miércoles, 12 de noviembre de 2014

Adama - Primera parte

Bueno, pues otra noche más. Todavía sigo sin creerme que el destino llegase a ser tan generoso conmigo, me ha dado una manta y una bolsa con ropa para poder refugiarme tras esta cabina del banco. Perdonad por ser tan maleducado (ya os podéis imaginar que del lugar que procedo no tenemos escuela), yo soy Adama, tengo unos veinte años y vivo aquí, en Cádiz. Ahora mismo estoy durmiendo en un suelo cubierto y tengo un problema, pero antes de nada, os contaré mi historia…


Todo empezó hace unos meses, en la pequeña ciudad de Matinoca. Yo acababa de llegar a mi edificio y me dispuse a subir las escaleras, al llegar a mi casa, me sentí muy extrañado, asustado más bien. La puerta estaba entreabierta, cosa que era bastante particular, ya que mi madre nunca dejaría abierto porque crea corriente, entrando arena en casa. Total, que entré y cerré la puerta, no veía a nadie en casa, pero oía gritos ahogados al final del pasillo así que fui rápidamente a la cocina para coger un cuchillo y no estar indefenso ante cualquier persona. No me extrañaría que nos intentarán robar, éramos personas de buena clase y la seguridad era muy mala en toda la ciudad. Crucé la casa entera, hasta que llegué al cuarto de mi madre, allí estaba ella, con un hombre encapuchado y totalmente vestido de negro detrás de ella, tapándole la boca con una mano. En ese momento, ese hombre se percató de mi existencia y rebanó el cuello de Marizza, ahogando su vida en un instante, dejando que su cuerpo se desplome encima de la cama, inundando las sábanas de un color rojizo muy puro. Estaba absorto, no me podía imaginar lo que pasaba. Ese desconocido alzó la vista de nuevo y corrió en mi busca. Huí de casa como alma que lleva el diablo, surcaba coches y puestos de comida o artilugios con una facilidad y una flexibilidad nunca sentida en mi cuerpo hasta ese momento. Tras unos diez minutos, decidí mirar tras de mí, y no le veía, por lo que me metí en el primer callejón que encontré y me paré a descansar.


Cuando pude respirar sin problemas, me puse a pensar y caí de culo contra el suelo y mi espalda en la pared, me dispuse a llorar. Primero se fue mi padre pillándome con diez años de edad, trece años han pasado ya. Según dijo Mamá, era un hombre del país y siempre trabajaba hasta tarde con unos compañeros de trabajo en un laboratorio inmenso. Recuerdo que una vez me llevó con él a trabajar y estaba planteando un circuito muy complejo, era una placa gigantesca con incontables cables y tantas resistencias que no cabrían ni en mis dos manos. Nunca me dijo para qué servían esas cosas, pero las categorizaba como “auténticas obras de ingeniería”, la verdad es que lo eran, muy pocos sabrían combinar tantos artilugios. Lo más raro es que unos días antes de morir, nos dijo que tenía un viaje de negocios muy importante, que iba a cegar al mundo entero con el destello de sus obras. Entonces me dió un beso muy fuerte en la frente, me acarició la cara y me dijo: “No quiero que jamás abandones a Mamá como hago yo ahora, ni por un segundo, eres el hombre de la casa junto a mí, ya lo sabes”. Nunca llegué a entender bien todo eso, la verdad, pero no paraba de darle vueltas. Ya me dolía el pecho de tanto llorar, notaba cómo mis abdominales iban a explotar, cómo mis pulmones se comprimían al máximo. Entonces me levanté, me sequé la cara con las mangas de la sudadera, fui a la fuente más cercana y bebí un poco de agua. Era la primera vez que notaba como bajaba por mi garganta y me refrescaba tanto por dentro, se notaba que era porque estaba súper acalorado por los sollozos. Total, me dirigí al taller de mi padre, sabía que era el lugar ideal para esconderme, así podría hablar con sus compañeros, que me ayudaran a ir al cuartel general a denunciar todo lo que estaba pasando y que investigaran todo, yo corría peligro; si de algo estaba seguro ese día era de eso.


Cuando llegué a la calle donde se encontraba, podía ver desde lejos que había gente trabajando, así que empecé a andar cada vez más rápido y a mirar a todos lados causado por el miedo. Me vieron, se quedaron pasmados, con los ojos como platos, ni que hubieran visto un fantasma. De repente uno de ellos sacó una pistola, me apuntó, me agaché y cuando disparó, algo cayó encima de mí, era el desconocido, estaba muerto, con un agujero en la frente; vaya puta puntería, hay que admitirlo. Vinieron hacia mí más rápido incluso que la velocidad de la anterior bala, me metieron dentro del taller, cerraron la compuerta y me tumbaron en una camilla que había para dejar las herramientas. Cogieron dos tarjetas, una pistola pequeña y un fajo de billetes bastante voluminoso de una pequeña caja fuerte que había en una esquina, la metieron en una mochila y me lo dieron. Se me encaró uno de ellos y me dijo muy seriamente que tenía que irme rápidamente, que fuera al puerto, buscase un barco llamado “Rails Walker” y que le dijera al capitán “pequeña torre, bum”. Tampoco podía hablar con nadie sobre qué iba a hacer, si eran conocidos, les tenía que decir que iba a la biblioteca a estudiar, pero nada más.


Estaba absorto, para mí, el tiempo y el espacio se había distorsionado y vuelto a unir en un orden distinto, no me terminaba de comprender la situación, de encajar bien las piezas. Me había metido en una buena, eso seguro. No me dieron explicaciones, cuando quise preguntarle algo, me tapó la boca y me soltó un simple “basta ya, haznos caso y no la palmarás”. Casi se me para el corazón en ese momento, pero no sé cómo no se me habría parado antes, este mundo es de locos.

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