sábado, 27 de junio de 2015

Poder felino

Abrí los ojos y estaba en una habitación blanca con unas cortinas azules, dos sillones a mi derecha y un pequeño mueble para colocar objetos a la izquierda. Estaba tumbado en una cama de hospital. Me di cuenta que era incapaz de moverme, mis piernas y brazos estaban atados con una especie de cinturones de cuero desgastado. También me percaté que me faltaba una mano y el brazo, dejándome el antebrazo sujeto a unas barras. En ese momento solo podía asustarme más y más. No recordaba bien cómo había llegado allí, de repente escuché un ruido. Me hice el dormido para relajar mi pulso ya que me descubrirían por la frecuencia de pitada del electrocardiógrafo que tenía unido a mi pecho. Dos personas entraron en la sala, el sonido de sus pasos cesaron justo delante de mí. Por sus voces pude deducir que eran dos mujeres, enfermeras tal vez.


- Este chico sigue inconsciente, ya van unas cuarenta horas así. No pude imaginar que la pérdida de tanta sangre le dejara tan pálido.

- Pero es que aún no se sabe nada de él. Nadie ha denunciado su desaparición a la policía. Además, su ADN no se encuentra dentro de los registros policiales.

- Pero qué te esperabas, Valeria -empezó a pasar unos folios, uno tras otro- si lo dejaron tirado en la puerta de urgencias y salieron a correr. Vaya grupo de salvajes debían de ser para haberle dejado desangrándose.

- Pero Cristal, ¿qué le pasa a este chico exactamente? ¿Tampoco hay manera alguna de que se recupere al cien por cien y saber quiénes le hicieron esta burrada? Si es que el propio Señor Unax nos comentó que le han arrancado la mano. No cortarla, sino arrancarla. Fue tan bestia su separación que nosotros tuvimos que amputarle el resto hasta el codo, una auténtica barbaridad.


Gracias a Dios eran mujeres inofensivas, así que abrí lentamente los ojos, choqué los dedos contra las pequeñas vallas que tiene este colchón para que me escucharan y supieran que estaba consciente. Las dos mujeres eran rubias radiantes. La de la izquierda era más bajita, llevaba un moño muy tenso para recogerse el pelo y su cara era muy infantil. Sus ojos verdes y sus mejillas rojizas me harían pensar si era extranjera si no fuera por su destacado acento andaluz. La chica de la derecha era bastante más alta, tenía el pelo concentrado en una trenza que se metía por dentro del uniforme de enfermera, ocultando gran parte a los pacientes. Tenía una cara de muy mal humor a la vez de tener una seriedad notable, sus ojos marrones calaron dentro de los míos como si de una bala se tratara.


- ¡Hostias, niña, que está despierto, llama a Unax rápido! -dijo la chica andaluza. Una décima de segundo después, la mujer alta había desaparecido-. A ver, señor, no se mueva. ¿Puede hablar? ¿Entiende lo que digo?

- Sí, sí, por su puesto. ¿Me puede decir dónde estoy?

- Está en el hospital Virgen del Rocío, en Sevilla. Ha sufrido una grave pérdida de sangre por la extracción de su extremidad izquierda. Por favor, dígame cómo se llama y si tiene familia cercana a la que podamos avisar.

- Eh, por favor... Tráigame un vaso de agua, por favor, apenas puedo hablar. Tengo la boca demasiado seca.

- Por su puesto -sacó un recipiente pequeño de cristal y una botella de agua del mueble, la sirvió y me la puso en la boca para beber poco a poco-.

- Verá, señorita, me llamo Landom Reservoir Allen y soy de Aracena. No recuerdo nada, y creo que sí puedo darle un número de contacto, pero por favor, quítenme estas correas, me hacen muchísimo daño y el dolor en el el hombro izquierdo es brutal.

- Espere un momento, que ya está llegando el Doctor Unax, él hablará con usted y le comentará todo. No se preocupe.


Apenas tardó diez segundos en llegar desde que le mencionó por última vez. Era un hombre bajo, un metro setenta como mucho. Tenía la cabeza poblada de un gran pelo gris y muy canoso. Sus ojos sufrían una leve bizquera a la que se le añade unos pequeños tics en su párpado derecho. Fue el mero hecho de entrar en la habitación para reconocer un intenso olor a tabaco y marihuana. Su notable barriga me hacía pensar que no recibía sufrimiento alguno por su futura comida, almuerzo o cena, no lo sé, ya que ni sabía qué hora era. Su larga bata blanca estaba manchada de un rojo muy claro, cercano al naranja. Seguramente se trataría ketchup o tomate frito. Me miró a los ojos con ambos ojos y sonrió como si mi estado le hiciera gracia.


