martes, 23 de junio de 2015

Landom, estás vivo

         Jamás supe ni llegaré a comprender cómo ese tren pasó por encima de mí, sin llegar a matarme, ni hacerme un rasguño siquiera. Cierto es que en el último momento me pegué las extremidades al cuerpo para dejar una gota de esperanza en el vacío vaso de la vida. Aún notaba vibrar las piedras, esas maderas que componen los raíles de entrada y salida a la pequeña pero intensa villa de Aracena. Me levanté muy lentamente de aquellos tablones, sin tocar ninguna de las dos almas y cabezas de estas vías. Mirando al suelo para posteriormente enfocar mi mirada en las tan polvorientas, además de sudadas prendas. Sabía que algo pasaba, pero apenas entendía el porqué. Puede que sea para poder despedirme de mi gran amor como nunca pude. Enseñarle al mundo que aunque a la vida le falte sal, o te quedes sin una pieza importante del puzzle, lo importante es y será la gran colección de experiencias, consejos y pensamientos que obtendremos a lo largo de un viaje. Miré hacia la más íntima lejanía donde se pierden de vista estos raíles al curvarse, respiré muy hondo, tanto que me resultó doloroso en el diafragma. Coloqué mi mano sobre la cabeza y en ese momento lo decidí, debo comenzar a ser realmente quien debo ser. Aunque llegue a molestar al resto del mundo, todo gigante que se oponga ante el caminante de raíles, será apartado, y si fuera necesario, caería al suelo con la fuerza arrolladora de un tren. Si algo he aprendido verdaderamente es que un caminante de raíles no la considero una buena profesión, ya que no es lo mismo un oficio, que un estilo de vida.

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