Dios, cómo apestaba la ciudad portuaria en la que vivía. Cada barco era igual, todos estaban pintados de color blanco y con letras en negro, las popas llenas de moluscos, los cristales de las cámaras llenas de musgo, empañados y sucios a más no poder, parece que no conocían qué era la higiene ni tampoco la palabra trapo, de locos. Seguía andando por el muelle en busca del navío al que estaba destinado, mientras pasaban los metros, me divertía pateando una piedra que encontré al principio del camino de madera. Lo más extraordinario de todo es que no se me haya caído al mar por ninguno de los laterales, justo en ese momento, la pateo un poco más fuerte de lo que debía haberlo hecho, por lo que salió disparada y le dio en la espinilla a un hombre. Primero agachó la cabeza para percatarse de si se había hecho alguna herida o no y luego alzó la mirada, y cuando me vio, me disculpé inmediatamente.
Parecía un viejo roñoso, la verdad. Tenía una barba bastante desaliñada, grisácea tirando a blanco diamante, con unos pelos negros en el centro, podía llegarle perfectamente al ombligo. Estaba bastante encorvado, con ambas manos a su espalda, una agarrando a la otra. Respecto a su vestimenta, llevaba una túnica azul oscuro que le llegaba hasta pasadas las rodillas, ésta estaba decorada con unas flores con pétalos bastante largos. Estaba bastante delgado y lleno de numerosas cicatrices en su piel morena como el azúcar. Al terminar mis lamentaciones, le pregunté que dónde podría encontrar el Rails Walker, en ese momento, formó una leve sonrisa a raíz de sus labios y rió brevemente. Como no, el destino, ese día, me hacía señales a más no poder; era el mismísimo dueño del barco, su capitán. La verdad es que su ropaje no eran típico de un marinero que surcara los mares luchando contra las gigantescas olas días y noche para llevarse su fruto, sus peces y mariscos varios; era más bien del típico abuelete que se quedaba en el bar fumando cachimba con los amigos mientras jugaban a las cartas y se quejaban de la degradación de sufría la sociedad por cada generación.
Le dije estas tres palabras tan absurdas tal y como me pidieron, Manjesíh, así se llamaba el hombre, empezó a andar rápido a la vez que me tiraba de la asa superior de mi mochila, sí, ya me había apropiado de ella. Me metió directo en su barco muy rápido, pero me tuve tiempo suficiente para contemplarlo, era jodidamente grande, pintado totalmente de azul turquesa y unas vías de tren dibujadas atravesando el barco de proa a popa; estaba reluciente y se veía muy bien cuidado, debía costar una pasta. Me metió dentro del camarote que tenía, acabé sentado en un sofá de cuero marrón bastante amplio, cabía tumbado perfectamente. El se situó justo delante de mí, con su culo directamente encima de una mesa de mármol e hierro. Hablaba muy rápido y estaba tan nervioso que sin querer escupía cada vez que cerraba los labios. Empezó diciéndome que mi padre fue un gran hombre, y que siempre tenía una frase en mente: “simplemente vivimos para morir”. Al parecer, buscaban a mi familia desde hace años, incluso antes de yo haber nacido, que la persona que mató a mi madre seguramente fue un espía militar de la cárcel estrellada en rojo y azul. Buscaba pruebas y personas que tuvieron relación con él, ya que era alguien importante en el exterior, al parecer le conocía el mundo entero por sus hazañas y que ahora todos sus conocidos corrían peligro. Ahora me llevaría en barco hasta el continente europeo, cosa que no me gustaba nada. Mi país tenía un enfrentamiento muy jodido con los pescadores españoles porque nos roban la pesca de nuestras costas y no cedemos a pesar de sucios sobornos, son unos pijos que creen que pueden comprarnos a pesar de la falta de poderío económico que nos falta.
Salió de la sala para levar el ancla y desatar la cuerda que nos unía con el fondeadero, al que el resto de los paquebotes. Nos pusimos en marcha hacia la “tierra prometida”. Sí, sabía que iba para huir de mi país, pero el qué iba a hacer allí era mi pregunta en ese momento.
Tras una hora de trotes dado por el choque con incontables olas en el Estrecho de Gibraltar, llegamos a una ciudad en las que todos hablaban con un acento muy basto, tan suelto que aspiraban más de lo habitual ya que echaban medio pulmón en cada palabra, una cosa muy sorprendente. Algo que caracterizaba a los gaditanos es que siempre buscaban un chiste o un punto de vista cómico de todo tipo de situaciones; mucho más risueños que los marroquíes, parecían muy felices, seguramente lo serían. Cuando puse un pie en el embarcadero, Manjesíh me cogió la mochila, sacó la pistola, se quedó con el dinero y partió de nuevo, despidiéndose con un “ojalá tengas las suerte de sobrevivir”. Estaba solo, un desconocido en territorio hostil, desamparado. Me dediqué a vender paquetes de pañuelos, y con el paso del tiempo he acabado aquí, en un cajero con una manta y una bolsa de ropa, pero no es todo, conservo, intacta, aquella pequeña pistola con sus seis balas, para cuando sea necesario.
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