jueves, 24 de diciembre de 2015

Tempestad de Gaia



Andaba lentamente posando los pies en el borde de un banco de madera y mis brazos los extendía para mantener el equilibrio a más no poder. Mis piernas se sobrecargaron con el esfuerzo que suponía imponerse a la tempestad del viento de tormenta en esta fría playa de Punta Umbría. Mis zapatos de cuero rezumaban agua por el simple hecho de tocar una zona firme. Mi capucha me cubría la boca y el pelo, junto con una enorme tela blanca y azul que daba vueltas alrededor de mi tronco y mis brazos que terminaba en mi hombro derecho dejando una capa rota para mi espalda. Era mirar hacia los lados y nada cambiaba. El mar revuelto como si estuviera declarándole la guerra a la tierra firme.  El azul oscuro casi negro del que se tenía daba miedo, apenas dejaba cavidad al blanco de la espuma marina mientras rompían sus olas en la orilla. Estaba seguro de que si me adentrase en ese espacio, pronto dejaría de percibir latidos en el interior de mi pecho. Por otra parte, la derecha; para ser más exactos. Tenía dunas repletas de zarzas y barrones, todas las plantas eran zarandeadas por la enorme fuerza del viento, el ruido que creaban era inmenso, se me metía en los oídos y no me dejaba ni siquiera pensar. La arena se volvía más blanquecina por la ausencia de luz en todo el panorama, tal falta que mi piel se resentía y temblaba causa del frío. Era alzar la vista al frente y sin duda alguna, era la primera vez en la que un dios en la Tierra se sentía asustado por la magnitud y fiereza que mueve a los elementos de la naturaleza. El cielo gris tenebroso que provocaba una lluvia atroz y fría como la piedad del viento hacia las arboladas que arrancaba de cuajo sin dejar una rama por el suelo. El sendero de arena parecía no tener fin, pero mirando hacia lo más lejano, veía cómo una inmensa bola de fuego estaba destruyendo por completo la ciudad vecina. Cayó un rayo justo en frente de mí, dejando un hueco en la arena convirtiendo la superficie en carbón.


Tras ese sorprendente movimiento de Gaia, el viento cambió su dirección para traspasar toda mis hombros para dirigirse a aquel infierno rojo en el que se había convertido el conjunto de casas y edificios. La fogata dejó de ser una pequeña mota en el horizonte para alzarse al cielo mientras giraba sobre sí misma, un tornado se había creado de la nada. Crecía por momentos y las nubes tomaban un color anaranjado que transmitían la rabia y el rencor guardado por la madre de todo ser vivo durante millones de años.

Me bajé del escalón para poder caer sobre la arena. Caminé directo hacia la fuente de luz y calor. Pude llegar tras unos arduos veinte minutos, mis pies apenas pueden ser levantados de la arena mojada que se convertía en un peso imposible de arrastrar para mis entumecidas piernas. Me quito la capucha y dentro del mismísimo tornado, en el ojo de aquel terrible huracán, ahí estaba Hades con sus secuaces, liberados del Inframundo por la curiosidad de un humano.


viernes, 18 de diciembre de 2015

Esfuerzos y resignaciones

La gente normal y corriente quiere conocer a personas para así ampliar su entorno y sus conocimientos. Pero lo que realmente ven en ellas, de una manera u otra, es un foco por el cual desfogarse alguna vez a lo largo de su vida. Aunque, lo que se necesita en realidad es una pequeña fuga constante dentro de nuestro cuerpo. Ya que de lo contrario, la máquina con sentimientos que llevamos dentro explotará sin mediar palabra y sin preocuparse de lo más mínimo de los efectos colaterales hacia el medio en el que vivas. Todo se vuelve oscuro, frío y doloroso; pero al mismo tiempo, es un calor que se siente por dentro a causa del furor y toda la pasión por el esfuerzo vano que recorre tu piel a la vez de la mente de uno mismo. ¿Pero por qué nos provoca el mundo dolor, angustia y cólera? Pues por el simple hecho de que los planes no salgan como los teníamos pensados: en nuestro verdadero beneficio; que nada ni nadie acabe de acuerdo con nosotros.


Nuestro camino acaba resultando un cúmulo de palos que nos caen. A veces pensamos que nos caen todos de golpe durante un corto periodo de tiempo. Pero en realidad es que al tener una herida abierta en nuestra caja de las emociones cualquier brisa resulta dañina. Sin ni siquiera pararnos a meditar sobre las reacciones de todas las acciones <<por ver que no hay espacio disponible entre la sanación y el descanso>>, tomamos como primera rienda la más sencilla y tal vez, la más ilógica de este universo: 'El mundo me odia y se ha puesto en mi contra'. Empiezas a percibir la pesadez dentro de ti mismo, dejas de respirar correctamente, tus pulmones se llenan con más dificultades y sus paredes se vuelven más gruesas. El propio andar acaba por ser una tarea tan dura como si unas rocas estuvieran atadas a los tobillos, dejando como movimiento final el no sacar las manos cansadas de los bolsillos. No tomamos decisiones que pueden ser vitales a lo largo de lo que sería nuestra vida, pero por no cambiar de plan; el azar y la poca toma de importancia del mundo se vuelven los factores principales del día a día.


¿Todo esto a qué nos conduce? Pues a un sendero vacío, ordinario, aburrido, sin nuevas experiencias, y mucho menos, sin detalles que nos muestren un afán de seguir verdaderamente vivos. Lo que viene siendo una bolsa llena de mediocridad espiritual la cual tendrá un pequeño hilo de esperanza cuando quiera cambiar las cosas a mejor pero será acompañada de un fuerte sentimiento de impotencia moral a causa de todos los derroches personales que hemos tenido a lo largo de los años. ¿Pero qué se ganaba con aquellas pérdidas? Simple placer físico, tan efímero como inútil.


