sábado, 26 de noviembre de 2016

Pues otro


Esta noche el roce con mi piel se llena de placer y sangre,
juntamos nuestros alientos en un tornado de saliva a oscuras
para llevarnos hasta la luz los gritos enterrados entre siempres.
Quiero que me marques con fuerza y luego termines con ternura
una noche que no termina por echar persianas pero no mi mente,
terminaremos extasiados como de sólida nuestra unión: suma.
Quitaremos de nuestro cuerpo aquella vieja sentencia de muerte
que solo nos quiere tapar los ojos sin que manos sean la cura,
el remedio a un muro de sudores impuesto por ser impacientes.
Mordiscos en piel de un alma que no acepta cumplidos por testaruda
siendo arropada, atraída, no como al resto, con intenciones de frente
que chocan contra sus esquemas, siendo derrumbados con mi lengua;
entre sus piernas, chocando con calores, tensiones y orgasmos en poniente.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Tratos para veinte años


Son las siete de la mañana, cojo el folio y lo arrugo con mis manos resecas estando sentado en mi silla de estudio. Lo convierto en una bola de papel insignificante, la meto dentro de la papelera; me he marcado un triple. Me doy la vuelta y la escucho, ha bajado rodando desde la cima de pelotas blancas con el mismo final que ella, hasta el suelo; cae al vacío de mi habitación. No sé cuántas habré lanzado, pero eso sí, la misma cantidad que las que he encestado. Un nivel de puntería tan magistral que ni el propio Kobe sería capaz de igualar. Me levanto, noto cómo mis rodillas crujen y me adormecen las piernas. Llevo más de diez horas sentado limpiando a mis amiguitas de acero, pensando en cómo quedarán en mi nuevo traje de chaqueta.

Miro de frente a un armario de espejos donde no me veo reflejado, el hombre que hay frente a él es un chico joven con mal aspecto. Lleva mi ropa, sí, pero sus rasgos de cansancio en su cara no son propias de mí. Yo soy una persona apuesta, de buenas formas y un aspecto más que entrañable. Este chico me resulta familiar, tiene heterocromía en los ojos, uno de color azul y otro es verde pistacho; preciosos pero desgastados. Muestra deseo de clemencia para su alma cuando ve la luz del día como guillotina de toda esperanza que ya es nula. Lo sabe tanto él como yo. Los labios están muy secos, agrietados y resaltando el pellejos salientes que si son arrancados de su sitio crearán heridas verdaderamente dolorosas. Las pecas que cubren desde sus mejillas hasta la nariz consiguen llamarme la atención, tienen un tono marrón muy suave. Se ve a leguas que no soy yo, yo no tengo pecas, ¿o sí? Ya no recuerdo muy bien las cosas, los problemas de la droga, me dicen. Echo la vista hacia abajo y veo un pequeño trozo de papel amarillo pegado en el mueble, parece una pequeña nota. Sí, así es. Es de las que uso cuando pasan cosas importantes. “Vamos, ya has rebasado el cubo, llámame y nos vamos. Landom”. Una sonrisa abarca el arco de mi cara, el dolor de las grietas ni se nota a causa de la satisfacción que recorre mis venas ahora mismo.

Al alzar de nuevo la vista, te veo detrás de mí. Tu cuerpo alado y negro, una sola ala, la izquierda. Con unos cuernos puntiagudos resaltados por unos ojos rojos del mismo color de la sangre. Hacía tiempo que no te sentía, tan cerca aún sabiendo que vives dentro de mi pecho. Nuestras risas entre dientes cortan el silencio como una katana de Hanzo. Doy un paso hacia atrás, cogo del pomo la puerta del armario y la deslizo hacia mi derecha, abriéndose de par en par. Choca contra la contigua, se rompen las uniones, qué pena. Quito la percha de la que cuelga mi ropaje de una importante marca italiana. Al sacarla el aroma a mafioso trasciende por toda mi habitación. Dejo caer la percha y mi parte oscura, Landom, la mantiene en el aire con sus garras puntiagudas. Le doy una señal de agradecimiento guiñándole el ojo derecho, complicidad fraternal pura y dura. Al desnudarme por completo no noto el frío, ni siquiera el tacto del suelo, la ira mezclada con la sed de sangre es más que suficiente para alejar mi cuerpo de mis sentidos humanos. Una vez vestido abro los cajones de mi mesilla de trabajo, cojo de él mis tres pequeñas: dos escopetas básicas con el cuello recortado a base de segueta y una magnum del calibre 44. Las armas potentes las guardo entre el pantalón con mis caderas, rozando mis tatuajes a fuego.


