un 3’7.
No te hace media, no le da la gana. Revisión para nada… Segunda matrícula vas a pagar.
Me conozco toda biblioteca. YouTube Perú me explica en vídeos y mi cerebro no puede.
Ya el librero me pregunta ¿qué estudias? Palmadita en la espalda, seguro la vas a sacar.
Ahora mi conciencia despierta: es que eres idiota. “Me emborracho, total, son solo parciales”.


Estas son las memorias de un chico que odia los kilos de libros y apuntes,
me señalan, soy “el rarito de la mochila con comida” en todos los búnkers.
Es raro oírlo, pero me da igual, entre tema y tema: me como otro tapper.
Al final, me quedo igual en Junio; sin tiempo y con versos de asignaturas que junte.

Mocasines rojos




Llevo montado en el coche de Papá diez minutos con la calefacción puesta pero aún tengo frío en los pies y en los brazos. Me encanta ver cómo conduce con guantes, parece como si el volante estuviera hecho de hielo. Lo que sí se convertían poco a poco en eso eran los cristales traseros, donde nos sentamos Valeria y yo cuando nos llevan a cualquier lugar. Es mirar hacia los lados y no poder ver más que sombras con luces difusas, una fina capa de agua helada nos recubre y nos es imposible saber en qué calle estamos. Sé que solo tengo cinco años, pero no entiendo por qué no le pasamos un trapo caliente a las ventanillas y así derretimos los que hay encima. Dicen que si lo haces explota, pero cuando yo también tengo mucho frío al meterme en la ducha no exploto, así que debe ser una mentira. Hoy suena una música muy extraña en el coche, la llaman “música clásica”. Están siempre tocando violines con flautas raras. Muchas me parecen feas, pero hay una muy chula en la que aparece una guitarra que es El Concierto de la Nuez, creo. Es tocada por un señor mayor muy feo con pelo largo y blanco, tiene nombre de chico y de chica: Paco y Lucía.

Como no sé qué cantan las mujeres con voz aguda me fijo en el cristal grande por donde mi padre sí puede ver la calle mientras conduce. A través de él observo toda la barriada. Ahora estamos pasando cerca del recinto ferial, siempre lleno de barro con muchas piedras sueltas que luego utilizan para montar las casetas.  A medida que la atravesamos, bajamos la velocidad, mi padre mira con un poco de miedo hacia la derecha, así que me quito el cinturón. Me bajo de la sillita tan molesta que me compraron; me pongo a su lado. Estaba mirando la mansión abandonada, tiene una fachada enorme con más de diez ventanas grandes con muchos cristales pequeños rectangulares. Todos estaban de color marrón por el polvo junto con las lluvias con arena. Su puerta es mucho más alta, ancha y fea que la mía. Es de madera negra con tres filas de remaches de bronce, se pueden ver agujeros hechos por las ratas para meterse dentro. Tiene dos torres puntiagudas con tejas azules oscuras que se conectan en la segunda planta con una pequeña terraza vallada con un enrejado terminado con puntas de lanza. Todo esto está justo detrás de su jardín, lleno de matorrales descuidados, muy frondosos; hasta el punto de ocupar todo el perímetro sin contar con la verja que lo separa de la calle. En la parte central tiene un arco de rejería que dentro se decora con muchas flores de loto hechas también de hierro.  Pero lo que más me llama la atención son sus llamadores. Uno a la izquierda con forma de niña con coletas y otro a la derecha que es un chico con el pelo peinado con su raya.

Vuelvo la mirada, Papá se ha dado cuenta de que estoy fuera de mi sitio y pega un frenazo en el coche. Me caigo hacia delante y me doy con la cabeza en la palanca de marchas.

- ¿¡Pero tú estás loco, Landom!? -me grita exaltado-. ¿Pero no te das cuenta de que si no vas con el cinturón puedes hacerte mucho daño? -cuando se ha percatado de mi golpe, baja el tono. Es más comprensivo y habla más calmado-. Venga, pequeño, ponte el cinturón y vámonos al cole.