Si nos resignamos por todo lo que nos salga mal, será el futuro mismo el que se destruya, mostrando la ausencia de ayudas. Lucha por lo que quieras de verdad, sé claro, firme y constante a la vez de flexible, ágil y misterioso.  


jueves, 17 de diciembre de 2015

Ángeles de Nunca Jamás


El sol brillaba con más fuerza que nunca, él mismo sabía que sus días estaban contados y hoy se le estaba agotando el tiempo; que en un par de minutos, sus rayos dejarían de irradiar en mis ojos. Yo, aquí sentado en el borde de un edificio de más de diez plantas, pienso en el sentido y fugacidad que tiene la vida hoy en día mientras mis piernas son balanceadas libremente con la brisa del viento. A mi izquierda, apoyados en la barandilla en la que reposa mi cuerpo, están mis hermanos Alejandro y Daniel; junto con mi gran prima Eva. Mientras que a mi derecha tengo a unos pequeños, y a la vez enormes cantautores españoles como son Toni y Refu; también acompañados por Clara, una reciente conocida. Al percibir la presencia de todos estos personajes ya presentados, miro al abismo que supone el mar a la vez que mi vista se centra en la orilla que provoca la rotura de todas y cada una de las olas. Hago fuerza con mis brazos en este agarradero, la planta de mis pies se apoya en la pared de este gran bloque de hormigón y salto sin pensármelo dos veces. Extiendo mis brazos lentamente, junto las piernas a la vez que mis párpados caen de manera tenue y suave; empecé a desviar la dirección. Vuelo.



Todos mis acompañantes rezuman paz, armonía, sabiduría, gratitud, comprensión, amor y actitud de superación. Mientras vuelo como si del pequeño personaje de James Matthew Barrie se tratara. ¿Pero qué pasaría si en lugar de variar esa vertiginosa caída fuera directo al suelo que me espera ansioso por ver quién golpea más fuerte? Pues eso mismo, que las cadenas de diamantes que me unen a mis verdaderos ángeles de la guarda, se partirían. Por muy valiosas y difíciles de mantener que fueran. Que a pesar de tanto intento y engaño de uno mismo con el resto, solo importas tú. No se nos debe ocurrir el permanecer en el mundo por los demás. Vida hay una, aprovechémosla al máximo. Pero si en lugar de estar sentados en la torre, ésta está en llamas o derruida; lánzate antes de que te gane ella misma.



Pero si hay algo verdaderamente importante en estos seres humanos, y su vez alados, que nos resguardan a sus respectivas veras; es que a través de ellos hemos vivido multitud de experiencias capaces de hacernos valorar, percibir, y resolver los problemas de nuestro día a día. Que la vida son escalones que superamos con más o menos agilidad, velocidad y continuidad. Todo lo que nos propongamos y nos encontremos, debemos superarlo siempre recordando que si nos tiramos, debemos volar y volar; hasta llegar a nuestro país de Nunca Jamás.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Barco y puertos de alta mar.

En verano le robé un beso a Teresa en un banco, aprendí a calmarme con Laura, y se me olvidó lo aprendido con Nerea; supe encandilar gracias a Alicia. También conseguía valentía gracias a Rocío, jugué a los desamores con Marta para que así apareciera Sara. Fui un mono de feria junto a Rosa María, por ello, me hacían fotos, siendo Refu la cámara. Me desesperaba por un guiño de ojo, como aquellos que Cristina me dejaba al salir de la cama. Me reí por el instituto de la mano de Isabel, sin saber que a mi lado realmente quería estar otra chica, Nereida. Bajaba los escalones y de refilón me encontraba con Naiara; ella misma me advirtió del peligro; del choque de caderas de Melody. Cuando solo podía pensar en la vecina rubia de ojos azules, Noelia.


Tras un tiempo probé a querer a Navitidad, siendo inútil; la seductora y ardiente Carmen me esperaba con los brazos abiertos. Le enseñé el mundo a Andrea, para que así su tocaya supiera resguardarse del frío en las hogueras de San Juan. Tania me desveló la obra de teatro que la carne guarda para todo ser humano, aunque Julia le prendiera fuego para así hacer juego con su pelo. Luego los feriantes me engañaron para participar en el juego de la silla; junto con la compañía de Rocío, Almudena, María y Beatriz. Alicia Martín lloraba sin cesar por no saber que la niña con los ojos de cristal Nieves se iba a llamar. Al cabo de tres juegos, una simple Taniidad vino para una más sumar. Con Almudena quise jugar a ver quién recaía con más facilidad. Lucía fue un simple juego de azar, pero con la seguridad de saber ganar. Paola jamás erraría como yo en aquella escalera de una escuela abandonada. Para desahogarme en un parque como uno de los besos de Lydia. Siempre se tiene brevedad con Sara y catástrofe con Desiré.


Corazones rotos como los de Alba seguro que hubo pocos, ¿aprenderé a besar como Raquel sin amar ni querer? Desolado y estupefacto, el amor primero ha abarcado 21 días junto a mil y una noches, las historias de Natalia jamás serán derroche. Aunque todo tiene su parte oscura, como May y sus paseos entre sótanos sin ojos ateos. Pasatiempos, crucigramas, besos de Cristina por las ramas; sin acabar mal sin beber, como aquel beso de Elisabeth. Gente que desaparece de mi mente como Noelia y no sabía, ni cómo ni porqué, mis sábanas olían a Rosalía. Pero poco a poco Marta José puedo volverme cuerdo, aunque Ángela tardó poco en no verlo; a través de Paula yo me oculté. No fuera a ser que Rocía nos fuera a ver. Aurora boreal fue la creación de raíles, de Cristal. Luego vino María José por dos tragos sin beber, cayéndome Lucía por falta de Esperanza. Me sorprendió la fugacidad y pasión de Estela antes de que en dos nos partiésemos Eva yo. Noches extrañas junto a Inés y la luna como semicírculo hasta que llegaran a mi espalda las uñas de Saray.


Para reponer fuerzas intercalé con Sara y Sandra mientras enseñaba francés a Lauri por madrugadas y albas. Nada de Cristina supe hasta que perdí la mano de Noelia, por el simple hecho de cabrear al padre de María. No me conocía la madre de Sandra, y eso que los rumores por Rocío y Julia son devastadores. ¿Lucía o Lucifer? Mientras no se comportara como Alicia no me iba a entristecer. Marta León fue la chica de las galletas y Elena mi caja de Pandora. Con Marina fue un romance por las aulas que sin saberlo finalizó con los acordes de la guitarra de Albiz. Me desfogué y apasioné con Lucera Stinson para no desgarrar mis secretos en el mirador de Sonia. Tras la vida de color de Rosa, conseguí dar nombre y razón a la estabilidad con la cuna de Copi, un recuerdo nada fugaz. Malas etnias las de Sabah por mi piel, su tonalidad. Sin contar con lo oscura que fueron las curvas de Trinidad. Nuevos pétalos, Rosa María, sépalos por decorar. Sara fue mi agua de Valencia mientras que Berta supo ser una verdadera amante. Jugando entre parques con las manos de Katelina sin saber que desembocaría en el cuello de Alejandra y un tren de biblioteca. Con Adela nada era negro, veía con pestañas albinas. Para resquebrajar la inocencia de Sheila solo fue cuestión de acertijos y esperar. Noita, sin querer su nombre olvidé tras una buena tarde de juegos por doquier. Me sabe a Gloria bailar toda una noche y plasmarlo con seda y traje para fijarme en los ojos que Eva tenía.