- Eh, tío -aviso a Landom con tono de prepotencia-. ¿Escóndete, quieres? No es normal que la gente me vea contigo por la calle. Te recuerdo que eres un demonio de dos metros y medio, ya me dirás tú -levanto el dedo índice, señalo a mi pecho-.


Nunca estaré acostumbrado a ésta sensación. Se vuelve una bola negra que se dirige a mi esternón a una velocidad brutal, distorsionando el espacio a base de ráfagas oscuras que se van acoplando dentro de mí. La temperatura de mi cuerpo aumenta pero mis sentidos se agudizan, me vuelvo ultrasensitivo. Mis músculos aumentan levemente y mis pupilas se dilatan hasta tapar mis propios iris.


- ¡Ahí tienes, pesado! -me habla desde dentro, no se escucha en el exterior. Es como si tuviera unos auriculares internos para su voz-. Ambos sabemos que me quieres dentro porque eres un adicto al protagonismo, si la gente supiera quién soy y cómo te ayudo, todo cambiaría.

- Eres mi compañero, no mi conciencia, así que cállate -dirijo mi puño hacia mi pecho, de lleno y cargado con fuerza-.

- No, amigo mío, a mí ya no me la sueltas -saca su mano de mi tronco y frena la mía, ha sido capaz de predecirme-. Te lo dije la última vez.

- Cómo se nota que llevamos meses juntos, ¿eh? -reímos-.


Avanzo hacia la puerta de la entrada, me doy cuenta de que mis llaves cuelgan de la cerradura. Abro tirando hacia abajo del pomo, no las cojo. Sé de sobra que no voy hay vuelta atrás, dejar una vida con la que no me sentía a gusto. Cierro dando un fuerte tirón hacia mí, el estruendo es brutal, mis tímpanos se percatan de mi fuerza. El pitido recorre toda mi cabeza a un tono de mi agudo, inolvidable como el olor a tierra mojada. El ascensor se me queda pequeño, los espejos están sucios y no me veo bien, voy a seguir pensando que es culpa de la mierda impregnada. Puedo diferenciar una capa de humo oscuro recubriendo mi piel. No se despega como si se tratara de una prenda, la pequeña nube fluye a través de mis manos hasta mi cuello sin llegar a la cara. Toda esta capa imita el movimiento lento de una marea atlántica. Me empieza a transmitir una sensación cálida por mi cuerpo, me protege. Es la primera vez que me pasa ya sospecho del porqué. Levanto la mano hasta la altura de mi pecho, la abro y la cierro de repente creando un puño con mis dedos; el ascensor se para en seco. Las luces blancas empiezan a parpadear, ahora mando yo. Sonrío levemente por la comisura derecha mientras me desato los botones de la chaqueta gris junto a los de mi camisa negra. Puedo ver cómo en mi pecho hay un agujero del que brota toda este manteo de fuerza.


- ¿Crees que es buena idea, Landom? -digo hablando a través de mi mente, sin utilizar lengua ni cuerdas vocales-.

- No lo dudes, ya sabes que esto es un nuevo comienzo, me vas a necesitar tanto como yo a ti. Por separado no vamos a conseguirlo, unámonos como nunca. Uña, carne, resistencia y fuerza.


