sábado, 27 de junio de 2015

Lápiz blanco


Hace ya unos cuantos años, hubo un chico de un frío y pequeña localidad de la Sierra de Huelva, estaba jugando a las batallas con sus muñecos. De repente, miró por la ventana del salón y visualizó perfectamente la vieja mansión que había al final del pueblo. Ese tenue color lila azulado en sus paredes le asustaba, junto a las sucias y rotas cristaleras que le adornaban como si de una iglesia se tratara. Los barrotes con sus puntas de lanza larga provocaban inseguridad en la tranquila Aracena; su enorme jardín lleno de césped con suelo intestado de castaños altísimos, pelados; extendían una impresión gótica por la negrez de los troncos. Muchos cuentan que estaba maldita, que allí vivía un viejo amargado por la muerte temprana de su mujer por una meningitis. Desde entonces, no hacía otra cosa que trabajar en su sótano, inventando multitud de artilugios que nadie ha sacado de allí jamás. Toda persona que entraba, salía loca de de aquel lugar. Incluso los manicomios los rechazan como clientes. La madre del chico le tenía completamente prohibido acercarse a aquel hogar, no fuera quedarse majareta.



Al segundo se da cuenta que empezaba a nevar. La mandíbula cae por sí sola, dejándome boquiabierto, sumándole la dilatación de sus pupilas como si de un sueño se tratara. Era la primera vez que había visto la nieve, no sabría si era ilusión ese cosquilleo que recorría su cuerpo, pero parecía sentarle de maravilla. Algún cable de su cerebro se había cruzado sin querer y decidió, sin meditación alguna, coger el pequeño abrigo negro junto a una bufanda para salir a investigar realmente qué pasaba en aquel casoplón de más de un centenar de años. Andaba por la calle como si nada especial ocurriera, sus manos metidas en los bolsillos y el vapor del aliento atravesaba la gruesa lana alrededor de la boca. Observaba en cada cruce si podía encontrarse o no viandantes que se decidieran por perseguirle, descubrir el plan y llamar a la policía destrozándolo absolutamente todo. Tardó un cuarto de hora aproximadamente en llegar hasta lo alto de la montaña donde se encontraba. Se colocó exactamente en la gran puerta de la valla que rodeaba toda la casa. Al parecer estaba abierta, así que por la adicta curiosidad, entró. La reja chirriaba como si un gato araña una pizarra sin cesar. Una vez dentro, podía fijarse en que la superficie resultaba ser un casquete circular, dejando por entendido que es una punta del mundo. Había un sendero señalado por las múltiples pisadas realizada a lo largo de los años, pero apenas se veía bien por la multitud de hojas que había caída en el suelo. Aquel patio llevaba muchos años sin cuidarse, algo tan previsible como fácil de observar. Estaba aterrado, los árboles parecían crecer más por cada paso que daba en dirección al caserío, el cual no tenía ni una sola luz encendida. Ya serían las ocho de la tarde, dejando a oscuras cualquier rincón a más de un metro de distancia de los ojos. La torpeza alimentada por el terror provocó que su pie derecho quedara estancado con una rama del suelo, cayéndose de boca al suelo y provocando un gran estruendo, incluso unas lechuzas salieron a volar.



Ese no era un suelo normal, notaba cómo temblaba todo si embujaba o hacía un movimiento brusco. Una luz amarilla emanaba de un agujero pequeño en el suelo. Tenía forma de cerrojo. Primeramente pasó la mano un par de veces, moviendo la tierra. A medida que dispersaba todo el polvo, las piedras y los pétalos, se percataba de que aquello era una trampilla, una entrada secreta. Colocó un ojo dentro de la cerradura para ver qué provocaba esa emisión lumínica tan intensa. Se podía ver a la perfección que había una enorme mesa en el centro de la habitación, con un cuaderno abierto cuyo dibujo era un mar en calma con un barco en medio. Al norte y al sur de ella se encontraban unas viejas pero robustas estanterías llenas de herramientas, al oeste había un grifo junto a varios vasos de cerámica y en el este veía una puerta. Por ella entró un señor mayor con bastante prisa, vestido con unos pantalones, una camisa blanca y unos tirantes marrones. Abrió la metálica caja donde guardaba el multitud de lápices, destacando uno de color blanco por su enorme tamaño, ocupaba la mitad que el resto juntos. Tras comprobar que estaba el susodicho objeto se quitó las gafas, las metió en el bolsillo que tenía cercano al pecho, y se sumergió dentro del dibujo. Fue como si se tratara de una puerta a otro mundo, incluso salpicó agua dentro de la habitación. Del mismísimo susto me levanté, huí hasta un árbol y me senté en sus raíces para abrazarme a mí mismo a la vez que usarlo como consuelo.