La locura la compartiré siempre con María, un balón e instinto carnal. Por Isla Cristalina una tal María perdí sin saber que con Elena no me debía de rendir, aunque por bendición o desgracia, en el Miraflores con Clara caí. Andrea subo buscar mi laberinto perdido y saber llegar al fondo del cofre del cariño. Luego llegó la despedida de Alejandra, ineficaz, para poco recordar. En el pueblo de Juan Ramón dejé huella en María, para viajar hasta Chile y seguirle la pista a Sandra. Luego apareció Verónica, para dejarme sin explicaciones ni excusas por aparación. Rocco fue de todo, menos malo; puede que extrañísima combinación. María Jesús dejó todo por los suelos, sin saberlo, pasó al odio; olvidó el anhelo.

Soy una gran cantidad de acciones, no sé, extraño, ¿verdad? Feliz, entretenido y de experiencias vivirás. Sé un barco de vela a la deriva, sabrás dónde navegar, que con todo esto, aprenderás.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Sensaciones por un árbol

No sé ni cómo explicarlo. La palabras exactas serían: seguridad, armonía y adicción. Pero… ¿De qué hablo? Pues de qué va a ser si no es de la sensación que te produce tener a una persona a tu lado de manera incondicional respecto al entorno que os rodea. Acabas con el estómago lleno a los tres segundos de empezar a pensar en su forma de hablar, en las experiencias pasadas que habéis pasado juntos y en las múltiples invenciones que pasan por tu mente con las que crear otras nuevas. Lo más gracioso e irremediable de todo esto es que pasa de manera improvisada. Nadie, ni aquel chico tan idiota y duro que ves por la calle, es capaz de frenar ni prevenir estas acciones. Otra de las principales dudas que se me vienen a la cabeza es en qué se basa todo esto. Primeramente pensé que se trataba de un simple trueque medido de favores que producían placer ajeno.


Al paso del tiempo, las mesuras de estas acciones dejaban de cobrar sentido alguno. Y eso que ni ella misma cubría tus necesidades iniciales que tú mismo creaste para ser feliz sin sentimentalismos. Los principales efectos que surgen en ti a raíz de la aparición y de la formación de una especie de dueto o pareja con la cual se enlazan emociones además de simples fluidos. El principal efecto se basa en un cambio de perspectiva moral: del individualismo al pensamiento sobre la comuna. Es decir, miramos por el bien y la salvaguardancia de la persona de nuestro lado. Muchos suelen errar con la típica frase ‘tener pareja te hace ser mejor persona’, ya que no es esa la transformación. Simplemente intentas que, mediante acciones externas a tu entorno, ayudar a reinsertar el de tu media naranja. Todo esto proviene del simple hecho de que es muy complejo encontrar un punto o situación en el que te sea indiferente el estado de este acompañante que tienes en el sendero de la vida en dicho momento. Sería algo “inhumano”, por decirlo de alguna manera. Ya que en cierto aspecto, su entorno pasa de estar en un segundo plano, a un simple estado de importancia. Llevándote a percatarte de muchos más aspectos diferentes, aunque sea un esfuerzo algo costoso, acabas decidiendo tomar ese camino por el hecho de que te beneficia a ti, y a ella/él. Mejorando por ti mismo las percepciones de las delicadas y frágiles ramas que constituyen el árbol que dos pequeñas personas decidieron plantar, germinar, para finalmente; hacer crecer.


viernes, 16 de octubre de 2015

Anillos de papel


Aquí, sentado en este banco de madera, me duele aunque a la vez me reconforta el mirar mi mano izquierda. En mi dedo anular tiene colocado un trozo de papel enrollado y desgastado que a través de un pequeño agujero se queda en forma de anillo. Ni siquiera me aprieta o incomoda a pesar de separarlo notablemente del resto de mis extremos. Pero es mi gran amuleto, mi puerta al pasado. Recuerdo como si fuera ayer aquella excursión a la playa de Matalascañas en quinto de Primaria. Estábamos sentados en lo alto de la torre hundida en la orilla hablando sobre por qué los mayores se peleaban con sus parejas, cuando se casaban para no dejarla nunca, ante nada, sabiéndose perdonar el uno al otro cada error cometido. Fue entonces cuando escuché las palabras que marcarían mi vida para el resto de mis días: “Pues Landom, cuando seamos grandes, quiero casarme contigo. Así nunca pasaremos un mal rato, porque somos amigos y no dejaremos que nadie nos haga daño. Por las mañanas cocinaremos juntos, por las noches tocaremos el piano mientras cantamos todas y cada una de las canciones que se nos ocurran. Seguro que todos nos envidiarán. Es un plan perfecto”. Tampoco sería capaz de borrar de mi mente aquel beso tan intenso que me dió en la mejilla con sus suaves y delicados labios mientras acariciaba mi mejilla con su brazo al haberme rodeado por el cuello con él. Tras ello, saqué de mi mochila una cámara muy antigua, podía incluso sacar fotos al instante por una rendija que tenía en la zona inferior. Total, que decidí hacernos una sacando las lenguas, y al revelarse el fotograma unos pocos segundos después, vimos que salíamos horrorosos, así que la rompimos en dos. Pero en lugar de tirar aquellos trozos, sin mediar palabra alguna, nos leímos sendas mentes; los enrollamos y los convertimos en nuestras alianzas.



