miércoles, 30 de septiembre de 2015

Huérfanos alados


Esta vez fueron tres los metros que recorrió la piedra tras haberla pateado con la puntera de estas botas de campo. Mis manos estaban refugiadas del frío gracias a los fantásticos bolsillos de mis roñosos pantalones de pana color ocre. A pesar de quedarme un poco cortos, me daban el avío. La sudadera negra, la cual tenía capucha y su logo de un ángel con las alas caídas, estaba fría además de húmeda por el clima de esta zona montañosa como era la Sierra de Aracena. Mi cara ni siquiera la notaba, estaba tan helada que empecé a contar cuántas veces chocaban mis paletas con los dientes inferiores con aquel tiritar. Veía las calles tan abandonadas como siempre, ni un solo alma podía encontrarme por las aceras, y si uno se atrevía, lo perdía de vista por volver a buscar aquella pequeña roca que atraía a mi pie de la manera más absurda, además de típica jamás vista: mediante el aburrimiento. Lo más incómodo de todo era el sentir, además de escuchar el sonido del agua recorriendo las plantas de mis suelas cada vez que impactaban contra el suelo y surgían por los orificios de los cordones.


Sabía que estaba llegando a la plaza principal del pueblo por percibir que el suelo ya no era asfalto, sino que eran una enorme sucesión de trozos de materiales de cantera con, prácticamente, el mismo tamaño. No sé porqué, pero decidí variar mi ruta y en lugar de rodear la plazoleta decidí surcarla por la mitad. Me senté en uno de los doce bancos que formaban una hache teniendo como punto medio una fontana que borbotaba agua desde cuatro laterales diferentes. Miraba las estrellas y me extrañe a la vez que mi vello se erizaba de asombro; ya que nunca imaginé un cielo dividido. Su primera mitad tenía un gran conjunto de constelaciones, cuyas estrellas brillaban al mismo nivel que la famosa marcadora del norte. En cambio, la otra mitad estaba muy oscura, pero se llegaba a diferenciar dos tonalidades de oscuro, una del vacío entre los cuerpos celestes de la primera parte y un negro azabache que cubría por completo la última sección. Aunque levemente podía destacar un arco de tono anaranjado parecido al de una fruta como el níspero.

De repente escuché múltiples gritos con las zancadas estruendas de personas apresurándose hacia el lugar del que provenía aquella fuente del pigmento bruno. Aterrorizado, me levanté de un brinco y me puse a seguir al primer corredor que vi pasar. Ya por el cálido ambiente que se estaba formando a medida que nos acercábamos, me podía imaginar de qué se trataba; en efecto, no me equivocaba. El orfanato de la villa estaba en llamas. Desde la planta baja hasta la última, ninguna se salvaba. Apenas se escuchaban a las personas del interior, seguramente ya estuvieran muertas. Un crujido de las vigas silenció a todos los observadores petrificados por el horror que infectaba este intento de noche tranquila. Un cuerpo oscuro se empezaba a notarse de entre las flamas en la ventana derecha de la cuarta planta. Era un niño, un pequeño totalmente calcinado que alzó sus brazos lentamente y se precipitó para impactar rápidamente contra los guijarros de la vía. Desde la última planta, la sexta, salieron otros tres, uno de cada ventana izquierda, central y derecha. Justo a poco más de medio metro de la superficie, pararon en seco, transcurrió un segundo mientras levitaban para que finalmente se esfumaran mientras se oían unas risas en la azotea. Podía verse a un crío de una edad no mayor a siete u ocho años con una calavera de carnero en la cabeza, sujetando una lanza en la mano  mientras daba vueltas; también desapareció; el fuego cesó y los cadáveres fueron encontrado a las horas siguientes.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Ráfagas y erretes



         Yo por las noches vuelo unos cuantos segundos, como si de un avión de papel se tratara. Pero esta noche fue demasiado, y cuando me refiero a demasiado es que estaba asustado ya que es la primera vez que tuve tanta estabilidad. ¿Qué ha funcionado esta vez? Me como la cabeza y rebusco en cada rincón de mis neuronas para encontrar la clave del comportamiento junto a las alas que no se esfumaron a doscientos metros del suelo. Como cualquier otro cielo oscuro decorado por estallidos rojos, blancos y amarillos, estaba andando por el borde de un edificio mientras cantaba el mismo estribillo:



                                              “Tus problemas, del uno al cien
                                                se pueden contar, adivina:
                                                ¿volar es caminar sin pies?
                                                Curva, voy buscando esquinas
                                                por tener mundos del revés.”



