sábado, 20 de junio de 2015

Asesinato en Roma



          Nada más entrar por la puerta de un bar pequeño y coqueto del barrio de La Macarena, tuve que tornar mi cuerpo por el susto que me propinó un terrible aunque aguantable chirrido. Podía haberme imaginado que esa puerta no estaba bien engrasada, pero mi cabeza estaba pensando en dibujitos y esas cosas. El espacio tenía un plácido color marrón, como si hubiera sido pintado con litros de café. Saludé a una vieja amiga, la cual estaba atenta a todo desvarío que pudiera producirse en el audio de las guitarras, con sus respectivos micrófonos. Llegué hasta la barra, dejé a un lado la pequeña botella de agua que traía conmigo; me pedí un San Francisco y aproveché para sentarme en un taburete a disfrutar el gran acontecimiento.



          Se trataba de un pequeño concierto con guitarras dado por un cantautor sevillano. Por caprichos del destino, lo conocí en ese mismo instante. Anteriormente, hablamos mediante chats, tratando de saber experiencias del uno mutuamente para así hacer algo más apaciguado y no tan chocante nuestro primer y presente cruce de miradas. Sin saber cómo ni por qué, estuve durante casi dos horas, con mis cinco sentidos puestos sobre cualquier detalle que pudiera almacenar para el recuerdo. A veces incluso pensaba que yo mismo no era humano, sino un gran monstruo que miraba al precipicio de la verdad y disfrutaba de la caída. Llegaba a tal punto de placer por su ritmo mezclado con la musicalidad junto a unas letras tan claras como pegadizas, que pensaba que cada segundo que pasa sería un segundo menos. Llegué a una decisión: seguir disfrutando sin freno ni obstrucción alguna, carpe diem como suicidas.



         Al terminar el gran espectáculo, recogimos y nos dirigimos, el pequeño artista y yo hacia el centro de la ciudad. Mientras paseábamos por una calle con naranjos a la izquierda de la acera y una infinidad de vallas con barrotes, él se paró, me miró a los ojos y un simple disparo como aquel “gracias por haber venido al concierto, de verdad” me dejó moribundo. Siendo rematado con un beso que raptara mi labio inferior, dejando con envidia al superior de sentirse acogido. Muchas ideas, planteamientos y neuronas murieron en ese momento. Un caminante de raíles perdió el rumbo de su tren.


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