No podía parar de imaginar una y otra vez lo sucedido hacía unos segundos. Se había esfumado, fue como por arte de magia. Se llenó de valor los pulmones al respirar profundamente, volvió hasta la trampilla y se intentó fijar en qué pasaba realmente. La habitación seguía igual, pero no se había fijado que muchísimos dibujos estaban desperdigados por el suelo: una boda en una catedral donde se ven a la pareja, unas vías de tren con dos personas caminando cogidas de la mano además de otros que estarían en el suelo por la otra cara. Sin contar con la decena de bolas de papel que había en una papelera pequeña al lado de la puerta. En ese instante empezó el dibujo oceánico a temblar, el joven tensó todos los músculos de su cuerpo para así no volver a tener miedo, permaneciendo inmóvil por unos segundos. Unas manos salieron de aquel boceto y se apoyaron en la mesa, como si quieran impulsarse. No pasaron ni cinco segundos hasta que salieron los brazos, la cabeza y el tronco del anciano señor que antes fue visto. Su ropa estaba muy húmeda junto con el pelo, tan empapado que goteaba en la mesa. Se sentó en la esquina de la mesa, sacando de su bolsillo las gafas, se las colocó y cogió el lápiz blanco de debajo de sus nalgas.


- ¿Qué haría yo sin ti, Mundos alios creator? Me devuelves la vida que necesito, aunque deba pagar el alto coste que supone la soledad en esta demoledora realidad -se levanta y coge en sus manos un cuadro con la foto de una joven-. Pero no me hace falta nadie más, mi pequeña caminante de raíles. Landom te busca desde que te fuiste sin avisar -se escucha como llora y varias lágrimas caen en el cristal-, para decirte que te amo como un loco y que doy mi vida por verte un segundo más.



En ese momento lo comprendió todo. Ese hombre jamás pudo ser feliz sin su pareja, todo le sentaba tan mal, que la más tenue pluma se convertía en una carga de incalculable dolor. Con sus colores puede viajar adonde el arte le indique, sabiendo que un artista se muestra con el corazón, siendo la hélice de nuestros sentimientos y deseos.










Nuestra vida es única, da igual que nos fijemos en el pasado o centremos la mirada en el presente, pero jamás se aparta la mirada.

Poder felino

Abrí los ojos y estaba en una habitación blanca con unas cortinas azules, dos sillones a mi derecha y un pequeño mueble para colocar objetos a la izquierda. Estaba tumbado en una cama de hospital. Me di cuenta que era incapaz de moverme, mis piernas y brazos estaban atados con una especie de cinturones de cuero desgastado. También me percaté que me faltaba una mano y el brazo, dejándome el antebrazo sujeto a unas barras. En ese momento solo podía asustarme más y más. No recordaba bien cómo había llegado allí, de repente escuché un ruido. Me hice el dormido para relajar mi pulso ya que me descubrirían por la frecuencia de pitada del electrocardiógrafo que tenía unido a mi pecho. Dos personas entraron en la sala, el sonido de sus pasos cesaron justo delante de mí. Por sus voces pude deducir que eran dos mujeres, enfermeras tal vez.


- Este chico sigue inconsciente, ya van unas cuarenta horas así. No pude imaginar que la pérdida de tanta sangre le dejara tan pálido.

- Pero es que aún no se sabe nada de él. Nadie ha denunciado su desaparición a la policía. Además, su ADN no se encuentra dentro de los registros policiales.

- Pero qué te esperabas, Valeria -empezó a pasar unos folios, uno tras otro- si lo dejaron tirado en la puerta de urgencias y salieron a correr. Vaya grupo de salvajes debían de ser para haberle dejado desangrándose.

- Pero Cristal, ¿qué le pasa a este chico exactamente? ¿Tampoco hay manera alguna de que se recupere al cien por cien y saber quiénes le hicieron esta burrada? Si es que el propio Señor Unax nos comentó que le han arrancado la mano. No cortarla, sino arrancarla. Fue tan bestia su separación que nosotros tuvimos que amputarle el resto hasta el codo, una auténtica barbaridad.


