Por fin era Mayo, mandaba a tomar por culo todas aquellas horas de estudio tan pesadas como un collar de melones. Día de la graduación, todos mis compañeros trajeados, felices de haber conseguido lo que al principio veían como imposible. Y yo, como no, dando la nota. Iba en chándal, sin apenas peinarme, con cara de dormido, ojos rojos como ríos de sangre desembocados en un lago azabache de forma circular que se dilataba por momentos. Miraba el folio que llevaba en la mano cada dos por tres, tenía que decir un discurso sobre todos mis compañeros, de las experiencias vividas estos dos años y los profesores. Vaya, el chico asocial que no encaja en ningún lado, tiene que comentar cosas de gente que apenas conocía y mucho menos ellos me conocían a mí. Qué cómica es la vida a veces, ¿eh? Total, que me empieza a vibrar el móvil, lo miro sigilosamente y era una ex-novia mía, una vieja amiga de la capital andaluza. Cuelgo para que me salga una llamada perdida, a los pocos segundos me llega un mensaje de la misma persona: “Mis padres y mi hermana han muerto, ayuda”. En ese momento se me paró el corazón, alcé la vista al frente, salí corriendo del Salón de Actos de la escuela, le dí mi discurso a la chica de mi derecha mientras que pedía perdón porque la ida tan inesperada. Cogí el coche y me fui directo a la A-49 para ir a buscarla.
Una vez allí, la recogí en la estación de Plaza de Armas, nada más entró en el coche y se puso el cinturón, estalló, rompió a llorar. Llegamos a mi casa, abrí la puerta y me senté en el sofá, tumbándose ella en mi regazo, sollozando de dolor como nunca había visto hacer a nadie jamás.
- Es que… No sé qué ha pasado. Los forenses dicen que tenían los frenos cortados, como si alguien hubiese querido matarles. Pero es que eran unos cachos de pan, no creo que nadie quisiese matarles, joder -agarró muy fuerte mi camiseta con su mano, cerrándola en forma de puño-.
- Entiendo que a veces se vayan de la lengua y tal, pero eso no son razones para asesinar a nadie, ¿verdad? Lo peor de todo es que podrían haber ido a por mí, han fallado y ha sido mi puta familia, es que no lo entiendo, de veras.
- Tranquilízate, chiquilla. Lo primero de todo es que no tienes la culpa de nada, eso tenlo en mente siempre, ¿vale?
- Pero es que no, yo soy la única culpable de esto, joder… Que nunca hago nada bien, además, ellos iban a la playa, a pasar el fin de semana. Si les hubiera dicho de quedarnos en casa, no habrían cogido el coche y seguirían vivos ahora mismo, por favor, mátame.
En ese momento, fui a la cocina, miré en el cajón de las medicinas, cogí un tranquilizante en polvo, un vaso de cristal con agua, y le hice tomárselo. Al cabo de unos diez minutos, acabó rendida en el sofá. La cogí en brazos como si fuera una niña pequeña y la llevé a mi cama de matrimonio, la arropé y dejé que descansara. Yo me dispuse a liar un pequeño cigarro de la risa desmenuzando un pequeño cogollo de Pineapple-lemon. Estaba sentado en una butaca cuando me puse a pensar que no era la primera vez que ella estaba ahí, tumbada en mi cama. De una manera u otra, era eso, una parte de mi vida que ya he vivido. La diferencia en que yo rompía la pared con la cama y ella mi espalda con sus uñas, cuando ahora lo que está realmente roto es su corazón y todos sus recuerdos. Cogí el liado de color verde, miré al suelo de la calle y lo tiré como si golpeara con mi dedo intermedio una canica en una partida de capturas. La fugacidad de la vida es tan inesperada, como frágil es el cristal de bohemia ante un martillo de carpintería. Yo no sabría qué hacer en su lugar, entre que la mitad de mi familia me odia, la gente que dice ser “amiga mía” y que nunca fui relevante para nadie, me hubiera dignado a sacar todo el dinero de los bancos que hubiera recibido de herencia, una maleta con ropa, una mochila y me habría largado a otro país donde nadie me conociera, a conocer mundo, empezar de nuevo. En cambio, ella solo piensa en irse. En un aspecto es como yo, también cree que las estrellas que brillan en el cielo, son almas que se fueron para no volver, conocidos con los que vivimos, que nos miran desde allá arriba. No sé, el mero hecho de que se quiera convertir en una estrella, que espero que sea brillante, me aterroriza, muchísimo. Decidido, no la dejaré sola, jamás.
