viernes, 17 de febrero de 2017

Café


No me he levantado de la cama y la habitación ya huele a café.
Abro los ojos y aún así no veo nada, ¿me he quedado ciego?
Entonces es cuando veo que mi cara estaba en la almohada, del revés;
así que me doy media vuelta de manera valiente, porque ni me siento.
Solo hay dolor en unos músculos que ni sabía que volvería a ver.
Ahora mi ropa de anoche está tirada entre la silla y la puerta, por los suelos.
Está llena de manchas rojas y negras. Joder, que la camisa me costó un pie.
Es literal, porque no encuentro por ninguna parte mi zapato bonito, el izquierdo.
Aguanto la respiración, aprieto el torso, cuento: una, dos, y… ¡Tres!
Mis brazos hacen fuerza, mis piernas tiemblan y mi equilibrio está muerto.
La mayor hostia de boca que jamás he tenido, un colmillo más que no encontré,
pero sí me percaté de que el piso estaba empapado de un líquido negro
que percibía familiar, seguro que derramaría algún que otro litro de té.



Conseguí levantar las persianas para tragar una bocanada de aire fresco.
No recordaba que estaba en Sevilla, en Agosto, y eran las cuatro de la tarde,
como buen primerizo, me trago una maraña de oxígeno que para el tiempo.
Literal, mi corazón se quedó quieto hasta que se enfrió con mis ojos en balde.
Pero no tenía ni puta idea de qué había pasado esa noche, entonces veo un reflejo.
Una morena, de cuerpo delgado y un culo respingón con chupetones sale
de debajo de mis sábanas, con una sonrisa en la cara y sudando como un cencerro.
Estaba en verano, y por muy diosa que fu… Joder, qué buena… Mierda, esto no vale.
Cuando me mira, se echa el pelo hacia atrás con la mano, me agarra y me da un beso.
Voy a ducharme. Te espero dentro, ¿vale, Javi? No tengo gafas y se me han empañado los cristales.
Porque a ver cómo le digo que me llamo Carlos y que no llega el agua al noveno.
Miro el reloj de mi mesa, son las cuatro de la tarde, hagamos café y follemos; que se hace tarde.

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