Gracias a Dios eran mujeres inofensivas, así que abrí lentamente los ojos, choqué los dedos contra las pequeñas vallas que tiene este colchón para que me escucharan y supieran que estaba consciente. Las dos mujeres eran rubias radiantes. La de la izquierda era más bajita, llevaba un moño muy tenso para recogerse el pelo y su cara era muy infantil. Sus ojos verdes y sus mejillas rojizas me harían pensar si era extranjera si no fuera por su destacado acento andaluz. La chica de la derecha era bastante más alta, tenía el pelo concentrado en una trenza que se metía por dentro del uniforme de enfermera, ocultando gran parte a los pacientes. Tenía una cara de muy mal humor a la vez de tener una seriedad notable, sus ojos marrones calaron dentro de los míos como si de una bala se tratara.


- ¡Hostias, niña, que está despierto, llama a Unax rápido! -dijo la chica andaluza. Una décima de segundo después, la mujer alta había desaparecido-. A ver, señor, no se mueva. ¿Puede hablar? ¿Entiende lo que digo?

- Sí, sí, por su puesto. ¿Me puede decir dónde estoy?

- Está en el hospital Virgen del Rocío, en Sevilla. Ha sufrido una grave pérdida de sangre por la extracción de su extremidad izquierda. Por favor, dígame cómo se llama y si tiene familia cercana a la que podamos avisar.

- Eh, por favor... Tráigame un vaso de agua, por favor, apenas puedo hablar. Tengo la boca demasiado seca.

- Por su puesto -sacó un recipiente pequeño de cristal y una botella de agua del mueble, la sirvió y me la puso en la boca para beber poco a poco-.

- Verá, señorita, me llamo Landom Reservoir Allen y soy de Aracena. No recuerdo nada, y creo que sí puedo darle un número de contacto, pero por favor, quítenme estas correas, me hacen muchísimo daño y el dolor en el el hombro izquierdo es brutal.

- Espere un momento, que ya está llegando el Doctor Unax, él hablará con usted y le comentará todo. No se preocupe.


Apenas tardó diez segundos en llegar desde que le mencionó por última vez. Era un hombre bajo, un metro setenta como mucho. Tenía la cabeza poblada de un gran pelo gris y muy canoso. Sus ojos sufrían una leve bizquera a la que se le añade unos pequeños tics en su párpado derecho. Fue el mero hecho de entrar en la habitación para reconocer un intenso olor a tabaco y marihuana. Su notable barriga me hacía pensar que no recibía sufrimiento alguno por su futura comida, almuerzo o cena, no lo sé, ya que ni sabía qué hora era. Su larga bata blanca estaba manchada de un rojo muy claro, cercano al naranja. Seguramente se trataría ketchup o tomate frito. Me miró a los ojos con ambos ojos y sonrió como si mi estado le hiciera gracia.


- ¡Aleluya, el gran chico misterioso ha despertado! -alzó los brazo al aire en señal de alegría, rió y le miré con una cara que mezclaba asco y repugnancia-. Hombre, no me mires así, que te he intentado curar lo mejor posible. Incluso me preocupé por ti y tu vida tan enigmante. Sin tapujos, ni maldad, ni nada; pero... ¿Qué has hecho para acabar así, tan fatídicamente? Joder, es que parece una película de acción de Bruce Willis.

- Pues si le digo la verdad, no me acuerdo de nada -mentí, en ese momento recordé absolutamente todo-. Únicamente me acuerdo que era jueves, estaba en Punta Umbría con mi novia Elena tomándonos una copa en el pub "La Marisma" y me golpearon la cabeza por detrás. De ahí, a ahora no me pasa absolutamente nada por mi mente. Y por cierto, me estoy muriendo con estas bridas asquerosas, por favor, quítenmelas ya. Solo hago sudar por la calor hasta sufrir como un perro.

- Bueno, vale, pero por favor, no se mueva mucho -decía avisaba mientras me quitaba todas, una por una-, la brusca subida de riego sanguíneo en su estado podría resultar fatídico. Por si no lo sabe aún, debajo de este puñado de vendas tiene usted una quemadura de cuarto grado. Así que no me sea penco, que más de uno se ha experimentado a ver si dolía y ha acabado llorando como una nenaza. Espero que no sea usted también otro.

