jueves, 3 de septiembre de 2015

El señor de la fuente

Han pasado tres semanas desde que aquel señor mayor apareció en la avenida. No sabría decirlo con seguridad, pero creo que estaba bailando solo, como si una persona invisible fuera su compañera de baile. Vestía con una chaqueta marrón de poliéster muy desgastada. Llevaba un sombrero negro muy parecido a una boina y un pantalón de pana con un pigmento amarillo muy deteriorado por el paso del tiempo. Pero lo que sin duda me llamaba la atención eran sus zapatos, eran negros como el petróleo y brillantes como un diamante, los mejores zapatos de baile que jamás había visto en mi vida. Los tenía tan bien cuidados que se podían escuchar cada uno de los pasos que el hombre efectuaba desde la otra punta de la calle. Su horario era extraordinariamente exacto, llegaba a la pequeña fuente de agua abandonada a las siete de la tarde y una hora después; su danza se cesaba con total normalidad. Durante todos los días de la semana.


Desde entonces no he hecho más que preguntarme si aquel veterano bailarín sufría algún trauma o problema psicofísico. Pero lo descartaba inmediatamente por su gran calidad a la hora de realizar los movimientos. Era sorprendente, todo chico o chica que cruzaba la vía, se quedaba mirándole con la boca abierta. También destacaba por su enorme defensa al frío invernal que había en la desértica sierra de Aracena, ya que ni la lluvia ni el mismo granizo eran capaces de frenarle. Por eso mismo, he decidido quedarme esta tarde junto a la fuente para que al terminar su ritual diario, poder preguntarle y saciar la curiosidad, esperando no matar al gato por ello.


Con una gruesa sudadera de lana  y unos pantalones vaqueros me decid a combatir el frío mientras esperaba impaciente a que su tiempo de baile imaginario cesase. Hoy parecía más triste de lo normal, incluso se equivocaba en algunos pasos que no le resultaban nunca ninguna molestia. En cuanto me fijé mejor, lo vi: estaba llorando. Sin saber aún la razón de porqué lo hacía, ya me estaba comiendo la pena por dentro del estómago sin cesar. Fue terminar su baile y sacar de su chaqueta un pañuelo de tela blanca con bordados rojos decorados con una rosa en uno de sus picos. Empezó a secarse las lágrimas de sus azafranados ojos para comenzar su marcha. En ese momento, le interrumpí el camino y preguntarle.



- ¿Te pasa algo, jovencita? -me dijo con una sonrisa e intentando ocultar sus sollozos-.

- Soy Paula, encantada. Es que vivo aquí cerca y llevo observándole tardes enteras, me fascina su forma de bailar -dije con una sonrisa mientras juntaba mis brazos en señal de admiración y felicidad-.

- Oh, vaya, conque es eso, ¿eh? Pues yo soy Landom, pequeña, y encantado también -se quitó el sombrero e inclinó su cuerpo en señal de saludo. Se lo puso de nuevo-.

- No quisiera incordiar ni ser una cotilla, pero… ¿Podría usted decirme por qué baila siempre en la fuente durante un rato y a la misma hora? -le comenté en voz baja y sonrojada por la vergënza-.

- Pues sí que te has fijado bien, ¿eh, Paula? -sonrió-. Pues verás, hace muchos años conocía a una chica más o menos de tu edad, se parecía mucho a ti. Se llamaba Cristal y le encantaba bailar. Desde que nos vimos por primera vez, pensé que la invitaría a un baile en un gran salón. Pero se me escapó la oportunidad como agua entre los dedos. Ahora que soy mayor, tengo poco tiempo para desperdiciar; por lo que he decidido aprender a bailar bachata, su estilo favorito, y así darle una sorpresa cuando nos reunamos de nuevo.


Tras esa agradable conversación, me pude ir a casa contenta, sabiendo que aquel anciano no estaba loco ni mucho menos, sino que su corazón tenía marcado la danza del amor. Aunque me sorprendió que tras ese día, jamás le volví a ver por aquel lugar… ¿Dónde cayeron esas lágrimas inocentes llenas de ternura? La caída del desamor es aquella capaz de resquebrajar cualquier escudo frío y rígido como el hielo.

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