lunes, 15 de septiembre de 2014

Segundo pensamiento

    Todo nace, todo muere, todo acaba. Si supimos el final desde el principio, ¿para qué nos esforzamos en querer cambiarlo? Desde un primer momento, todos hemos querido dejar atrás la idea de la muerte a base de pensamientos sobre la inmortalidad. Extraña palabra, ¿no? La verdad es que es muy peculiar, la podemos definir como "carencia de muerte", lo cual significa que no tiene un fin. Si la misma vida fuera un libro, y llevara dicho palabra como título, ¿qué sentido tendría leerlo? No podrías acabar nunca de leerlo, estarías toda tu vida leyendo, sin parar, con ímpetu de terminarlo, sin parar. Aunque ciegamente sabemos que no podríamos, ¿cómo llamaríamos a ese sentimiento? Esperanza, todo aquello por lo que luchar, por lo que proseguir, un motivo para vivir. Es algo mágico, como una simple meta, nos consigue sacar lo mejor de cada uno. Un niño pequeño corriendo sin cesar tras un balón en una plazoleta, adelantando a todos sus amigos y compañeros de equipo, con tal de meter un gol en la portería rival; como un estudiante lee y lee para obtener información de su lectura, para posteriormente administrarla en su cabeza y así poder realizar de buena manera un examen que le ayudará a sacar la carrera universitaria que él desea.


       Todo alrededor nuestra, creado por el hombre, ha supuesto un esfuerzo, mezclado con ilusión, para obtener una meta, ya sea poder conseguir un lugar en el que puedan vivir personas o ya sea dar placer de manera gastronómica. Sin darnos cuenta, todas las imágenes que alguien ha visto, todas las conversaciones mantenidas, todas las relaciones que ha establecido una persona; cualquier acontecimiento que le ha ocurrido a una persona, acabaron por dejar huella en su interior, cambiando su actitud, tanto para bien, como para mal. También hay otras obras de personas que guardan recuerdos de manera física. Todos hemos visto por la calle una pintada con graffiti o rotulador en forma de corazón y, dentro de él, los nombres de una pareja; también miles de firmas, de dibujos, todos hechos por gente como tú, que me estás leyendo o como yo, que escribo pulsando teclas al ritmo de una base tranquila de violín. Pero jamás nos preguntamos el por qué: ¿por qué quisieron plasmar su amor en una pared? ¿Por qué construyeron un pueblo en cierto lugar? Todo son preguntas, y para ser felices, buscamos respuestas. Eso nos lleva a pensar que no estamos completos por dentro, que necesitamos más y más. Podemos demostrarlo de una manera muy simple: la curiosidad. Si no supiéramos una respuesta, no pararíamos de buscarla, sería nuestra meta, al no conseguirlo, dentro de nosotros ocurre algo. Nos decepcionamos al saber que ahí hay una pieza de nuestro puzzle de la vida, que tristemente, jamás podríamos cumplir, y ser cien por cien felices.

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