Al día siguiente, cuando le desperté con un desayuno espectacular en la cama: una jarra llena de zumo de naranja y uva, varias tostadas con mantequilla, un yogur con jalea de frambuesa, y una servilleta con una sonrisa dibujada en ella. Veía perfectamente que ella sonreía con todas sus ganas, pero tenía unos ojos tristes, vacíos, oscuros. Me recordaba muchísimo a Robin Williams, eran miradas idénticas. Además, también era una persona muy cómica, alguien que alegraba a todo el mundo, pero ahora no puede seguir los consejos que siempre daba, acertados hasta el más pequeño de los detalles, se ve incapaz, sin fuerzas, sin esperanza. Dejé que se duchara tranquila, al mismo tiempo me dispuse a barrer un poco la casa, ya que llevaba varias semanas sin habitarla, había bastante polvo por los pasillos y las habitaciones. Me vestí y cuando ella también pudo, nos dispusimos a ir al supermercado a comprar comida para subsistir. Entonces, cuando teníamos el carro a medio llenar, me lancé.
- ¿Y qué te parecería la idea de venirte conmigo a vivir? No sé, tú y yo siempre nos hemos llevado de puta madre y no creo que haya problemas. Además, yo tengo que venir aquí a vivir en un par de meses por la universidad, así que podría adelantar esa fecha a ahora para que así no tengas ningún problema. Vamos a medias con los gastos y listo.
- ¿Lo dices en serio? Es que no sé, sabes que no quiero molestar nunca, y todas las cosas que tengo en mi casa… ¿Qué haría con ellas?
- Nada, ya la casa está pagada, ¿no? Cortas el suministro de agua, luz, gas y demás, para así no tener que pagar más.
Tras una larga discusión, conseguí que aceptara, aunque con ciertas condiciones bastante raras a mi parecer como por ejemplo el que no se folla intenta follar con la otra persona, somos únicamente amigos y ya tuvimos nuestra época. Pero bueno, lo importante es que ya llegamos al acuerdo en el que ella se viene a vivir a casa. La verdad es que se asemejó bastante bien, fui con ella a recoger ciertas cosas de su casa que necesitaba, cambió su dirección a la mía y además, le pillaba más cerca que su anterior hogar para el centro de estudios y los lugares de ocio a los que solía ir. Casi todo ventajas, vaya. Un sábado por la tarde, como otro cualquiera, nos fuimos a las canchas de basket que había debajo de casa para echarnos un partido con unos viejos colegas de mi barrio, de mi clase para ser exactos. En el descanso, que fuimos a la fuente a beber agua, ella miró a las ventanas de casa y se quedó petrificada. Cayó de rodillas llorando a más no poder sin dejar de mirar en la misma dirección. Fui corriendo como alma que lleva el diablo, le levanté y me indicó con el dedo el ventano del salón, se podía ver a una persona con una máscara blanca con sangre que había pintado el cristal de blanco y con algo sobrepuso los nombres de los padres y la hermana de ella.
No sabría explicar como lo hice pero acabé en menos de un minuto en la puerta de casa, que estaba abierta, y cerré rápido con llave para que ese alguien no pudiera salir. Cogí el bate de béisbol e indagué por toda la casa, había escapado. Ni puta idea de quién era, bueno, sí, era el asesino de su familia. Llamé rápidamente a la policía y les explicamos todo lo sucedido. Nos pusieron vigilancia veinticuatro horas del día, por seguridad. Al día siguiente, llegué a casa de estudiar en la biblioteca, fui a entrar en el dormitorio donde estaba ella normalmente. Y podía escuchar una voz de forma muy vaga, apenas entendía todas las frases:
- No puedes… Sabes que todo es culpa tu… Que no puedes huir… Debes destruirte y no dañar… Cógela, úsala, ¡ya!
Corrí desde la otra punta del pasillo, tiré la puerta abajo y nada más miré hacia la cama, estaba ella, de rodillas con un puñal cogido con las dos manos, atravesándose mil y una veces el abdomen hasta caer rendida, inerte, encima del colchón. La ventana estaba abierta y veía como la persona de la máscara de ayer huía sin cesar, surcando hasta por encima de los coches que pasaban por la carretera. Fui directo al camastro, pero era imposible, solo pude escuchar sus últimas palabras antes de morir.
- Es “Toni”...
Como no, ya había escuchado hablar de ese puto espécimen de mierda. Alguien tan miserable que ni el mismo Hitler o Stalin serían capaces de ponerse a su altura. Tenía tanta maldad dentro que si pasaba por un campo de flores, hasta la rosa más bella y fuerte se convertiría en cenizas. Alguien cuya alma rechazó el diablo por miedo a contagiarse y envenenar al resto del infierno.
Cerré los ojos un momento, y en cuanto los abrí tenía cogido por los pelos al ex-novio de ella. Giré la cabeza hacia atrás y había un camino de sangre en pleno centro de la ciudad que llegaba hasta el cuerpo que sujetaba. La gente miraba desconcertante, petrificada. Al parecer, cogí a ese hombre en el aeropuerto, lo llevé a la catedral, desde allí lo tiré al suelo, estampándose contra el cemento. Bajé, lo cogí de la cabeza, milagrosamente seguía con vida. Le arranqué sus débiles piernas y empecé a arrastrarlo por todas las calles, provocando su muerte por desangramiento con un dolor inmedible y tremendamente lento. Te vengué, querida, ya nada ni nadie podrá evitar que formes junto a tu familia la más brillante de las constelaciones.
Te quiere, una temprana estrellita fugaz.