martes, 18 de noviembre de 2014

Empresas humanas

Todos los seres humanos hemos acabado muy mal sentimentalmente por experiencias y acciones que hemos realizado. Que sí, es un mecanismo de nuestro cerebro que nos analiza de una manera u otra qué está bien o mal. ¿Pero para qué te sirve todo al fin y al cabo si cuando queramos darnos cuenta ya han pasado dos años de dicha acción y nadie la recuerda? Vida solo hay una, no nos queremos dar cuenta, pero es la dura realidad. Yo he tratado mal a la gente mucho tiempo y multitudes de veces, pero también porque no recibía beneficio alguno por ello, y entonces no iba a malgastar mi energía en ello.


Aunque a decir verdad, no maltrataba a las personas, simplemente dejaba de mantener el contacto, fácil y sencillo. Queramos o no, esta vida es un negocio, sentimental, pero lo es. Si tenemos un grupo de amigos, es porque ellos nos hacen sentir bien, a gusto, queridos. También hay otra multitud de gente que podríamos categorizar como “temporales”, este tipo de persona solo pasan un pequeño tramo de tiempo en nuestra vida, por el simple hecho de obtener algo concreto, ya sea sabiduría, placer o nuevas virtudes. Siempre serán utilizados en dichos tiempos para el beneficio propio. Luego los enemigos o personas que nos caen mal son esas empresas o instituciones que provocan un desequilibrio negativo en tu empresa. Por culpa de su mera presencia, la demanda de tu producto baja hasta límites de vértigo. Puede ser una metáfora muy arriesgada para la mayoría de las personas, pero esa gran mayoría es inculta y no desarrollan su imaginación, cosa que no me incumbe ni desmorona mi perspectiva. Como iba diciendo, puede sonar bastante duro, pero es así. Todos queremos que salga a flote, sí, es algo obvio, lógico e indiscutible.


En el caso de las personas tienen definida su felicidad tal que ver a la gente de su alrededor es igual, se cumple el mismo caso. La única diferencia es que esa misma empresa se divide en sectores, en pilares, que sin ellos, nada volverá a ser lo mismo. Entiendo que cuiden y mantengan mucho ciertos pilares que están más que otros, pero la principal reacción que eso conlleva es el desgaste de otras por falta de mantenimiento. Por esa misma razón, la mayoría de la gente que necesita mucho apoyo moral, acaba sola, porque es tanta atención la que hay que prestarle, que a las otras personas no les sale rentable y las dejan solas, a su merced, a la deriva. Si nos fijamos bien, siempre necesitamos alguien, en este mundo, con una voluntad sobrehumana, que podríamos traducir como una persona que apuesta mucho por cierta empresa. Y gracias a ellas, esas empresas pueden salir a flote tras una costosa y larga inversión, ya sabe mantenerse sola; será una empresa que posteriormente invertirá muy seriamente en otras por el simple hecho de la experiencia propia.


Finalmente obtenemos un bucle de autoayuda eterno, parece raro, pero es cierto, si una sola persona, a través de diez amigos o familiares, es capaz de conocer a otra decena por cada susodicho, obtendremos un rango de cien personas por cada persona en el mundo. Obviamente se repetirán personas, pero con el avance de esos tejidos, formamos una tela de araña que abarcará a todas las personas del mundo. Por eso mismo se convierte en una señal que puede ser transmitida desde un punto cualquiera y llegar finalmente a otro. La única diferencia que pude haber es el camino recorrido. Obviamente es más fácil si ayudas a alguien cercano que a otro ser humano ubicado en el otro punto de la red que formamos entre todos.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Adama - Segunda Parte

Dios, cómo apestaba la ciudad portuaria en la que vivía. Cada barco era igual, todos estaban pintados de color blanco y con letras en negro, las popas llenas de moluscos, los cristales de las cámaras llenas de musgo, empañados y sucios a más no poder, parece que no conocían qué era la higiene ni tampoco la palabra trapo, de locos. Seguía andando por el muelle en busca del navío al que estaba destinado, mientras pasaban los metros, me divertía pateando una piedra que encontré al principio del camino de madera. Lo más extraordinario de todo es que no se me haya caído al mar por ninguno de los laterales, justo en ese momento, la pateo un poco más fuerte de lo que debía haberlo hecho, por lo que salió disparada y le dio en la espinilla a un hombre. Primero agachó la cabeza para percatarse de si se había hecho alguna herida o no y luego alzó la mirada, y cuando me vio, me disculpé inmediatamente.


Parecía un viejo roñoso, la verdad. Tenía una barba bastante desaliñada, grisácea tirando a blanco diamante, con unos pelos negros en el centro, podía llegarle perfectamente al ombligo. Estaba bastante encorvado, con ambas manos a su espalda, una agarrando a la otra. Respecto a su vestimenta, llevaba una túnica azul oscuro que le llegaba hasta pasadas las rodillas, ésta estaba decorada con unas flores con pétalos bastante largos. Estaba bastante delgado y lleno de numerosas cicatrices en su piel morena como el azúcar. Al terminar mis lamentaciones, le pregunté que dónde podría encontrar el Rails Walker, en ese momento, formó una leve sonrisa a raíz de sus labios y rió brevemente. Como no, el destino, ese día, me hacía señales a más no poder; era el mismísimo dueño del barco, su capitán. La verdad es que su ropaje no eran típico de un marinero que surcara los mares luchando contra las gigantescas olas días y noche para llevarse su fruto, sus peces y mariscos varios; era más bien del típico abuelete que se quedaba en el bar fumando cachimba con los amigos mientras jugaban a las cartas y se quejaban de la degradación de sufría la sociedad por cada generación.


Le dije estas tres palabras tan absurdas tal y como me pidieron, Manjesíh, así se llamaba el hombre, empezó a andar rápido a la vez que me tiraba de la asa superior de mi mochila, sí, ya me había apropiado de ella. Me metió directo en su barco muy rápido, pero me tuve tiempo suficiente para contemplarlo, era jodidamente grande, pintado totalmente de azul turquesa y unas vías de tren dibujadas atravesando el barco de proa a popa; estaba reluciente y se veía muy bien cuidado, debía costar una pasta. Me metió dentro del camarote que tenía, acabé sentado en un sofá de cuero marrón bastante amplio, cabía tumbado perfectamente. El se situó justo delante de mí, con su culo directamente encima de una mesa de mármol e hierro. Hablaba muy rápido y estaba tan nervioso que sin querer escupía cada vez que cerraba los labios. Empezó diciéndome que mi padre fue un gran hombre, y que siempre tenía una frase en mente: “simplemente vivimos para morir”. Al parecer, buscaban a mi familia desde hace años, incluso antes de yo haber nacido, que la persona que mató a mi madre seguramente fue un espía militar de la cárcel estrellada en rojo y azul. Buscaba pruebas y personas que tuvieron relación con él, ya que era alguien importante en el exterior, al parecer le conocía el mundo entero por sus hazañas y que ahora todos sus conocidos corrían peligro. Ahora me llevaría en barco hasta el continente europeo, cosa que no me gustaba nada. Mi país tenía un enfrentamiento muy jodido con los pescadores españoles porque nos roban la pesca de nuestras costas y no cedemos a pesar de sucios sobornos, son unos pijos que creen que pueden comprarnos a pesar de la falta de poderío económico que nos falta.