Éste es mi recuerdo favorito sin diferencia alguna con el resto. En mi otra palma tengo el arete que me complementa, me lo ha dado la madre de Cristal, la mujer más amable del mundo. Al parecer se lo quitaron durante el vestimiento, no querían que se estropeara o se rompiera ya que al ser tan antiguo; es frágil. El cura termina de dar el típico sermón hacia las personas que se van de esta vida mientras que él no las conoce de nada. Nos cede el turno para despedirnos individualmente del gran alma que aguardaba esa bella persona. Cuando llego al altar, la veo. Su precioso cabello dorado que es tan largo y brillante como la cola de una estrella fugaz, que se ha ido igual de rápido, casi sin pestañear. Sus ojos han sido cubiertos por sus párpados pálidos como una gran ausencia de sol, así por todo su cuerpo. Cojo su mano, fría y tersa como el hielo, levanto su delicado anular para poder colocarle su alianza, con la que descansará para siempre. Con la que tendrá una casa en el cielo, esperándome a que yo llegue para poder vivir juntos. Finalmente beso su noble frente, luego le doy un abrazo a su madre para luego agachar mi cabeza. Salgo por el pasillo lateral derecho de la iglesia sin alzar la vista, me pongo mi gabardina negra de piel del perchero y salgo para así cubrirme del viento helado junto a la nieve que cae sin cesar esta triste y oscura mañana de Enero. Le doy un par de monedas al mendigo que está en la puerta con un gorro de lana como recipiente para que allí dejaran sus limosnas. De camino a mi casa, solo escucho cómo mis pies pisan la nieve acumulada en las aceras y ésta crujía por ser reducida a una suelta de bota de campo. Mi cuerpo ha llegado al punto en el que sigue solo hacia delante, mi mente se va a otro lugar. Solo puedo plasmar en mi imaginación todos y cada uno de los recuerdos que he pasado junto a mi mejor amiga, junto a la que iba a ser mi eterna compañera. En lugar de llegar a mi casa, me encuentro en la puerta de su casa. La reconozco a simple vista, pero la asocio con una familia cualquiera, como si de un mundo paralelo se tratara. Todo es ilógico, no quiero sufrir más de una manera tan estúpida. Me doy media vuelta y reanudo la marcha hacia el que era mi hogar.

Una vez dentro, sacudo mi abrigo repleto de nieve, lo cuelgo detrás de la puerta del pasillo y miro al frente. Todo a mi alrededor tiene un tono muy oscuro, además, las distancias no son las mismas. Parece que este corredero se ha alargado, cualquier objeto se encuentra más distante de mí. Se vuelve una misión imposible el reconocer el mundo estando solo. Siempre supe que llegar a mi casa cuando no estaban mis padres era distinto, la sensación de vacío es constante, pero hasta este momento no me he dado cuenta de una manera tan significativa. Me quito los borceguíes, para posteriormente deshacerme de los calcetines, ya que están empapados, no quiero que mis pies pasen más tiempo esta tortura. Entro directo en mi salón, solo hay un par de sofás de cuero marrón, una mesa rectangular de hierro y cristal junto a un piano de cola negro que se encuentra en una de las esquinas. Me siento un pequeño banco situado a escasos centímetros del gran instrumento para así disponerme a tocar. Pasan diez horas eternas de tristes melodías en las que cada nota me recordaba lo lejos que había llegado. Desde mis once años estuve tocando día y noche. Quería mejorar tanto que nadie me pusiese alcanzar. Mi tiempo para dormir disminuía mientras aumentaba mi tiempo de enseñanza. Solo tenía una motivación, ella. El imaginarme vestido de traje y chaqueta en un lujoso restaurante mientras tocaba una canción compuesta por mí mismo en la que le pidiera matrimonio. No había ni un solo día de mi vida con el que no me levantara gracias a ello. Si algo quería en la vida era ser el marido de Cristal, la chica más dulce del mundo con el hombre más feliz de la historia. Esta mañana es muy diferente al resto, ahora las notas musicales las escucho muy cerradas. Como si yo mismo estuviera quedándome sordo, que todo sonido que entra por mis orejas, rebota para apenas apreciarla. Mis dedos fluían como un río con lluvia torrencial, el nivel alcanzado era insuperable, la pasión inigualable y el dolor inaguantable. El himno de la alegría lo convertí en mi adaggio de cuerdas número once, como si del mismísimo Samuel Barber se tratara. Desde que toqué la primera nota del día, la ventisca cesó para dar paso a la lluvia. La luz saltó y desde entonces, estoy sin luz. Horas y horas al ritmo de unas cuerdas pulsadas y miles de gotas suicidas impactando sobre el cristal de la ventana. Los truenos crean unos estruendosos coros, para dejar sin aliento a cualquier alma que se acercara.

Mis dedos ya no aguantan más, mis ojos son incapaces de cerrar los párpados sin que me rasguen los ojos de los secos que estaban. Lo que he llorado en este periodo de tiempo daría para crear nuevos mares, para ahogarme en ellos si fuera necesario. Decido levantarme, subo las escaleras hacia la segunda planta de mi casa, me miro en el espejo del segundo pasillo y presencio cómo mi cuerpo se descompone por sí solo. Mis brazos caen, la cadera se rompe, los oídos quedan sordos, mis labios se resquebrajan y mi nariz se abre en dos. Ya no soy el mismo, hasta mi propia mente me juega malas pasadas, pero una pequeña mota de serenidad permanece dentro; me mantiene vivo. Llego a mi habitación, saco de mi último estante un álbum de fotos verde con esquinas reforzadas con placas de bronce. Lo abro y solo me encuentro fotografías con ella, todas y cada una de las que tengo ahí, fueron realizadas con la vieja cámara que me acompaña desde el principio de nuestros días. Paso hasta la última página, en ella hay una fotografía en negro que resalta por estar abultada, la saco de su compartimento y despego de detrás de ella, una fina caja forrada con terciopelo azul oscuro. La abro, dentro de ella tenía un anillo de oro, un anillo de pedida. Una pequeña lágrima cae sobre él, lo guardo en mi bolsillo derecho y salgo a la calle. Ha escampado, el cielo sigue cubierto por las nubes, pero tornaron a un color gris cada vez más tenebroso. La humedad que se respira en el ambiente llegaba a ser nociva, ni inhalar aire me dejaba, toso. Llego andando hasta el cementerio del pueblo, se ha hecho de noche y la temperatura baja aún más, el vaho que sale de mi boca proporcionaba calor a mi nariz ya congelada. Me salté la valla que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Puedo llegar, con cierta orientación, a la fosa donde se encontraba el ataúd de la gran viajera, de mi caminante de raíles. Aún no está sellada, pero sí ha sido sepultada con una gruesa capa de tierra. Empieza a llover a cántaros, mi ropa y mi pelo quedaron empapados en cuestión de segundos. Mi armella de papel también salió perjudicada, se aflojó y terminó despegándose de mi dedo. Cae al suelo, ni me inmuto. Finalmente, saco de mi bolsillo el tesoro de toda mujer, su eslabón final a la vida. Lo dejo caer dentro de la fosa, río levemente y me digo a mí mismo, mientras me tiro dentro: “Mejor tarde que nunca”.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Todo entre nada

Todo esto se volvió dolor
y en un segundo, nostalgia
cambió el mundo de color,
rara y susodicha magia.
Extraños sonidos de tambor
que mi mente tanto plagia
para sentir extraño calor
que a mi caído cuerpo sacia.
Provocando el desamor
entre tantas las falacias
que de boca me enfermó,
ahogado en amargas gracias.
Para huir de un esplendor,
cuya luz nunca me sacia,
me tira provocando ardor
como acantilados de Cantabria.