- Lo siento, Papá. Solo estaba mirando la casa ésa tan grande que también mirabas -me pongo el cinturón y me seco las lágrimas que estaban a punto de precipitárseme-. ¿Quieres comprar esa casa y por eso la miras tanto? -pregunto inocentemente-.


- No, hijo. Por supuesto que no, está en ruinas, creo que has podido verlo -se ríe-.


- ¿Y la gente ha vivido en un sitio que está tan mal?


- Tampoco, esa mansión lleva muchos años abandonada. De hecho, se deshabitó cuando yo tenía cinco años -habla con tono melancólico, triste-.


- ¿Pero quiénes vivían allí?


- Deja de hacer tantas preguntas, que al final no llegamos a la escuela; ya verás.


- Por favor, Papá, que quiero saberlo -puse ojos de cordero y una voz con mucha pena; siempre me funciona-.


- A ver cómo te explico… Hace muchos, muchos años. Vivían en esa mansión una familia muy rica. Eran un padre, una madre y sus dos hijos; un niño y una niña. El señor tenía una fábrica de zapatos mientras que la mujer no trabajaba, se dedicaba a cuidar de los hijos. Eśtos no eran unos chavales normales y corrientes, solían ser muy callados. En el colegio les llaman los hermanos nieve porque eran de piel pálida. Además, cuando se resfriaban, sus narices tenían un tono naranja como el de las zanahorias.


- ¡Ahí va! Pues debe ser un poco feo que se metieran con ellos por eso, ¿no? Si no es culpa suya. Y la madre de Pablo tampoco trabaja, ¿eso es malo?


- Landom, por favor, deja de interrumpirme o si no no podré contarte toda la historia. Tú ahora calla y escucha -asentí con las manos juntas entre las rodillas y mis ojos como platos mirando a Papá a través del retrovisor central-. La madre de los nieve no trabajaba, eso es verdad; y no es malo -recalca con tono de inquina-. Pero muchos dicen que era porque estaba loca. Nunca salía a la calle y siempre se ponía en la ventana de la torre alta a las cuatro de la tarde a esperar a su esposo. Él no llegaba nunca a esa hora, pero tuvo esa manía que empezó a provocar miedo y preocupación a los vecinos del pueblo.


- ¿Pero esperaba de pie o sentada? Es que seguro que si estaba de pie se iba a cansar muy… -me mira fijamente a los ojos por el espejo con un mensaje “cállate”-. Perdón -me cierro la boca con ambas manos para evitar soltar una sola palabra más-.


- Entonces, un día salió a arder la fábrica de zapatos del marido, donde estaba trabajando. Era sobre las cuatro de la tarde cuando las llamas empezaron a tragarse todo el edificio.


- ¿Eso era dónde está el terreno de tierra quemada al lado del colegio?


- Sí, exacto. Pero ahora déjame terminar, pequeñín -se relame los labios. Siempre lo hace cuando pierde el hilo de algo que está contando-. Ah. sí. Entonces esa tarde no apareció la mujer por la ventana. Sino que fue a la factoría para ver si su marido estaba bien. Por más que los bomberos y los vecinos ayudaron para extinguirlo lo antes posible, no hubo supervivientes. Ella, consumida por el dolor fue a su casa, allí no paró de llorar, se oyeron muchos gritos, se escuchó cómo los hijos corrían y pedían auxilio. La policía y algunos hombres del barrio derribaron el portón, ya allí se encontraron cosas muy malas con la hija y la madre.


- ¿Y el hijo? ¿Qué cosas malas, Papá? -Mi intriga crecía por momentos, no sabía dónde meter tanta energía y atención de repente-.


- El hijo desapareció, nunca se supo nada de él. Lo buscaron durante dos semanas por el pueblo y por la mansión, pero no hubo rastro. La madre lo esfumó en cuestión de minutos, nada se volvió a saber sobre los hermanos nieve -quita una mano del volante para rascarse la nuca, últimamente le pica mucho-. Vaya, parece que ya hemos llegado. Ya sabes, cómete tu bocadillo y sé bueno en clase, ¿de acuerdo?


- ¡Vale, Papá! ¡Mucha suerte tú en el trabajo! -Me bajo del coche y entro por la cancela-.