Asiento con convencimiento, la confianza ya no es necesaria, sabemos que no habrá fallo. Me vuelvo a abrochar la ropa. Saco un pequeño puñal de mi bolsillo derecho del pantalón, rajo la palma de mi mano con un corte lento; toda esta magia se une con mi sangre. La piel se regenera, en cuestión de un par de segundos ya no existe esa raja. Como nuevo.

Una vez fuera, nadie mira al frente. Su vista está dirigida a sus propios pasos, a una pantalla táctil del móvil o a cualquier rincón de la calle. Llueve a cántaros pero no me mojo, soy impermeable. Parece que vivo en el objetivo de una cámara, lo veo tan fácil y simple todo que no encuentro manera de complicar la situación. Levanto el brazo, rozo la yema de mis dedos con la pared. Con el simple tacto leve consigo rayar y dañar estos ladrillos. Los restos saltan por los aires, chocando y picando encima de los coches aparcados en la acera. Por más que avanzo no me canso, todo se vuelve tan leve que las cuestas más empinadas y empedradas me parecen una montaña rusa en caída libre. Se hace de noche, los rayos del atardecer están batiendo un duelo con el filo cortante de mis miradas. No sé quién va ganando, pero por más que lo intenta, ni el frío ni el calor pueden hacerme daño, mucho menos sangrar. Pego una patada a una pequeña mierda que cae en un agujero enorme, sigo hacia delante, floto y lo atravieso sin problemas. Ahí está, reluciente como ella misma; mis pies dejan el camino a medio trazo.


- Guau, sigue como hace veinte años, se nota que este hombre no ha escatimado para nada en mantenerla, joder -dice sorprendido Landom-. Ya va siendo hora de hacerlo -sale de mi cuerpo a través de mi espalda pero manteniendo su joya en mi esternón. Me sale un ala derecha en el omóplato-. Ahora todo se basa en ser discretos, ya lo sabes.

- Por supuesto -rezumo ironía en mis palabras-. En este mismo momento estoy llamando a la puerta y les pido que me dejen entrar que quiero comprar el terreno, no te jode.

- Esto no me gusta, ya lo sabes. Es necesario hacerlo, pero mejor hacerlo…

- Ya basta, tío -susurré con tono serio-, si sabes que soy imparable.

- Sí, pero solo… -interrumpe-.

- ¿Pero? A mí ni una bomba me consigue frenar. Esta cosa negra me flipa, me hace un… Un tú, ¿sabes? -muevo el brazo hacia delante-. Venga, vámonos.


Lo que estamos mirando no es más que una mansión enorme de color blanca con techo azul con un jardín tan grande como cuatro campos de fútbol, abarcando uno de los costados de un valle con un pequeño riachuelo. Se puede ver a la perfección cómo hay pequeñas luces que de color amarillo moviéndose por la zona exterior y el techo; deben ser vigilantes de seguridad. No me preocupo por nada, así que echo a correr como alma que que lleva el diablo. Las intensidad que brota de mi cuerpo se nota al instante en los latidos de mi corazón. Este aura se torna a un color rojo sangre muy intenso. Consigo atravesar la distancia de cuatro millas en cuestión de segundos, he atravesado el muro del caserío; estoy dentro. El sigilo también es una de mis virtudes desde la infancia, uno tiene que aprender a escaquearse de los abusones cuando ellos menos se lo esperan. Levanto la rodilla.


- ¿De verdad? ¡Esto déjamelo a mí, yo también quiero! -me sonríe, le guiño el ojo-.


Empezamos una pequeña competición personal a una velocidad de escándalo.


- ¡El que mate a más vigilantes gana! -grito-.


Todo se vuelve una lluvia de estrellas luminosas en un suelo frío y apagado por el invierno. Saco el cuchillo y destrozo nueces con solo mover mi arma blanca con los dedos índice y corazón. Me salpica la sangre pero no me mancha, mi piel absorbe cada una de sus gotas rojas, me alimentan; sed de sangre. Por mi espalda escucho un disparo que pasa a escasos centímetros de mi hombro. Giro mi cuello como si fuera de rosca, era un pobre gordo con el uniforme de seguridad. Veo dos puntos rojos detrás de él. Al segundo siguiente su cuello tiene una línea oscura, su cabeza cae rotunda al suelo, el cuerpo sigue su camino dos segundos más tarde. Ahora subo las escaleras y atravieso toda la mansión hasta llegar al despacho principal del señor.