Sé que caí en un enorme rosal,
puedo espinas sacar, y dejar
las marcas con agua de mar,
saladas con un poder colosal.
Aquí nunca fue fácil caminar,
pero sé que tu jardín perderá
toda su buena magia y bondad
si no intentara cambiar, podar
toda ésta, y singular maldad.
Es un tiempo difícil de valorar,
pero sin esfuerzo, no se logrará
en desiertos disminuir sequedad.

sábado, 3 de octubre de 2015

Tarde de lluvia roja



Era una tarde gris de Noviembre. Hacía tanto frío en la calle que el vaho que salía de mi boca era capaz de empañar mis gafas en su totalidad. Por si fuera poco, mi pelo mojado chocaba contra mi frente, provocando que me cayeran gotas de agua dentro de las córneas. Cada paso que daba por la acera derecha de la avenida era una tortura. Tenía los pies helados, me crujían los huesos cada vez que estos se movían por sus uniones. Los calcetines empapados por la lluvia solo provocaban un aumento del malestar. A medida que el tiempo pasaba, mi velocidad aceleraba, como si tuviera prisa por llegar a cualquier parte. Pero me encontraba en un laberinto, no encontraba salida, y mucho menos, un lugar seguro. Solo podía ver cómo las paredes se acercaban más; me faltaba el oxígeno. Me llevé la mano al pecho, me la miré y la sangre se diluía a causa de esta intensa lluvia. La gabardina cayó al suelo con mi cuerpo atado a ella. Mi cabeza se dañó, mi espalda se partió y todo por haberme resbalado con unas canicas que estaban esparcidas por aquella vía. Pude levantarme segundos después, pero las palmas de mis manos estaban entumecidas del terrible dolor que habían sufrido. Una chica alta rubia y de ojos verdes vino a ayudarme. Sus labios eran finos con un pigmento rosado que transmitía ternura. Tras recomponer mi cuerpo, siguió su camino hacia delante, me fijé en sus tacones de aguja, plateados, muy brillantes además de altos. Su falda color magenta me llamaba la atención, ya que además de ser muy corta, no era muy típica en días tan apagados como el de hoy. Su vestimenta destacaba con una camisa blanca apoyada en una chupa de cuero pequeña. Terminando con un collar dorado de eslabones torcidos.

Desvié mi vista a la derecha, me fijé en un espejo en el que me proyectaba, cada vez tenía la piel más pálida, la chaqueta no estaba manchada, pero mis costuras internas delataban mi desangre. El final estaba más cerca que lejos, pero como una promesa es irrompible, debía seguir hacia delante. Pasaron unos cinco minutos de caminata con mi mano izquierda haciendo presión en la herida de mi pecho. Notaba cómo mis pulmones tenían menos capacidad para el aire a causa de la sangre que se introducía en ellos. A pesar de que mi vista se nublaba cada vez más, pude diferenciar la puerta del portal cuyo destino me encomendaron. Envolví mi puño con el brazo del gabán y rompí el cristal para así poder abrir desde el interior. Llegué al cuarto piso a través de un ascensor lento, pequeño y muy ruidoso. Llamé al timbre de la puerta de mi izquierda, para que finalmente me abriera una chica. Era la misma persona que me ayudó a levantarme unos minutos atrás, ambos nos quedamos petrificados. Finalmente saqué mi arma del bolsillo, apreté el gatillo y una bala atravesó silenciosamente su frente hasta la parte parietal de su cabeza. Su cuerpo inerte se precipitó sobre mi cuerpo. Ya no me tenía fuerzas ninguna, imitando unas piezas de dominó; también caí. Un final de dos personas para dos escenas.


jueves, 1 de octubre de 2015

Camino de ira


El día de hoy no podía ser más raro aún. Estaba caminando por las vías de tren oxidadas y rotas, cuando de pronto toda la maleza que recubría esta especie de pasillo forestal se empezó a marchitar. Las hojas se tornaban rápidamente a un color negro muy intenso. Detrás de mí soplaba una leve brisa ascendiente que recorría desde mis pies hasta mucho más de mi cabeza, provocando un tornado de un tamaño pequeño que se componía de los fragmentos de hojas y ramas arrancadas por esta fuerza eólica. A medida que avanzaba, me reconfortaba más el hecho de que de una manera u otra, tenía compañía. No sabía muy bien que estaba pasando, pero por cada paso que daba en las tablas de estos raíles, la ventolera en espiral aumentaba. Si me concentraba a medida que cerraba mis ojos, las huellas de botas de campo se plasmaban en aquellas carcomidas traviesas. En lugar de escuchar como el aire estaba siendo cortado y el mundo se destruía poco a poco, en mis oídos solo cabía hueco para una voz desgarrada de un hombre adulto que me susurraba:


“La caída de otros será apertura de tu propia vía. No sigas los caminos de terceras personas, ellos sufren errores y no evolucionan. En cambio, tú, te convertirás en alguien imparable. Tu escudo está hecho de grandes restos de miles de historias; ninguna cierta. Ahora solo debes seguir tu camino, verás rápidamente que tu clavo no será sujetado por nadie, está demasiado alto para el resto de humanos y si lo intentan tocar, se esfumará. Tú debes ser, jamás lo dejes, porque el no-ser te traerá demasiados problemas.”


En ese momento me dí cuenta de cuál era la fuente de este acontecimiento tan arrollador. No era mi amor a la muerte, y mucho menos mi pudor a la vida; sino mi eterno odio a esta sociedad inepta. Mis venas se hincaban y contraían por los latidos tan duros y secos de mi fuerte corazón. Los ocelos me ardían hasta tal punto que debía cubrirlos con mis propios párpados. Alcé mi mano al frente, la abrí totalmente para luego tensar todos y cada uno de los músculos. Un trozo de riel de dos metros fue arrancado del suelo, lanzándose hacia mi mano, aumentando la velocidad conforme se acercaba. Lo usé como bastón a medida que me desplazaba. El tiempo no transcurría en la zona que yo mismo había creado. Pero por otra parte, era capaz de ver el cambio tan veloz al que se sometía toda aquella zona. Aminoré el paso para finalmente quedarme quieto frente a una puerta de acero pintado de azul oscuro llena de remaches y la cabeza de un león de hierro que sujetaba entre sus colmillos un aro grueso para usarlo de llamador. Lo cogí y golpeé la puerta con él. Pasaron tres segundos y se abrió, tragando toda luz existente. Apenas podía ver a un metro de mí, pero avanzaba sin miedo alguno hasta que llegué a una zona de piedra, como si de un acantilado se tratara. Donde volví a escuchar la misma voz, pero con una amplitud diferente.