- Anda ya, no se preocupe <<se va a preocupar de la patada que le daré en la boca para callar su prepotencia>>. Pero cómo curo eso y lo más importante, ¿cuándo puedo largarme de aquí? Es que me gustaría ver a mi familia, debe estar muy preocupada, seguro que llevan sin saber de mí media vida -no paraba de mirar ligeramente a la ventana para buscar una manera rápida de escapar de allí, corría mucho peligro en un lugar con tan fácil acceso-.

- Bueno, será mejor que dejemos descansar a este señor. Seguro que tiene mil cosas que hacer, pero antes tienen que hablar con usted estos señores -las chicas salieron de la habitación y tanto mi corazón como mis ojos sufrieron un revuelco. Entraron dos policías-. Por la situación en la que llegó usted al hospital, es necesario que le tomen declaración de lo ocurrido para una severa denuncia. Yo me marcho ya, que le vaya bien, señor… Landom, nos vemos mañana.



No había ninguna duda, estos dos no eran civiles ni de coña. Les caté desde el primer momento por su pequeño tatuaje conformado por tres puntos en el cuello. Seguí en mi papel de no saber nada, ni quiénes eran, que supuestamente son dos hombres con intención de ayudarme; mientras reuno fuerzas y un momento para que bajen la guardia. Se sentaron en los sillones, ni siquiera se pusieron de pie, parecía todo muy surrealista.



- Buenos días señor. Somos dos hombres del cuerpo de policía nacional que venimos a hacerle unas preguntas y así conseguir información sobre lo que le ha ocurrido. Ya que se trata de un delito muy grave.

- Claro, díganme, ¿qué quieren saber? -dije con un claro entendimiento de lo que me dijeron-. Todo sea por coger a esos cabrones -uno de ellos me miró fijamente, justo iba a sacar algo de su espalda, ¡una pistola!-.


Salí rápidamente de la cama, entonces ambos sacaron sus armas mientras yo intentaba huir por los pasillos esquivando viejos y enfermeros que portaban carritos llenos de medicinas. Vi cómo mi doctor se metía en el ascensor. Corrí como alma que lleva el diablo para alcanzarle y así bajar lo más rápidamente posible. Pulsé el botón de la planta baja junto con el de cerrado rápido. Antes de juntarse las puertas metálicas, varios disparos rebotaron dentro. Fui astuto y usé al pobre Unax como escudo humano, le alcanzaron dos balas. Aquello no paraba de borbotar sangre como loco, estaba fuera de control. Intenté frenar la hemorragia, pero el ascensor llegó tan rápido que preferí mi vida a la suya, huyendo de allí sin dudarlo ni un segundo. Atravesé una puerta de cristal, lo cual me provocó una caída terrible, ya que había una docena de escalones un metro más abajo. Notaba cómo me ardía sin cesar el brazo izquierdo, o lo que quedaba de él. Me levanté lo antes posible para seguir huyendo pero se me empezaba a nublar la vista y la falta de energía destacaba por no haber tenido más que un simple suero en las venas. A pesar de ello, la adrenalina que corría a través de mi rojiza vida; rebosaba, llegaba a sentirme invencible.


Empecé a esconderme a través de las callejas características del barrio de La Macarena. Poco a poco me pasaban todas las imágenes de todo lo sucedido estos días <<Yo mismo organicé el supuesto secuestro en la playa. De esta manera, tendría una coartada perfecta y así realizar el gran bombazo. Pero lo que jamás entendí es cómo supieron que yo iría a Viena a robar el Gran Gato, esa majestuosa pieza de oro negro que esculpida parecía un felino sphynx; de ahí su nombre. Dicen que su valor es incalculable, que con ella podrías comprar medio mundo si quisieras. Pocos saben el verdadero valor de este material, no es por el mero hecho de ser un tipo de oro extraño, sino por sus características energéticas. Este fabuloso cristal pesa algo más de tres kilos, pero basta un solo gramo para crear una bomba más potente que la de hidrógeno. Esta pequeña escultura podría destruir el mundo si cayera en malas manos>>. La gente me miraba de manera muy extraña, entendía a la perfección por la huida, pero decidí mirar al suelo por un momento, estaba desnudo. Parecía un estúpido psicópata, la verdad. Me paré en seco, rompí el cristal de la puerta de un portal con un rodillazo, metí la mano por el agujero y abrí desde dentro. Subí las escaleras como un loco derrochando gotas por cada piso que subía. Llegué a la azotea tras subir un par de pisos, me puso unos calzoncillos, unos pantalones y dos camisetas, una para mi torso y otra para mi pierna derecha. Por prevención, pasé a una azotea que estaba unida a ésta, de ahí bajé por el ascensor para poder relajarme. Notaba el sufrimiento de mi corazón a base de latidos ininterrumpidos. Salí por la puerta con la mano en el bolsillo, el problema era que me pillaran a causa de verme el muñón. Entré en una tiendecita de esquina, cogí una sudadera, fui al probador, me la puse encima y me fui como si nada. Al cabo de andar durante más de media hora, con la cabeza agachada y las mangas metidas en el bolsillo, llegué al centro de la ciudad. Andaba tan tranquilo y seguro por la calle Pedro del Toro cuando vi cuatro furgones de policía y una ambulancia. Pasé por el lado en estado de alerta, giré la cara para observar la situación. Había ocurrido un asesinato, mejor dicho, dos. Un hombre con gabardina y sombrero estaba lleno de balazos mientras que al otro lado de la acera se podía ver a una prostituta con un solo orificio en la frente, muy limpio y certero; típico de un profesional. Estaba muy seguro de que se trataría de temas de drogas o bandas callejeras. Esta ciudad estaba infestada por barrios como Pino Montano, El Vacie o Las 3000 viviendas.