- ¿Quién eres tú? -me mira asustado-.


Es un señor de unos sesenta años, lleva el pelo largo, rubio desgastado y una coleta fina con gomilla negra. Sus gafas de metal oscuro y patillas delgadas le quedaban que ni pintado; no se las había cambiado en estos veinte años. Sigue igual de ciego, por lo que veo. Su bata roja con bordados de oro no le deja indiferente, debe costar una millonada. Aunque tal cantidad de dinero no podría comprar ni una gota de seguridad, cosa que le hace falta si no se ha cagado aún en los pantalones.


- Vaya… ¿Es que no me recuerdas? -Me relamo los labios con mi puntiaguda lengua-. Soy yo, Landom. Y éste -señalo a mi izquierda- también es Landom -él mismo aparece traspasando el suelo-.

- ¿La-La-Landom? ¡Pero si Landom está muerto, yo mismo lo maté! -grita asustado a la vez que anda hacia atrás. Se cae-.

- En efecto, mataste al Landom de este universo, pero yo soy Landom de otro distinto, uno mejor y más fuerte. Pero has matado a una parte de mi alma; eso no se perdona.

- Pero si yo… Sí él me… -lanzo mi cuchillo, se clava de lleno en el centro de su frente. Cae de espaldas-.

- Como bien dijeron cuatro buenos amigos en la antigua Francia… Uno para todos, y todos para uno.


Camino lentamente y me guardo la mano en los bolsillos, llego hasta el cuerpo inerte de aquel vejestorio. Saco mi querida amiga de su cuerpo, lamo la sangre de las hojas y la guardo de nuevo.


- Y con esto, querido amigo, está tu deuda saldada -miro hacia el techo intentando ver las estrellas para localizarle-. Nos veremos pronto; muy pronto. Te lo aseguro.



jueves, 17 de noviembre de 2016

Norte y sur


Sé que cada vez que pienso en vernos mi cuerpo me pide magia,
que la distancia se hace más amena y que las frases no son blancas.
La tinta fluye, recorre mis libros, mis pensamientos; en la raíz cala
todo es una bola de papel arrugada: no tiene solución pero encaja.
Hoy te metí en mi baúl de recuerdos, teniendo ojeras color malva
sabré si todo esto iba a funcionar, que los mundos se unen y solapan
esa pequeña pieza que no teníamos, la creamos…. Pero aún así nos faltaba.
Solo sé que fuimos nuestra caja de cerillas en una biblioteca de Ágora,
escribo, leo y resalto la piel de tus caderas sobre tu espalda y tus alas.
Me tiro, me acuesto contigo, sexo de ángeles, musa de experiencias novatas,
hoy le comento a boca, entre verso y verso, que mi sonrisa tu nombre destapa.
Miramos a un verano incierto a través de la una bola de cristal opaca
sin saber cuándo nuestras miradas se empezarán, de una vez por todas, a cruzar.
“Maldita la distancia que nos separa” pensamos. Norte y sur forman vida central.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Hoy


Hoy es fácil corromper una mente como robar un caramelo a un niño
entre tantas frases vacías llenas de sentimiento sin esquemas.
Usamos maquillaje para unas palabras sin pelo que aún así tiño
entre tantas las personas con raíces que solo me sirvieron para hoguera.

Hoy cualquier persona puede triunfar en un mundo insustancial de mierda
tocando mis mil acordes de Dios con una guitarra de cara que parece linda.
Sus pensamientos son corruptos, fáciles de romper aunque no se vea,
tirando al vacío un hueco indispensable para mis dulces palabras, falta la guinda.