Salió de la sala para levar el ancla y desatar la cuerda que nos unía con el fondeadero, al que el resto de los paquebotes. Nos pusimos en marcha hacia la “tierra prometida”. Sí, sabía que iba para huir de mi país, pero el qué iba a hacer allí era mi pregunta en ese momento.


Tras una hora de trotes dado por el choque con incontables olas en el Estrecho de Gibraltar, llegamos a una ciudad en las que todos hablaban con un acento muy basto, tan suelto que aspiraban más de lo habitual ya que echaban medio pulmón en cada palabra, una cosa muy sorprendente. Algo que caracterizaba a los gaditanos es que siempre buscaban un chiste o un punto de vista cómico de todo tipo de situaciones; mucho más risueños que los marroquíes, parecían muy felices, seguramente lo serían. Cuando puse un pie en el embarcadero, Manjesíh me cogió la mochila, sacó la pistola, se quedó con el dinero y partió de nuevo, despidiéndose con un “ojalá tengas las suerte de sobrevivir”. Estaba solo, un desconocido en territorio hostil, desamparado. Me dediqué a vender paquetes de pañuelos, y con el paso del tiempo he acabado aquí, en un cajero con una manta y una bolsa de ropa, pero no es todo, conservo, intacta, aquella pequeña pistola con sus seis balas, para cuando sea necesario.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Adama - Primera parte

Bueno, pues otra noche más. Todavía sigo sin creerme que el destino llegase a ser tan generoso conmigo, me ha dado una manta y una bolsa con ropa para poder refugiarme tras esta cabina del banco. Perdonad por ser tan maleducado (ya os podéis imaginar que del lugar que procedo no tenemos escuela), yo soy Adama, tengo unos veinte años y vivo aquí, en Cádiz. Ahora mismo estoy durmiendo en un suelo cubierto y tengo un problema, pero antes de nada, os contaré mi historia…


Todo empezó hace unos meses, en la pequeña ciudad de Matinoca. Yo acababa de llegar a mi edificio y me dispuse a subir las escaleras, al llegar a mi casa, me sentí muy extrañado, asustado más bien. La puerta estaba entreabierta, cosa que era bastante particular, ya que mi madre nunca dejaría abierto porque crea corriente, entrando arena en casa. Total, que entré y cerré la puerta, no veía a nadie en casa, pero oía gritos ahogados al final del pasillo así que fui rápidamente a la cocina para coger un cuchillo y no estar indefenso ante cualquier persona. No me extrañaría que nos intentarán robar, éramos personas de buena clase y la seguridad era muy mala en toda la ciudad. Crucé la casa entera, hasta que llegué al cuarto de mi madre, allí estaba ella, con un hombre encapuchado y totalmente vestido de negro detrás de ella, tapándole la boca con una mano. En ese momento, ese hombre se percató de mi existencia y rebanó el cuello de Marizza, ahogando su vida en un instante, dejando que su cuerpo se desplome encima de la cama, inundando las sábanas de un color rojizo muy puro. Estaba absorto, no me podía imaginar lo que pasaba. Ese desconocido alzó la vista de nuevo y corrió en mi busca. Huí de casa como alma que lleva el diablo, surcaba coches y puestos de comida o artilugios con una facilidad y una flexibilidad nunca sentida en mi cuerpo hasta ese momento. Tras unos diez minutos, decidí mirar tras de mí, y no le veía, por lo que me metí en el primer callejón que encontré y me paré a descansar.


Cuando pude respirar sin problemas, me puse a pensar y caí de culo contra el suelo y mi espalda en la pared, me dispuse a llorar. Primero se fue mi padre pillándome con diez años de edad, trece años han pasado ya. Según dijo Mamá, era un hombre del país y siempre trabajaba hasta tarde con unos compañeros de trabajo en un laboratorio inmenso. Recuerdo que una vez me llevó con él a trabajar y estaba planteando un circuito muy complejo, era una placa gigantesca con incontables cables y tantas resistencias que no cabrían ni en mis dos manos. Nunca me dijo para qué servían esas cosas, pero las categorizaba como “auténticas obras de ingeniería”, la verdad es que lo eran, muy pocos sabrían combinar tantos artilugios. Lo más raro es que unos días antes de morir, nos dijo que tenía un viaje de negocios muy importante, que iba a cegar al mundo entero con el destello de sus obras. Entonces me dió un beso muy fuerte en la frente, me acarició la cara y me dijo: “No quiero que jamás abandones a Mamá como hago yo ahora, ni por un segundo, eres el hombre de la casa junto a mí, ya lo sabes”. Nunca llegué a entender bien todo eso, la verdad, pero no paraba de darle vueltas. Ya me dolía el pecho de tanto llorar, notaba cómo mis abdominales iban a explotar, cómo mis pulmones se comprimían al máximo. Entonces me levanté, me sequé la cara con las mangas de la sudadera, fui a la fuente más cercana y bebí un poco de agua. Era la primera vez que notaba como bajaba por mi garganta y me refrescaba tanto por dentro, se notaba que era porque estaba súper acalorado por los sollozos. Total, me dirigí al taller de mi padre, sabía que era el lugar ideal para esconderme, así podría hablar con sus compañeros, que me ayudaran a ir al cuartel general a denunciar todo lo que estaba pasando y que investigaran todo, yo corría peligro; si de algo estaba seguro ese día era de eso.


Cuando llegué a la calle donde se encontraba, podía ver desde lejos que había gente trabajando, así que empecé a andar cada vez más rápido y a mirar a todos lados causado por el miedo. Me vieron, se quedaron pasmados, con los ojos como platos, ni que hubieran visto un fantasma. De repente uno de ellos sacó una pistola, me apuntó, me agaché y cuando disparó, algo cayó encima de mí, era el desconocido, estaba muerto, con un agujero en la frente; vaya puta puntería, hay que admitirlo. Vinieron hacia mí más rápido incluso que la velocidad de la anterior bala, me metieron dentro del taller, cerraron la compuerta y me tumbaron en una camilla que había para dejar las herramientas. Cogieron dos tarjetas, una pistola pequeña y un fajo de billetes bastante voluminoso de una pequeña caja fuerte que había en una esquina, la metieron en una mochila y me lo dieron. Se me encaró uno de ellos y me dijo muy seriamente que tenía que irme rápidamente, que fuera al puerto, buscase un barco llamado “Rails Walker” y que le dijera al capitán “pequeña torre, bum”. Tampoco podía hablar con nadie sobre qué iba a hacer, si eran conocidos, les tenía que decir que iba a la biblioteca a estudiar, pero nada más.


