Llegar a ese punto, a ese límite en el que nuestro miedo a perder supera el énfasis por ganar. Miedo a ser feliz. Más de una vez nos ha ocurrido esto, ¿verdad? El conocer a una persona y de repente, saber que ella misma te llena como nadie nunca supo hacer. Alguien que tiene la sensatez o madurez suficiente para sentarse y escuchar todos tus problemas, además, por si fuera poco; tiene empatía con ello, te comprende y se dispone a encontrar una salida ya que nosotros estamos demasiado ciegos de llorar y rebuscar.
Por todos y cada uno de los pequeños esfuerzos que está dispuesto a hacer por nosotros nos parece más que suficiente para, al menos, darle una oportunidad por su mismo aporte de confianza. Esto último es tan importante por su inmensa escasez en el ser humano, lo cual nos provoca darle ese valor tan preciado, se vuelve nuestra pequeña caja con diamantes. ¿Pero todo esto a raíz de qué sucede? ¿A qué felicidad aspiramos? A la más básica y primordial en esta vida: el sentirnos importantes, la necesidad de saber que no somos irrelevantes para el mundo en su totalidad. Si cada persona es un mundo, como comúnmente se dice, me gustaría dejar huella en una pequeña parte de este universo, al igual que esa otra persona consiguió hacer en mí.
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