- ¡Aleluya, el gran chico misterioso ha despertado! -alzó los brazo al aire en señal de alegría, rió y le miré con una cara que mezclaba asco y repugnancia-. Hombre, no me mires así, que te he intentado curar lo mejor posible. Incluso me preocupé por ti y tu vida tan enigmante. Sin tapujos, ni maldad, ni nada; pero... ¿Qué has hecho para acabar así, tan fatídicamente? Joder, es que parece una película de acción de Bruce Willis.

- Pues si le digo la verdad, no me acuerdo de nada -mentí, en ese momento recordé absolutamente todo-. Únicamente me acuerdo que era jueves, estaba en Punta Umbría con mi novia Elena tomándonos una copa en el pub "La Marisma" y me golpearon la cabeza por detrás. De ahí, a ahora no me pasa absolutamente nada por mi mente. Y por cierto, me estoy muriendo con estas bridas asquerosas, por favor, quítenmelas ya. Solo hago sudar por la calor hasta sufrir como un perro.

- Bueno, vale, pero por favor, no se mueva mucho -decía avisaba mientras me quitaba todas, una por una-, la brusca subida de riego sanguíneo en su estado podría resultar fatídico. Por si no lo sabe aún, debajo de este puñado de vendas tiene usted una quemadura de cuarto grado. Así que no me sea penco, que más de uno se ha experimentado a ver si dolía y ha acabado llorando como una nenaza. Espero que no sea usted también otro.

- Anda ya, no se preocupe <<se va a preocupar de la patada que le daré en la boca para callar su prepotencia>>. Pero cómo curo eso y lo más importante, ¿cuándo puedo largarme de aquí? Es que me gustaría ver a mi familia, debe estar muy preocupada, seguro que llevan sin saber de mí media vida -no paraba de mirar ligeramente a la ventana para buscar una manera rápida de escapar de allí, corría mucho peligro en un lugar con tan fácil acceso-.

- Bueno, será mejor que dejemos descansar a este señor. Seguro que tiene mil cosas que hacer, pero antes tienen que hablar con usted estos señores -las chicas salieron de la habitación y tanto mi corazón como mis ojos sufrieron un revuelco. Entraron dos policías-. Por la situación en la que llegó usted al hospital, es necesario que le tomen declaración de lo ocurrido para una severa denuncia. Yo me marcho ya, que le vaya bien, señor… Landom, nos vemos mañana.



No había ninguna duda, estos dos no eran civiles ni de coña. Les caté desde el primer momento por su pequeño tatuaje conformado por tres puntos en el cuello. Seguí en mi papel de no saber nada, ni quiénes eran, que supuestamente son dos hombres con intención de ayudarme; mientras reuno fuerzas y un momento para que bajen la guardia. Se sentaron en los sillones, ni siquiera se pusieron de pie, parecía todo muy surrealista.



- Buenos días señor. Somos dos hombres del cuerpo de policía nacional que venimos a hacerle unas preguntas y así conseguir información sobre lo que le ha ocurrido. Ya que se trata de un delito muy grave.

- Claro, díganme, ¿qué quieren saber? -dije con un claro entendimiento de lo que me dijeron-. Todo sea por coger a esos cabrones -uno de ellos me miró fijamente, justo iba a sacar algo de su espalda, ¡una pistola!-.


Salí rápidamente de la cama, entonces ambos sacaron sus armas mientras yo intentaba huir por los pasillos esquivando viejos y enfermeros que portaban carritos llenos de medicinas. Vi cómo mi doctor se metía en el ascensor. Corrí como alma que lleva el diablo para alcanzarle y así bajar lo más rápidamente posible. Pulsé el botón de la planta baja junto con el de cerrado rápido. Antes de juntarse las puertas metálicas, varios disparos rebotaron dentro. Fui astuto y usé al pobre Unax como escudo humano, le alcanzaron dos balas. Aquello no paraba de borbotar sangre como loco, estaba fuera de control. Intenté frenar la hemorragia, pero el ascensor llegó tan rápido que preferí mi vida a la suya, huyendo de allí sin dudarlo ni un segundo. Atravesé una puerta de cristal, lo cual me provocó una caída terrible, ya que había una docena de escalones un metro más abajo. Notaba cómo me ardía sin cesar el brazo izquierdo, o lo que quedaba de él. Me levanté lo antes posible para seguir huyendo pero se me empezaba a nublar la vista y la falta de energía destacaba por no haber tenido más que un simple suero en las venas. A pesar de ello, la adrenalina que corría a través de mi rojiza vida; rebosaba, llegaba a sentirme invencible.