         No habían pasado ni cuarenta segundos cuando de repente mi cuerpo sufrió la terrible e imparable ráfaga de viento. Además mi errete se quedó encallado en una de las imperfecciones de la plataforma, provocando que me balanceara hacia el exterior hasta el punto de caer al abismo. Podía ver la calle a la perfección, los pelos se revolvieron hacia atrás, despejándome la vista por primera vez en meses. Me cubrí la cara con ambos brazos en forma de cruz, creyendo que así me protegería. En el último momento decidí abrirlos, expandiéndolos para así dejar mi huella en aquellas múltiples baldosas, total, la muerte estaba asegurada. No supe cómo ni porqué, pero la trayectoria de mi cuerpo describió una enorme parábola, haciéndome volar. Nuevamente, volví a tener las vistas ocupadas por mi largo flequillo. Desplacé mi cabellera con las manos, coloqué mis brazos perpendicularmente a mi tronco, como si de las alas de un águila se trataran. Me lloran los ojos por tener tanto aire cortante pasando por mis pestañas, los pantalones, los calzoncillos y mis zapatillas huyeron de mis pantalones a una velocidad que ni yo me imaginaba. La camiseta que llevaba se desintegraba sola, a tiras se despellejaba de los bordados más gruesos de ésta. Estaba feliz, lo había conseguido: el poder ver que es de noche, en el último minuto de mi vida.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Canicas

El tic-tac del reloj de la pared de mi habitación no me deja pensar con claridad. Son pasado las cuatro y media de la madrugada sin haberme percatado siquiera, es más apostaría a que eran las doce de la noche, habiéndose acelerado las agujas de alguna manera u otra. Pero como sé que es improbable, lo expulso rápidamente de mis pensamientos. La pantalla de mi ordenador sigue iluminando mi inmóvil cara, apenas se me ocurría que debía hacer. Una simple llamada de teléfono me anuló toda acción premeditada. Intentaba que, de una manera u otra, mi mente asimilara que mi novio está muerto. Sin saber el porqué, su alma se había esfumado y la policía consiguió mi número para comunicármelo. Desde entonces, sigo en mi incómoda silla oyendo como llaman repetidas veces al fijo de mi casa.


“- Perdone, ¿es usted el señor Landom? -dijo una grave y seria voz desde el otro lado del móvil-.

- Sí, así es. ¿Quién lo pregunta? -pregunté con una mezcla de temor y sueño-.

- Verá, señor. Soy el comisario Unax y le llamo por si usted conocía al señor Rescatador.

- Claro que sí, es mi pare… ¡Es mi primo!. ¿Ha pasado algo agente? Dígame.

- Lamento decirle que hemos encontrado su cuerpo empalado en una farola del barrio Pino Montano, aquí en Sevilla. En un bolsillo de su pantalón encontramos su teléfono móvil y es usted su primer contacto de urgencia. Debería llamar al resto familia, comentar lo sucedido y acudir al depósito forense de Sevilla a confirmar la identidad del individuo. Lo siento mucho, le doy mi pésame.”


Ya lo vi demasiado claro, sin lugar a dudas. Abrí mi cajonera, la cual tenía situada a mi derecha, sin ni siquiera levantarme del asiento. De ahí cogí una carta guardada dentro de un viejo sobre titulado “Objetivos para poder suicidarme”. Un título muy vivo, lo sé. La desdoblé por completo y me dispuse a leer:



Si estás leyendo esto es porque ya has conseguido tachar algo más de tu lista. Debes de ser muy consciente que puedes añadir un nuevo objetivo por cada año vivido, a partir del décimo tercero. También debes saber que si consigues rebatir todos y cada uno de ellos, deberás irte a las vías de tren más cercanas para saltar a ellas cuando un tren de alta velocidad se aproxime. De esta manera aseguras que el final del juego sea tan rápido e indoloro como un bonito clásico de pegarse un tiro. La diferencia con este segundo es que no da lugar a error, ya que es una máquina a trescientos kiĺómetros por hora, sus firmes piezas de metal y su monstruosa masa te dejarán hecho un puré; literalmente.

1.- Escribir tu propia novela. Conseguido.
2.- Haber odiado y seguir odiando a una persona a pesar de haber muerto durante tu vida. Conseguido

3.- Encontrarte al menos tres canicas muy juntas en el mismo área urbano.

4.- Hacer llorar a alguien mediante la improvisación de una historia. Conseguido

5.- Conseguir que una persona asuma una frase tuya como lección en la vida. Conseguido.


