Yo por las noches vuelo unos cuantos segundos, como si de un avión de papel se tratara. Pero esta noche fue demasiado, y cuando me refiero a demasiado es que estaba asustado ya que es la primera vez que tuve tanta estabilidad. ¿Qué ha funcionado esta vez? Me como la cabeza y rebusco en cada rincón de mis neuronas para encontrar la clave del comportamiento junto a las alas que no se esfumaron a doscientos metros del suelo. Como cualquier otro cielo oscuro decorado por estallidos rojos, blancos y amarillos, estaba andando por el borde de un edificio mientras cantaba el mismo estribillo:
“Tus problemas, del uno al cien
se pueden contar, adivina:
¿volar es caminar sin pies?
Curva, voy buscando esquinas
por tener mundos del revés.”
No habían pasado ni cuarenta segundos cuando de repente mi cuerpo sufrió la terrible e imparable ráfaga de viento. Además mi errete se quedó encallado en una de las imperfecciones de la plataforma, provocando que me balanceara hacia el exterior hasta el punto de caer al abismo. Podía ver la calle a la perfección, los pelos se revolvieron hacia atrás, despejándome la vista por primera vez en meses. Me cubrí la cara con ambos brazos en forma de cruz, creyendo que así me protegería. En el último momento decidí abrirlos, expandiéndolos para así dejar mi huella en aquellas múltiples baldosas, total, la muerte estaba asegurada. No supe cómo ni porqué, pero la trayectoria de mi cuerpo describió una enorme parábola, haciéndome volar. Nuevamente, volví a tener las vistas ocupadas por mi largo flequillo. Desplacé mi cabellera con las manos, coloqué mis brazos perpendicularmente a mi tronco, como si de las alas de un águila se trataran. Me lloran los ojos por tener tanto aire cortante pasando por mis pestañas, los pantalones, los calzoncillos y mis zapatillas huyeron de mis pantalones a una velocidad que ni yo me imaginaba. La camiseta que llevaba se desintegraba sola, a tiras se despellejaba de los bordados más gruesos de ésta. Estaba feliz, lo había conseguido: el poder ver que es de noche, en el último minuto de mi vida.
¿volar es caminar sin pies?
Curva, voy buscando esquinas
por tener mundos del revés.”
No habían pasado ni cuarenta segundos cuando de repente mi cuerpo sufrió la terrible e imparable ráfaga de viento. Además mi errete se quedó encallado en una de las imperfecciones de la plataforma, provocando que me balanceara hacia el exterior hasta el punto de caer al abismo. Podía ver la calle a la perfección, los pelos se revolvieron hacia atrás, despejándome la vista por primera vez en meses. Me cubrí la cara con ambos brazos en forma de cruz, creyendo que así me protegería. En el último momento decidí abrirlos, expandiéndolos para así dejar mi huella en aquellas múltiples baldosas, total, la muerte estaba asegurada. No supe cómo ni porqué, pero la trayectoria de mi cuerpo describió una enorme parábola, haciéndome volar. Nuevamente, volví a tener las vistas ocupadas por mi largo flequillo. Desplacé mi cabellera con las manos, coloqué mis brazos perpendicularmente a mi tronco, como si de las alas de un águila se trataran. Me lloran los ojos por tener tanto aire cortante pasando por mis pestañas, los pantalones, los calzoncillos y mis zapatillas huyeron de mis pantalones a una velocidad que ni yo me imaginaba. La camiseta que llevaba se desintegraba sola, a tiras se despellejaba de los bordados más gruesos de ésta. Estaba feliz, lo había conseguido: el poder ver que es de noche, en el último minuto de mi vida.
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