Atravesé andando el puente de La Barqueta, torné a la derecha para llegar a un pequeño callejón cuyas paredes eran unas vallas verdes metálicas que te separaban a los jardines americanos de Sevilla. Me adentré, el trayecto estaba repleto de piedras cementadas que podían provocar más de una torcedura de tobillo a cualquier viandante. La salida estaba oculta por unos matojos y una enredadera. Llegué a un ancho carril de bicicletas. Justo enfrente de mí había un pequeño visor y astillero para poder observar las competiciones de piragüismo en las aguas del Guadalquivir. Me senté en el borde, dejando mis pies colgados a cinco metros de un río lleno de misterio. Pasé mi mano entre mis piernas, la coloqué bajo los tablones y arranqué una pequeña caja de madera que tenía escondida. Miré a ambos lados para ver que no había moros en la costa. Rompo el enano pero pesado cofre. Ahí estaba él, Gran Gato. Lo puse en el suelo, cogí aire, alcé la pierna y lo reventé de un pisotón. Momentos después, tiré los trozos a las aguas a base de patadas suaves para no llamar tanto la atención. Una sencilla pero costosa manera de salvar el mundo, de empezar a curar la avaricia humana por el poder sobre el mundo.

miércoles, 24 de junio de 2015

Callejas



         Apenas había empezado el día, dejando con un triste y tenso color rojo en el cielo cubierto por las nubes. El autobús en el que el gran detective Landom se encontraba olía bastante mal, una mezcla entre humedad, pies y más a cerdo que ser humano. Ya estábamos llegando a su destino, pudo ver por su izquierda el gran río protagonista de muchas obras flamencas, una pista de patinaje para monopatines, rollers y bikers en la que se encontraban algunos adolescentes madrugadores divirtiéndose con algunos trucos. Tras haberse metido el automóvil por un pequeño puente, alcanzó la estación de Plaza de Armas. Fue bajar, y darse cuenta que todo había cambiado. Su estómago se le encogía levemente, por miedo a lo nuevo, al peligro que estaba sometido. Una vez fuera suspiró, dejó su maletín marrón de cuero en el suelo para poder quitarse su sombrero homburg y abrocharse bien su gran gabardina. Colocó sus dos manos en sus caderas, pestañeó de una manera muy tenue mientras se decía a sí mismo en voz alta “pues aquí estamos, nueva ciudad para vivir, Sevilla de mis amores”. 

         En la carretera solo se veían pasar taxis de un lado para otro, furgonetas y camiones de congelados. Apenas iluminaban las farolas, pero con la ayuda de las múltiples tiendas y sus focos, caminar por las calles no era un suplicio. No se había movido ni un solo kilómetro de la parada cuando se dió cuenta que estaba siendo vigilado. Se hundió el gorro sobre la cabeza y aligeró su paso notablemente. Él notaba ya de antes que el aire no era tan puro, que estaba siendo respirado por otra persona. Dos cruces más adelante, de un callejón salió una prostituta bastante colocada, le provocó tal susto a nuestro investigador, que recibió un disparo en toda la frente, como acto reflejo en el estado de alerta. Permaneció inmóvil, congelado por el acontecimiento que acaba de ocurrir. Solo podía mirar cómo el humo salí lentamente de la boquilla de su mágnum 44. Fue entonces cuando de esa misma callejuela, salió un hombre disfrazado de payaso y otro de vaquero, ambos con una recortada automática en la mano en dirección a Landom, dejando el gatillo pulsado.

