Todo empezó con la presentación de la clase de primero de ESO, 15 de Septiembre de 2009. Si mal no recuerdo, era la clase de Francés, yo estaba sentado en segunda fila y entonces fue cuando decidí girarme. Frente a mis ojos había una chica con unas gafas con una pasta bastante gruesa que escondían unos ojos verdes tan brillantes como las esmeraldas y tan intensos como una guerra. Por un segundo, mi aliento frenó en seco, no podía saber si la sangre que iba por mis venas se había parado o había acelerado, estaba congelado. Tras recuperar rápidamente la compostura solté lo primero que se me pasó por la cabeza: “Me gustan tus gafas”. Como no, típica frase de un chico de no más de 13 años, ¿qué nos íbamos a esperar? Esa chica se llamaba Almudena Pérez Martínez y sí, fue, es y permanecerá como el amor de mi vida.
Yo era tan tímido que no podía ni acercar a ella, únicamente tornar la cabeza y mirarle de reojo, eso sí, me miraba cada vez que lo hacía. En cuanto nuestras miradas se cruzaban, que duraba una milésima de segundo, cambiaba la dirección para que no se diera cuenta de que la miraba. Pero eso era inútil, me ponía más colorado que un tomate y mi sonrisa llegaba de oreja a oreja. Al final de la clase, tuve la única idea decente de aquel día, hablar con su amiga, la cual estaba a su derecha. Nada más salir de aquel aula de idiomas, me acerqué ella y le pregunté si Almudena, la chica dulce de las gafas, querría venir conmigo al día siguiente, que resultaba ser viernes a dar una vuelta. No pude ni terminar la frase, se fue directa a preguntárselo y aceptó sonriendo y asintiendo con la cabeza.
Era el final de las clases, aún no me lo podía creer, no pasaron ni dos horas y ya tenía toda mi mente ocupada por unos preciosos ojos color cola, me volvieron loco. Estaba lleno de energía, se volvió una fuente interminable. Todas las tareas de la casa las realizaba a una velocidad inimaginable, incluso hice la compra en un tiempo récord. Sin darme cuenta, eran las ocho de la tarde, había terminado incluso el trabajo que les correspondía a mis hermanos mayores, que eran quienes me cuidaron durante mi estancia en Sevilla. No podía parar de pensar en qué iba a hacer mañana, ¿llegaría a darle un beso? ¿Será ella mi novia? ¿Adónde me llevará?
Fue un abrir y cerrar de ojos, sin darme cuenta, ya había pasado casi todo el día, estaba de nuevo saliendo de clase, pero esta vez no iba solo como el día anterior, sino que iba junto a un chico rubio que tenía, literalmente una ola de pelos dorados, un flequillo la mar de extraño, se llamaba Aarón Fernández Reyes, estaba en mi clase y se convirtió en mi mejor amigo, viviendo junto a él muchos acontecimientos, pero eso es otra historia.
Yo había quedado con Tania (la amiga de Almudena) a las cinco, para ir a buscar a la que sería mi futura novia. Llegamos al patio de su conjunto de bloque, cuyas paredes estaban repletas de enredaderas, siendo imposible el poder mirar más allá de unas simples hojas. Se abrió una puerta y allí estaba ella, pero tenía compañía; un perrito. Scooby. Tengo tan difuso ese momento en mi cabeza que ni siquiera sé si le dí dos besos, le saludé verbalmente o si fue un simple abrazo. Dimos no más de cuarenta pasos y ya estábamos entrando en el Parque Miraflores. Era bastante simple, una explanada de cemento coloreado por zonas, con bastantes lagunas unidas y llenas de ranas con plantas muertas por los laterales. Empezamos a subir una cuesta no muy empinada, llegando a cruzar un puente. El cambio fue casi milagroso. Pasamos de una explanada sin apenas vegetación a un lugar lleno de césped verde y multitud de arbustos. Tornamos a la derecha, empezamos a bajar hacia el río que había en este otro lado del parque. A nuestra izquierda había una fábrica muy vieja, Almudena me contó que ahí había muchos vagabundos y yonkis viviendo. Tras ese mínimo de información, sin prácticamente darnos cuenta, empezamos a andar cada vez más y más rápido. Tania se entretuvo en un huerto cercano al río mientras que mi compañera de clase me animó a seguir hacia delante. Ya podía ver el río del que me habló en un principio. Al parecer procedía de un cúmulo de piedras en forma de cuadrado, de las cuales surgía el agua. Pasamos una valla hecha con palos de madera para acceder a él, nos sentamos en las piedras y nos miramos el uno al otro sin apartar apenas la mirada. Entonces fue como surgió la pregunta: “Almudena… ¿Quieres… Ya sabes, salir conmigo?” Ella sonrió aún más, era obvia la pregunta y ella parecía que deseaba oírla. Se tapó primeramente la boca por vergüenza y tras quitársela, pronunció el monosílabo que me cambió la vida: “Sí”.

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