Tras haber leído toda la carta, me levanto bruscamente, provocando que mis rodillas al no estar preparadas, crujan. Doy media vuelta y me dirijo hacia mi armario. A pesar de estar todo completamente oscuro sin contar con la tenue luz de mi ordenador, puedo localizar un tarro de cristal lleno de canicas que hay en una de las baldas. Con una leve sonrisa, lo dejo caer por la ventana; estalla en la calle. Me visto, no llevo nada encima y salgo de mi casa. Sabiendo lo que me encontraré al pisar la acera.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Montañas huidizas

Ya eran cuarenta las pisadas producidas por mis pies en el fango de esta subida hacia la montaña. Las botas cada vez pesaban más, cada metro que avanzaba se convertía en un suplicio. Solo con las punteras llegaba a arrastrar montones de barro que mostraban perfectamente mi situación. Apenas podía diferenciar un erizo de castaña de una piedra a causa de esa densa lluvia que caía sobre mis espaldas. Mi camisa de cuadros negra y blanca se tiñó de ocre con el paso de los minutos. Las enormes roturas de mis pantalones vaqueros provocaban que el mover la cadera fuese una misión dolorosa además de imposible. Ni siquiera podía escuchar los ladridos de aquellos perros de presa ni los tiros de escopeta de aquellos campesinos locos que vivían a pie de la carretera. El corazón no paraba de latir, parecía que iba a salir directo tras romperme las costillas mientras que la fiebre y el riego sanguíneo me provocaba una intensa fiebre.


Tras una media hora de esfuerzo continuo conseguí colarme en una pequeña cueva que me resguarda del agua y del frío tras el otro lado de este monte. Apenas se veía con las nubes negras de la tormenta que presenciaba cada parte de mi cuerpo, especialmente mis oídos. Me quité por completo la ropa, cogí varias piedras y ramas secas que estaban desperdigadas por el suelo para empezar a encender una hoguera. No sabría decir si tardé más en caminar que en conseguir una gran chispa con dos piedras. Al fin pude dormir un rato sin tener miedo de ser descubierto o asesinado. El día de hoy estaba siendo de locos. Fue llegar las colonias españolas de la nueva senda india y que cualquiera se revolucionara por un simple malestar. Saqué de uno de mis bolsillos de los calzones, que he dejado sobre una roca, una cartera de cuero oscura y de allí; una carta.


Cariño, estoy en peligro de muerte. No me puedo quedar en la sierra por mucho tiempo. Solo quiero que sepas que los niños han ido a un lugar seguro y están a buen recaudo. Voy a llevarte junto a ellos, pero si por casualidad alguien lee esta carta. Ambos sabemos dónde encontrarnos, aquel lugar pequeño secreto resguardado para nosotros únicamente. Desde allí te comentaré el resto del plan. Antes de la medianoche debes quedarte allí, no podemos perder ni uno de estos valiosos segundos en una tierra de locos.

Te quiere, tu amado corazón robado.



Con tanta nubosidad y humedad apenas se notaba si era o no de noche. El cielo seguía igual de oscuro, permitiendo una ganancia de minutos de luz. Estaba tan nervioso y a la vez tan aterrado que ni podía mantener firmes mis heridas manos. Guardé delicadamente el papel en la bolsita para reanudar la marcha con un ánimo esperanzador. Mientras bajaba el barranco me veía multitud de cadáveres animales y huesos desperdigados, como si lanzaran sobre esta zona los cuales estuvieran verdaderamente enfermos. El olor a putrefacción aumentaba a medida que se inundaban los cuerpos. Mis extremidades crujían por cada movimiento que hacía, sin dejar ninguna duda de que poco les quedaba para que se rompieran. Zigzagueaba entre los frondosos castaños que había durante la bajada. Para que así, evitara un avistamiento molesto y que seguramente acabaría en tragedia. Las ramas se resquebrajaban por momentos, el viento provocaba unas ráfagas extraordinarias, capaces de hacer volar a un perro o a un zorro. Tras haber atravesado ya cinco parcelas de habitantes del pueblo que labraban la tierra, pude llegar a una cima en el que había una cruz formada por dos grandes troncos, teniendo unos diez metros de altura y otros cuatro de ancho. Esta cumbre tenía una superficie muy pedregosa, daba igual el tipo de calzado o bota que se llevase que siempre resultaba molesto a la planta de los pies. Ya había llegado aquel carromato, su conductor era un señor con un sombrero de copa negro y un traje azul oscuro, siendo tapado por una capa larga que le protegía de la baja temperatura. Llamé a la puerta de la habitación en ruedas y se abrió sola la puerta. A pesar de lo oscuro que se estaba dentro, podía oler ese perfume a vainilla y rosas que siempre llevaba Cristal. Fue alzar la cabeza y verle sus dorados cabellos junto a los ojos tan azules como el cielo, ahí sentada, sin mediar palabra. Se le veía triste, con los lagrimales a punto de estallar por el dolor. Vi cómo le empezó a caer una lágrima, desbordando por completo aquel embalse formado por sus pestañas. Iba a entrar para que cesara aquel extraño dolor cuando escuché un disparo dentro del mismo carromato, llenando de sangre aquel habitáculo a la vez que cesaba con la vida de la mujer a la que amaba. Estaba petrificado, no sabía qué pasaba ni qué hacer en ese momento. El peso del mundo se me cayó encima, sin dejarme siquiera respirar. Finalmente decidí entrar, con una velocidad que ni yo mismo me imaginé. Por más que lo intentaba, el cuerpo de mi difunta esposa no recobraba la vida que se le arrebató.