Hoy nadie puede huir de sus pensamientos ni de las críticas de un par de idiotas
que solo quieren martirizar un alma que florece a pesar de los mil mártires.
Tiraré la tierra de sus palabras sepultadas en un monte que no llegan voces rotas
para silenciar un mal mayor que pudre este jardín de la infancia sin cúspide.

Hoy todo carece de base en confianza por culpa de un egoísmo inhumano
que provoca necrosis en la esperanza de ser felices y estar seguros en hombro ajeno.
Estando segundo a segundo preguntándonos cómo su lanza y porqué su mano,
rezando con fe ciega en un pecho lleno de dolor para que no ocurra de nuevo.



jueves, 10 de noviembre de 2016

Volar sobre Troya


Hoy solo quiero volar por esas olas que llaman nubes y yo aún no toco,
siendo ellas mi meta en la vida y dejar atrás todos esos sueños rotos.
Porque nunca nada me dió tanto calor como tus mil y una vueltas,
dicen que fue todo casualidad, que tampoco es para tanto… Bendita coincidencia.
Por todo esto y más sigo vivo, por mis fuerzas, y mi alas en un cielo rojo
que lo teñí así anoche porque no quise ver nublado, quise ver al lobo.
Ese animal tan escurridizo que huye por mi corazón, entre todas sus montañas,
siendo mi cordillera de latidos su lugar favorito para cobijar a su futura manada.
Me diste mucho miedo, no te lo niego, pero me diste alas y eso es más que todo,
nada se equipara, ni se vuelve en mi contra, ¿porque para qué? Si derrumbé el muro del morbo.
Distinto y parecido, nuevo pero resulta familiar, es una nueva hoja con nuevas tintas
que no dejo de releer para ver si hay una falta de ortografía en mis cientos de salidas.
Me encanta morderme, me enamoré de mis labios, de los tuyos y sus sorbos,
sorbos a una piel que estaba llena de jugo; mientras que para ti ha sido como agua sin nodos.
Sé que todo me va a salir bien, que nada me derrumbará este preciso esquema
que solo se ve de noche, porque es como yo, con estrellas se lanza y vuelta.
Soy un ángel de la paz, recorro mi mente y no termino de estrellarme por tu apodo
de aire cálido con tacto gélido. Eres esa geisha que aguarda desnuda en agua de coco.
Revienta, destroza y no dejes nada en pie, porque mi templo solo lo pisan gladiadores,
que una veces vienen a saquear mi sangre, mi vida; por no tener alma, valor, ni tampoco colores.


Bosque de alas negras


Ayer, también el día anterior, pero sobre todo hoy no me siento.
Es un cuerpo el que me encierra sin saber si lo que toco es cierto,
para unas manos que son frágiles como el cristal y parecen acero.
Veo mi cama, aún sigue esa almohada donde me quitastes los miedos
en ese día de los Santos, queriendote en mi hombro arropada de nuevo.
Porque sé que mañana no, y tampoco pasado, lo diré pero aún no, no vuelo.
Me muerdo los nudillos, las rodillas, mis labios y mis ganas, pero no tu anzuelo.
Porque sé que ya no soy un bosque virgen, yo solo fui quien se tiñó de negro,
ahora mis ramas y mi mente se resquebrajan. Yo mismo fui leña y a la vez fuego.
Mis ríos ya no suenan, las ardillas no beben en él, solo veo agua de peces muertos
que no tienen mayor labor que ser alimento a las almas carroñeras que encuentro.
Recuerdo mi punto más alto, mi monte, mi referencia y también mi destierro,
cuando más lejos intento avanzar para mejorarme, más parte de mí atrás dejo.
Si mi alma volara, sería una señal de que aún tiene vida, pero mejor ni lo intento,
no vaya a ser que sea un estorbo en el aire puro donde otros son de verdad genios.
Me muero, yo sé que me muero, a pasos de gigante y a ritmo del silencio.
Solo quiero alejarme de todos, no vaya a ser que decida volar; juro que no vuelvo.