Llego tarde, como siempre. Miro hacia atrás y me veo a Papá con la mirada muy cansada, se deja caer la frente sobre el borde del volante. Seguro que tiene uno de esos problemas de las personas mayores que no dejan tranquilo a uno. No los entiendo muy bien, pero deben ser como mis enunciados de matemáticas, que no hay por dónde cogerlos. Recobra la compostura y mira por la ventanilla, me ve; sonríe. Baja la ventanilla.

- Eh, renacuajo, ve para clase, que te pierdes las cosas importantes luego -me estoy dando media vuelta para irme-. Eh, renacuajo -me vuelvo-. Te quiero -le sonrío y le envío un beso con la mano-.


- ¡Te quiero un millón de pesetas, Papá! -Voy corriendo hacia él, abro la puerta del coche de nuevo y le doy un abrazo enorme. Fue muy caluroso, mi pecho estaba más fuerte, me gustó mucho-.

Ya se está yendo, al menos se ha ido con una sonrisa en la cara. Está más feliz y yo no había hecho nada, solo juguetear un poco con el cariño. Parece que eso le gusta mucho. Esta tarde cuando venga del trabajo y tire el maletín al sillón, le daré un bombón de lo que tanto le gustan, aprovecharé para que así Mamá le haga esas galletas que tanto le gustan, las de chocolate.

Me paro frente a la puerta del colegio, aprieto los labios, agacho la cabeza.

- No me gusta ir al cole, no voy a ir al cole -susurro mientras frunzo el ceño en señal de enfrentamiento. Me doy media vuelta y echo a andar por la calles de Aracena-.

Llevo puestos unos zapatos muy gruesos, sirven para ir por el campo y sus carriles para el senderismo que comunican pueblos con aldeas. Además, todo está encharcado por las lluvias de la noche, llevando esto puesto no me mojo nada. No como los chicos que quieren llevar zapatos bonitos aunque luego se empapen y les duelan los pies, son tontos. Además, siempre dicen que visto feo, ¡pero a mí me gusta mucho mi ropa porque me la hace Mamá con sus bolas de lana con unas agujas más grandes que mis brazos! Me meto mis manos por dentro de las mangas de mi suéter azul claro con rayas en zig-zag blancas, cierro el puño con el borde de éstas para que así no entre el frío a mis brazos. Sin darme cuenta, me tiro mucho rato mirando hacia el suelo para nunca pisar las líneas de la acera, no me gusta tener un hueco de aire al pisar con las suelas. Dicen que eso es muy raro, pero yo me lo tomo como un juego. Siempre que vamos a algún lado, lo hago. Como cada vez lo hago más rápido, ya me he vuelto un rayo con las rodillas, consigo ser más veloz así que andando normal. Noto unas gotas en el suelo, oscuras; parecen agua. Salen con más frecuencia y con más fuerza, me cae una en la cabeza; está empezando a llover. Cojo mi mochila del colegio que es de plástico y la dejo caer en mi cocorota mientras la aguanto con los brazos. Tampoco está lloviendo con mucha intensidad, pero así al menos no me mojo mucho para evitar resfriarme.

Vuelvo con el juego de las rayas, pero con más cuidado; algo más lento. Todo porque si voy muy rápido, me puedo resbalar y caerme de culo. Esas caídas son las peores, me han ocurrido ya tres veces; y en las tres me he quedado sin respiración al darme justo en el “hueso cuqui”. Justo por pensar en ello, no coloco bien mi pie derecho; se me desliza hasta que mi pierna no puede más, cayendo yo abierto de piernas. Eso también duele mucho, pero me levanto rápido para que nadie se dé cuenta de qué ha pasado. Escucho una risa y miro hacia los lados. Me quedo de piedra. Estoy andando por la acera de la verja de la mansión. Vuelvo a escuchar a alguien riéndose de nuevo, justo a mi derecha. Aún así no hay nadie. Echo una mirada al jardín exterior del caserío y me percato de una cosa muy extraña, está seco. No llueve en este rinconcito de la calle. Ando un poco hacia delante para fijarme desde todos los ángulos, escucho como alguien va a mi par, y a mi vera; pero sobre ese césped seco. Escucho sus pisadas, me paro en seco, ellas se paran también. Avanzo de nuevo, me vuelven a seguir. Me quedo quieto, giro, me enfado muchísimo.

