Andaba lentamente posando los pies en el borde de un banco de madera y mis brazos los extendía para mantener el equilibrio a más no poder. Mis piernas se sobrecargaron con el esfuerzo que suponía imponerse a la tempestad del viento de tormenta en esta fría playa de Punta Umbría. Mis zapatos de cuero rezumaban agua por el simple hecho de tocar una zona firme. Mi capucha me cubría la boca y el pelo, junto con una enorme tela blanca y azul que daba vueltas alrededor de mi tronco y mis brazos que terminaba en mi hombro derecho dejando una capa rota para mi espalda. Era mirar hacia los lados y nada cambiaba. El mar revuelto como si estuviera declarándole la guerra a la tierra firme. El azul oscuro casi negro del que se tenía daba miedo, apenas dejaba cavidad al blanco de la espuma marina mientras rompían sus olas en la orilla. Estaba seguro de que si me adentrase en ese espacio, pronto dejaría de percibir latidos en el interior de mi pecho. Por otra parte, la derecha; para ser más exactos. Tenía dunas repletas de zarzas y barrones, todas las plantas eran zarandeadas por la enorme fuerza del viento, el ruido que creaban era inmenso, se me metía en los oídos y no me dejaba ni siquiera pensar. La arena se volvía más blanquecina por la ausencia de luz en todo el panorama, tal falta que mi piel se resentía y temblaba causa del frío. Era alzar la vista al frente y sin duda alguna, era la primera vez en la que un dios en la Tierra se sentía asustado por la magnitud y fiereza que mueve a los elementos de la naturaleza. El cielo gris tenebroso que provocaba una lluvia atroz y fría como la piedad del viento hacia las arboladas que arrancaba de cuajo sin dejar una rama por el suelo. El sendero de arena parecía no tener fin, pero mirando hacia lo más lejano, veía cómo una inmensa bola de fuego estaba destruyendo por completo la ciudad vecina. Cayó un rayo justo en frente de mí, dejando un hueco en la arena convirtiendo la superficie en carbón.
Tras ese sorprendente movimiento de Gaia, el viento cambió su dirección para traspasar toda mis hombros para dirigirse a aquel infierno rojo en el que se había convertido el conjunto de casas y edificios. La fogata dejó de ser una pequeña mota en el horizonte para alzarse al cielo mientras giraba sobre sí misma, un tornado se había creado de la nada. Crecía por momentos y las nubes tomaban un color anaranjado que transmitían la rabia y el rencor guardado por la madre de todo ser vivo durante millones de años.
Me bajé del escalón para poder caer sobre la arena. Caminé directo hacia la fuente de luz y calor. Pude llegar tras unos arduos veinte minutos, mis pies apenas pueden ser levantados de la arena mojada que se convertía en un peso imposible de arrastrar para mis entumecidas piernas. Me quito la capucha y dentro del mismísimo tornado, en el ojo de aquel terrible huracán, ahí estaba Hades con sus secuaces, liberados del Inframundo por la curiosidad de un humano.