Estaba absorto, para mí, el tiempo y el espacio se había distorsionado y vuelto a unir en un orden distinto, no me terminaba de comprender la situación, de encajar bien las piezas. Me había metido en una buena, eso seguro. No me dieron explicaciones, cuando quise preguntarle algo, me tapó la boca y me soltó un simple “basta ya, haznos caso y no la palmarás”. Casi se me para el corazón en ese momento, pero no sé cómo no se me habría parado antes, este mundo es de locos.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Apariencias


        Me encanta ver a la gente por la calle mientras patino, imaginarme su vida y su comportamiento. Esa manera de actuar de los seres humanos... Qué extraña y significativa resulta. Muchos de nosotros sentimos vergüenza en ciertas situaciones, pero aún así, intentamos hacernos pasar por personas fuertes ante ellos, por seres orgullosos que no dan su brazo a torcer. ¿Os parece triste? La verdad es que lo es, pero hemos llegado a un punto en el que resulta normal ese tipo de acciones. Éste es un mundo egoísta, cada persona vive a su manera, fijándose en sus intereses propios, no en los comunales. Lo peor de todo son las graves consecuencias que nos conlleva el portarnos de la susodicha manera, acabamos con la infancia de los más pequeños, destruimos su época más feliz de la vida, exceptuando la dormida.


        Podemos destacar las apariencias de los seres humanos. Ahora somos personas muy fuertes, personas de hielo, rígidas y sin oposición alguna que pueda dañarnos mínimamente. Nos volvemos personas frías, serias y secas con muchas otras que tienen interés en nosotros. Cuando eso nos pasa a nosotros y nos sentimos rechazados o enfrentados a dicho muro de protección, nos sentimos inútiles al ver que no podemos, que es imposible ayudarles a ser más felices por el mero hecho de que no tenemos ni idea de cómo es el paisaje causado por el mismísimo muro. Seguramente todo esto haya sido obra del egoísmo de las personas, que habrán usado a otras para su interés particular en uno o varios momentos determinados. Por eso mismo, la sociedad actual se hunde, no quiere agarrarse a un flotador porque eso supone un gasto de energía "innecesario", además de ser castigado socialmente poco tiempo después por todo ese egoísmo. Nos ahogamos...

lunes, 3 de noviembre de 2014

Mar de otoños

Ha sido sorprendente, una ola de lodo transportada a través del aire ha sacudido y arrasado con todos los colores. Le han cambiado la caja de colores a un niño para que dibuje el mismo paisaje que antes, pero esta vez contiene colores más dejados, más cercanos a la muerte. Cada paso por la ciudad, cada pisada en el suelo se vuelve nueva, el papel sigue siendo el mismo, las líneas no han cambiado, ¿entonces por qué me eriza la piel de una manera tan fría? Al no haber ningún pasajero en el tren de mi viaje por el dibujo, y aún así, me ha mostrado que todo ha cambiado. Todo se deja caer, se le agotan las fuerzas. Seguramente me llueva encima, pero da igual, es solo agua, únicamente borrará mis huellas sobre el camino. Ahora mismo, el mirador intenta echarme de su territorio con un fuerte oleaje y aún así, sigo sin dar con la clave del cambio. Volver a la montaña de hace tres años, intentar sin apenas frutos de buscar pequeños tesoros dentro del verdadero cofre, la naturaleza.


Lo verde muere lentamente tras el incesante calor que lo atraviesa, que le desangra a su gusto, tal y como ha pasado desde que tengo consciencia. Cada día descubro nuevas baldosas en un camino que me sé de memoria. Alrededor de ellas, crecen diminutas plantas con frágiles tallos que serán fácilmente destruidos por el paso de cualquier zapato que se interponga. Aún sabiendo esos problemas, esas dificultades, se mantiene... La vida se abre camino. La misma que muchos humanos quisieron perder o quitar de múltiples maneras y por millones de razones. Desde las partículas que forman el aire hasta las raíces de una secuoya canadiense forman parte de nosotros, nos revelará secretos de la vida, de cómo llegamos ser lo que somos.


Es enigmante y a la vez te llama la atención. Ese gran desconocido que a su vez está presente de tal manera, que nosotros mismos formamos parte de esa interrogación. Cada punzada verde hecha por el más fino pincel para tan perfectísimo detalle que nos alcanza la vista. Está bien que todo se forma a través de simples objetos, pero también nos quita parte de la magia, del reto que supone describir la vida misma.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Vocales y consonantes: Amor

Que sí, que todo el mundo ha tenido o ha visto una pareja en su vida o a lo largo de ella. Muchos hablan sobre que la base de una relación es la confianza, otros comentan que es la transparencia, pero pocos caen en la cuenta de los “pilares”. Se olvidan de que toda construcción necesita estar sustentada para que no se caiga el tejado. Cuando preguntamos a una persona, hablan de lo bonito que es mantener ese hogar que queremos conservar, porque el amor es infinito hasta que se acaba, nos parece perfecto. Prestamos más atención a cómo está por fuera, la forma y el color de su jardín, la fachada y la azotea; claro que es bonito, pero esas dos personas fueron obreros que trabajaron día y noche para construir desde varios metros de profundidad para conseguir verdaderos cimientos hasta una decena de metros consiguiendo varias plantas en las que conseguimos habitaciones traducidas en sensaciones y experiencias.


Pero, ¿cuál es realmente la materia prima? Sí, la tierra, la arena, el cemento, agua, varas de hierro, etc. Éstos forman el hormigón armado, el amor. Que al fin y al cabo, la casa en su totalidad está formada por él. Es extraño, no hay persona que sepa describir a ciencia cierta qué es el amor. Lo que sabemos seguro es que lo sentimos cuando encontramos la persona ideal que no nos cansaría si estuviera a nuestro lado el resto de lo que queda de vida. Últimamente, solemos confundirnos entre estar a gusto y estar enamorado. Lo primero es algo difícil de conseguir, eres feliz, el tiempo pasa rápido, consigues acomodarte y estar atento a la vez que relajado. Mientras que lo segundo te provoca un calor interno muy parecido a ese beso de madre que quita el hambre, acaba volviéndose una necesidad sentimental y física. Por ejemplo, una tarde de invierno con nuestra pareja nos parece algo tan bueno, nos hace olvidar que el cielo está nublado, que está tronando y que el frío se cuela por los huesos gracias a su simple compañía aliñada con besos y caricias, esas mismas caricias se vuelven necesarias, nuestro propio cuerpo nos incita, es una droga, la felicidad.


Podemos deducir de ahí que el amor es una manera de llegar a la felicidad, de hacer más apaciguada ese tramo al que llamamos vida, que nos reta a un duelo con varias dificultades. Un calmante para todo, un apoyo. Esa misma casa que compartimos, es esa manta enorme que usamos en invierno y esa brisa de aire veraniega. Será que nuestra meta en esta vida es ser feliz, disfrutar antes de irnos lejos, de ese lugar de donde pocos han podido volver.


También podemos verla como un trampolín, sí, así es. Somos una persona pequeña en este mundo, la verdad. Una persona insignificante que para el Estado únicamente somos uno nombre y dos apellidos, que para la universidad somos un número insertado en un curso, nada más. Un día llega alguien que se esfuerza en conocerte, en averiguar más sobre tu vida, sin pedir nada que no sea que tú hagas lo mismo, llegando a un bonito final en el que los dos acabéis interesándoos tanto hasta el punto de convertiros en una única persona. Eso os hace grandes, gigantescos, inigualables e de valor incalculable. Pasar de una mota de polvo en un gigantesco salón a ser un gigante que pasa por la ciudad de Liliput, ese trampolín que os ayuda a alcanzar las metas.