- ¡Cobarde, no te rías de mí y luego te escondas! ¡Eres un caraculo! -grito con todas mis fuerzas y con el resentimiento producido por la burla-.

Escucho de nuevo la mofa, a escasos centímetros de mi nariz. Veo pisadas en el césped, cómo se hunde al correr alguien por encima; se aleja. Se abre la puerta de la mansión y se cierra de repente. Cierro los puños muy fuerte, me tiemblan las piernas a la vez que un tremendo escalofrío recorre toda mi columna vertebral. Se para el tiempo a mi alrededor pero el viento sigue soplando a mi cara descubierta, no puedo explicar lo que acaba de pasar. Quiero romper a llorar y correr como alma que lleva el diablo, pero no puedo. Una fuerza superior me la impide; la curiosidad. Recobro el control de mi cuerpo que había perdido durante unos segundos, me dispongo a entrar por la cancela, la empujo con una patada y se abre chirriando de manera brutal. Se nota que lleva décadas sin abrirse. Me siento una hormiga en comparación a los torreones de la mansión. Mi casa solo tiene dos plantas, ésta debe tener al menos cinco. Tiene varias gárgolas con agujeros unidas a los canalones que dejan caer pequeñas cascadas de agua blanquecina. Todas tiene forma de ángeles de piedra como los que salen en una serie de un señor que va al pasado en una cabina de teléfono, dan mucho miedo. Me tropiezo con una piedra andando y caigo al suelo. En ese momento caen a la vez cuatro jarrones desde lo alto de las columnas que estaban en la valla del jardín, separando unas de otras. Del susto tan grande, tiro la mochila al suelo, corro hacia el frente, como nunca. Se me acelera el corazón, sin darme cuenta he entrado dentro de la casona abandonada. La puerta se cierra sola nuevamente a causa del viento.

La entrada es inmensa, conecta tres plantas a través de una escalera central muy ancha. Todo está lleno de polvo y tapado por plásticos enormes dejando los muebles ocultos por toda la suciedad de años en dejadez. Noto el suelo más blando de lo normal, estoy encima de una alfombra fina roja con bordados de oro. Llega desde la misma entrada hasta el final de los escalones que termina en un rellano en la pared frontal. Todo se ilumina porque en este descansillo hay una vidriera multicolor también de dimensiones increíbles. Muestra la imagen de un ángel negro con cola puntiaguda en la cima de una montaña y un pueblo en el pie de ésta pidiendo clemencia. Tras ese descansillo, salen dos nuevas escaleras, ambas pegadas a las paredes y ascendiendo hasta la segunda planta, tanto por izquierda como por derecha. Vuelvo a escuchar esa dichosa risa de niña pequeña, se introduce en mi mente como un taladro a través de mi tímpano.

- ¡Venga, no seas cobarde! ¡Ven aquí! -Unas pequeñas llamas aparacen en la barandilla derecha de las escaleras se encienden solas, un fuego fatuo azul con forma velas. Sonrío y le sigo el juego-. Ya verás cuando te encuentre, ¡te voy a patear ese trasero que tienes! -grito con más confianza en mí mismo, el miedo se mantiene en segundo plano-.

