sábado, 4 de abril de 2015

Árbol de la vida

Jamás lo han llamado árbol, pero tiene ramas, miles, millones. En todas y cada una de ellas aguarda un fruto negro, frío, congelado y seco. En él reposan todos los pensamientos que conllevaron a cada dueño dar su último aliento a través de la salida de atrás. Cada uno permanece fuertemente unido a él. Cuentan que nunca, a lo largo de la historia, nadie ha sido capaz de devolverle el calor a cualquiera de ellos. Al contrario, muchos acaban rindiéndose por no acabar igual de helados que ellos, provocándoles el formar parte de éste, nuestro vegetal.


Su tronco es negro, como la noche. Cada alma perdida que divaga por su bosque formado por la infinidad de hojas que contiene, ha llegado a través de este gran pasadizo en forma de pasadizo, el cual le muestra su eterno futuro, mucho más terrible que su pasado ya realizado. Cada uno de los roces provoca que este fruto aumente su tamaño, aunque de manera poco considerable.


Nunca le llamaron planta, pero sin embargo tiene raíces, enormes, cuya elongación se desconoce y su diámetro no se quiere ni imaginar. Tienen una cualidad especial, y es que éstas propagan un aura oscura y tenebrosa que repele toda la tierra que haya a su alrededor, creando así un hueco en medio del subsuelo. Dicho vacío se empieza a llenar lentamente por las semillas de sus frutos, las cuales se ahorcan usando las vías leñosas que transportan la savia. Cuentan que la temperatura que allí abajo se establece es capaz de congelar un mar en apenas décimas de segundos y la contamina para la eternidad antes de que un hombre pueda pestañear.

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