Eso son dos consonantes y dos vocales, la palabra amor.

jueves, 30 de octubre de 2014

Bestia cicatrizada

Un día tras otro, un invierno tras otro, un San Valentín tras otro… Ya eran diecisiete años en los que el pobre Landom llevaba sin encontrar alguien que no le conociera de nada, le apartara por sus acciones ocurridas en el pasado. Hoy, 30 de Octubre, se queda sentado nuevamente en el mirador abandonado. Digo nuevamente porque anteriormente le sucedió, cuando su última pareja seria le dejó, por ejemplo. Fue un 16 de Diciembre, pero no recuerdo muy bien el año, duraron aproximadamente tres semanas, un periodo muy corto, vaya. Sí, yo también creo que para ser considerado algo serio, necesitaba  una base más estable, pero eso para él era imposible.


Para hacernos una idea, este chico de Aracena, pasó por muy malos tragos a lo largo de su vida sentimental cuando era más pequeño, casi un pre-adolescente. A la temprana edad de trece años, empezó a gustarle una chiquilla de un año mayor que él y además, era su compañera de baile en la actuación de fin de curso. ¿Su nombre? Nerea. La chica no es que fuera muy guapa, la verdad, pero tenía unas curvas muy enigmantes. Hasta tal punto que él mismo aprendió la forma de sus caderas con solo tocarle en los momentos necesarios del baile. Su personalidad era muy normal, lo poco que podía llamarle la atención que no fuera físico era su manejo de los hombres. Los hombres caían rendidos, tal y como lo cuento, cada chico que le conocía era otro inmenso en la incesable lista que se hunde en el Mar Muerto por su peso de la tinta.


Landom se envalentonó, empezó a sacarle tema de conversación día a día, alcanzando su objetivo, empezar una relación con Nerea como compañera, como caminante de raíles. Durante largos y pesados cuatro meses, fue feliz: tenía a una persona que se preocupaba por él, varios amigos con los que salía entre semanas mientras los viernes y sábados se iba al skatepark a patinar con sus rollers hasta las tantas de la madrugada. El día que cumplían un cuatrimestre juntos, le tenía preparado un regalo no muy ostentoso, pero sí muy lleno de sentimientos, un colgante de chapa con forma de tabla de surf con una mordedura de tiburón. Era un presente hecho a mano, lo hizo él mismo a base de cortar y lijar un pequeño rectángulo que se encontró en la calle, bajo su ventana, tardó unas dos semanas en terminarlo. Él mismo se dirigió a su casa, le llamó al porterillo, un 3ºB muy humilde.


Estaba fascinante, un vestido blanco acabado en falda de varias capas. Pero al momento de abrir, se quedó blanca, boquiabierta, como si fuera algo inesperado. En ese instante, le cogió del brazo y se lo llevó dentro del portal, poniéndole contra la pared.


- Landom, de veras, lo siento mucho, pero hoy había quedado para ir al cine con unas amigas. No me acordaba de que hoy habíamos quedado para comer, por favor, quedamos mañana, ¿vale? Te quiero -le besó tiernamente los labios y lo abrazó, pero aún así notaba que algo no encajaba, que le mentía-.



Se fue por el mismo camino que el de ida, y a los pocos pasos de cruzar la manzana, se fijó que un chico, un poco más alto, se llevaba cogida de la mano, a la que era su novia, a Nerea. Volvió a girar la cabeza, la agachó resignado, metió su mano derecha en el bolsillo de su abrigo, envolvió la caja donde tenía el colgante y cerró tan fuerte su puño que se escuchó cómo crujía y se rompía el regalo en varios trozos. Sacó la mano y dejó caer todas las piezas imposibles de montar. Ahí decidió no volver a confiar en nadie para una relación, empezaría a llevar el “ojo por ojo, diente por diente” a un nivel muy sentimental, demasiado sigiloso para segundas personas.


Desde entonces, este chico no paró de salir con decenas, incluso cientos de personas para enamorarlas, follárselas y acabar con ellas tras ponerles los cuernos una o varias veces. Eso le dió mucha fama. No fue tanto la caída, sino los testigos. Hasta hace bien poco, medio años más o menos, acabó reinsertado nuevamente en la sociedad, pero cuando fue a hacer vida sentimental, no había ni una sola persona que no le viera como un monstruo, hasta la gente que ni le conocía, solo por lo que contaban terceras personas. Era un humano que tiene cicatrices de haber sido bestia, pero aún así, solo quieren ver las marcas en lugar de los secretos y sentimientos que ahogan las pupilas de sus ojos, sentía la necesidad de huir del mundo, de llegar a un lugar en el que el pasado no fuera importante, siempre que se haya pagado por él.

domingo, 26 de octubre de 2014

Distancia Kilométrica

        Siempre se habla de que la distancia rompe relaciones, para ser exactos, una gran mayoría de ellas. Eso me indujo a pensar muchísimo, bastante más que cualquier otra cosa, la verdad. En mi opinión, ella no tiene la culpa, porque podemos sacarle muchísimo provecho, tiene sus defectos, pero también otras virtudes. A veces pensamos que jamás veremos a esa otra persona, que todo es una falsa esperanza que nos hará felices un tiempo, pero que la realidad nos aplastaría como si fuera una gran roca que se despeña. Pero nadie piensa en la multitud de posibilidades para poder viajar al lugar en el que se encuentra. Puede que nos salga caro, claro que lo es, pero el amor nunca tuvo unas tasas en las que podamos fijarnos y comprobar si nos sale rentable. Todo ello es porque cada persona es diferente a otra, yo mismo me gastaría una cantidad razonable para alguien de mi edad con tal de ver a mi pareja una tarde. También se puede reforzar la confianza que hay entre dos personas, a la vez que aumenta el aguante con el paso de los días. Eso me lleva a una observación, se puede resumir en muy pocas palabras; para ser exactos, tres: "queremos como locos". No todo tiene que ser un sentimiento tan intenso, lo cual no es malo, pero puede llegar a cegarnos locamente sin tener muy en cuenta las consecuencias, entre ellas el acabar llorando por las esquinas la rotura de la relación. Yo ahora mismo soy feliz sabiendo que una persona me quiere y le soy correspondida, muy poca gente tiene dicha suerte, por no decir que es algo extraño. Y aunque mucha gente desanime con el problema de la distancia kilométrica, yo lo veo una ventaja. Eso me enseña a vivir los momentos de una manera especial, dando lo mejor de mí, haciendo todo lo posible para que sea inolvidable. Gracias a esos recuerdos, las personas sacan fuerzas de donde no las hay con tal de revivir una sonrisa que jamás hubiera salido a la luz si no fuera por alguien que hay tras una pantalla que apostó por ti, por convertiros en uno.

jueves, 23 de octubre de 2014

Sexo sevillano


La cogería en brazos de un salto. Empezaría a besarla lentamente, la tumbaría en la cama mientras me dirijo hacia su oreja y se la muerdo con muchas ganas y a la vez de manera suave; haciéndole notar mi respiración acelerada. Bajaría un poco hasta el cuello y mordería sin cesar mientras bajo mi mano por dentro de sus pantalones. Meto los dedos corazón y anular lentamente, hasta el fondo, dentro de ella. Noto cómo arde y sus brazos empujándome hacia ella. De repente, uno de ellos baja hasta mi polla y empieza a mover su mano de arriba a abajo, sin pausa y de manera algo brusca, haciéndome notar noto. Le quito la ropa a dentelladas, quedándonos totalmente desnudos. Finalmente me agarra por el cuello y me susurra: “hazme tuya..”.