martes, 23 de junio de 2015

Landom, estás vivo

         Jamás supe ni llegaré a comprender cómo ese tren pasó por encima de mí, sin llegar a matarme, ni hacerme un rasguño siquiera. Cierto es que en el último momento me pegué las extremidades al cuerpo para dejar una gota de esperanza en el vacío vaso de la vida. Aún notaba vibrar las piedras, esas maderas que componen los raíles de entrada y salida a la pequeña pero intensa villa de Aracena. Me levanté muy lentamente de aquellos tablones, sin tocar ninguna de las dos almas y cabezas de estas vías. Mirando al suelo para posteriormente enfocar mi mirada en las tan polvorientas, además de sudadas prendas. Sabía que algo pasaba, pero apenas entendía el porqué. Puede que sea para poder despedirme de mi gran amor como nunca pude. Enseñarle al mundo que aunque a la vida le falte sal, o te quedes sin una pieza importante del puzzle, lo importante es y será la gran colección de experiencias, consejos y pensamientos que obtendremos a lo largo de un viaje. Miré hacia la más íntima lejanía donde se pierden de vista estos raíles al curvarse, respiré muy hondo, tanto que me resultó doloroso en el diafragma. Coloqué mi mano sobre la cabeza y en ese momento lo decidí, debo comenzar a ser realmente quien debo ser. Aunque llegue a molestar al resto del mundo, todo gigante que se oponga ante el caminante de raíles, será apartado, y si fuera necesario, caería al suelo con la fuerza arrolladora de un tren. Si algo he aprendido verdaderamente es que un caminante de raíles no la considero una buena profesión, ya que no es lo mismo un oficio, que un estilo de vida.

sábado, 20 de junio de 2015

Asesinato en Roma



          Nada más entrar por la puerta de un bar pequeño y coqueto del barrio de La Macarena, tuve que tornar mi cuerpo por el susto que me propinó un terrible aunque aguantable chirrido. Podía haberme imaginado que esa puerta no estaba bien engrasada, pero mi cabeza estaba pensando en dibujitos y esas cosas. El espacio tenía un plácido color marrón, como si hubiera sido pintado con litros de café. Saludé a una vieja amiga, la cual estaba atenta a todo desvarío que pudiera producirse en el audio de las guitarras, con sus respectivos micrófonos. Llegué hasta la barra, dejé a un lado la pequeña botella de agua que traía conmigo; me pedí un San Francisco y aproveché para sentarme en un taburete a disfrutar el gran acontecimiento.



          Se trataba de un pequeño concierto con guitarras dado por un cantautor sevillano. Por caprichos del destino, lo conocí en ese mismo instante. Anteriormente, hablamos mediante chats, tratando de saber experiencias del uno mutuamente para así hacer algo más apaciguado y no tan chocante nuestro primer y presente cruce de miradas. Sin saber cómo ni por qué, estuve durante casi dos horas, con mis cinco sentidos puestos sobre cualquier detalle que pudiera almacenar para el recuerdo. A veces incluso pensaba que yo mismo no era humano, sino un gran monstruo que miraba al precipicio de la verdad y disfrutaba de la caída. Llegaba a tal punto de placer por su ritmo mezclado con la musicalidad junto a unas letras tan claras como pegadizas, que pensaba que cada segundo que pasa sería un segundo menos. Llegué a una decisión: seguir disfrutando sin freno ni obstrucción alguna, carpe diem como suicidas.



         Al terminar el gran espectáculo, recogimos y nos dirigimos, el pequeño artista y yo hacia el centro de la ciudad. Mientras paseábamos por una calle con naranjos a la izquierda de la acera y una infinidad de vallas con barrotes, él se paró, me miró a los ojos y un simple disparo como aquel “gracias por haber venido al concierto, de verdad” me dejó moribundo. Siendo rematado con un beso que raptara mi labio inferior, dejando con envidia al superior de sentirse acogido. Muchas ideas, planteamientos y neuronas murieron en ese momento. Un caminante de raíles perdió el rumbo de su tren.