Subo las escaleras lentamente, con paso firme. Se empapa la moqueta con mis zapatos que no dejan de expulsar agua. A medida que subo, noto mis piernas más pesadas y temblorosas, algo me dice que no debo subir. Una vez que estoy en el parón de los escalones, me giro y me doy cuenta de lo verdaderamente grande que es el espacio. Ni siquiera me he fijado en la gran lámpara araña de cristal que estaba colgando del trasfondo de la gradería de la planta segunda a la tercera. De hecho, está semi descolgada por mantenerse enganchada únicamente por un tornillo grande, le faltan los otros dos. Pienso claro, voy a romper su juego, a ver hasta dónde llega este truco de magia barato. Subo por la zona izquierda, la que no está iluminada, toca ir en contra de sus normas. Río por dentro por la superioridad que muestro ante ella. En ese mismo instante, el tapiz se corre hacia abajo, algo tira de él mientras caigo rodando hasta el rellano. No para de reírse, se escucha perfectamente que ya no se encuentra ni en el mismo lugar que yo, está en una pared contigua. Me pongo en pie y subo rápidamente hasta la planta superior pisando escalones de dos en dos. No avanzo, por más trompicones que doy, la planta superior se aleja más y más, mientras que la inferior no cambia. Parece una escalera mecánica, paro mis piernas. Me rindo y me dirijo lentamente por las escaleras iluminadas, sirvió, tuvo efecto y a los pocos segundos llegué. Hay una mesa enorme en el centro, le quito el plástico y veo que se trata de una mesa de billar fantástica. Palos de roble y bolas de puro marfil. Los zapatos dan más dinero del que yo me esperaba. En el segundo nivel hay un pasillo en la esquina derecha, un gran portón doble corredizo en el centro de la pared ancha y unos peldaños frente a ésta. Encuentro unas pisadas de pies llenos de barro que se dirigen hacia el susodicho pasillo. Piso sobre una de ellas y escucho un grito terrible. De repente todo se vuelve oscuro, en blanco y negro. Vuelvo a escuchar el mismo grito, proviene de la gran puerta, que ahora está entreabierta. La abre una niña pequeña corriendo la intenta cerrar pero prefiere huir. Tras ella, aparece una mujer con un vestido negro y un pelo rubio largo hasta las caderas. Porta un cuchillo en alto mientras la persigue por el pasadizo, allí se escucha los sollozos, y las pedidas de auxilio; a los pocos segundos cesan. Levanto el pie de la marca de barro, vuelve todo a la normalidad, luz y color. El silencio sepulcral se adueña de mí. Solo escucho los latidos de mi corazón que van a una velocidad de miedo y noto en mi cuello la sangre fluir hasta mi cerebro. Intentaba aceptar en mi mente todo lo que acababa de ver, aún no me lo creía. Vuelvo a dar un paso y sin querer toco otra mancha de barro. Ahora es diferente, no hay terror, creo. Ve a un chico de unos diez años y a la niña de antes. Él acoje a ella entre sus brazos, luego la separa con cariño.

- Cristal, vamos a hace una cosa. Mamá está mal, se está volviendo loca. Tenemos que jugar tú y yo a un juego para que no nos encuentre y nos haga daños, ¿de acuerdo? -Le agarra por los hombros y ella asiente dulcemente-.


- ¿Y qué tenemos que hacer?¿Dónde nos escondemos? -pregunta ella de manera ingenua-.


- ¿Te acuerdas del sitio tan bueno donde te escondías siempre con el primo Luca? Debes meterte ahí, corriendo. Antes de que de Mamá se dé cuenta, ¡corre! -se escucha como se abre y cierra una puerta de la planta superior-.


- ¡Niños, venid aquí! ¡Mamá solo quiere hablar con vosotros, venid he dicho! -grita con tal tono que se puede percibir cómo la ira le consume por dentro, una voz que muestra la ceguera de un alma-.


- Uriah, prometes que vendrás a por mí luego? Que tengo mucho miedo, por favor… -Cristal empieza a llorar desconsoladamente. Abraza a Uriah, su hermano-. Te quiero mucho, hermanito.


- Claro que sí, pequeña. Tú ahora céntrate en esconderte rápido y no llores. Si te encuentra, corre hacia tu cuarto, pon el pestillo y salta por la ventana para bajar por las ramas del árbol, ¿de acuerdo? -ella asiente, él le da un beso en la frente y la abraza de nuevo-. ¡Ahora corre, corre como nunca! -dice en voz baja. Se rasca la nuca y salen corriendo en direcciones contrarias: él escaleras abajo y ella hacia el interior, cierra su puerta-. ¡Venga, Mamá, estoy justo en la entrada, dime qué quieres, que me voy a clases! -llama su atención para que Cristal pase desapercibido-.