- Apártate lentamente, sin mediar palabra y con las manos sobre tu nuca -escuché detrás de mí junto al sonido de un gatillo. Me giré tal y como me pidió. Pudiendo ver a un hombre de uniforme con casco, una escopeta, cota de mallas recubierta de armadora y polainas-. Ahora que por fin te hemos cogido, serás llevado ante el pueblo. No volverás a saquear ni un solo barco más.

- ¿De verdad? ¿¡Todo esto por un simple robo de poca monta!?



Me abalancé sobre aquel oficial cuya arma desintegró cualquier ánimo de esperanza. No pasaron ni dos segundos para notar el vacío producido en mi abdomen por los perdigones de aquel arma. Agarré como pude su cara, siendo ya inútil. Dejando caer mi sangre de entre mis labios sobre la cara de aquel hombre, cuyos ojos se vaciaban por la fuerza de mis dedos pulgares.

jueves, 3 de septiembre de 2015

23 de Noviembre



Un día “importante” en mi vida fue un 23 de Noviembre de 2013. Bueno, no es que fuera importante, fue especial, único. Era un sábado, bastante friolero, por no decir que las calles estaban heladas. Yo iba andando por Pino Montano, atravesando una plazoleta con vallas rojas oxidadas, lugar en el que los yonkis del barrio se  drogaban todas las noches, dejando todo el recinto como una pocilga, por decirlo de una manera. Me senté en lo alto de un banco, me puse música y me quedé esperando.  A los pocos minutos, llegó una vieja amiga, pelirroja, un año menos que yo, aunque era bastante alta para su edad, un metro setenta, para ser exactos. Sus padres nos llevaron hacia el Palacio de Deportes de Sevilla, en “Sevilla Este”. Allí nos esperaba otra amiga, pero jamás llegué a tener tanta confianza con ella como con la primera. Al bajarnos del automóvil, fuimos hacia la derecha, siguiendo una cola bastante corta, la verdad. De ahí, entramos al Salón Manga de la ciudad, también conocido como “Manga Fest”. Estaba, literalmente, abarrotado. Yo creo que si lanzaba un alfiler, al caer, pinchaba a ocho personas, por lo menos.


A lo que iba, pasamos un día bastante bueno, conocí a gente con las que hablaba por la red social de “mini blogs”, también estuve hablando con una chica en el teatro, con la que acabé enrollándome minutos después. Eran más o menos las ocho de la tarde, aunque el cielo ya fuera negro como un agujero sin fondo. De repente, me suena el teléfono, miro la pantalla y era mi padre. Recuerdo sus palabras, no sé ni porqué, pero mucha importancia no es que me diera: “Eh, Carlos, cógete un taxi y vente para el hospital… El abuelo ha muerto”. Muchos dirán que soy un insensible, un idiota, un chico sin corazón o simplemente un gilipollas. Yo lo aceptaré, pero esa fue la realidad. Colgué el teléfono, miré a una de mis amigas, y sonreí; sonreí como nunca. Fui de las personas más felices del planeta en ese momento, vaya. Siempre odié a ese hombre, ¿sabes? Para mí fue como un demonio personalizado, un maldito egoísta que jamás se le pasó por la cabeza que posiblemente él no era el dueño del mundo ni qué debería hacer sufrir a nadie porque a él le fuese mal en la vida durante ciertos periodos de tiempo. Total, que me despedí de mis amigos, les di un abrazo y me tuve que pedir a un taxista que me llevara al Hospital Macarena. Fue un trayecto bastante corto, o al menos eso me pareció, aunque no fue así para mi bolsillo, concretamente para diez euros con setenta céntimos de mi cartera.