domingo, 19 de octubre de 2014

Asesino de estrellas

Por fin era Mayo, mandaba a tomar por culo todas aquellas horas de estudio tan pesadas como un collar de melones. Día de la graduación, todos mis compañeros trajeados, felices de haber conseguido lo que al principio veían como imposible. Y yo, como no, dando la nota. Iba en chándal, sin apenas peinarme, con cara de dormido, ojos rojos como ríos de sangre desembocados en un lago azabache de forma circular que se dilataba por momentos. Miraba el folio que llevaba en la mano cada dos por tres, tenía que decir un discurso sobre todos mis compañeros, de las experiencias vividas estos dos años y los profesores. Vaya, el chico asocial que no encaja en ningún lado, tiene que comentar cosas de gente que apenas conocía y mucho menos ellos me conocían a mí. Qué cómica es la vida a veces, ¿eh? Total, que me empieza a vibrar el móvil, lo miro sigilosamente y era una ex-novia mía, una vieja amiga de la capital andaluza. Cuelgo para que me salga una llamada perdida, a los pocos segundos me llega un mensaje de la misma persona: “Mis padres y mi hermana han muerto, ayuda”. En ese momento se me paró el corazón, alcé la vista al frente, salí corriendo del Salón de Actos de la escuela, le dí mi discurso a la chica de mi derecha mientras que pedía perdón porque la ida tan inesperada. Cogí el coche y me fui directo a la A-49 para ir a buscarla.



Una vez allí, la recogí en la estación de Plaza de Armas, nada más entró en el coche y se puso el cinturón, estalló, rompió a llorar. Llegamos a mi casa, abrí la puerta y me senté en el sofá, tumbándose ella en mi regazo, sollozando de dolor como nunca había visto hacer a nadie jamás. 


- Es que… No sé qué ha pasado. Los forenses dicen que tenían los frenos cortados, como si alguien hubiese querido matarles. Pero es que eran unos cachos de pan, no creo que nadie quisiese matarles, joder -agarró muy fuerte mi camiseta con su mano, cerrándola en forma de puño-. 

- Entiendo que a veces se vayan de la lengua y tal, pero eso no son razones para asesinar a nadie, ¿verdad? Lo peor de todo es que podrían haber ido a por mí, han fallado y ha sido mi puta familia, es que no lo entiendo, de veras.

- Tranquilízate, chiquilla. Lo primero de todo es que no tienes la culpa de nada, eso tenlo en mente siempre, ¿vale?

- Pero es que no, yo soy la única culpable de esto, joder… Que nunca hago nada bien, además, ellos iban a la playa, a pasar el fin de semana. Si les hubiera dicho de quedarnos en casa, no habrían cogido el coche y seguirían vivos ahora mismo, por favor, mátame.



En ese momento, fui a la cocina, miré en el cajón de las medicinas, cogí un tranquilizante en polvo, un vaso de cristal con agua, y le hice tomárselo. Al cabo de unos diez minutos, acabó rendida en el sofá. La cogí en brazos como si fuera una niña pequeña y la llevé a mi cama de matrimonio, la arropé y dejé que descansara. Yo me dispuse a liar un pequeño cigarro de la risa desmenuzando un pequeño cogollo de Pineapple-lemon. Estaba sentado en una butaca cuando me puse a pensar que no era la primera vez que ella estaba ahí, tumbada en mi cama. De una manera u otra, era eso, una parte de mi vida que ya he vivido. La diferencia en que yo rompía la pared con la cama y ella mi espalda con sus uñas, cuando ahora lo que está realmente roto es su corazón y todos sus recuerdos. Cogí el liado de color verde, miré al suelo de la calle y lo tiré como si golpeara con mi dedo intermedio una canica en una partida de capturas. La fugacidad de la vida es tan inesperada, como frágil es el cristal de bohemia ante un martillo de carpintería. Yo no sabría qué hacer en su lugar, entre que la mitad de mi familia me odia, la gente que dice ser “amiga mía” y que nunca fui relevante para nadie, me hubiera dignado a sacar todo el dinero de los bancos que hubiera recibido de herencia, una maleta con ropa, una mochila y me habría largado a otro país donde nadie me conociera, a conocer mundo, empezar de nuevo. En cambio, ella solo piensa en irse. En un aspecto es como yo, también cree que las estrellas que brillan en el cielo, son almas que se fueron para no volver, conocidos con los que vivimos, que nos miran desde allá arriba. No sé, el mero hecho de que se quiera convertir en una estrella, que espero que sea brillante, me aterroriza, muchísimo. Decidido, no la dejaré sola, jamás.



Al día siguiente, cuando le desperté con un desayuno espectacular en la cama: una jarra llena de zumo de naranja y uva, varias tostadas con mantequilla, un yogur con jalea de frambuesa, y una servilleta con una sonrisa dibujada en ella. Veía perfectamente que ella sonreía con todas sus ganas, pero tenía unos ojos tristes, vacíos, oscuros. Me recordaba muchísimo a Robin Williams, eran miradas idénticas. Además, también era una persona muy cómica, alguien que alegraba a todo el mundo, pero ahora no puede seguir los consejos que siempre daba, acertados hasta el más pequeño de los detalles, se ve incapaz, sin fuerzas, sin esperanza. Dejé que se duchara tranquila, al mismo tiempo me dispuse a barrer un poco la casa, ya que llevaba varias semanas sin habitarla, había bastante polvo por los pasillos y las habitaciones. Me vestí y cuando ella también pudo, nos dispusimos a ir al supermercado a comprar comida para subsistir. Entonces, cuando teníamos el carro a medio llenar, me lancé.


- ¿Y qué te parecería la idea de venirte conmigo a vivir? No sé, tú y yo siempre nos hemos llevado de puta madre y no creo que haya problemas. Además, yo tengo que venir aquí a vivir en un par de meses por la universidad, así que podría adelantar esa fecha a ahora para que así no tengas ningún problema. Vamos a medias con los gastos y listo.

- ¿Lo dices en serio? Es que no sé, sabes que no quiero molestar nunca, y todas las cosas que tengo en mi casa… ¿Qué haría con ellas? 

- Nada, ya la casa está pagada, ¿no? Cortas el suministro de agua, luz, gas y demás, para así no tener que pagar más.


Tras una larga discusión, conseguí que aceptara, aunque con ciertas condiciones bastante raras a mi parecer como por ejemplo el que no se folla intenta follar con la otra persona, somos únicamente amigos y ya tuvimos nuestra época. Pero bueno, lo importante es que ya llegamos al acuerdo en el que ella se viene a vivir a casa. La verdad es que se asemejó bastante bien, fui con ella a recoger ciertas cosas de su casa que necesitaba, cambió su dirección a la mía y además, le pillaba más cerca que su anterior hogar para el centro de estudios y los lugares de ocio a los que solía ir. Casi todo ventajas, vaya. Un sábado por la tarde, como otro cualquiera, nos fuimos a las canchas de basket que había debajo de casa para echarnos un partido con unos viejos colegas de mi barrio, de mi clase para ser exactos. En el descanso, que fuimos a la fuente a beber agua, ella miró a las ventanas de casa y se quedó petrificada. Cayó de rodillas llorando a más no poder sin dejar de mirar en la misma dirección. Fui corriendo como alma que lleva el diablo, le levanté y me indicó con el dedo el ventano del salón, se podía ver a una persona con una máscara blanca con sangre que había pintado el cristal de blanco y con algo sobrepuso los nombres de los padres y la hermana de ella.