“Bienvenido a los pensamientos de un alma perdida.”

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Huérfanos alados


Esta vez fueron tres los metros que recorrió la piedra tras haberla pateado con la puntera de estas botas de campo. Mis manos estaban refugiadas del frío gracias a los fantásticos bolsillos de mis roñosos pantalones de pana color ocre. A pesar de quedarme un poco cortos, me daban el avío. La sudadera negra, la cual tenía capucha y su logo de un ángel con las alas caídas, estaba fría además de húmeda por el clima de esta zona montañosa como era la Sierra de Aracena. Mi cara ni siquiera la notaba, estaba tan helada que empecé a contar cuántas veces chocaban mis paletas con los dientes inferiores con aquel tiritar. Veía las calles tan abandonadas como siempre, ni un solo alma podía encontrarme por las aceras, y si uno se atrevía, lo perdía de vista por volver a buscar aquella pequeña roca que atraía a mi pie de la manera más absurda, además de típica jamás vista: mediante el aburrimiento. Lo más incómodo de todo era el sentir, además de escuchar el sonido del agua recorriendo las plantas de mis suelas cada vez que impactaban contra el suelo y surgían por los orificios de los cordones.


Sabía que estaba llegando a la plaza principal del pueblo por percibir que el suelo ya no era asfalto, sino que eran una enorme sucesión de trozos de materiales de cantera con, prácticamente, el mismo tamaño. No sé porqué, pero decidí variar mi ruta y en lugar de rodear la plazoleta decidí surcarla por la mitad. Me senté en uno de los doce bancos que formaban una hache teniendo como punto medio una fontana que borbotaba agua desde cuatro laterales diferentes. Miraba las estrellas y me extrañe a la vez que mi vello se erizaba de asombro; ya que nunca imaginé un cielo dividido. Su primera mitad tenía un gran conjunto de constelaciones, cuyas estrellas brillaban al mismo nivel que la famosa marcadora del norte. En cambio, la otra mitad estaba muy oscura, pero se llegaba a diferenciar dos tonalidades de oscuro, una del vacío entre los cuerpos celestes de la primera parte y un negro azabache que cubría por completo la última sección. Aunque levemente podía destacar un arco de tono anaranjado parecido al de una fruta como el níspero.

De repente escuché múltiples gritos con las zancadas estruendas de personas apresurándose hacia el lugar del que provenía aquella fuente del pigmento bruno. Aterrorizado, me levanté de un brinco y me puse a seguir al primer corredor que vi pasar. Ya por el cálido ambiente que se estaba formando a medida que nos acercábamos, me podía imaginar de qué se trataba; en efecto, no me equivocaba. El orfanato de la villa estaba en llamas. Desde la planta baja hasta la última, ninguna se salvaba. Apenas se escuchaban a las personas del interior, seguramente ya estuvieran muertas. Un crujido de las vigas silenció a todos los observadores petrificados por el horror que infectaba este intento de noche tranquila. Un cuerpo oscuro se empezaba a notarse de entre las flamas en la ventana derecha de la cuarta planta. Era un niño, un pequeño totalmente calcinado que alzó sus brazos lentamente y se precipitó para impactar rápidamente contra los guijarros de la vía. Desde la última planta, la sexta, salieron otros tres, uno de cada ventana izquierda, central y derecha. Justo a poco más de medio metro de la superficie, pararon en seco, transcurrió un segundo mientras levitaban para que finalmente se esfumaran mientras se oían unas risas en la azotea. Podía verse a un crío de una edad no mayor a siete u ocho años con una calavera de carnero en la cabeza, sujetando una lanza en la mano  mientras daba vueltas; también desapareció; el fuego cesó y los cadáveres fueron encontrado a las horas siguientes.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Ráfagas y erretes



         Yo por las noches vuelo unos cuantos segundos, como si de un avión de papel se tratara. Pero esta noche fue demasiado, y cuando me refiero a demasiado es que estaba asustado ya que es la primera vez que tuve tanta estabilidad. ¿Qué ha funcionado esta vez? Me como la cabeza y rebusco en cada rincón de mis neuronas para encontrar la clave del comportamiento junto a las alas que no se esfumaron a doscientos metros del suelo. Como cualquier otro cielo oscuro decorado por estallidos rojos, blancos y amarillos, estaba andando por el borde de un edificio mientras cantaba el mismo estribillo:



                                              “Tus problemas, del uno al cien
                                                se pueden contar, adivina:
                                                ¿volar es caminar sin pies?
                                                Curva, voy buscando esquinas
                                                por tener mundos del revés.”



         No habían pasado ni cuarenta segundos cuando de repente mi cuerpo sufrió la terrible e imparable ráfaga de viento. Además mi errete se quedó encallado en una de las imperfecciones de la plataforma, provocando que me balanceara hacia el exterior hasta el punto de caer al abismo. Podía ver la calle a la perfección, los pelos se revolvieron hacia atrás, despejándome la vista por primera vez en meses. Me cubrí la cara con ambos brazos en forma de cruz, creyendo que así me protegería. En el último momento decidí abrirlos, expandiéndolos para así dejar mi huella en aquellas múltiples baldosas, total, la muerte estaba asegurada. No supe cómo ni porqué, pero la trayectoria de mi cuerpo describió una enorme parábola, haciéndome volar. Nuevamente, volví a tener las vistas ocupadas por mi largo flequillo. Desplacé mi cabellera con las manos, coloqué mis brazos perpendicularmente a mi tronco, como si de las alas de un águila se trataran. Me lloran los ojos por tener tanto aire cortante pasando por mis pestañas, los pantalones, los calzoncillos y mis zapatillas huyeron de mis pantalones a una velocidad que ni yo me imaginaba. La camiseta que llevaba se desintegraba sola, a tiras se despellejaba de los bordados más gruesos de ésta. Estaba feliz, lo había conseguido: el poder ver que es de noche, en el último minuto de mi vida.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Canicas

El tic-tac del reloj de la pared de mi habitación no me deja pensar con claridad. Son pasado las cuatro y media de la madrugada sin haberme percatado siquiera, es más apostaría a que eran las doce de la noche, habiéndose acelerado las agujas de alguna manera u otra. Pero como sé que es improbable, lo expulso rápidamente de mis pensamientos. La pantalla de mi ordenador sigue iluminando mi inmóvil cara, apenas se me ocurría que debía hacer. Una simple llamada de teléfono me anuló toda acción premeditada. Intentaba que, de una manera u otra, mi mente asimilara que mi novio está muerto. Sin saber el porqué, su alma se había esfumado y la policía consiguió mi número para comunicármelo. Desde entonces, sigo en mi incómoda silla oyendo como llaman repetidas veces al fijo de mi casa.


