domingo, 6 de septiembre de 2015

Montañas huidizas

Ya eran cuarenta las pisadas producidas por mis pies en el fango de esta subida hacia la montaña. Las botas cada vez pesaban más, cada metro que avanzaba se convertía en un suplicio. Solo con las punteras llegaba a arrastrar montones de barro que mostraban perfectamente mi situación. Apenas podía diferenciar un erizo de castaña de una piedra a causa de esa densa lluvia que caía sobre mis espaldas. Mi camisa de cuadros negra y blanca se tiñó de ocre con el paso de los minutos. Las enormes roturas de mis pantalones vaqueros provocaban que el mover la cadera fuese una misión dolorosa además de imposible. Ni siquiera podía escuchar los ladridos de aquellos perros de presa ni los tiros de escopeta de aquellos campesinos locos que vivían a pie de la carretera. El corazón no paraba de latir, parecía que iba a salir directo tras romperme las costillas mientras que la fiebre y el riego sanguíneo me provocaba una intensa fiebre.


Tras una media hora de esfuerzo continuo conseguí colarme en una pequeña cueva que me resguarda del agua y del frío tras el otro lado de este monte. Apenas se veía con las nubes negras de la tormenta que presenciaba cada parte de mi cuerpo, especialmente mis oídos. Me quité por completo la ropa, cogí varias piedras y ramas secas que estaban desperdigadas por el suelo para empezar a encender una hoguera. No sabría decir si tardé más en caminar que en conseguir una gran chispa con dos piedras. Al fin pude dormir un rato sin tener miedo de ser descubierto o asesinado. El día de hoy estaba siendo de locos. Fue llegar las colonias españolas de la nueva senda india y que cualquiera se revolucionara por un simple malestar. Saqué de uno de mis bolsillos de los calzones, que he dejado sobre una roca, una cartera de cuero oscura y de allí; una carta.


Cariño, estoy en peligro de muerte. No me puedo quedar en la sierra por mucho tiempo. Solo quiero que sepas que los niños han ido a un lugar seguro y están a buen recaudo. Voy a llevarte junto a ellos, pero si por casualidad alguien lee esta carta. Ambos sabemos dónde encontrarnos, aquel lugar pequeño secreto resguardado para nosotros únicamente. Desde allí te comentaré el resto del plan. Antes de la medianoche debes quedarte allí, no podemos perder ni uno de estos valiosos segundos en una tierra de locos.

Te quiere, tu amado corazón robado.



Con tanta nubosidad y humedad apenas se notaba si era o no de noche. El cielo seguía igual de oscuro, permitiendo una ganancia de minutos de luz. Estaba tan nervioso y a la vez tan aterrado que ni podía mantener firmes mis heridas manos. Guardé delicadamente el papel en la bolsita para reanudar la marcha con un ánimo esperanzador. Mientras bajaba el barranco me veía multitud de cadáveres animales y huesos desperdigados, como si lanzaran sobre esta zona los cuales estuvieran verdaderamente enfermos. El olor a putrefacción aumentaba a medida que se inundaban los cuerpos. Mis extremidades crujían por cada movimiento que hacía, sin dejar ninguna duda de que poco les quedaba para que se rompieran. Zigzagueaba entre los frondosos castaños que había durante la bajada. Para que así, evitara un avistamiento molesto y que seguramente acabaría en tragedia. Las ramas se resquebrajaban por momentos, el viento provocaba unas ráfagas extraordinarias, capaces de hacer volar a un perro o a un zorro. Tras haber atravesado ya cinco parcelas de habitantes del pueblo que labraban la tierra, pude llegar a una cima en el que había una cruz formada por dos grandes troncos, teniendo unos diez metros de altura y otros cuatro de ancho. Esta cumbre tenía una superficie muy pedregosa, daba igual el tipo de calzado o bota que se llevase que siempre resultaba molesto a la planta de los pies. Ya había llegado aquel carromato, su conductor era un señor con un sombrero de copa negro y un traje azul oscuro, siendo tapado por una capa larga que le protegía de la baja temperatura. Llamé a la puerta de la habitación en ruedas y se abrió sola la puerta. A pesar de lo oscuro que se estaba dentro, podía oler ese perfume a vainilla y rosas que siempre llevaba Cristal. Fue alzar la cabeza y verle sus dorados cabellos junto a los ojos tan azules como el cielo, ahí sentada, sin mediar palabra. Se le veía triste, con los lagrimales a punto de estallar por el dolor. Vi cómo le empezó a caer una lágrima, desbordando por completo aquel embalse formado por sus pestañas. Iba a entrar para que cesara aquel extraño dolor cuando escuché un disparo dentro del mismo carromato, llenando de sangre aquel habitáculo a la vez que cesaba con la vida de la mujer a la que amaba. Estaba petrificado, no sabía qué pasaba ni qué hacer en ese momento. El peso del mundo se me cayó encima, sin dejarme siquiera respirar. Finalmente decidí entrar, con una velocidad que ni yo mismo me imaginé. Por más que lo intentaba, el cuerpo de mi difunta esposa no recobraba la vida que se le arrebató.



- Apártate lentamente, sin mediar palabra y con las manos sobre tu nuca -escuché detrás de mí junto al sonido de un gatillo. Me giré tal y como me pidió. Pudiendo ver a un hombre de uniforme con casco, una escopeta, cota de mallas recubierta de armadora y polainas-. Ahora que por fin te hemos cogido, serás llevado ante el pueblo. No volverás a saquear ni un solo barco más.

- ¿De verdad? ¿¡Todo esto por un simple robo de poca monta!?



Me abalancé sobre aquel oficial cuya arma desintegró cualquier ánimo de esperanza. No pasaron ni dos segundos para notar el vacío producido en mi abdomen por los perdigones de aquel arma. Agarré como pude su cara, siendo ya inútil. Dejando caer mi sangre de entre mis labios sobre la cara de aquel hombre, cuyos ojos se vaciaban por la fuerza de mis dedos pulgares.

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