Al llegar allí, me colé por unas escaleras porque en recepción no me dejaban subir. No tenía ni idea de en qué parte del hospital estaba mi familia, mucho menos en la que me encontraba yo, solo sabía que era la octaba planta. Les llamé al móvil y pude encontrarles. Allí estaban mis primas, mis tías, mis hermanos y mis padres, sin contar con el cuerpo de mi supuesto abuelo, ya cadáver. Sentí como si en mi cabeza algo se desconectara, haciéndola menos pesada, y a la vez, estaba más calmada. Toda mi familia lloraba, sin cesar, exactamente mi hermana pequeña y una de mis primas. Al momento de pisar la habitación, mi hermano más mayor, vino y me abrazó. Él sabía que esa situación me daba bastante igual, ya que me conocía un mínimo, no como el resto de mi familia. También creo que el haber venido a mí fue porque llevaba sin verlo desde el verano, unos dos ó tres meses vaya.  


Aquí concluye todo, un día feliz, sabiendo que una pequeña parte del mal ya no anda sobre la Tierra, pero aún quedaba mucha gente que quería ver muerta, daba igual la manera.

Lanzas marinas

No había pasado ni media hora desde que me levanté de aquella vieja cama cuando estaba metido en las profundidades con mi traje de buzo. Eran las ocho de la mañana aquí en Chipiona cuando mis amigos y yo decidimos sumergirnos para explorar las cuevas acuáticas que formaron los antiquísimos canales de emergencia de los Tartessos. Supe que iba a ser un día único por el simple hecho de ver que el mar era completamente cristalino, incluso cuando empezamos la inmersión, podíamos diferenciar los corales y las docenas de conchas y moluscos diferentes que había sobre la arena. Decidí quedarme el último en el grupo para que ninguno se distrajese. Notaba aquel entorno más frío de lo normal, a pesar de que estuviera helado de por sí el resto de días del año. Me fijé en una roca enorme que había en el suelo, sus dimensiones eran asombrosas. Unos siete u ocho metros de altura junto a otros tres de diámetro. A medida que los peces se aproximaban a ella, aceleraban su paso, como si no quisieran estar a su vera, ni tampoco el llamar la atención sobre el gran peñusco. Me acerqué a él lentamente nadando mientras mis extremidades se entumecían por la acción del frío sobre mis huesos. De repente, se cayó un fragmento, dejando un enorme hueco en el interior, el cual se llenó de agua, tragándome a mí con él.



Una vez dentro de este cantil, me fijé en que pasaba algo raro; daba como entrada a una habitación submarina bajo el manto de la arena. Era totalmente cuadrada, sus paredes tenían un color muy azulado y con múltiples caparazones pegados a ellas. Estaba iluminada gracias a una pequeña cantidad de medusas bioluminiscentes que flotaban con total tranquilidad por aquella zona. En el centro de aquella maravillosa sala había un altar rectangular que brillaba por sí mismo y que mantenía atada con dos pinzas una preciosa lanza. Este venablo tenía forma de brazo humano, como si fueran el cúbito, el radio y el húmero, pero teniendo como punta un gran péndulo espiral. Además, sus colores amarillo pastel y sus terminaciones en un tono salmón me hacía pensar cada vez más que se trataba de una especie de brazo humano, a excepción de sus terminaciones. Poco a poco intentaba avanzar hacia ella, el agua se volvía cada vez más densa, dificultándome el avanzar. Intentaba no tocar ninguna de las aguamala que había por ahí, ya que seguramente serían venenosas y provocarían mi muerte en aquel lugar escondido de la existencia de la humanidad. Una vez pude tocar aquel extraño sagrario, me dí cuenta de que no solo había una, sino dos picas. Entonces cogí ambas, una con cada mano, las alcé hacia delante y de un momento a otro, se estaban uniendo a mí. No las podía soltar ni tampoco me era posible flexionar los brazos a través de los codos. El neopreno que cubría mis extremidades superiores se rompieron. No sabía cómo, pero era capaz de respirar en el agua y una vez que inspiré el agua, fue expulsada por unas delicadas branquias situadas en mi cuello. Todas aquellas aguamares que iluminaban todo se acercaron a los muros para señalizar que debía salir de allí a la vez que me dejaban vía libre. Puse mis brazos con lanzas hacia delante y como si de un tiburón se tratase, salí velozmente de allí. Tan rápido que ni yo mismo me percate de que estaba llegando a la superficie, pegando un salto por encima del aire digno de presencia, para volver a caer al agua.