“- Perdone, ¿es usted el señor Landom? -dijo una grave y seria voz desde el otro lado del móvil-.

- Sí, así es. ¿Quién lo pregunta? -pregunté con una mezcla de temor y sueño-.

- Verá, señor. Soy el comisario Unax y le llamo por si usted conocía al señor Rescatador.

- Claro que sí, es mi pare… ¡Es mi primo!. ¿Ha pasado algo agente? Dígame.

- Lamento decirle que hemos encontrado su cuerpo empalado en una farola del barrio Pino Montano, aquí en Sevilla. En un bolsillo de su pantalón encontramos su teléfono móvil y es usted su primer contacto de urgencia. Debería llamar al resto familia, comentar lo sucedido y acudir al depósito forense de Sevilla a confirmar la identidad del individuo. Lo siento mucho, le doy mi pésame.”


Ya lo vi demasiado claro, sin lugar a dudas. Abrí mi cajonera, la cual tenía situada a mi derecha, sin ni siquiera levantarme del asiento. De ahí cogí una carta guardada dentro de un viejo sobre titulado “Objetivos para poder suicidarme”. Un título muy vivo, lo sé. La desdoblé por completo y me dispuse a leer:



Si estás leyendo esto es porque ya has conseguido tachar algo más de tu lista. Debes de ser muy consciente que puedes añadir un nuevo objetivo por cada año vivido, a partir del décimo tercero. También debes saber que si consigues rebatir todos y cada uno de ellos, deberás irte a las vías de tren más cercanas para saltar a ellas cuando un tren de alta velocidad se aproxime. De esta manera aseguras que el final del juego sea tan rápido e indoloro como un bonito clásico de pegarse un tiro. La diferencia con este segundo es que no da lugar a error, ya que es una máquina a trescientos kiĺómetros por hora, sus firmes piezas de metal y su monstruosa masa te dejarán hecho un puré; literalmente.

1.- Escribir tu propia novela. Conseguido.
2.- Haber odiado y seguir odiando a una persona a pesar de haber muerto durante tu vida. Conseguido

3.- Encontrarte al menos tres canicas muy juntas en el mismo área urbano.

4.- Hacer llorar a alguien mediante la improvisación de una historia. Conseguido

5.- Conseguir que una persona asuma una frase tuya como lección en la vida. Conseguido.


Tras haber leído toda la carta, me levanto bruscamente, provocando que mis rodillas al no estar preparadas, crujan. Doy media vuelta y me dirijo hacia mi armario. A pesar de estar todo completamente oscuro sin contar con la tenue luz de mi ordenador, puedo localizar un tarro de cristal lleno de canicas que hay en una de las baldas. Con una leve sonrisa, lo dejo caer por la ventana; estalla en la calle. Me visto, no llevo nada encima y salgo de mi casa. Sabiendo lo que me encontraré al pisar la acera.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Montañas huidizas

Ya eran cuarenta las pisadas producidas por mis pies en el fango de esta subida hacia la montaña. Las botas cada vez pesaban más, cada metro que avanzaba se convertía en un suplicio. Solo con las punteras llegaba a arrastrar montones de barro que mostraban perfectamente mi situación. Apenas podía diferenciar un erizo de castaña de una piedra a causa de esa densa lluvia que caía sobre mis espaldas. Mi camisa de cuadros negra y blanca se tiñó de ocre con el paso de los minutos. Las enormes roturas de mis pantalones vaqueros provocaban que el mover la cadera fuese una misión dolorosa además de imposible. Ni siquiera podía escuchar los ladridos de aquellos perros de presa ni los tiros de escopeta de aquellos campesinos locos que vivían a pie de la carretera. El corazón no paraba de latir, parecía que iba a salir directo tras romperme las costillas mientras que la fiebre y el riego sanguíneo me provocaba una intensa fiebre.


Tras una media hora de esfuerzo continuo conseguí colarme en una pequeña cueva que me resguarda del agua y del frío tras el otro lado de este monte. Apenas se veía con las nubes negras de la tormenta que presenciaba cada parte de mi cuerpo, especialmente mis oídos. Me quité por completo la ropa, cogí varias piedras y ramas secas que estaban desperdigadas por el suelo para empezar a encender una hoguera. No sabría decir si tardé más en caminar que en conseguir una gran chispa con dos piedras. Al fin pude dormir un rato sin tener miedo de ser descubierto o asesinado. El día de hoy estaba siendo de locos. Fue llegar las colonias españolas de la nueva senda india y que cualquiera se revolucionara por un simple malestar. Saqué de uno de mis bolsillos de los calzones, que he dejado sobre una roca, una cartera de cuero oscura y de allí; una carta.


Cariño, estoy en peligro de muerte. No me puedo quedar en la sierra por mucho tiempo. Solo quiero que sepas que los niños han ido a un lugar seguro y están a buen recaudo. Voy a llevarte junto a ellos, pero si por casualidad alguien lee esta carta. Ambos sabemos dónde encontrarnos, aquel lugar pequeño secreto resguardado para nosotros únicamente. Desde allí te comentaré el resto del plan. Antes de la medianoche debes quedarte allí, no podemos perder ni uno de estos valiosos segundos en una tierra de locos.

Te quiere, tu amado corazón robado.