 

No sabría explicar como lo hice pero acabé en menos de un minuto en la puerta de casa, que estaba abierta, y cerré rápido con llave para que ese alguien no pudiera salir. Cogí el bate de béisbol e indagué por toda la casa, había escapado. Ni puta idea de quién era, bueno, sí, era el asesino de su familia. Llamé rápidamente a la policía y les explicamos todo lo sucedido. Nos pusieron vigilancia veinticuatro horas del día, por seguridad. Al día siguiente, llegué a casa de estudiar en la biblioteca, fui a entrar en el dormitorio donde estaba ella normalmente. Y podía escuchar una voz de forma muy vaga, apenas entendía todas las frases:


- No puedes… Sabes que todo es culpa tu… Que no puedes huir… Debes destruirte y no dañar… Cógela, úsala, ¡ya!


Corrí desde la otra punta del pasillo, tiré la puerta abajo y nada más miré hacia la cama, estaba ella, de rodillas con un puñal cogido con las dos manos, atravesándose mil y una veces el abdomen hasta caer rendida, inerte, encima del colchón. La ventana estaba abierta y veía como la persona de la máscara de ayer huía sin cesar, surcando hasta por encima de los coches que pasaban por la carretera. Fui directo al camastro, pero era imposible, solo pude escuchar sus últimas palabras antes de morir.


- Es “Toni”...


Como no, ya había escuchado hablar de ese puto espécimen de mierda. Alguien tan miserable que ni el mismo Hitler o Stalin serían capaces de ponerse a su altura. Tenía tanta maldad dentro que si pasaba por un campo de flores, hasta la rosa más bella y fuerte se convertiría en cenizas. Alguien cuya alma rechazó el diablo por miedo a contagiarse y envenenar al resto del infierno.


Cerré los ojos un momento, y en cuanto los abrí tenía cogido por los pelos al ex-novio de ella. Giré la cabeza hacia atrás y había un  camino de sangre en pleno centro de la ciudad que llegaba hasta el cuerpo que sujetaba. La gente miraba desconcertante, petrificada. Al parecer, cogí a ese hombre en el aeropuerto, lo llevé a la catedral, desde allí lo tiré al suelo, estampándose contra el cemento. Bajé, lo cogí de la cabeza, milagrosamente seguía con vida. Le arranqué sus débiles piernas y empecé a arrastrarlo por todas las calles, provocando su muerte por desangramiento con un dolor inmedible y tremendamente lento. Te vengué, querida, ya nada ni nadie podrá evitar que formes junto a tu familia la más brillante de las constelaciones.


    Te quiere, una temprana estrellita fugaz.

viernes, 17 de octubre de 2014

Verdad de doble cara

Dios... Vaya vida llevas, ¿eh? Tanta mierda a cuestas, tantos insultos en tu puta cara y a pesar de la rabia que tienes por conseguirlo, no sirves ni para suicidarte... Si es que manda huevos, chaval. Es que yo no quiero reírme de ti ni nada por el estilo, que quede claro, pero hartarte de pastillas una noche para que luego solo tengas un triste dolor de barriga... Penoso.


A ver, entiendo que la gente se alegre de ver tu cambio tan repentino de actitud y que sepan de que vas a durar más. Pero si no les dices la verdad, únicamente se la ocultas, podrían considerarlo como una mentira, ya sabes. Obviamente no te mirarán igual ni queriendo, no te engañes. Ambos sabemos que te empezarán a cuidar porque por un momento, podrías haber dejado de existir y habrían, incluso, llorado por ti al enterarse de que te has despedido de la vida en silencio.


Ellos no quieren llorar, y con tal de mantenerse en la brillante felicidad, huirán de la fría y oscura muerte. A todos nos gusta en cierto modo el frío, nos hace sentir más cercano a la muerte, ¿la razón? Nos gusta balancearnos en el hilo cuyas puntas Fría y Caliente se fusionan en una misma formando el riesgo. Acabaríamos sin piernas, los músculos desgarrados y la esperanza perdida como si se apellidara Del Castillo. Finalmente, en ese pasillo de hospital abandonado, nos absorbe la mísera oscuridad. Notamos cómo sus garras delgadas y afiladas nos traspasan de espalda a estómago, rompiendo a llorar y gritar por el dolor. Pero es el de la misma estocada o que del mismísimo esfuerzo sobrenatural que has realizado ha sido para nada, para tener el mismo final del que huías un fracaso...


Todo con tal de no llorar, no es por ti, es por ellos. Hay veces en la que te das cuenta que nada es lo que parece, que toda esa gente que hay a tu alrededor es en realidad una fiesta de maniquíes, nada del otro mundo. No es porque sean falsos ni que no mueven un dedo por ti, puede que hayan hecho algo por ti y todo, quién sabe. Pero me vengo a referir a que no tienen memoria: hablan contigo unas semanas para luego no acordarse apenas de ti, saben que existes, pero han olvidado todo lo que sufrieron, rieron o se esforzaron junto a ti porque sí, porque realmente fuiste un entretenimiento para ellos cuando se encontraban solos o aburridos.

¿Merece la pena seguir viviendo a pesar de toda esa gente que aún existe y pudren la sociedad como una manzana en una planta química de fosfoyesos? Tal vez, eso me pondré a ver estos meses, si me descontenta el resultado, podré largarme feliz, ya he terminado mi lista real de deseos, todos mis objetivos cesaron.

jueves, 16 de octubre de 2014

Enseñanza de bichos

       

       Bueno… Pues todo empezó una tarde de Julio, recuerdo que era sábado y hacía una burrada de calor, más que follándose a un cerdo debajo de un plástico (para que así os hagáis una muy sutil idea). Estaba en Sevilla, tumbado en una toalla rosa fucsia, secándome de la piscina y a la vez hablando por el teléfono móvil con una amiga con la que tenía muy buena relación y encuentros bastante divertidos. Me tumbé un rato y veía cómo pasaban una cantidad notable de pequeños seres de todos los colores por la tierra, entre matojos, ramas y demás naturaleza. Todos eran hexápodos, excepto algún u otro arácnido que pasaba por ahí. También podía observar que gran cantidad de ellos transportaban de todo, ya fueran rocas o restos orgánicos, lo cual me indujo a pensar:


       Todos somos pequeños insectos, pongamos un ejemplo bastante conocido, la hormiga. Siempre nos ponemos a trabajar por sobrevivir, ya sea de una manera u otra, pero al fin y al cabo, es para eso. No paramos jamás hasta el momento en el que nuestro cuerpo ha aprovechado toda gota de sudor, cada latido del corazón y toda articulación de nuestro cuerpo. La única pega de todo esto es que en un principio nos parece un trabajo obligatorio y que realmente no nos será necesario en el futuro, vaya. Desde que éramos unos renacuajos, nos obligaron a empezar a mover esa tremenda roca que a nuestro parecer, es imposible de mover. Nuestro primer movimiento contra ella es el básico de todo animal, de todo ser vivo: enfrentarse físicamente a ella, nos abalanzamos hacia ella sin pudor ni impedimento aparente ni visible. Y como no, tras la pedazo de hostia que nos hemos dado con toda la cara, pues nos ponemos a llorar y nos tienen que curar nuestros padres o la gente que estuviera a nuestro cargo. Mientras estamos sentados dejando curar nuestra pequeña y débil cara, el adulto mueve la roca como le sale prácticamente de las narices. Tan fácil para él o ella y tú, que has ido con toda tu fuerza de voluntad y la máxima fuerza que tu cuerpo podía descargar, no la has hecho ni moverse un mísero centímetro.