El señor de la fuente

Han pasado tres semanas desde que aquel señor mayor apareció en la avenida. No sabría decirlo con seguridad, pero creo que estaba bailando solo, como si una persona invisible fuera su compañera de baile. Vestía con una chaqueta marrón de poliéster muy desgastada. Llevaba un sombrero negro muy parecido a una boina y un pantalón de pana con un pigmento amarillo muy deteriorado por el paso del tiempo. Pero lo que sin duda me llamaba la atención eran sus zapatos, eran negros como el petróleo y brillantes como un diamante, los mejores zapatos de baile que jamás había visto en mi vida. Los tenía tan bien cuidados que se podían escuchar cada uno de los pasos que el hombre efectuaba desde la otra punta de la calle. Su horario era extraordinariamente exacto, llegaba a la pequeña fuente de agua abandonada a las siete de la tarde y una hora después; su danza se cesaba con total normalidad. Durante todos los días de la semana.


Desde entonces no he hecho más que preguntarme si aquel veterano bailarín sufría algún trauma o problema psicofísico. Pero lo descartaba inmediatamente por su gran calidad a la hora de realizar los movimientos. Era sorprendente, todo chico o chica que cruzaba la vía, se quedaba mirándole con la boca abierta. También destacaba por su enorme defensa al frío invernal que había en la desértica sierra de Aracena, ya que ni la lluvia ni el mismo granizo eran capaces de frenarle. Por eso mismo, he decidido quedarme esta tarde junto a la fuente para que al terminar su ritual diario, poder preguntarle y saciar la curiosidad, esperando no matar al gato por ello.


Con una gruesa sudadera de lana  y unos pantalones vaqueros me decid a combatir el frío mientras esperaba impaciente a que su tiempo de baile imaginario cesase. Hoy parecía más triste de lo normal, incluso se equivocaba en algunos pasos que no le resultaban nunca ninguna molestia. En cuanto me fijé mejor, lo vi: estaba llorando. Sin saber aún la razón de porqué lo hacía, ya me estaba comiendo la pena por dentro del estómago sin cesar. Fue terminar su baile y sacar de su chaqueta un pañuelo de tela blanca con bordados rojos decorados con una rosa en uno de sus picos. Empezó a secarse las lágrimas de sus azafranados ojos para comenzar su marcha. En ese momento, le interrumpí el camino y preguntarle.



- ¿Te pasa algo, jovencita? -me dijo con una sonrisa e intentando ocultar sus sollozos-.

- Soy Paula, encantada. Es que vivo aquí cerca y llevo observándole tardes enteras, me fascina su forma de bailar -dije con una sonrisa mientras juntaba mis brazos en señal de admiración y felicidad-.

- Oh, vaya, conque es eso, ¿eh? Pues yo soy Landom, pequeña, y encantado también -se quitó el sombrero e inclinó su cuerpo en señal de saludo. Se lo puso de nuevo-.

- No quisiera incordiar ni ser una cotilla, pero… ¿Podría usted decirme por qué baila siempre en la fuente durante un rato y a la misma hora? -le comenté en voz baja y sonrojada por la vergënza-.

- Pues sí que te has fijado bien, ¿eh, Paula? -sonrió-. Pues verás, hace muchos años conocía a una chica más o menos de tu edad, se parecía mucho a ti. Se llamaba Cristal y le encantaba bailar. Desde que nos vimos por primera vez, pensé que la invitaría a un baile en un gran salón. Pero se me escapó la oportunidad como agua entre los dedos. Ahora que soy mayor, tengo poco tiempo para desperdiciar; por lo que he decidido aprender a bailar bachata, su estilo favorito, y así darle una sorpresa cuando nos reunamos de nuevo.


Tras esa agradable conversación, me pude ir a casa contenta, sabiendo que aquel anciano no estaba loco ni mucho menos, sino que su corazón tenía marcado la danza del amor. Aunque me sorprendió que tras ese día, jamás le volví a ver por aquel lugar… ¿Dónde cayeron esas lágrimas inocentes llenas de ternura? La caída del desamor es aquella capaz de resquebrajar cualquier escudo frío y rígido como el hielo.