Con tanta nubosidad y humedad apenas se notaba si era o no de noche. El cielo seguía igual de oscuro, permitiendo una ganancia de minutos de luz. Estaba tan nervioso y a la vez tan aterrado que ni podía mantener firmes mis heridas manos. Guardé delicadamente el papel en la bolsita para reanudar la marcha con un ánimo esperanzador. Mientras bajaba el barranco me veía multitud de cadáveres animales y huesos desperdigados, como si lanzaran sobre esta zona los cuales estuvieran verdaderamente enfermos. El olor a putrefacción aumentaba a medida que se inundaban los cuerpos. Mis extremidades crujían por cada movimiento que hacía, sin dejar ninguna duda de que poco les quedaba para que se rompieran. Zigzagueaba entre los frondosos castaños que había durante la bajada. Para que así, evitara un avistamiento molesto y que seguramente acabaría en tragedia. Las ramas se resquebrajaban por momentos, el viento provocaba unas ráfagas extraordinarias, capaces de hacer volar a un perro o a un zorro. Tras haber atravesado ya cinco parcelas de habitantes del pueblo que labraban la tierra, pude llegar a una cima en el que había una cruz formada por dos grandes troncos, teniendo unos diez metros de altura y otros cuatro de ancho. Esta cumbre tenía una superficie muy pedregosa, daba igual el tipo de calzado o bota que se llevase que siempre resultaba molesto a la planta de los pies. Ya había llegado aquel carromato, su conductor era un señor con un sombrero de copa negro y un traje azul oscuro, siendo tapado por una capa larga que le protegía de la baja temperatura. Llamé a la puerta de la habitación en ruedas y se abrió sola la puerta. A pesar de lo oscuro que se estaba dentro, podía oler ese perfume a vainilla y rosas que siempre llevaba Cristal. Fue alzar la cabeza y verle sus dorados cabellos junto a los ojos tan azules como el cielo, ahí sentada, sin mediar palabra. Se le veía triste, con los lagrimales a punto de estallar por el dolor. Vi cómo le empezó a caer una lágrima, desbordando por completo aquel embalse formado por sus pestañas. Iba a entrar para que cesara aquel extraño dolor cuando escuché un disparo dentro del mismo carromato, llenando de sangre aquel habitáculo a la vez que cesaba con la vida de la mujer a la que amaba. Estaba petrificado, no sabía qué pasaba ni qué hacer en ese momento. El peso del mundo se me cayó encima, sin dejarme siquiera respirar. Finalmente decidí entrar, con una velocidad que ni yo mismo me imaginé. Por más que lo intentaba, el cuerpo de mi difunta esposa no recobraba la vida que se le arrebató.



- Apártate lentamente, sin mediar palabra y con las manos sobre tu nuca -escuché detrás de mí junto al sonido de un gatillo. Me giré tal y como me pidió. Pudiendo ver a un hombre de uniforme con casco, una escopeta, cota de mallas recubierta de armadora y polainas-. Ahora que por fin te hemos cogido, serás llevado ante el pueblo. No volverás a saquear ni un solo barco más.

- ¿De verdad? ¿¡Todo esto por un simple robo de poca monta!?



Me abalancé sobre aquel oficial cuya arma desintegró cualquier ánimo de esperanza. No pasaron ni dos segundos para notar el vacío producido en mi abdomen por los perdigones de aquel arma. Agarré como pude su cara, siendo ya inútil. Dejando caer mi sangre de entre mis labios sobre la cara de aquel hombre, cuyos ojos se vaciaban por la fuerza de mis dedos pulgares.

jueves, 3 de septiembre de 2015

23 de Noviembre



Un día “importante” en mi vida fue un 23 de Noviembre de 2013. Bueno, no es que fuera importante, fue especial, único. Era un sábado, bastante friolero, por no decir que las calles estaban heladas. Yo iba andando por Pino Montano, atravesando una plazoleta con vallas rojas oxidadas, lugar en el que los yonkis del barrio se  drogaban todas las noches, dejando todo el recinto como una pocilga, por decirlo de una manera. Me senté en lo alto de un banco, me puse música y me quedé esperando.  A los pocos minutos, llegó una vieja amiga, pelirroja, un año menos que yo, aunque era bastante alta para su edad, un metro setenta, para ser exactos. Sus padres nos llevaron hacia el Palacio de Deportes de Sevilla, en “Sevilla Este”. Allí nos esperaba otra amiga, pero jamás llegué a tener tanta confianza con ella como con la primera. Al bajarnos del automóvil, fuimos hacia la derecha, siguiendo una cola bastante corta, la verdad. De ahí, entramos al Salón Manga de la ciudad, también conocido como “Manga Fest”. Estaba, literalmente, abarrotado. Yo creo que si lanzaba un alfiler, al caer, pinchaba a ocho personas, por lo menos.


A lo que iba, pasamos un día bastante bueno, conocí a gente con las que hablaba por la red social de “mini blogs”, también estuve hablando con una chica en el teatro, con la que acabé enrollándome minutos después. Eran más o menos las ocho de la tarde, aunque el cielo ya fuera negro como un agujero sin fondo. De repente, me suena el teléfono, miro la pantalla y era mi padre. Recuerdo sus palabras, no sé ni porqué, pero mucha importancia no es que me diera: “Eh, Carlos, cógete un taxi y vente para el hospital… El abuelo ha muerto”. Muchos dirán que soy un insensible, un idiota, un chico sin corazón o simplemente un gilipollas. Yo lo aceptaré, pero esa fue la realidad. Colgué el teléfono, miré a una de mis amigas, y sonreí; sonreí como nunca. Fui de las personas más felices del planeta en ese momento, vaya. Siempre odié a ese hombre, ¿sabes? Para mí fue como un demonio personalizado, un maldito egoísta que jamás se le pasó por la cabeza que posiblemente él no era el dueño del mundo ni qué debería hacer sufrir a nadie porque a él le fuese mal en la vida durante ciertos periodos de tiempo. Total, que me despedí de mis amigos, les di un abrazo y me tuve que pedir a un taxista que me llevara al Hospital Macarena. Fue un trayecto bastante corto, o al menos eso me pareció, aunque no fue así para mi bolsillo, concretamente para diez euros con setenta céntimos de mi cartera.


Al llegar allí, me colé por unas escaleras porque en recepción no me dejaban subir. No tenía ni idea de en qué parte del hospital estaba mi familia, mucho menos en la que me encontraba yo, solo sabía que era la octaba planta. Les llamé al móvil y pude encontrarles. Allí estaban mis primas, mis tías, mis hermanos y mis padres, sin contar con el cuerpo de mi supuesto abuelo, ya cadáver. Sentí como si en mi cabeza algo se desconectara, haciéndola menos pesada, y a la vez, estaba más calmada. Toda mi familia lloraba, sin cesar, exactamente mi hermana pequeña y una de mis primas. Al momento de pisar la habitación, mi hermano más mayor, vino y me abrazó. Él sabía que esa situación me daba bastante igual, ya que me conocía un mínimo, no como el resto de mi familia. También creo que el haber venido a mí fue porque llevaba sin verlo desde el verano, unos dos ó tres meses vaya.  


Aquí concluye todo, un día feliz, sabiendo que una pequeña parte del mal ya no anda sobre la Tierra, pero aún quedaba mucha gente que quería ver muerta, daba igual la manera.