Malos espejos


Tengo las mejores musas que jamás he conocido y solo escribo para mí, es mío.
Acaricio sus pieles suavemente, siendo delicado, como querría conmigo.
¿Pero esto qué es? Yo de verdad he perdido por completo mis sentidos.
No las cuido a ellas, cuido al espejo de su cuerpo, veo mis ojos gritando “dame cariño”.
Yo claro que me quiero, ¿qué otra opción me queda? ¿Creer en un destino?
Cuando mis piernas tiemblan al levantarme y saber que tengo un pecho vacío
de calor de cualquier calor que nunca haya rechazado ni que sera mal bicho.
El momento en el que se me sube Targui a la cama, mi corazón no se ha escondido,
pocas personas no hacen daño y muchas menos ven lo poco que de verdad ansío.
Joder, ¿tan difícil se vuelve un abrazo que cure una herida que no había visto?
Seis versos más tarde, dudo de si me quiero o solo estoy yendo a mi avío.
Ya da igual todo, soy un chico que seguro que tomó zafrinas, seguro que desvarío.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

Elixir



Me he perdido mil veces entre nuestros gritos salvajes a oscuras,
pero no quiero encontrar una salida rápido, quiero saborear nuestro norte.
Así que pídeme una noche más que no te quiera, que no haya ternura;
mi mente te dirá que sí, mis versos te van a tararear más de mil acordes.
Seremos melodía. Tú, clave de sol. Yo, clave de fa; y ambos en espuma
subiendo sin encontrar techo para un cielo que hace vernos doble.
Alcohol, aventura y poca vergüenza recorren nuestras escasas ataduras
que dejan un buen sabor de boca para así volver a probar tu lengua noble.
Hoy no supe qué hacer al dejarte ir, sabiendo que no ves nada y yo siento musa
por una piel que está marcada por recuerdos, mordido en mis hombros de monte.
Tírame rápido, enciéndeme como nunca y deja que arda congelando mis dudas
ante un comienzo extraño de un sin-nombre que no quiere apellidos ni moldes.
Es libre como el agua, sabiendo conmigo ser transparente por buena o astuta,
pero siempre transcurre frágil al viento como tallo del león con sus dientes.
Que por un poco de brisa que pase, ella sale a volar si el paisaje no le gusta,
yo soy yo, pero tú eres verdaderamente tú; mi elixir con gotas de suerte.


martes, 8 de noviembre de 2016

Joder, ella


Vamos, dime que todo esto ha sido una vil mentira.
Que nada de esto es real, que no hay nada mal, que no me tiras
a un baúl de los recuerdos, unos recuerdos que miras de refilón y a escondidas.
Porque yo le tengo miedo a perderme entre tanta lágrima sentida
sin saber nadar y yo para ahogarme en malos años a base de sangre fría.
No te quiero aquí, te quiero lejos. Pero por si acaso, dejo la luz encendida
para que no te pierdas al volver. Tú, norte, yo, sur; dejemos la brújula perdida.
Tú a Francia, yo contigo. Yo a Ámsterdam y tú a mi vera haciendo la estampida
de gritos a pelo con espaldas deshilachadas por mil noches sin que seas solo amiga.


Me acuerdo de ti al bajar a la calle por las escaleras,
tú me enseñaste a encajar y subir los versos de mil maneras.
Muchos de amor loco como esas miradas que guardan nuestras hienas,
comiéndonos los corazones y así no sentirlos en puerta ajena.
Corro, corre conmigo por unos raíles, no quiero pensar si te alejas;
porque todo me puede en este mundo, me vacían… Y tú me llenas.
Tu hablas del afilado hierro con el que solo hablas… ¿o juegas?
No por nada, por el saber si tus gotas son las que congelan mis venas.
Me desgarré todas y cada una de las fibras que solo muestran pena.
Porque merecemos todo, merecemos nuestros pechos como apoyo y cena.
Hoy no quiero dar lugar a los miedos, ¡qué vengas! Rompemos distancia, rompemos condenas.