- Hijo mío, espera un momento, que sabes que tengo el pie malo -está bajando las escaleras a toda velocidad con un cuchillo muy afilado en la mano. Me mira a los ojos, su mirada ha llegado a mi alma, la llena de terror, de miedo. Parece que me ha visto, pero debe ser que no, ha continuado hacia abajo sin pensárselo dos veces-. Cariño, ahora… ¡Te toca irte con tu padre, maldito! -parece que Uriah ha corrido calle afuera y ella no le persigue, al contrario; se escucha cómo se cierra la puerta de la entrada. Se escuchan golpes en la puerta, muy fuerte, está siendo aporreada a puñetazos-. ¡Abre, vieja zorra, déjala en paz y ven a por mí si tan valiente eres, asquerosa! ¡Cristal, corre hacia donde te dije, vamos! ¡Corre, joder! ¡Corre!.

La madre sube a toda máquina mientras empieza a llover y a tronar. La niña empieza a chillar, parece que tiene miedo a las tormentas. Es descubierta por los ruidos, dentro de esa habitación. Parece ser un salón grande con una mesa comedor muy alargada. Cristal salta por encima de la mesa y sale a correr tras la habitación.

Vuelvo a salirme de esa escena al quitar el pie, me quedo en blanco. Luego me viene una idea a la cabeza, no volver a pisar una marca más de barro. Parece que ella misma no quiere que la sueltes. Te absorbe como si de un remolino en alta mar se tratara. Empieza a llover, truena y las luces fatuas se van. Todo queda en la más inmensa oscuridad a excepción del pasillo y la vidriera que se iluminan con cada relámpago que cae en la ciudad. Me adentro hacia el corredor lentamente, con cuidado de no tropezarme o no encontrarme con nada. De frente puedo ver que mide unos quince metros de largo. Hay dos puertas en la pared de la derecha, una a la izquierda y otra frente a mí. La última tiene la puerta caída en el suelo, como si la hubieran derribado. Cae un relámpago de nuevo y ve la sombra de la niña yendo hacia su cuarto, se ríe. Camino lentamente, el suelo cruje con cada paso, se nota que está hecho de madera, no se ha arreglado. En la primera puerta, a la derecha hay un cuarto de baño con los cristales rotos en el suelo con algunas manchas de sangre secas con polvo y tierra. Sigo hacia delante, para toparme con una habitación de un niño. Seguramente sea de Uriah, tenía una cama con el somier y la cabecera con la forma de un coche de carreras. Del techo cuelgan varios cohetes espaciales y la figura de un superhéroe. En el suelo hay un marco tirado, me acerco a él, le quito el polvo y lo que preserva es un mantel de punto blanco que pone “Bip” en letras rosas. No debe ser la habitación de Uriah, sino de ése tal Bip. Yo tengo una tela parecida con mi nombre en el salón. Finalmente llego a la última habitación, escucho un ruido proveniente desde atrás, me giro y es la bola negra del billar rodando lentamente  hacia mí. No consigo ver el principio del pasillo, no sé qué hacer. Mi cuerpo no responde. Vuelve a tronar y escucho un grito desgarrador de una niña proveniente de allí.

Por el miedo entro de lleno en el cuarto final. Es de color rosa, pero está muy desgastado. Tenía una cama rota y llena de manchas rojas. Hay sangre por todas las paredes y por el suelo un pequeño lago seco hasta la ventana. Incluyendo los cristales con la marca de las palmas de manos pequeñas. De repente, me percato de que hay un espejo ovalado, con bordes voluminosos y dorados. No tiene nada de suciedad ni manchas de ningún tipo, está intacto, parece nuevo. Empiezo a escuchar un ruido proveniente de la travesía, no consigo diferenciar nada. Suena cortante, como si fueran golpes secos. Vuelvo a mirar hacia la luna y veo unos mocasines de un rojo muy puro en la puerta. Desde mi vista real al girar la cabeza no están. Vuelven a ocurrir esos pequeños sonidos. Los mocasines se dirigen, a través del espejo hacia él desde la entrada, con paso tranquilo. Una vez frente a él, se paran. La risa vuelve tras el espejo.