       Ese momento únicamente tiene dos respuestas posibles: un cabreo del carajo, o quedarte flipando en colores.

       En la primera de ellas, nos enfadaremos de una manera un tanto absurda, no cambiaremos de pensamiento, que el procedimiento para mover ese maldito trozo de ahí (otra vez, a pesar de que ya no nos estorba y podemos proseguir nuestro camino) es el mismo que antes, solo que no usamos la fuerza suficiente, incluso habiéndote roto alguna que otra fibra muscular. Y otras mil veces, nos habremos dañado de una manera burda, hasta que nos rendiremos por cansancio y proseguiremos nuestra ruta hacia delante, resignados por el resultado y no haber obtenido nuestra victoria en el primer enfrentamiento con un problema del “mundo real”.

       En la segunda es todo lo contrario, te quedaras quieto, pensando todo lo posible hasta hallar una solución, así que te pones a recordar cada uno de los movimientos que hizo la persona que nos asistió para poder refrescar las ideas y aclarar aún más el planteamiento a nuestra dificultad (joder, ya parece que hablo como un libro de texto). Total, que finalmente aprendes paso a paso cada una de las técnicas que necesitas llevar a cabo, lo cual te resultará más fácil y prácticamente intuitivo mediante pasa el tiempo.

       La diferencia a todo esto es abismal, claro que sí, es algo que vemos todos, pero lo que muy poca gente nota a primera vista, es que están íntimamente relacionados, algo tan básico como un teléfono móvil antiguo de éstos a los que tenías que sacarles la antena para poder llamar a otra persona con un mínimo de cobertura, y un teléfono de pantalla táctil de última generación. No se parecen en nada, pero ambos sirven para llamar; ya tienen algo en común… Pero a lo que yo quiero llegar no es a las similitudes ni nada de eso, es simplemente que es una evolución.

       Toda evolución lleva un proceso, y en este caso, la podríamos resumir tal que: “Si en la vida te dan más palos que al tambor del Rocío, cógete las ramas y hazte el puto escudo de madera, cacho maholo”. Sí, parece algo basto, rudo, bárbaro incluso, pero es que la vida es tan simple que si no te fijas en el espacio usando la lógica, el palo te llega por el mismo lado y tú sigues centrado en mirar hacia otro lugar. Finalmente, aprendes a usar el oído, la vista y la sensación de equilibrio para poder esquivar perfectamente el golpe que te va a propinar la vida en esa situación determinada. En algún momento de tu vida, llegará el punto en el que el simple roce de una hoja te sea incómodo y apenas puedas moverte, por lo que podrás esquivar menos hostias todavía. El sufrir es cosas de gilipollas que quieren creer que todo cambia por arte de magia, ¡y no es así, joder! Si de repente llegas a tu casa y tu padre nada más verte te pega cuatro hostias no es porque sí, sino porque cree que te has comportado mal (no nos engañemos, te ha pillado esa pedrola de hachís que tenías en el armario guardada). Todos sabemos cuando la hemos liado parda y cuando no. Así que negar la realidad es taparte los ojos.


       Mira que no me gusta repetirme, pero cada vez que escribo y sé que me van a leer, quiero que os quede claro las cosas que son importantes de lo escrito.La vista, el oído y el sentido del equilibrio son primordiales a la hora de no llevarte la mascá, así que no seáis idiotas, no os tapéis los ojos, ni os pongáis las manos en las orejas para no oír la verdad. Todos tenemos miedo a la verdad porque sabemos que no nos agrada, pero también sabemos que es necesaria en todos los casos. Tan fácil de entender como que cada mentira es un naipe, sí, esas cartas guarras que siempre se lleva un amigo para jugar en la playa, las que están comidas por las esquinas. Que eso, que si son simples trozos de cartón y las metas en la vida son castillos, por más cartas que pongas, las paredes son muy blandas, frágiles e inestables. Nada en este mundo acaba oculto para siempre.


       Toda persona sabe que el esfuerzo tiene su recompensa, y que la mejor manera de aprender es practicando mucho, gastar cantidades tremendas de energía para que a la hora de la verdad, no nos cueste apenas trabajo. Por ello la pequeña hormiga es capaz de mover la piedra, pero antes se partió la cara cincuenta veces, se tiró dos horas pensando cómo moverla bien y el compañero se tiró moviéndola otra media hora en forma de muestra. ¿Moraleja de la historia?


       

Que esa piedra no sea de hachís, si no, estás perdido. No entres en tu casa.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Torre desmoronándose


       Es raro, no me pasa desde hace… Unos dos años, por lo menos. Las ganas de vivir, la esperanza resurge, aunque también viene teñida de rabia, dureza, y demás males de una Caja de Pandora que nunca tuvo que ser abierta. No quiero ponerme muy poético, sale solo, vaya. Para que nos entendamos un poco: Que me hayan los cojones me ha provocado volver a sonreír, irónico ¿eh? Pero bueno, ¿qué se le va a hacer? Cuando nos toca, nos toca. Puede parecer que estoy hablando como si no me gustara estar feliz, no os confundáis, a todos nos gusta sonreír sin parar y sin intención de relajar los músculos de la cara. El problema de todo esto es que… Me siento raro, soy un soldado intruso en territorio hostil y rodeado de centinelas por cualquiera de los grados a los que gire mi cabeza. Cada paso que doy en este mundo que es nuevo y a la vez lo recuerdo de una manera milimétricamente. Ese sueño en el que nos adentramos, notamos que esto lo vivimos en un sueño, pensamos que es un deja vu que poca veces se vive, y empiezas maniobrar las leyes de la física por estar en un sueño lúcido. Volver a ser alguien libre, que no quiere preocupaciones, se lo toma todo a su manera, tranquilo, pero sin vaguear.


       Para ser sinceros… Tenía pensado hartarme a pastillas desde hace ya casi un año, esta vida se me hacía aburrida de una manera brutal. Hice una pequeña historia de todas las cosas que hacer antes de morir, para cuando la terminara y la completara, horas después habría quedado un cuerpo sin vida, trajeado, tumbado en la cama, dejando el mundo de una manera bastante peculiar. Estaba todo oscuro, mi móvil nunca recibía un simple mensaje de buenos días, nadie se preocupaba por cómo estaba, ni un simple “Tío, ¿cómo te va?”, nada. Y los días, noches, semanas, meses así. La vida se convirtió en una triste rutina de soledad, una caída en depresión.


