Un día “importante” en mi vida fue un 23 de Noviembre de 2013. Bueno, no es que fuera importante, fue especial, único. Era un sábado, bastante friolero, por no decir que las calles estaban heladas. Yo iba andando por Pino Montano, atravesando una plazoleta con vallas rojas oxidadas, lugar en el que los yonkis del barrio se drogaban todas las noches, dejando todo el recinto como una pocilga, por decirlo de una manera. Me senté en lo alto de un banco, me puse música y me quedé esperando. A los pocos minutos, llegó una vieja amiga, pelirroja, un año menos que yo, aunque era bastante alta para su edad, un metro setenta, para ser exactos. Sus padres nos llevaron hacia el Palacio de Deportes de Sevilla, en “Sevilla Este”. Allí nos esperaba otra amiga, pero jamás llegué a tener tanta confianza con ella como con la primera. Al bajarnos del automóvil, fuimos hacia la derecha, siguiendo una cola bastante corta, la verdad. De ahí, entramos al Salón Manga de la ciudad, también conocido como “Manga Fest”. Estaba, literalmente, abarrotado. Yo creo que si lanzaba un alfiler, al caer, pinchaba a ocho personas, por lo menos.
A lo que iba, pasamos un día bastante bueno, conocí a gente con las que hablaba por la red social de “mini blogs”, también estuve hablando con una chica en el teatro, con la que acabé enrollándome minutos después. Eran más o menos las ocho de la tarde, aunque el cielo ya fuera negro como un agujero sin fondo. De repente, me suena el teléfono, miro la pantalla y era mi padre. Recuerdo sus palabras, no sé ni porqué, pero mucha importancia no es que me diera: “Eh, Carlos, cógete un taxi y vente para el hospital… El abuelo ha muerto”. Muchos dirán que soy un insensible, un idiota, un chico sin corazón o simplemente un gilipollas. Yo lo aceptaré, pero esa fue la realidad. Colgué el teléfono, miré a una de mis amigas, y sonreí; sonreí como nunca. Fui de las personas más felices del planeta en ese momento, vaya. Siempre odié a ese hombre, ¿sabes? Para mí fue como un demonio personalizado, un maldito egoísta que jamás se le pasó por la cabeza que posiblemente él no era el dueño del mundo ni qué debería hacer sufrir a nadie porque a él le fuese mal en la vida durante ciertos periodos de tiempo. Total, que me despedí de mis amigos, les di un abrazo y me tuve que pedir a un taxista que me llevara al Hospital Macarena. Fue un trayecto bastante corto, o al menos eso me pareció, aunque no fue así para mi bolsillo, concretamente para diez euros con setenta céntimos de mi cartera.
Al llegar allí, me colé por unas escaleras porque en recepción no me dejaban subir. No tenía ni idea de en qué parte del hospital estaba mi familia, mucho menos en la que me encontraba yo, solo sabía que era la octaba planta. Les llamé al móvil y pude encontrarles. Allí estaban mis primas, mis tías, mis hermanos y mis padres, sin contar con el cuerpo de mi supuesto abuelo, ya cadáver. Sentí como si en mi cabeza algo se desconectara, haciéndola menos pesada, y a la vez, estaba más calmada. Toda mi familia lloraba, sin cesar, exactamente mi hermana pequeña y una de mis primas. Al momento de pisar la habitación, mi hermano más mayor, vino y me abrazó. Él sabía que esa situación me daba bastante igual, ya que me conocía un mínimo, no como el resto de mi familia. También creo que el haber venido a mí fue porque llevaba sin verlo desde el verano, unos dos ó tres meses vaya.
Aquí concluye todo, un día feliz, sabiendo que una pequeña parte del mal ya no anda sobre la Tierra, pero aún quedaba mucha gente que quería ver muerta, daba igual la manera.
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