sábado, 4 de abril de 2015

Mundo injusto


Ya no quedan versos ni renglones. Son todo escombros a montones. Mi mente se vuelve una tormenta y mi cuerpo una malla de espinas, que cuanto más abrazas, más profunda es tu herida. No sé ni dónde tener guarida por las lágrimas y sus caídas. El problema de haber ido sin máscara fue poner en contra a los que jamás me vieron de verdad, a mis cercanías. El problema de cambiar son los nuevos impedimentos que te provocará el medio en el que intentes fluir. Mi cerebro se volvió un cactus mental y cada gota de agua parece una semilla de ricino que surca mi mejilla para querer bajar a mi boca. Oscuridad fría y eterna tras encontrar una luz durante unos segundos. Podemos encontrarnos frente a un espejo y la sombra del espejo nos dará un cuchillo para matar al diablo de atrás. Aunque pocas veces nos deja sujetarlo por el mango, provocándonos cortes contínuamente.

Titanic con pulso hundiéndose al ritmo de Triclineo mientras el restos de personas detalladas se aferran al gigante de hielo en busca de la razón y su calor falsamente reconfortante. Hasta acabar sin fuerzas y empezar a escuchar el bombo-caja madrileño. El problema es querer curar tras haber cogido fuertemente la hoja y haberme aferrado, en lugar de prevenir mientras miraba. Ahora me proviene la duda: ¿cuál es la consecuencia además del malestar alimentándose de mi mente y mi alma? Musa que permanece, encadenada, por grilletes externos, visibles para todos e invisibles para mí.

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