jueves, 3 de septiembre de 2015

Lanzas marinas

No había pasado ni media hora desde que me levanté de aquella vieja cama cuando estaba metido en las profundidades con mi traje de buzo. Eran las ocho de la mañana aquí en Chipiona cuando mis amigos y yo decidimos sumergirnos para explorar las cuevas acuáticas que formaron los antiquísimos canales de emergencia de los Tartessos. Supe que iba a ser un día único por el simple hecho de ver que el mar era completamente cristalino, incluso cuando empezamos la inmersión, podíamos diferenciar los corales y las docenas de conchas y moluscos diferentes que había sobre la arena. Decidí quedarme el último en el grupo para que ninguno se distrajese. Notaba aquel entorno más frío de lo normal, a pesar de que estuviera helado de por sí el resto de días del año. Me fijé en una roca enorme que había en el suelo, sus dimensiones eran asombrosas. Unos siete u ocho metros de altura junto a otros tres de diámetro. A medida que los peces se aproximaban a ella, aceleraban su paso, como si no quisieran estar a su vera, ni tampoco el llamar la atención sobre el gran peñusco. Me acerqué a él lentamente nadando mientras mis extremidades se entumecían por la acción del frío sobre mis huesos. De repente, se cayó un fragmento, dejando un enorme hueco en el interior, el cual se llenó de agua, tragándome a mí con él.



Una vez dentro de este cantil, me fijé en que pasaba algo raro; daba como entrada a una habitación submarina bajo el manto de la arena. Era totalmente cuadrada, sus paredes tenían un color muy azulado y con múltiples caparazones pegados a ellas. Estaba iluminada gracias a una pequeña cantidad de medusas bioluminiscentes que flotaban con total tranquilidad por aquella zona. En el centro de aquella maravillosa sala había un altar rectangular que brillaba por sí mismo y que mantenía atada con dos pinzas una preciosa lanza. Este venablo tenía forma de brazo humano, como si fueran el cúbito, el radio y el húmero, pero teniendo como punta un gran péndulo espiral. Además, sus colores amarillo pastel y sus terminaciones en un tono salmón me hacía pensar cada vez más que se trataba de una especie de brazo humano, a excepción de sus terminaciones. Poco a poco intentaba avanzar hacia ella, el agua se volvía cada vez más densa, dificultándome el avanzar. Intentaba no tocar ninguna de las aguamala que había por ahí, ya que seguramente serían venenosas y provocarían mi muerte en aquel lugar escondido de la existencia de la humanidad. Una vez pude tocar aquel extraño sagrario, me dí cuenta de que no solo había una, sino dos picas. Entonces cogí ambas, una con cada mano, las alcé hacia delante y de un momento a otro, se estaban uniendo a mí. No las podía soltar ni tampoco me era posible flexionar los brazos a través de los codos. El neopreno que cubría mis extremidades superiores se rompieron. No sabía cómo, pero era capaz de respirar en el agua y una vez que inspiré el agua, fue expulsada por unas delicadas branquias situadas en mi cuello. Todas aquellas aguamares que iluminaban todo se acercaron a los muros para señalizar que debía salir de allí a la vez que me dejaban vía libre. Puse mis brazos con lanzas hacia delante y como si de un tiburón se tratase, salí velozmente de allí. Tan rápido que ni yo mismo me percate de que estaba llegando a la superficie, pegando un salto por encima del aire digno de presencia, para volver a caer al agua.


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