Todos mis compañeros habían desaparecido. El aire olía únicamente a pólvora, sangre y sudor. La jungla asiática de Taiwán se teñía por completo de rojo, era imposible dar dos pasos sin pisar una pierna o el cráneo de algún cadáver reciente. No sabía ni cómo orientarme, mis oídos no eran ya fiables de tantos estallidos de bombas por doquier. Escuchaba un intenso pitido y todo sonido exterior se distorsionaba a la vez que se volvía grave. Lo sabía, estaba perdido; el gris del cielo me lo mostraba: muerte sin tregua. Mis brazos temblaban de coger un arma férrea y pesada como esta ametralladora de asalto que yo mismo había portado miles de veces sin apenas esfuerzo. Mis botas se hundían en pequeñas fosas de fango hasta notar la fría tierra por mis rodillas, dejando mi cuerpo con una lentitud comparable a la de una tortuga. Trataba de ser sigiloso y no ser descubierto, pero ni yo mismo podía coordinar pensamientos y extremidades a la vez. Todo había salido mal, la incursión, el avance, el ataque lateral por sorpresa…
El casco voló de mi cabeza instante después de ver un pequeño destello amarillo, éste salió de entre una maraña de hojas formado por dos árboles. Por suerte, no atravesó mi cabeza, a excepción de un segundo disparo que arrasó por completo con mi oreja derecha. Gracias a una envidiable capacidad de reacción pude caer de lado, dejando la gran herida enterrada en este barro tan molesto y parecer otro de los centenares de cuerpos sin vida que a mi alrededor había. El soldado enemigo pasó corriendo por mi lado, salpicando toda mi cara con un pisotón sobre una charca formada por la lluvia de la noche anterior. A los pocos segundos abrí los ojos, no notaba el dolor. La adrenalina corría por mis venas, por mis nervios, por cada pequeña parte de mi tersa piel. Me levanté rápidamente y salí a correr con mi arma en una mano y un machete en la otra. Podía percibir cada cuerpo cálido a una distancia de unos cinco ó seis metros. Les disparaba sin pudor, ni siquiera me importaba si era bando amigo o enemigo, solo tenía en cuenta la supervivencia a un nivel devastador e individual. La locura, la fuerza y la velocidad de un behemoth se habían conseguido apoderar de mi mente, menos mal. Llegué, sin saber cómo, hasta la base central del enemigo, donde sus más altos cargos estaban dirigiendo los ataques y las defensas desde una triste caseta de tela beige resguardada por una decena de militares. Qué pena que los volase a todos con un buen par de granadas. No tardaron ni medio minuto en salir los peces gordos de allí, siendo acribillados por mis balas uno a uno. Dejé caer este subfusil al suelo al quedarme sin balas, saqué mis dos pistolas de sus resguardos y disparé a quemarropa a todo personaje que salía de la pésima guarida.
De repente, mis rodillas fueron destrozadas por la retaguardia con dos disparos de un gran calibre; eran dos francotiradores. Me giré velozmente, pero fue inútil. Una decena de cargadores llenos de balas fueron descargados entre mi pecho y mi espalda. Ya ni el sentido de la vista me fue arrebatado, junto a mi alma. El plomo fue quien nos sentenció a todos a esta triste despedida.
Muero en paz llevándome a muchos por delante, junto a sus dolores y alegrías. Esta vez gano yo, gran e inmenso mundo cruel; jaque mate.
No hay comentarios:
Publicar un comentario