Se supone que mañana todo será diferente, que conoceré gente nueva y que una decena de asignaturas se interpondrán en medio de mi tiempo libre. Muchos odian este día, por el simple hecho de ser el último de nuestras vacaciones. En cambio, yo estoy sentado encima de un banco de hierro pintarrajeado. En frente de mí hay un parque con multitud de toboganes, trampolines a ras del suelo y una gran concha colgante de un palo de madera en forma de columpio gigante. Docenas de palmeras me rodean, tapando parte del azulado cielo terminado con un color amarillento pastel hacia el horizonte. Una gran nube acecha por la derecha, intimidando ferozmente al atardecer de Huelva, el único capaz de dejarme sin habla hasta día de hoy.
Hoy Carlos parece más idiota de lo habitual, no sabría explicarme con creces. ¿Por qué ponerse a describir un lugar cuándo lo único que él quiere es coger un taco de folios y ponerse a escribir cartas como loco para una destinataria bastante peculiar? Últimamente han pasado grandes cosas en su vida, todas con carácter insignificante. El seguir ligando con todas las chicas que se le ponían por delante ha tenido un fin bastante brusco, hasta él mismo se ha sorprendido de semejante ruptura de rutina. Ahora mismo, el pensar en cosas como un viaje que no sea hacia el norte de Huelva le revuelve el estómago de una punta a la otra. Apenas podría admitir que por su cabezota hueca únicamente pasa un nombre, solo pasa una voz, una sonrisa, un hilo de esperanza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario