De las mil y una noches
quemo todas al solano,
fui sus castigos sin reproches,
ellas, mi coliseo romano.
Vi cómo lloraban en coches
por dejar vacías sus manos
con un corazón sin broche.
No confundas esto, hermano.
Llámalo triste relación
del placer de los juegos.
Escribo en negro o marrón
como el antes y después con fuego.
Me derribaste como un camión,
caí como pieza de lego.
No voy a sorprenderte, mi amor,
solo a sostener tus hilos de nuevo
haciéndote creer en la condición
que dejé escrita en el suelo
tras escupir la mierda en el tablón
de anuncios de tu cielo.
Yo solo busco razones nobles
para ver quién de aquí se fía
donde cuelgan zapatos en cobre
por los que cayeron un día
en esos pozos sin nombre.
Mis cambios no revivían
ni tampoco desde entonces.
Hagamos de sentimientos, jauría
para escuchar vuestras voces.
Rezad, poneos de rodillas cual María
solo indico con mi polla un “ven”,
siendo menos virgen que mi profecía.
Tan caídas y sin sostén
asustando tu sujeto de rebeldía
por tres o cuatro perras al mes,
siempre llevé conmigo la empatía.
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