       Puedo destacar que ya no me hablaba ni con mi familia a excepción de mi hermano mayor y mi prima del alma, a los cuales estoy tremendamente unidos. Me llamaban “monstruo”, les asustaba, no era yo, dejé de ser humano, mentalmente. Lo cual me llevó a pensar si realmente tenían miedo de que yo cambiara de manera drástica y no encajara en su prototipo de “humanoide”. Ese fue el comienzo de todos mis textos con carácter y una fuerte naturaleza filosófica. Joder, me voy por las ramas. Que eso, me sentía frustradísimo porque ni mi puta familia me aguantaba. Yo no cambiaba ni he cambiado de actitud, vaya. Vivo cabreado con la vida por tanta mierda acumulada en mi espalda a pesar de ya ir en una cuesta demasiado empinada para cualquier tobillo relativamente humano… Empecé a fumar, me relajaba con mundos de chocolate mirando a la chica de ojos color esmeralda. No salía de mi casa de Huelva a excepción de irme patinando al Puente Sin Fin, para liarme en mis ralladuras y respirar profundamente por cada respuesta quemada que recibía en forma de golpe en el pecho…

domingo, 12 de octubre de 2014

12 de Octubre


      Se me ha olvidado por completo el arte de contar cartas con la vista, cosa lógica cuando la triste vida empieza a taparte los ojos con sus frías manos, sin apenas capacidad de reacción. Al final acabé acostumbrándome, pero jamás me he acostumbrado de buena manera. Y eso es lo que me pasa siempre, que soy aquella pieza del puzzle gigante que en nuestra infancia siempre forzábamos a que encajara con una pieza de forma parecida. Apenas me he sentido querido y aceptado realmente una decena de veces a lo largo de diecisiete años, entre las ciudades de Huelva y Sevilla y el pueblo de la sierra; Aracena.


      Hoy ha sido un día para recordar, mejor dicho: mi sueño ha sido para recordar, ha demostrado a la perfección cómo me siento cada vez que me levanto, cada momento en el que pienso si merece la pena derribar el pilar de mis pensamientos e ideales…

 
       Todo empezó en una clase de Filosofía, en la que mi profesor nos explicaba cómo era la vida para él:


       "Bueno, muchos sabrán que estamos vivos. Otros apenas se dan cuenta. Pero todos pensamos en cuál será el resultado cuando nuestro corazón deje de latir y nuestro cerebro no vuelva a funcionar. Como no, nos acojamos de una manera sobrenatural, nuestro estómago se cierra bestialmente, impidiendo que respiremos y nos dispongamos a pensar en otra cosa. Tan fácil como una pared de escalada, pero en este caso, pongámosle que cada piedra saliente, sea un ladrillo, y que justo en frente, a unos diez centímetros, haya un muro de los mismos ladrillos que se desmenuce cada parte que tocas. En nuestro mundo subiríamos con un arnés y una cuerda atada a nosotros que nos mantiene seguros, pero aquí no habrá protecciones y será al revés".


       Como no, yo me puse en lo alto del muro y quise descender de la manera que me enseñó mi profesor. ¿Para qué? Pues supongo que para sentirme vivo, asustado, y a la vez poder ver claro qué soy y dejo de ser. Total, que empecé a tirar ladrillos del muro con los pies mientra me bajaba de saliente en saliente, con las manos y la espalda apoyada en la pared. Llegué a un momento en el que podía sentarme en el propio muro, una especie de zona de descanso. Ahí noté que se tambaleaba demasiado, no se mantenía por sí mismo. No se me ocurrió otra cosa que mirar hacia abajo, allí estaba toda mi clase, mirándome absorta y con miedo, sin saber qué hacer. Entonces, miré hacia mi izquierda, allí había una chica sentada a mi lado, mirando al suelo, que sin girarse me dijo: “Todo en esta vida deja de merecer la pena una vez que sabes que no cambiará el final del libro. Las experiencias que has vivido se esfumarán y nadie las obtendrá, las tendrá en su recuerdo, porque tendrá también un final. Así que dime, ¿por qué no saltar y dejar que todo sufrimiento acabe? Ya has visto morir a demasiada gente y sabes el dolor que eso conlleva, vida solo hay una y nadie es egoísta, cosa ilógica, ¿verdad?”. Callé, sólo volví a bajar la mirada, me incliné un poco hacia delante y solté las manos. Vi cómo caía desde bien alto, unos setenta metros. El aire que pasaba tras de mí cortaba irremediablemente, sin poder frenarme.


       Estaba tranquilo, no gritaba, mi cara no expresaba nada, mi boca cerrada, aguanté la respiración y caí. Lo peor no fue el impacto, lo peor era que estaba vivo, sobreviví al maldito descenso desenfrenado. Todo el mundo vio que no tenía salida en esta vida, que no servía para nada, ni siquiera para acabar con mi puta vida, vacía de sentimientos, calor y buenos recuerdos. Ahora yo era quien daba pena en este mundo y como quise morir, es cuando los demás se acercaban a mí a darme cariño en intentar buscarme una salida que no fuera la muerte. Es que me toca mucho los cojones (daré gracias al destino si no me cargo el teclado con lo fuerte que pulso las teclas): Nunca fui de importancia para nadie y ahora se preocupan, cuando por fin han visto que no quería seguir adelante. Pues no, no lo quiero, y jamás lo quise, todo por compasión y nada por vocación, ¡vergüenza de sociedad! Lo que está claro que cuando me quiera tirar de algún muro o me infle a pastillas, harán lo mismo que en el sueño. Si quiero irme, dejadme, es mi vida, mis pensamientos, mi decisión. Nadie me ha conocido realmente, no creo que sepan nada de mí en realidad, que no se preocupen ahora, vamos. Es la triste realidad: Ahora no puedo ni expresar mis sentimientos en mi blog porque lo lee mi familia y se preocupa, cuando eso, nunca aprendieron nada de mí.


       Cuando me vaya (cosa no muy tardía), me iré feliz, cansado, y sintiéndome realizado. No quiero impedimentos, únicamente comprensión, y si aún así es demasiado; aceptación.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Primer día de clase

      Hoy es el primer día de clase, me encuentro sentado en una silla rodeado de extraños conocidos, gente nueva y a la vez familiar. Un 16 de Septiembre bastante caluroso, está bastante nublado, la verdad. Veía cómo las grisáceas nubes descienden a la vez que se desplazan. Noto cómo nada es igual que antes, no me siento cómodo conmigo mismo ni con el lugar en el que me encuentro. Puede ser que yo haya cambiado de manera brutal. Es posible que el causante de todo ello haya sido este verano tan desastroso, encerrado en casa la mayoría del tiempo, tumbado en mi cama, para ser exactos. Todos dicen que es una depresión causada por las muertes de varios amigos míos. Lo peor no fue la pérdida en sí, sino las razones: suicidios. Da pena ver que grandes personas se echen a perder por unos papeles, unos cartones y varios gramos de droga. Todo me hizo pensar sobre la fugacidad de la vida, la manera en la que se escapa el tiempo sin poder atraparlo, como agua entre los dedos. En cambio, si sufrimos, serían piedras, rocas pesadas, provocando que nos dañemos y cansemos de aguantar todo el peso que conlleva nuestra carga. ¿Hay veces en esta vida en la que podemos dejar caer todo? ¿Y si dañamos a terceras personas? Nunca lo hice, pero puede que ésta sea mi primera vez, y como siempre, temo por más cambios en mi vida, la desesperación de todo lo que creía conocer. Miedo por la desinformación...