Es inimaginable el gran poder que obtiene la soledad con el avance de los días. He llegado al punto en el que no salgo con nadie, paso los días jugando a la consola, para ser exactos, al vídeo juego Final Fantasy IX. Gracias a ello he aprendido que la gente que realmente se interesa por ti, te preguntarán o harán lo imposible por ello. Bueno, para no irme por las ramas, estoy escribiendo ésto a las seis y veinte de la mañana. Ha sido la primera vez en todo el mes de Agosto en la que me he vestido por una razón que creía necesaria, y en efecto, así es. Como todas las noches, me fui a la cocina de mi casa, la atravesé de punta a punta, notando cómo sombras me miraban desde la oscuridad que guardaba mi hogar. Bebí unos tragos de agua de una botella del frigorífico. Me fui al balcón de la biblioteca, vi un gato negro subiendo las escaleras del Paseo de Santa Fe. Era de color negro y bastante pequeño, no creo que tuviera más de tres meses, ojos verdes kiwi. Me recordaba muchísimo a "Desdentao", un pequeño Pesadilla Noctura, un tipo de dragón muy veloz. Total, que le llamé la atención al pronunciar las letras t y s de manera consecutiva, se paró y me miró, sabiendo que estaba a unos ocho metros de altura. Le tiré una pinza que se encontraba en un cubo, a mi lado. Se acercó a investigar qué era lo que yo le había tirado, supongo que el animal callejero estaba un poco hambriento, por la rapidez que tuvo su acercamiento. Cogí otra y se la lancé más cerca del lugar en el que yo me encontraba y de nuevo, volvió a aproximarse a él. Pensé rápido y fui a mi cuarto, cogí un par de folios, los convertí en unas bolas, me asomé de nuevo y allí estaba el minino, moviendo la pinza, persiguiéndola; jugando sin cesar. Le llamé de nuevo y le lancé una bola, esta vez fuera de las escaleras, a un lugar más cercano de la puerta de mi portal, como vi que me hizo caso, le tiré la última para que se divirtiera un poco más. En ese momento fui a mi cuarto, me puse mis pantalones piratas azules y una camiseta de color blanco con The Beatles transformados en muñecos, cruzando Abbey Road. Fui corriendo a la nevera, la abrí, saqué un paquete de salchichas y las rajé con un cuchillo, cogí mis llaves y me fui directo a la calle. Al abrir, ya no estaba allí. Igualmente, manteniendo la esperanza, lo llamé. Tiré una salchicha a las escaleras y no se acercó, supuse que fue por el tamaño tan grande, volví a tirar una segunda vez, pero esta vez una porción de la mitad de tamaño que la anterior. Apareció el felino, me miró desconfiado, se acercó lentamente al trozo de comida, lo cogió con los dientes y salió a correr. Sus ojos se dilataron muchísimo al cogerlo, me lo tomé como si fuera su agradecimiento por el trozo de comida.
Bueno, la moraleja de todo esto me fue muy valiosa, hizo realidad una de las frases en las que menos creía y es que los pequeños detalles marcan la diferencia entre un día y otro.
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