Empecé a esconderme a través de las callejas características del barrio de La Macarena. Poco a poco me pasaban todas las imágenes de todo lo sucedido estos días <<Yo mismo organicé el supuesto secuestro en la playa. De esta manera, tendría una coartada perfecta y así realizar el gran bombazo. Pero lo que jamás entendí es cómo supieron que yo iría a Viena a robar el Gran Gato, esa majestuosa pieza de oro negro que esculpida parecía un felino sphynx; de ahí su nombre. Dicen que su valor es incalculable, que con ella podrías comprar medio mundo si quisieras. Pocos saben el verdadero valor de este material, no es por el mero hecho de ser un tipo de oro extraño, sino por sus características energéticas. Este fabuloso cristal pesa algo más de tres kilos, pero basta un solo gramo para crear una bomba más potente que la de hidrógeno. Esta pequeña escultura podría destruir el mundo si cayera en malas manos>>. La gente me miraba de manera muy extraña, entendía a la perfección por la huida, pero decidí mirar al suelo por un momento, estaba desnudo. Parecía un estúpido psicópata, la verdad. Me paré en seco, rompí el cristal de la puerta de un portal con un rodillazo, metí la mano por el agujero y abrí desde dentro. Subí las escaleras como un loco derrochando gotas por cada piso que subía. Llegué a la azotea tras subir un par de pisos, me puso unos calzoncillos, unos pantalones y dos camisetas, una para mi torso y otra para mi pierna derecha. Por prevención, pasé a una azotea que estaba unida a ésta, de ahí bajé por el ascensor para poder relajarme. Notaba el sufrimiento de mi corazón a base de latidos ininterrumpidos. Salí por la puerta con la mano en el bolsillo, el problema era que me pillaran a causa de verme el muñón. Entré en una tiendecita de esquina, cogí una sudadera, fui al probador, me la puse encima y me fui como si nada. Al cabo de andar durante más de media hora, con la cabeza agachada y las mangas metidas en el bolsillo, llegué al centro de la ciudad. Andaba tan tranquilo y seguro por la calle Pedro del Toro cuando vi cuatro furgones de policía y una ambulancia. Pasé por el lado en estado de alerta, giré la cara para observar la situación. Había ocurrido un asesinato, mejor dicho, dos. Un hombre con gabardina y sombrero estaba lleno de balazos mientras que al otro lado de la acera se podía ver a una prostituta con un solo orificio en la frente, muy limpio y certero; típico de un profesional. Estaba muy seguro de que se trataría de temas de drogas o bandas callejeras. Esta ciudad estaba infestada por barrios como Pino Montano, El Vacie o Las 3000 viviendas.


Atravesé andando el puente de La Barqueta, torné a la derecha para llegar a un pequeño callejón cuyas paredes eran unas vallas verdes metálicas que te separaban a los jardines americanos de Sevilla. Me adentré, el trayecto estaba repleto de piedras cementadas que podían provocar más de una torcedura de tobillo a cualquier viandante. La salida estaba oculta por unos matojos y una enredadera. Llegué a un ancho carril de bicicletas. Justo enfrente de mí había un pequeño visor y astillero para poder observar las competiciones de piragüismo en las aguas del Guadalquivir. Me senté en el borde, dejando mis pies colgados a cinco metros de un río lleno de misterio. Pasé mi mano entre mis piernas, la coloqué bajo los tablones y arranqué una pequeña caja de madera que tenía escondida. Miré a ambos lados para ver que no había moros en la costa. Rompo el enano pero pesado cofre. Ahí estaba él, Gran Gato. Lo puse en el suelo, cogí aire, alcé la pierna y lo reventé de un pisotón. Momentos después, tiré los trozos a las aguas a base de patadas suaves para no llamar tanto la atención. Una sencilla pero costosa manera de salvar el mundo, de empezar a curar la avaricia humana por el poder sobre el mundo.

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