- Eres… ¿Eres la chica nieve? -pregunto con mucho miedo, casi tartamudeando-.

El espejo empieza a temblar, las paredes se ennegrecen y la lluvia aumenta a la vez que la cantidad de truenos. Las paredes parecen cada vez más chicas, el aire se vuelve frío y mis pulmones no lo aguantan bien, les cuesta coger una simple bocanada de oxígeno. De nuevo, todo a oscuras. No siento el suelo, parece que estoy flotando en la nada, no puedo verme, solo oírme, tampoco tocarme. Algo de fondo está sonando, parece una canción infantil.

Jugaremos con zapatos de colores
entre los jardines de ricos y pobres.
Cada color tiene su valor y su nombre,
soy el color rojo por la sangre de jóvenes.
Por los asesinatos de la locura en cobre
no pagan pecados con onzas de bronce.
Uno, dos, tres y cuatro mil años en orden
para limpiar mi casa de mi sangre y sus golpes.

Empiezo a notar cómo me retuercen las piernas con unas manos enormes, muy fuertes. Unas garras pasean por mi pecho y mi abdomen mientras  unos colmillos muerden mis brazos como si puedan carne picada. Las fuerzas me huyen, la sangre me corre por todas las partes del cuerpo… Vuelvo a la realidad. Me veo frente al espejo, estoy pálido, la ropa ensangrentada. Mi camiseta rota y con el tronco lleno de heridas profundas, mi cuello desgarrado totalmente. En cuestión se segundos, no veo mi reflejo; la veo a ella. Tan inocente con el pelo rubio por los hombros, un flequillo recto. Lleva un vestido de flores con una camiseta blanca de manga larga debajo. Ya no lleva sus zapatos rojos.

- ¿Quieres jugar conmigo? -me acerca su mano a través del espejo, lo atraviesa y me sonríe.

Asiento sin mediar palabra, ya no tengo miedo, sé que me lleva a la muerte, mis propias heridas marcan un final. Cierro los ojos, me dejo caer. Me despierto en el suelo frente al espejo. Tengo el cuerpo intacto pero la ropa sucia por haberme caído. Estaba como nuevo. Al levantarme veo que llevo puestos los mocasines rojos, sus zapatos.

- Gracias por querer jugar conmigo -me habla desde dentro de mi propio cuerpo. Se ríe-. Ahora seremos muy buenos amigos -dice llena de felicidad. Ahora rio yo desde fuera, tengo la voz de Cristal-.

Salgo con ritmo calmado de aquella mansión en mal estado. Yo no están las marcas de barro en el suelo, pero puedo percibir y recordar el pasado de Cristal como si fuera el mío propio. Estamos unidos como uña con carne, mezclados como la salsa de tomate con el puré de patatas. Dos vidas vividas, un alma fuerte y dura como un roble. En el césped sigue mi mochila de plástico. Me ato los cordones de los zapatos y coloco la maleta en mi hombro derecho, ya no llovía así que me fui en dirección a casa. Hacía mucho frío, a medida que me alejaba, notaba cómo algo dentro de mí se hacía más chico. Dentro de mi pecho, sentía pena, es como si esa casa hubiera formado parte de mí todo el tiempo sin haberme percatado. Llamo a la puerta, estoy en casa. Compruebo que está el cartel de mis padres en la puerta: Unax Castaño Cabrero: Médico-Pedagogo. Laura Caminante Zafrina: Psicóloga. No, no me había equivocado. Papá abre la puerta, y me escanea de pies a cabeza.

- Hijo… ¿Qué haces tú con… Con e-esos zap-zapa-patos rojos? -tartamudea con miedo mientras sonrío. Ahora le dejo hablar a ella-.


- Hola, Bip -dice Cristal desde dentro de mí-. ¿Quieres que juguemos al escondite un rato más? ¿No quieres jugar conmigo? -reímos-.

Cerramos la puerta, bailamos tres con los mocasines rojos. Uno quedó fuera, quedó fuera para siempre.